Majestad: el ápice de la grandeza

En Nuestro Señor Jesucristo, el equilibrio entre la majestad y la bondad le encantaba al Dr. Plinio. El Sagrado Corazón de Jesús, tan majestuoso y siempre con una bondad llevada hasta el último límite de lo imaginable, le dio la idea, desde pequeño, de que el padrón más alto de la majestad era Él. Y, a su vez, allí había un lugar naturalmente puesto para la devoción a Nuestra Señora.

                                                                 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

La majestad se distingue de la grandeza, porque ella es el ápice de la grandeza. Pero, no es cualquier ápice de ella que define a la majestad.

Conjugación entre finalidad y perfección

Tomen, por ejemplo, algo banal como los cuatro dientes de un tenedor. Hay una razón para que sean ese número: corresponde a las dimensiones del bocado que la boca humana normalmente ingiere, por lo menos en las costumbres de Occidente. Ellos fueron calculados por la costumbre, por la tradición y por cierto sentido común presente en todo.

Sin embargo, si el tenedor pierde un diente, ya no vale de nada. Se lo puede botar. Si es de plata, mandamos a fundirla para vender el metal, pero en cuanto instrumento, ya no tiene utilidad.

La imagen del tenedor íntegro conlleva una idea de perfección. Es completo y perfecto. Aunque la perfección tenga grados, en su género determinado, en aquel estilo suyo, todo lo que es completo es perfecto.

La cosa perfecta es, entonces, aquella que por sí misma realiza toda su misión. El tenedor no realiza la misión de alimentar al hombre, y sí, de pinchar alimentos, y eso es suficiente.

Las nociones de completo y suficiente se conjugan. Y cuando algo adquiere esta suficiencia, pasa a tener, en lenguaje filosófico, la perfección. Posee un grado, por lo menos mínimo, de perfección. Yo puedo imaginar, por ejemplo, un tenedor de oro perteneciente a la Reina Isabel. Este sería, sin duda, más perfecto.

Majestad: la grandeza de aquel que tiene el poder supremo

Ahora bien, la majestad es la grandeza de aquel que está colocado como primero en un orden de cosas o en una asociación perfecta poseedora de todos los elementos necesarios para subsistir como debe. Él es la llave de cúpula fuera de la cual todo el resto se desvanece.

De hecho, solo hay dos sociedades perfectas: la Iglesia y el Estado.

Esa es la enseñanza de la Iglesia: Ella es una sociedad perfecta, tiene todos los elementos para realizar su misión, y tiene el gobierno soberano, por encima del cual no hay ninguno.

La Iglesia está destinada al orden espiritual; el Estado al orden temporal.

El Estado es aquella sociedad perfecta de un pueblo, o de varios, colocados bajo la dirección de un mismo poder público soberano, no hay ningún otro por encima de él.

Alguien dirá: “¿Pero, la familia no es una sociedad perfecta?”

No, ella es la cellula mater de la nación. Si quisieren, en cierto sentido, del Estado. Pero no es una sociedad perfecta.

Otro objetará: “¿Un partido político no puede ser tenido como una sociedad perfecta?” Se llama partido, luego, no es perfecto, porque es una parte. La sociedad perfecta es un todo.

“Bueno, ¿pero una Universidad no es una sociedad perfecta?” No. Porque ella existe dentro del Estado y necesita de él. El Estado no necesita de ella, está por encima.

Entonces, la verdadera majestad, en el sentido pleno de la palabra, es la grandeza de aquel que tiene el poder supremo en la sociedad perfecta: Es el Rey o el Emperador.

Así se comprende mejor la etimología: majus stat1. Es el mayor de todos. Este tiene majestad.

La majestad es, ante todo, de Dios

La majestad es, ante todo, de Dios. Él es la Majestad. En comparación con Dios, quis sustinebit?2 ¿Quién es algo en comparación con Él? Y en unión con Él, inmediatamente después de Él, Cristo Rey. Nuestro Señor Rey, tanto de la Iglesia como del Estado. Es evidente. El Estado tiene la obligación, en sus leyes, de conformarse en todo con los designios de Nuestro Señor Jesucristo.

Debajo de Nuestro Señor Jesucristo, Nuestra Señora. Porque el gobierno de todo el universo fue entregado por Dios a Ella, que se convirtió en la Emperatriz. Después viene el Papa, y de modo sucesivo el Rey, el Emperador, el Jefe de Estado.

¿Cómo se explica que haya Jefes de Estado que constituyan un poder que niega la majestad?

Por error de ellos. Porque incluso en una nación independiente, de índole republicana, se debería reconocer la grandeza de aquel que ocupa, aunque temporalmente, las funciones supremas. El hecho de que ellas sean provisorias, disminuye la grandeza de la situación personal de quien las ejerce. Sin embargo, no disminuye la función en sí.

Por ejemplo, el Doge de Venecia era un Jefe de Estado provisorio. Él era electo por diez años. Más tarde parece haber pasado a ser vitalicio. Mientras era provisorio, no era hereditario, o sea, no pertenecía a su familia aquel poder. ¿Cuál era su dignidad? Era la de ser Doge. Doge quiere decir duque, en dialecto veneciano. Duque temporal, aunque soberano de una región riquísima, pero pequeña. Quedaba ridículo ser emperador. Nadie es emperador de Luxemburgo, por ejemplo. Entretanto, él estaba cercado de un fausto del cual da una buena idea el Palacio de los Doges. O sea, el poder público, de por sí, debe tener majestad.

En Saint-Germain l´Auxerrois, un hecho que ilustra la majestad

Alguien podría decir: “Ud. trató de la majestad en cuanto unida al cargo. ¿Una persona no puede tener majestad por un don natural?”

Puede, pero en ese caso, ella tiene uno de los elementos de la majestad y, por ampliación, se afirma que tiene majestad. Es decir, si ella tiene tal supremacía personal que, viéndola se piensa en la realeza, ella tiene los elementos que caracterizan al rey. Ella no es un Rey, pero es majestuosa.

Cierta vez, mi familia oyó Misa en la Iglesia de Saint-Germain l´Auxerrois, en París. Y vieron entrar a la Princesa Isabel acompañada de una dama. Como ella era princesa, y la Primera Guerra Mundial no había estallado todavía, se prestaba, incluso en las Repúblicas, la honra de darles un lugar en el presbiterio. Ella entró y fue derecho hacia allá, ocupando el lugar que le estaba reservado.

Terminada la Misa, mi madre y mi abuela, que no la conocían personalmente, vieron a la dama de honor de la princesa levantarse e ir caminando en dirección a ellas, dirigiéndoles la palabra:

– Yo soy la Baronesa de Muritiba, dama de honor de la Princesa Isabel. Ella las vio a Uds. desde el presbiterio y le pareció que eran brasileras. Entonces, me mandó a manifestar el deseo de conocerlas. Si quieren, ella las espera en la sacristía.

Fueron hasta allá: saludos, homenajes y, en la conversación, la princesa supo que mi madre era casada con un pariente de João Alfredo3, diputado del tiempo del Imperio, muy allegado a la Emperatriz. Supo también que mi abuelo era jefe monarquista en São Paulo, y una porción de historias así. Y el resultado fue una invitación de la Princesa Isabel a todos los miembros de mi familia para ir a tomar onces en su residencia, en Boulogne-sur-Seine.

Fueron todos, hasta los niños, porque en aquel tiempo era costumbre conocerse las familias enteras, y no algunas personas. Yo tengo certeza de que la Princesa Isabel no se espantó en lo más mínimo al ver unas diez allí. Y para ellas era una ocasión de poder decir la vida entera: “¡Yo conocí a la Princesa Isabel!”

Uno de mis tíos tenía un hijo sordomudo que aprendió a hablar con un sistema inventado en Viena, lo que en aquel tiempo era una novedad. Ese niño era medio détraqué4. A pesar de eso, lo llevaron, por miedo de dejarlo muy deprimido si todos los otros fuesen y él no. A propósito, bien puedo creer que Doña Lucilia, la gran favorecedora de ese sobrino, votó a favor de su ida.

Llegamos, quedamos en pie esperando a la princesa. Al final, ella entró y hubo saludos. Cuando ella se fue aproximando, mi primo, que elevaba la voz mucho más alto de lo natural, pues no oía, comenzó a hablar:

– ¿Esa es la Princesa? ¿Dónde se ha visto? ¡Una Princesa tiene corona, tiene cetro, tiene manto bonito! ¡Ella está vestida como mi abuela!

La Princesa Isabel oyó eso y, con mucha bondad, le dijo sonriendo:

– Así es, hijo mío, no tengo manto ni corona, pero soy la Princesa Isabel, y me da gusto conocerte.

¡Ella era muy majestuosa, un modelo de majestad!

Inclinación hacia lo excelente

Es propio del espíritu humano recto, bien constituido, ver una cosa buena y apetecerla. Volvamos una vez más al ejemplo del tenedor: el espíritu humano bien formado apetece siempre algo mejor. De manera que, habiéndose alegrado por algún tiempo con un tenedor bueno, él comienza a pensar: “¿Y cómo sería un tenedor bueno?”

Así, dependiendo de la inclinación personal, el ser humano es atraído por mil otras cosas que lo llevan a pensar en la perspectiva de que son cada vez mejores, algunas de ellas alcanzando el nivel de la perfección. Esta, a su modo, corresponde a la majestad en aquel género.

Por ejemplo, existen millares de idólatras de automóviles. Imaginen un individuo de esos tan tacaño, que nunca hubiese oído hablar de un Rolls-Royce. Pero, cuando él encuentra uno de esos vehículos en una propaganda, queda encantadísimo. Lee los prospectos, contento por el hecho de existir algo de esa categoría que jamás será la suya, porque nunca tendrá dinero para comprarlo y mantenerlo. ¿Cuál es la razón de esa alegría? Él vio la posibilidad de un ejemplar mejor dentro del orden de cosas que a le gustan.

Con todo, si apareciese un automóvil superior, más perfecto, él se alegraría aún más. Porque es natural que esa inclinación hacia lo excelente, hacia lo supremo de determinadas cosas, y hacia lo muy bueno de varias otras, desabroche en el alma humana.

Luego, es comprensible que, desde pequeño, yo haya deseado, conocido y vuelto mi alma a ciertas majestades. ¿Cómo sucedió eso?

Corazón de Jesús de majestad infinita

En la Iglesia del Corazón de Jesús5 había todas las impresiones ocasionadas por el culto, por la liturgia, por los cánticos, por el órgano, por el ambiente de recogimiento, pero, sobre todo, por la Persona de Nuestro Señor, en cuanto mostrando su Corazón a los hombres. Esta devoción, por el propio nombre de la Iglesia, era inculcada en ella de varias formas. En la torre, aquella imagen dorada del Corazón de Jesús, con los brazos abiertos hacia toda la humanidad. ¡Aquella majestad de Él con los brazos abiertos, me entusiasmaba!

Adentro hay también una imagen, en el altar lateral a la izquierda de quien mira hacia el Tabernáculo. No pretendo decir en lo más mínimo que ella tenga valor artístico, ni es una obra de arte, es de artesanado. Sin embargo, es muy tocante, muy noble, y con el Corazón de Jesús expresando mucha bondad, con una grandeza misteriosa, pareciendo emanar algo hacia mí, venido del rojo bien escogido de su manto, de los ornatos dorados… Pero, sobre todo, de su cabeza, los cabellos… sobre todo la mirada, los trazos del rostro. ¡Él me parecía tan majestuoso y tan bueno al mismo tiempo! Tan infinitamente superior y con tanta pena, tan vuelto hacia mí y tan misericordioso, que yo pensaba: “¡Majestad es esto! ¡Y a mí me gusta esta majestad!”

Cuando me deparé, en la Letanía del Corazón de Jesús, con aquella invocación “Cor Iesu majestatis infinitæ, miserere nobis”6, la adopté y la inscribí entre mis invocaciones predilectas, ¡desde luego!

En el techo del Corazón de Jesús viene la misma majestad expresada por una pintura que representa a Nuestro Señor apareciendo a Santa Margarita María Alacoque. Y hay un letrero con caracteres dorados bajo un fondo verde, escrito en francés, pues esa santa era francesa: “He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres, y por ellos fue tan poco amado.”

¡Ese equilibrio entre la majestad y la bondad me encantaba! Él, tan majestuoso en la aparición, pero siempre con una bondad llevada hasta el último límite de lo imaginable. ME dio la idea de que allí estaba el padrón más alto y pleno de majestad. Siendo Él Rex regum et Dominus dominantium – Rey de reyes y Señor de todos los que tiene dominio –, era natural que se concibiese en Él una majestad de esa elevación.

Nuestra Señora llena el hiato entre Nuestro Señor y el pecador

De donde, a su vez, ser un lugar naturalmente puesto para la devoción a Nuestra Señora. Porque el culto a la majestad del Sagrado Corazón crea la siguiente situación: cuando ponemos atención, la majestad de Él es tan grande, que la persona se siente aniquilada: “¿Cómo aproximarme a Él? ¿Cómo decirle: Heme aquí? ¡Cuando siento en mí el pecado original en el cual fui concebido, experimento el primer impulso que todo hombre tiene en sí! Todo eso me distancia de Él.”

Haciendo esas consideraciones, yo adoraba la majestad de Él en cuanto rechazándome, viendo lo que en mí me causa disgusto y, si yo pudiese, arrojaría lejos. ¡Esta exclusión, yo la adoro! De otro lado, sin embargo, ella me da pavor. Porque Él es todo. Y, rechazado por quien es todo, ¿qué soy yo? Si Él no me rechazase, yo no lo adoraría. Si Él me rechaza, desaparezco… Entonces, ¿cuál es la solución?

En el hiato entre Él y yo – que, por algunos lados, debe ser visto como un abismo oscuro – hay un haz de luz: Nuestra Señora, Madre de Él y mía, la cual, como enseña la Iglesia, quiso la muerte de su Divino Hijo para redimirnos, y la habría querido incluso si fuese para salvarme solamente a mí o a cualquier otro hombre que hay en la Tierra. ¡Cuánta misericordia!

La superioridad de María Santísima

Pero Nuestra Señora no es divina, no tiene aquella superioridad de Nuestro Señor Jesucristo. Ella es superior a mí a yardas, años luz, centurias de siglos, ¡no hay duda! No obstante, es una criatura. ¡Por eso, oso aproximarme a Ella y recitar el Memorare, la Salve Regina, y florecer! Porque Ella hace de puente entre Él y yo. ¡Este es el bienestar de mi alma!

En aquel episodio del boletín del Colegio San Luis7, cuando yo estaba rezando afligido delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora y me sentía visto por Ella con una bondad, una ternura, una disposición para perdonarme, con una pena de mí, algo extraordinario, dos ideas me vinieron juntas, como en un relámpago. La primera era: “Se parece a mi madre!”; la segunda: “¡Mi madre no llega, ni de lejos, a los pies de Ella!”

La maternalidad de Ella conmigo, no por ser yo, Plinio, no. Es por cualquiera, por un pobre pecador, una ceniza de niño pecador, apareciendo ante Ella, trémulo, más movido por la atrición que por la contrición; a ese niño, ¡Ella deja caer el pétalo de la sonrisa!

De ese hecho me vino la convicción: ¡o yo me agarro a Ella la vida entera, o yo me pierdo! ¡Mi caso es con Ella! Recurriendo a Ella, pidiendo, queriendo saber con respecto a Ella, y girando en torno a Ella, al servicio de Ella. ¡Mi vida es para Ella!

Con frecuencia, rezando la Salve Regina, yo me acuerdo de eso y, de algún modo, revivo bien exactamente aquella sensación. ¡Cuando voy al Corazón de Jesús, la visito en cuanto siendo la Madre que me sonrió! Es evidente. Y mi hábito es este mismo: entro, me inclino delante del Santísimo, hago una adoración rápida y voy derecho junto al altar de Ella, para verla de cerca.

¿Y la imagen del Sagrado Corazón de Jesús? Claro, voy a verla, adoro al Sagrado Corazón de Jesús, venero su imagen, sé que el homenaje más grande, el primero, se debe a Él. Pero, en consideración a la idea de la mediación de Ella, sin la cual yo no me salvaría, creo que es más respetuoso ir primero a Ella para poner mi alma en condiciones de aparecer delante de Él. Y creo que ningún teólogo serio tiene ninguna objeción a eso.

La admiración ante la gran majestad

Por el viejo hábito de enseñar, que lleva a la deformación de dar a muchas cosas el carácter de una clase, presenté el concepto de majestad tan claro en su contenido abstracto. Sin embargo, al tratar del Sagrado Corazón de Jesús, se pasó de lo abstracto a lo concreto más sublime, más perfecto que pueda haber, provocando una impresión de majestad muy grande que convida al silencio en la consideración de las naturalezas divina y humana en la Persona de Él, bajo la invocación del Sagrado Corazón. Esta es la majestad de las cosas puestas por Dios en el orden del universo.

Desde cuando yo era pequeño, me intrigaba ver ciertos líquidos que, puestos en recipientes de boquilla muy estrecha, no salían, permaneciendo retenidos por un corcho invisible. Pasé años sin entender el porqué, pensando que un día comprendería eso en función de algo más alto. Mi profesor de Física me dio una explicación, pero no me interesó.

Sin embargo, esa vieja imagen de mi curso de Física me vino al espíritu, de repente, cuando fue abordado el tema con respecto a la majestad. Pensé: “¿Está viendo? Es como la admiración. Ella, ante una gran majestad, queda sin saber expandirse, como el líquido en la boquilla, porque despierta movimientos de alma tan grandes, que la ‘boquilla’ de la voz humana es insuficiente para transmitir.” Y nosotros quedamos en el mutismo de quien quisiera tener otros medios de expresión y no los tiene. Si fuese músico, tocaría una melodía; si fuese poeta, compondría una poesía, porque ellas dicen muchas cosas que las palabras no expresan. No siendo músico ni poeta, admira por medio del silencio.

En el caso de Nuestro Señor Jesucristo, es mucho más que una admiración, es una adoración, un acto de culto. He aquí lo que se dio. Quedo feliz por el hecho de que mis palabras hayan conseguido despertar este acto de culto con relación a Él.

1) Del latín (sentido literal): el mayor está de pie.

2) Del latín: ¿Quién subsistirá?

3) João Alfredo Corrêa de Oliveira, tío abuelo del Dr. Plinio.

4) Del francés: desequilibrado, demente.

5) Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, iglesia situada en el Barrio Campos Elíseos, en São Paulo.

6) Del latín: Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros.

7) Sobre eso, ver la Revista Dr. Plinio, edición brasilera, No. 122, p. 18-23.

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 (Revista Dr. Plinio, No. 284, noviembre de 2021, pp. 22-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 29/10/1985).

Last Updated on Monday, 08 November 2021 16:22