Una verdad consoladora

 

 Plinio Corrêa de Oliveira


En este momento de aflicciones y de peligros, cuando la humanidad entera gime bajo el peso de desdichas que se multiplican a cada momento, crecen nuestras necesidades y más apremiantes se vuelven nuestras oraciones. Pocas verdades de la fe contribuyen de un modo tan poderoso para valorizar nuestras oraciones, como la Mediación Universal de María, cuando la estudiamos seriamente y la hacemos penetrar a fondo en nuestra vida de piedad.

Enseña la Teología que todas las gracias que recibimos de Dios las debemos a la mediación de María. Así, la Madre de Dios es el canal de todas las oraciones que llegan hasta su Divino Hijo y de los favores que Él otorga a los hombres.

Aunque esta verdad suponga que, en todas nuestras oraciones, pidamos la intercesión de Nuestra Señora, aun cuando no la invoquemos explícitamente, podemos estar seguros de que solo seremos atendidos porque Ella reza con nosotros y por nosotros.

De ahí se deduce una conclusión sumamente consoladora.

Si debiésemos apoyarnos apenas en nuestros méritos, ¿cómo podríamos confiar en el éxito de nuestros pedidos? Con todo, Dios quiere que nuestras oraciones sean confiadas; a propósito, esa confianza es, de hecho, una de las condiciones de su eficacia. Pero, ¿cómo tendremos confianza si, viéndonos a nosotros mismos, sentimos que nos faltan razones para confiar?

De las tristezas de esta reflexión nos arranca, triunfalmente, la doctrina de la Mediación Universal de María.

De hecho, nuestros méritos son mínimos y nuestras culpas grandes. Pero lo que no podemos alcanzar por nosotros mismos, tenemos todo el derecho de esperar que las oraciones de Nuestra Señora lo alcancen. Y jamás debemos dudar de que Ella se asocie a nuestras súplicas, cuando son convenientes para la mayor gloria de Dios y para nuestra santificación.

Siendo la Santísima Virgen nuestra Madre auténtica en el orden de la gracia, pues nos engendró a cada uno de nosotros para la vida eterna, a Ella se aplica fielmente la frase que el Espíritu Santo esculpió en la Escritura: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas llegasen a olvidar, yo no te olvido.” (Is 49, 15). Es más fácil que seamos abandonados por nuestros padres según la naturaleza, que por nuestra Madre según la gracia.

Así, por más miserables que seamos, podemos con confianza presentar a Dios nuestras peticiones. Conviene que meditemos incesantemente sobre esta gran verdad.

Católicos como somos, debemos enfrentar en esta vida las luchas comunes a todos los mortales y, además, las que resultan del servicio de Dios. Pero, aunque los horizontes parezcan listos a verter sobre nosotros un nuevo diluvio, incluso cuando los caminos se cierren delante de nosotros, los precipicios se abran y la propia tierra se mueva bajo nuestros pies, no perdamos la confianza: Nuestra Señora superará todos los obstáculos que fueren superiores a nuestras fuerzas.

Mientras esta confianza no deserte de nuestros corazones, la victoria será nuestra y de nada valdrán los ardides de nuestros adversarios; caminaremos sobre los áspides y los basiliscos, y calcaremos con nuestros pies los leones y los dragones (cf. Sl 91, 13).

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 (Cf. O Legionário, No. 455, 1/6/1941 – São Paulo).

Last Updated on Thursday, 04 November 2021 20:12