Confianza en la victoria

A aquellos que siguen una Causa de entera fidelidad a la Iglesia les debe parecer normal que sean combatidos y, de vez en cuando, levantarse contra ellos grandes tempestades. La Providencia quiere que estos confíen en la victoria, a pesar de todas las apariencias de derrota, de manera que, aun en las peores situaciones, proclamen: “¡Venceremos!” Si, a ruegos de Nuestra Señora, tuviéremos esa confianza, venceremos en esta vida y volveremos cada vez con más fuerza y mayor gloria.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Toda obra verdaderamente unida al espíritu de la Iglesia y, por lo tanto, a Nuestra Señora y a Nuestro Señor Jesucristo, encuentra oposición y acaba, tarde o temprano, suscitando una persecución. No encontramos una sola gran obra en la Iglesia que haya existido y se haya desarrollado sin ser durísimamente combatida, ora por persecuciones externas, ora internas.

Bramido de los malos en el Juicio Final

Muchas veces el demonio o sus agentes, por medio de intrigas, distorsiones doctrinarias, arman el brazo de la propia autoridad eclesiástica contra aquellos que quieren hacer el bien dentro de la Iglesia. Es uno de los aspectos del misterio de iniquidad. Es evidente, el mayor sufrimiento es el de aquellos que son perseguidos por la propia Iglesia.

Ser perseguido por una autoridad comunista es sumamente desagradable, pero no es nada en comparación con ser perseguido por un obispo progresista. Porque la lucha contra quien pertenece a la misma Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana hace sufrir más.

Nuestro Señor Jesucristo enuncia bien la razón de esta lucha, cuando describe el Juicio Final. Él muestra que existe la resurrección de los cuerpos y, entonces, todos los hombres son juzgados, en presencia unos de otros. Como la fe nos enseña, poco después de la muerte el hombre está sujeto a un Juicio. Ese es el Juicio Particular en el cual está presenta apenas cada hombre y nadie más. El Juicio Final es universal y en él Dios no solo confirma el juicio ya definitivo, lanzando con relación a él cuando murió, sino que hace justicia, glorificando a los buenos y humillando a los malos.

La justicia pide que unos, habiendo sido injustamente ofendidos por otros, sean glorificados a los ojos de los ofensores, y que estos sean humillados a los ojos de los ofendidos. No basta, por lo tanto, para que la justicia sea plena, un juicio particular, sino que conviene un juicio general.

Entonces, en el Juicio Final, Dios reunirá la inmensidad de todos los hombres que vivieron y los dividirá en dos categorías: los que estarán a su derecha y los que quedarán a su izquierda. Proclamará la victoria de los que se encuentran a su derecha, los cuales anduvieron bien, y los glorificará. Y del lado de los que procedieron mal habrá un bramido: “Nosotros suponíamos que la vida de ellos, todo lo que hacían, era una locura. Y ahora vemos que la gloria está de su lado.” No es un acto de justicia por parte de los malos, porque ya están perdidos, son condenados y, por lo tanto, incapaces de un acto de justicia. Es un acto de odio, de rebelión, de cólera inútil, como son las cóleras del demonio, pero de cólera completa. Van a manifestar la razón de su rabia con relación a los buenos. Es que los buenos tenían una mentalidad, un estilo, un sistema de vivir, que para ellos era una locura y por eso los odiaban y perseguían. De ahí resulta su inconformidad, viendo que los buenos son premiados por Dios.

Cuando una obra católica no es combatida, comienza su decadencia

Ahora bien, esa cólera de los malos con relación a los buenos se da en esta vida. Y su corolario es que, de vez en cuando, los malos se unen y se lanzan contra los buenos.

Por eso mismo, la señal de que una obra católica está muriendo no es cuando disminuye el número de sus miembros, pierde el dinero, entra en un régimen de ostracismo en que nadie habla mal de ella y es muy combatida por otros; nada de eso quiere decir que ella va mal. Una obra va mal, cuando ya no es más combatida, he aquí la señal certera de decadencia. Ella puede ser rica, tener muchos miembros, mucha influencia, lo que sea; a partir del momento en que ya no es más combatida, deja de ser lo que era y se vuelve un cadáver en inicio de descomposición.

Vemos eso en todas las Órdenes Religiosas: en el período de apogeo son combatidas; en la época de decadencia, no.

Ese odio es un misterio. Tomemos como ejemplo a los hombres que Dios llamó para un tipo de actividad por la cual se diría que no es posible que alguien los odie: Don Bosco. Él educaba a niños pobres. ¿A quién le puede causar eso cólera? Él publicaba folletos de propaganda antiprotestante porque había cierta infiltración de ellos en determinada parte del norte de Italia. Eran folletos puramente doctrinarios, que no combatían a nadie. Pero, de tal manera hay odio contra los buenos, que Don Bosco sufrió varias tentativas de asesinato. Y su vocación no era la de combatir y suscitar el odio. Por el contrario, él era un santo risueño, afable, con una vocación toda especial, brillante y radiante con aquella dulzura salesiana. Por ahí se ve cómo los malos odiarían a los buenos, incluso cuando estos no los atacasen.

El católico atraviesa la tormenta y no entrega los puntos

Como corolario, a aquellos que siguen una Causa de entera fidelidad a la Iglesia les debe parecer normal ser combatidos y, de vez en cuando, levantarse contra ellos grandes tempestades, durante las cuales deben saber actuar como buenos marineros. Deben saber evitar la tempestad, porque si un navegante, pudiendo pasar al lado de la tormenta, quiere meterse dentro de ella, será un cretino. Él debe, por lo tanto, saber evitar todos los episodios que pueden dar en una lucha inútil, no debe provocar en las ocasiones en que la prudencia manda lo contrario. Pero, si la tempestad lo cerca, él debe saber enfrentarla, siendo grande en el coraje, como antes lo fue en la prudencia.

El primer elemento del coraje en la tempestad es la confianza en María Santísima, la convicción profunda de que toda prueba que asalta a una obra verdaderamente católica existe en la medida en que Ella lo permita. Pueden los enemigos tener la fuerza y la importancia que tengan: en el momento en que Nuestra Señora haga una señal con el dedo cesa todo.

Luego, la primera medida a ser tomada en un período de tempestad es rezar, comprendiendo que, cuando nuestras oraciones hayan aplacado al Cielo, la borrasca se acaba, de hecho.

Es lo que se ve en el episodio narrado en el Evangelio en el cual Nuestro Señor está durmiendo en la barca durante una terrible tormenta. Cuando Él se despierta, ordena a la tempestad que se aplaque. Todos comentaron: “¿Quién es ese a quien los vientos y los mares obedecen?” (Lc 8, 25).

Nosotros podemos decir: “Los vientos y los mares la obedecen a Ella. Por lo tanto, la primera providencia es que pidamos a la Santísima Virgen que aleje las tormentas que se puedan apartar. Las que no lo fueren, que Ella las abrevie. Cuando no se puedan alejar ni abreviar, que Ella nos dé fuerzas para sustentarnos. Pero el católico atraviesa la tormenta, no entrega los puntos, no defecciona.

Debemos mover a Dios a ruegos de María

San Luis Grignion de Montfort desarrolla un pensamiento a propósito de las asociaciones de devoción a Nuestra Señora por él fundadas, advirtiendo a las personas consagradas como esclavas a la Santísima Virgen que, como verdaderos amigos de la Cruz, sufrirían persecuciones tremendas.

Después de mostrar los premios reservados a quien es perseguido por amor a Nuestro Señor, él dice:

Son esos queridos y pequeños batallones de María objeto de las promesas admirables que Dios nos hace por la boca del Profeta, si ponéis por medio de María toda la confianza en Él. Siendo como sois, personas que se entregan completamente a la Providencia, es decir, a Dios, para sustentaros y multiplicaros y para deciros: creced y multiplicaos y llenad la Tierra, no tengáis miedo por causa de vuestro pequeño número. Incumbe a Dios defenderos. No tengáis miedo de vuestros adversarios. Incumbe a Dios nutriros, vestiros, entreteneros. No tengáis, por lo tanto, miedo a que os falte lo necesario en estos malos tiempos, que no son malos sino porque tenemos poca confianza en Dios. Es a vuestro Dios que toca glorificaros. No temáis que vuestra gloria os sea robada. En una palabra, nada temáis y dormid con seguridad, sobre su seno paterno.

Esas palabras muy bonitas son, ante todo, una aplicación genial del consejo, de la orden que Nuestro Señor dio a Adán y Eva: “Creced y multiplicaos, y llenad toda la Tierra” (cf. Gn 1, 22). Si las personas que luchan ponen verdaderamente su confianza en Nuestra Señora, ellas también crecerán, se multiplicarán y llenarán la Tierra entera.

Nosotros, devotos y esclavos de María, si tuviéremos en Ella la confianza que debemos tener, creceremos, nos multiplicaremos y llenaremos toda la Tierra.

Todos nosotros somos servidores que Nuestra Señora utiliza porque quiso, pues podría realizar su obra sin nadie o con otras personas. Por lo tanto, Ella se sirve de nosotros por compasión, por condescendencia para con nosotros, es una honra que no merecemos.

Así, debemos comprender, ante todo, nuestra necesidad de mover a Dios por los ruegos de María, para que Él quiera intervenir. El Creador desea ser puesto en movimiento – si así se puede decir – por nuestra oración. Él mismo recomendó eso diversas veces: “¡Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá!” (Lc 11, 9). Es necesario ser insistente, pedir mucho, comprendiendo que la primera circunstancia para que yo pueda vencer es que Dios quiera que yo venza. Y el primer factor para que el Creador quiera que yo venza es rezar. Y para orar a fin de que Él quiera que yo venza, necesito una protección por donde Nuestra Señora me recuerde de pedir a Dios.

Como el tungsteno y la corriente eléctrica

Es, pues, en el plano estrictamente sobrenatural, que se traba nuestra primera y gran batalla. Si fuéremos personas unidas a Dios, tuviéremos el espíritu de la Iglesia, a quien Nuestro Señor pueda decir: “Vuestros pensamientos y vuestros caminos son los míos”, entonces contagiaremos a otros con nuestro entusiasmo y venceremos.

No obstante, debemos comprender que la victoria viene a través de nosotros, pero no somos nada. Para Dios somos menos de lo que es una lámpara eléctrica para la iluminación de una sala. ¿De qué vale una lámpara sin electricidad? De nada. Puede ser la luminaria más vigorosa y extraordinaria que jamás se haya fabricado; si la corriente eléctrica no recorre el tungsteno, no tiene ninguna utilidad. El tungsteno que compone el filamento de la lámpara es, de por sí, un metal apagado, vil. Lo que hace brillar y emitir luz es una fuerza que circula a través de él.

Imaginemos que los componentes de una lámpara pudiesen pensar, y el tungsteno dijese al bulbo lechoso:

– Vea cómo soy luminoso.

El vidrio respondería:

– Idiota, ¿no ves que la luz viene de mí?

– Cretino, ¿no percibes que el brillante soy yo? – replicaría el tungsteno.

La electricidad cortaría su curso y diría:

– Idiotas, vean de qué valen ustedes sin mí…

Y la sala quedaría oscura.

Pues bien, con relación a Dios nosotros somos un poco como el tungsteno en la lámpara. Brillamos en la medida en que la gracia entra en nosotros.

Entonces, nuestra actitud primordial es comprender el papel fundamental de Nuestra Señora como transmisora de las gracias venidas de Nuestro Señor Jesucristo y la necesidad de poner toda nuestra confianza en Ella.

Un apóstol auténtico nunca fracasa

Es necesario tener eso en vista en la hora de nuestros sucesos y fracasos. En el momento de los sucesos, para que no quedemos vanidosos pensando: “¿Vio la conferencia que hice? ¡Aquel trecho como fue bueno! Hasta fulano, que acostumbra a dormir, abrió medio ojo…” Es el gran triunfo del orgulloso.

¿De qué vale eso? De nada. Si la conferencia produjo algún bien, fue porque Nuestra Señora condescendió en hacer pasar por aquel “filamento” la “electricidad”, o sea, una gracia.

En la hora de los fracasos, para que nos preguntemos: “¿Recé como debería haberlo hecho? ¿Yo estaba bien persuadido de que el suceso sería obtenido principalmente por causa de Ella, pidiéndole que me ayudase? Si no lo estaba, mi fracaso no me debe espantar, porque corté la “corriente eléctrica”.

Hay, sin embargo, una situación más sutil y delicada para ser considerada. Es la confianza en otro sentido. Si deseo andar bien, rezo para ser un apóstol fiel y para que mi apostolado tome el rumbo correcto, por mayores que sean las derrotas que yo pueda sufrir, Nuestra Señora hará con que los designios que Ella tenga mi respecto se realicen.

Nunca un apóstol auténtico, un verdadero santo, fracasa, a pesar de las apariencias en contrario.

San Luis Grignion, el verdadero autor de la guerra de la Vendée

Tenemos un bonito ejemplo de eso en la vida de San Luis María Grignion de Montfort. ¿Cuál fue, al fin de cuentas, la obra de ese santo tan grande? Simple padre, él jamás ocupó un lugar importante, nunca tuvo una gran influencia sobre cualquier persona verdaderamente decisiva en Francia. Vivió siempre de limosnas, empujado de un lado a otro. Cierta vez se hospedó en un convento de una gran Orden Religiosa, donde le dieron un poco de comida, pero lo trataron tan mal, que hizo ese comentario: “¡Nunca pensé que fuese posible, en una casa de padres, tratar tan mal a un padre!”

San Luis organizó peregrinaciones y, cuando erigió el famoso Calvario de Pontchâteau, Luis XIV mandó a destruirlo. Casi todos los obispos de Francia le prohibieron hacer uso de la palabra en sus diócesis, con excepción de dos. Cuando murió, tenía en sus manos algo que era al mismo tiempo todo y nada: una multitud de campesinos dispersados, sin influencia y desorganizada, a quien él había predicado la devoción a Nuestra Señora. Él falleció, en la apariencia, derrotado.

Sin embargo, el verdadero autor de la guerra de la Vendée fue él, pues si esa región se levantó contra los crímenes de la Revolución Francesa, eso de debió al hecho de haber sido la que más conservó el fervor religioso, por causa de la prédica de San Luis Grignion. La Historia de Francia y del mundo serían otras si no hubiese habido la guerra de la Vandée.

Fuimos suscitados para vencer en esta Tierra

Santa Teresita del Niño Jesús, en vísperas de su muerte, oyó a unas monjas que comentaban en la cocina: “Nuestra hermana Teresa del Niño Jesús está muy mal. Dentro de poco va a morir. Quiero saber qué va a contar nuestra Superiora con respecto a ella, en la crónica del convento. Ella no hizo nada.”

Aparentemente, Santa Teresita no hizo nada, pero bastó que ella muriese, para iniciar lo que podríamos llamar la gran conquista de Santa Teresita. En su último minuto de vida, ella tuvo un éxtasis y se levantó, toda transfigurada de alegría, y cayó muerta. Enseguida, un perfume de violetas invadió todo el convento. Ya en las ceremonias fúnebres comenzaron las curas y los milagros. Era el inicio de su glorificación y de toda su obra espiritual dentro de la Iglesia. En la apariencia derrotada, pero fue victoriosa.

San Luis Grignion Grignion y Santa Teresita murieron sin lamentarse, seguros de haber cumplido lo que Dios quería de ellos, confiando hasta el fin. Esa es la confianza que debemos tener.

Esa confianza tiene un matiz más delicado. A veces, a ciertas almas la Providencia les habla por medio de imponderables: “Ustedes no fueron suscitados para ser vencidos, sino a fin de vencer en esta Tierra. Y, en el auge de la lucha, no deben apenas ofrecerla por la expiación de los pecados, sino confiar en que vencerán. Y no serán fieles si dudaren, porque para ustedes esa es la misión especial.”

Es necesario oír esa voz interior de la gracia y confiar contra toda expectativa, diciendo: De otros, Dios quiso que aceptasen la derrota. Yo la aceptaría con gusto si esta fuese la parte que me cupiese. Sin embargo, la Providencia quiere que confíe en la victoria, a pesar de todas las apariencias de derrota, de manera que, incluso en las peores situaciones, proclame: ¡Yo venceré y volveré!”

Si confiamos así, venceremos en esta vida y volveremos cada vez con más fuerza y mayor gloria. La cosa más peligrosa para nuestro adversario es procurar vencernos. Porque siempre que él ha hecho eso, inmediatamente después sale reducido al mínimo y nosotros multiplicados por nosotros mismos.


(Revista Dr. Plinio, No. 282, septiembre de 2021, pp. 20-25, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 23/10/1971).

Last Updated on Thursday, 09 September 2021 19:38