Nuestra Señora de la Gloria

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Otrora, cuando se mencionaba la Asunción de María a los Cielos, se refería a esa fiesta como siendo la de Nuestra Señora de la Gloria. Eso porque se entendía que la Asunción de la Santísima Virgen no se limitaba al hecho físico de salir de esta Tierra y subir al Cielo resucitada, sino que era su glorificación.

En efecto, después de haber vivido en este mundo, humilde y desconocida, pasando por toda especie de sufrimientos, angustias, dilaceraciones y humillaciones, María Santísima es glorificada por Nuestro Señor a los ojos de los propios hombres, por medio de un privilegio único en la Historia del mundo, por el cual una mera criatura es llevada en cuerpo y alma al Paraíso celestial, donde Ella está en este momento, gozando de un modo inenarrable de la visión beatífica.

Por cierto, esa exaltación fue acompañada de expresiones de gloria indecibles. La naturaleza entera debe haberse regocijado de un modo espléndido: ¿qué colorido tomó el cielo? El sol, que en Fátima danzó y cambió de colores, ¿cómo habrá aparecido durante la Asunción? ¿Qué cánticos angélicos, perfumes, armonías, consolaciones interiores sintieron las almas? Nadie sabe, ¡pero deben haber sido verdaderamente inefables!

Ella, que tenía un alma santísima, una dignidad, una majestad y una afabilidad inexpresables, permitió que traspareciese de un modo extraordinario, en ese momento, toda su gloria interior: su santidad en la mirada, en la fisionomía, en su cuerpo, el cual irradiaba chispas de luz.

Como sucede cuando las madres se despiden de sus hijos, debe haber habido una efusión de misericordia y de bondad suprema, dando a todos la seguridad de estar más presente que nunca en la Tierra a partir del momento en que Ella dejaba a los hombres y comenzaba su gran misión en el Cielo.

De allá para acá, la gloria de Nuestra Señora desde lo alto del Cielo no se escondió: por el contrario, se manifestó cada vez más. No hay en la Tierra una iglesia digna de ese nombre donde no haya por lo menos un altar dedicado a la Santísima Virgen; no hay un alma que se haya salvado sin haber sido devota suya; no hay una gracia que los hombres reciban que no sea obtenida por la Madre de Dios.

Así, la gloria de María va creciendo hasta el fin de los siglos. Y en el día del Juicio Final se dará su glorificación suprema. ¡Es indecible cómo será el cántico de alabanza de Nuestro Señor Jesucristo, del Divino Espíritu Santo y del Padre Eterno a Ella, en aquel día! Cuando no haya más Historia, la vida de la humanidad hubiere cesado y sea puesto el punto final de los acontecimientos del género humano, entonces la Virgen María recibirá una glorificación verdaderamente insondable.

Nuestra Señora se complace en hacer valer su gloria a través de aquellos que, aunque poco numerosos, valen por la unión interior con Ella. No eran muchos los presentes a la Asunción, pero el hecho tomó tal raíz en la memoria de los hombres que, veinte siglos después, fue proclamado como dogma.

Con la gloria de Nuestra Señora refulgiendo en nuestros corazones hemos de afirmar que, en esta media noche del reino del demonio en la cual el mundo está inmerso, desde ahora comenzaron a aparecer las primeras claridades del Reino de María, haciendo irreversible la promesa de Fátima: “¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!”.

 (Editorial de la Revista Dr. Plinio, No. 281, agosto de 2021, p. 4, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 13/8/1966).

Last Updated on Thursday, 26 August 2021 17:27