La promesa de Genazzano

El Dr. Plinio pasó por grandes pruebas, llegando inclusive a tener la idea de que tal vez estuviese destruyendo aquello que él se proponía defender. En medio de esos sufrimientos atroces, crisis individuales internas causticaban su incipiente Obra y él se enfermó gravemente. Estando en un hospital recuperándose de una cirugía, recibió, el 16 de diciembre de 1967, una gracia insigne de la Madre del Buen Consejo de Genazzano.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Aún en mi infancia, la primera batalla de mi vida fue contra la molicie. Esa lucha me llevó a formar en mí, con mucho esfuerzo, amparado por la gracia obtenida por Nuestra Señora, un modo de ser, un tipo de temperamento.

Después de duras renuncias, grandes esperanzas

Cuando rompí con el mundo y entré al movimiento de las Congregaciones Marianas, ocasión en la cual, a la manera de algún contemporáneo de Nuestro Señor Jesucristo – que viendo pasar al Divino Maestro a lo largo del camino dejó todo para seguirlo –, así hice yo con el estandarte de Nuestra Señora: lo vi pasar, dejé todo y lo seguí. Por un reflejo curioso del espíritu humano, me vino a la mente, sin que yo explicitase enteramente, la siguiente idea: “Ahora que vencí todo eso y di estos pasos puedo estar seguro, porque nunca me faltarán fuerzas a lo largo de mi vida, y por más grandes que sean los obstáculos que aparezcan, si vencí eso, venceré el resto. Por lo tanto, así como poseo piernas, brazos, cabeza, está residiendo en mí la virtud de la fortaleza.”

Me acuerdo perfectamente de un día en que yo estaba asistiendo a una bendición del Santísimo Sacramento en la Iglesia del Corazón de Jesús; mientras rezaba, me pasó por la mente esta pregunta: “Ahora, ¿hasta dónde no volaré después de hechas esas renuncias? Vamos a ver si estoy dispuesto a cualquier cosa.”

En medio de las borrascas interiores, la comprensión del papel de la gracia

Poco después y de un modo un tanto imprevisto, estallaron ciertas tormentas interiores que yo no conseguía yugular. Gracias a Nuestra Señora no pequé, pero eran tan superiores a mis fuerzas, que yo tuve que rezar intensamente como nunca había hecho en mi vida, porque no había otra cosa que hacer.

Entonces fui llevado a considerar más atentamente una verdad a la cual yo nunca había dado mucha atención, esto es, todo lo que dicen los libros de formación de religiosa con respecto al papel de la gracia para que el hombre enfrente las dificultades. Fue cuando, cayendo en sí, pensé: “Es verdad, me faltaba eso… De hecho, necesito el auxilio de la gracia.”

Por fin, aquellas borrascas pasaron y yo viví un período de dos o tres años de mucha consolación y mucho bienestar espiritual. Sin embargo, todavía no tenía claro que eso era imprescindible para la vida interior del hombre y necesario también para sus acciones exteriores. Yo pensaba que, con determinados recursos intelectuales y de fuerza de voluntad, y con el auxilio de la gracia para mi perseverancia personal, yo haría el resto. Yo tenía implícitamente la siguiente idea: “Que Dios me ponga en orden, que yo coloco en orden a los otros y acabo haciendo vencer a la Contra-Revolución.”

Encuentro con el Libro de la Confianza

No tardaron en comenzar a aparecer exteriormente problemas para los cuales yo no tenía un remedio, pura y simplemente no encontraba solución: dificultades financieras, de salud, de relaciones y liderazgo en el medio católico, en fin, una lluvia de hechos, unos más perturbadores y constringentes que otros, cayendo encima de mí a torrentes.

Fue cuando, por una circunstancia providencial con aires de fortuita, conocí El Libro de la Confianza, cuya lectura me dio la esperanza de que, a fuerza de confiar, Nuestra Señora también ordenase aquello que yo debería poner en orden. Yo no sería sino un instrumento de Ella, pero era la Santísima Virgen quien verdaderamente colocaría el orden.

Esa idea se anidó en mi espíritu, la hice mía, la incorporé – por lo menos eso espero –, en mi mentalidad y mi modo de ser, y seguí adelante la vida.

Una prueba más atroz que las anteriores

Se dio mi expulsión de la Acción Católica1, la reducción de todo el movimiento que yo lideraba a un grupo de seis o siete amigos heroicos, nada más, en fin, un debilitamiento completo.

A partir de entonces, otra preocupación se estableció en mi espíritu. Pensé: “Yo confié, recé y estoy seguro de que Nuestra Señora quiere que la Contra-Revolución venza. Si en la fuerza de mi edad la Contra-Revolución está decayendo de esta manera, no es cuando yo tenga cincuenta, sesenta años o más que ella va a subir. Ahora bien, si en el vigor de mis años estoy recibiendo el hacha de la Revolución encima de mí, alguna cosa debo haber hecho para merecer el castigo de Dios.”

De donde se siguieron exámenes de conciencia continuos e implacables. Dudo que exista un hombre que pueda decir con toda seguridad: “Yo soy de tal manera fiel, que estoy seguro de que no merezco para nada un castigo de Dios.” Yo soy hombre, luego, estoy en este caso.

No sabía cómo arreglármelas, pues, aunque me viniese este pensamiento consolador: “Tenga confianza también en la misericordia de Dios…”, mi raciocinio era: “Sí, yo confío, pero también creo en la justicia de Él y la adoro específicamente en lo que tiene de horror a mis defectos; adoro la intransigencia divina para con mis defectos y no puedo espantarme de que Él desate su justicia sobre mí. Además, no me compete quedarme raciocinando sobre eso, pues si Dios me está puniendo es porque merecí; si pedí misericordia y no obtuve, fue porque, según las medidas de su sabiduría, no era el caso de dármela.”

Así, nuevamente se abatía sobre mí una prueba más atroz que las anteriores, pues tener la idea de que tal vez yo estuviese destruyendo aquello que me proponía defender, era un sufrimiento atroz.

Estaba yo en medio de esas pruebas, en un período en que las crisis individuales internas flagelaban y causticaban mi incipiente Obra de un modo horroroso, cuando me enfermé con una crisis de diabetes, probablemente ocasionada o agravada por el pesar que esos casos personales me provocaban.

La promesa de la Madre del Buen Consejo

En esas circunstancias, yo había leído un libro sobre la historia de Nuestra Señora de Genazzano, que también cayó en mis manos fortuitamente, y me había encantado con él, manifestando el deseo de obtener una estampa de la Madre del Buen Consejo. Sabiendo eso, un amigo mío, de viaje por Europa, estuvo en Genazzano y me trajo una estampa.

Yo me encontraba hospitalizado, recuperándome de una cirugía, cuando algunos miembros de nuestro Movimiento me vinieron a visitar, trayendo, ya enmarcada, una representación del milagroso fresco de Genazzano.

Me acuerdo de que, al fijar mi mirada en él, aunque no hubiese un milagro ni una revelación, tuve la impresión de que la imagen me decía algo así: “Hijo mío, lo que tú debes realizar, Yo te aseguro que se realizará, desde que confíes en Mí.” Y eso iba acompañado de una sonrisa con mucha bondad, mucha clemencia. No le conté a nadie en esa ocasión, pero evidentemente eso ejerció en mi espíritu una impresión profunda, que yo conservé interiormente.

Poco después el médico me fue a examinar y juzgó que yo estaba de tal forma mejor, que me autorizó a volver a casa. Dejé el hospital llevando la estampa, claro, con inmensa veneración y deseo de tenerla junto a mí. De allá para acá conservé siempre esa imagen en un mueble que queda bien al frente de mi cama.

Santa Teresita del Niño Jesús hablaba de preocupaciones y perturbaciones que el demonio ponía durante su sueño, comprendiendo así la razón por la cual se pedía, en la hora del Oficio recitado en la noche, que fuesen alejadas las pesadillas y fantasmas nocturnos. Así también en mi caso, para irse las pesadillas y fantasmas nocturnos, allí está el cuadro. Si algo me preocupa y me despierto durante la noche, enciendo la luz y veo a la Madre del Buen Consejo.

Estoy seguro de que ya habría muerto de disgusto si no fuese porque esa promesa de Genazzano se mantuvo siempre de pie. Recemos para que esa certeza nos acompañe hasta el fin. Nuestra Señora realizará aquello que deseamos.

1) N. del T.: A fines de 1944, el Dr. Plinio fue destituido del cargo de Presidente de la Junta Arquidiocesana de la Acción Católica de São Paulo, poco después de publicar su libro “En Defensa de la Acción Católica”, en el cual denunció proféticamente la corriente heterodoxa liturgicista infiltrada en dicha institución. Varios años después, con fecha 29 de febrero de 1949, Mons. Montini, futuro Paulo VI y entonces Secretario de Estado, firmó una carta de aprobación de S.S. Pío XII al libro del Dr. Plinio: “Su Santidad se regocija contigo porque explanaste y defendiste con penetración y claridad la Acción Católica”.

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(Revista Dr. Plinio, No. 273, diciembre de 2020, pp. 30-31, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 20/12/1983).

Last Updated on Monday, 11 January 2021 15:35