La santidad se refleja en el rostro del Niño

En su rostro, en su mirada, en cada miembro de su cuerpecito, Jesús Infante manifestaba las maravillas de su Alma, creada en la visión beatífica y unida hipostáticamente al Verbo Eterno. Toda la elevación, trascendencia, equilibrio, afabilidad y fuerza del Divino Maestro ya se manifestaban en aquel Niño.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Estando en vísperas de Navidad, cabe hacer aquí una consideración que me parece muy importante.

¿Cuáles eran los pensamientos de Nuestra Señora con respecto al Nacimiento de Jesús? ¿Qué representó de nuevo la Navidad para Ella? Después de todo, la Santísima Virgen llevaba al Niño Jesús en sí como en un tabernáculo y tenía evidentemente, además de la mayor de las intimidades, un comercio de alma – porque es cierto que Nuestro Señor gozó del uso de la razón desde el primer instante de su concepción en el vientre materno –, una comunicación continua de Él, no solo en cuanto Segunda Persona de la Santísima Trinidad, sino también en cuanto Hombre Dios.

En esas condiciones, no debemos imaginar que el nacimiento de Nuestro Señor fue un acontecimiento en el cual Ella conoció a quien era su Hijo. Nuestra Señora ya tenía un conocimiento muy íntimo y muy ardiente respecto de Él.

Entonces, ¿qué representó de nuevo la Navidad para María?

Jesús entra al mundo en brazos de María

En primer lugar, la Navidad fue el momento altísimo en el cual, de un modo misterioso y sin traer consigo ningún perjuicio a la virginidad de Nuestra Señora, el Salvador abandonó el claustro materno y entró al mundo en sus brazos.

Debe haber sido un momento de grandes manifestaciones de gozo, de un contacto de alma intimísimo de Jesús con su Madre. Él nació de un acto de amor intensísimo, y con toda certeza Nuestra Señora estaba elevada a un grado de mística inexpresablemente alto mientras tomaba contacto con la Divinidad de su Hijo.

Sin duda alguna, la escena fue presidida y contemplada por las Tres Personas de la Santísima Trinidad, y acompañada con cánticos por todos los ángeles. Por cierto, fue una de las fiestas más bellas que hubo en el Cielo, una de las glorias más grandes de la Historia de la Humanidad. Y Nuestra Señora estaba asociada a esa alegría con una intimidad y un grado de unión con Dios realmente inimaginables.

Naturalmente, se trataba de algo muy importante para Nuestra Señora. Pero, ¿era solo eso? ¡Me da la impresión de que había mucho más!

Un nuevo incentivo para el amor de Nuestra Señora

Siendo la realidad física un símbolo de la espiritual, generalmente el rostro y el cuerpo del hombre traen, aunque de un modo confuso, una expresión de su alma. Tratándose de Nuestro Señor, que era perfectísimo y en quien no había ninguna hipótesis de fraude ni de engaño o insuficiencia, podemos imaginar cuánto la Faz sacratísima y todo su Cuerpo expresaban su Alma.

Ahora bien, Nuestra Señora aún no había visto la Faz de su Divino Hijo, ni su Cuerpo. Al contemplarlo por primera vez, Ella adquirió un nuevo título en el conocimiento de Nuestro Señor, que era Él conocido en su Faz, en su mirada, en cada miembro de su Cuerpo, como elemento indicativo de su mentalidad y de su Alma. De ahí resulta entonces un título nuevo para el amor, un título nuevo para la unión, que constituyeron con toda certeza un incentivo para las adoraciones inefables que la Santísima Virgen presentó a Nuestro Señor en la Noche de Navidad.

Consideremos que no solo cada trazo del rostro – sobre todo la mirada – es indicativo de una mentalidad; a su modo, lo mismo se puede decir del cuello, de los hombros, de las manos, de los pies, especialmente si son vistos en conjunto. En consecuencia, podemos imaginar a Nuestra Señora contemplando esa expresión manifestativa de la realidad psicológica y sobrenatural de su Hijo y adorándolo profundamente.

Trascendencia de la sagrada Faz del Niño Dios

A esta altura se hace necesario hacer una rectificación con respecto a algo que la iconografía del Renacimiento deformó completamente. Para dar una idea de la suma pureza del Niño Jesús, él lo representa como un niño bobito e inexpresivo, en el cual no hay ninguna indicación de una mentalidad. Y yo tengo la más grande de las dificultades en admitir que haya sido así.

A mi modo de ver, por el contrario, todo aquello que nosotros admiramos en Nuestro Señor adulto: la trascendencia, la elevación de alma tal que parece colocarlo enteramente en otra región – y hace recordar la frase de la Escritura: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, y vuestros caminos no son mis caminos” (Is 55, 8) –, la posición interior en que se percibe que está contenido todo un cielo, en el cual Él está y de lo alto del cual mira con bondad a la humanidad distante que su misericordia hace próxima, el equilibrio, la distinción, la afabilidad, la fuerza, todo eso que en la sacratísima Faz del Divino Maestro inspira perfecciones morales inefables, me da la impresión de que ya estaba expresado en la Faz y en el Cuerpo del Niño Jesús.

La adoración de San José

La Navidad es la primera manifestación de esas maravillas y hacia ellas convergió la adoración de Nuestra Señora, y la de San José, que estaba cerca y participaba de ese acto como esposo de Ella y padre del Niño Jesús.

Es evidente que María Santísima tuvo una unión de almas con Nuestro Señor en un grado que nosotros no entendemos bien. Sin embargo, también podemos imaginar la ternura, el respeto, el entusiasmo, la adoración y la veneración de San José al ver aquel Niño que él sabía que era Hijo del Espíritu Santo y de Nuestra Señora, pero legalmente Hijo suyo, y que, en parte, en la persona de él se hacía Hijo de David y cumplía las profecías. ¿Qué debería representar para él mirar al Niño y pensar que, después de todo, allí estaba el Dios suyo y de todos los hombres, y al mismo tiempo su Hijo, porque era Hijo de su esposa?

Una meditación para la Navidad

La consideración de la santidad de Nuestro Señor que resplandecía en toda su Persona, la idea, por lo tanto, de la manifestación en su Cuerpo de su santidad de Alma, en la cual, a su vez, se manifestaba la Divinidad hipostáticamente unida a la naturaleza humana, me da la impresión de que es lo que más nos debería extasiar en la Noche de Navidad.

Hay una serie de estampas que presentan la escena del nacimiento de Nuestro Señor con la cuna llena de luz y al Niño con cara de bobito. La luz no estaba en la paja; ¡la luz estaba en el Niño, sobre todo en la Faz sacratísima del Niño!

Eso me parece que constituye una meditación interesante para la Navidad, que alimente la devoción durante estos días. Pidamos a Nuestra Señora que tales pensamientos nos den aliento para una Navidad verdaderamente recogida y piadosa.

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(Revista Dr. Plinio, No. 273, diciembre de 2020, pp. 14-15, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 21/12/1965  Título del artículo en la Revista: Perfecciones morales inefables reflejadas en un Niño)

Last Updated on Monday, 21 December 2020 18:04