Catedrático en varias universidades

Desde su tiempo de estudiante en la Facultad de Derecho, el Dr. Plinio presentía su vocación para enseñar, pues tenía gusto en dar explicaciones, exponer ideas, hacer entender. De hecho, la carrera del magisterio se acabó por convertir en una de las facetas más conocidas de su vida. Cuando, en una reunión en 1989, jóvenes discípulos suyos se mostraron ávidos de algunos recuerdos a ese respecto, el Dr. Plinio recordaba esa etapa de su vida, en la cual conciliaba el magisterio, la abogacía y las actividades de líder católico:

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Busqué al rector del colegio, Padre Dante, y le dije sin rodeos:

– Padre Dante, necesito juntar cierto pecunio y, por eso, quería ser profesor. ¿Ud. me conseguiría una vacante?

– Mire – respondió él –, ahora tendría que verificar en el cuadro del cuerpo docente.

En efecto, él no podría demitir a un profesor cuyo salario era ciertamente indispensable para su sobrevivencia y la de los suyos, diciéndole: “Salga de aquí, pues deseo colocar a otro en su lugar”. Entonces quedó acordado que él tomaría ciertas providencias, a fin de abrirme un espacio sin perjudicar a nadie. Y me aseguró:

– Vuelva dentro de una semana, que lo contrataremos.

Primeros pasos en el magisterio

El Padre Dante mantuvo la promesa, y en la fecha acordada me llamó, diciendo que me había conseguido una vacante, y me preguntó si yo todavía quería ser profesor. Ante mi enfática confirmación, él me propuso enseñar un tema que acepté de muy buena voluntad.

Durante una semana ejercí mi nueva profesión, y todo me pareció correr bastante bien. Sin embargo, después me enfermé seriamente, acometido por una terrible gripe, la ancestral y la mayor de todas las que tuve en mi vida. Como es de suponer, esa grave enfermedad impuso mi alejamiento de los salones de clase.

Cuando me restablecí, estaba en curso la Revolución de 1932, que redundó en la convocación de una Asamblea Nacional Constituyente. Ansiando importantes conquistas para la iglesia en el texto de la nueva Carta, me convertí en secretario de la Liga Electora Católica (LEC), por la cual fui elegido diputado.

Naturalmente, me faltaría tiempo para continuar mi carrera de profesor. Además, estaba resuelto a enseñar en universidades y no en colegios, por una razón ponderable. Siempre deseé enseñar Historia, por parecerme la más bella de las materias para la cultura general del hombre. No obstante, una Historia bien focalizada, en vez de la que a veces se acostumbra a enseñar – y de algún modo es necesario hacerlo en los cursos secundarios –, es decir, un aburrido estudio de fechas y cronologías que los alumnos deben memorizar. Y yo no me consideraba apto para tratar sobre Historia de esa manera, al paso que, para comentarla, analizarla, tomar su significado, me sentía más o menos habilitado.

Aplacé la toma de posesión de mi cátedra en la Facultad de São Bento. Aun así, trabajando al mismo tiempo en la Facultad de Derecho y en la Sedes Sapientiæ – cuatro días por semana en aquella, y tres en esta – asumí un número considerable de clases, que exigían una cuidadosa preparación, pues muchas veces versaban sobre temas para mí desconocidos. Motivo por el cual compré, por indicación del Padre Leonel Franca (un astro de la intelectualidad católica de entonces), la más reciente y famosa Historia Universal, en varios volúmenes, de Juan Bautista Weiss, un austríaco también de buena orientación católica.

Mi rutina diaria era organizada de la siguiente manera: por la mañana, después de regresar de la Comunión, preparaba las clases. Almorzaba y salía para las facultades, desplazándome generalmente en tranvía, dado que nunca quise conducir un automóvil y los taxis eran raros. De esa forma transcurrían tardes casi enteras. En el período vespertino que me restaba, yo trabajaba en mi oficina de abogacía. Y en la noche, después de la cena, me dedicaba al apostolado en el Movimiento Católico. Mi tiempo era, así, todo tomado.

Las clases en la Facultad Sedes Sapientiæ

La Sedes Sapientiæ era una facultad femenina, para jóvenes que no causaban problemas en cuestiones de disciplina, pero pedían del profesor un empeño didáctico particular. Y para eso era necesario que las clases tuviesen sustancia y que la materia fuese expuesta en tono de discurso. Yo procuraba atender esas necesidades, teniendo el cuidado de seguir un consejo de mi padre: ¡ser claro!

Aún me acuerdo cuando, en cierta ocasión, él recibió en su oficina de trabajo en casa a un conocido suyo, con quien trató de negocios. Ese amigo, hombre muy elocuente, de palabras bellas y rutilantes, sin embargo no era claro al expresarse. Yo, en ese entonces niño, me encontraba ahí oyendo la conversación de los dos. Después de la salida del visitante, mi padre exclamó con aire aborrecido:

– ¡Cómo habla ese hombre!

Y volviéndose hacia mí, dijo:

– Te voy a dar un consejo. Cuando seas abogado, toma el cuidado de ser claro. Quien es claro tiene la mitad de la causa ganada. Expone con claridad, para que el juez entienda bien lo que tú quieres. En todo lo que digas o escribas, prefiere ser claro a tener palabras bonitas. Lo ideal es unir la belleza a la limpidez de pensamiento. Pero puede ser que no seas capaz de eso. Entonces, por lo menos sé claro. Hacer como este hombre que acabas de oír aquí, ¡no sirve de nada!

Consejo precioso, que fue de un auxilio inestimable cuando se abrieron para mí las vías de la enseñanza y de la oratoria. Encontré semejante ayuda en las clases de uno de mis profesores de Derecho, que tenía una claridad extraordinaria. Resolví prestar atención en el modo como las ideas se formaban en la mente de él y cómo él les confería tanta nitidez. A fuerza de observar, acabé comprendiendo y procuré, yo mismo, ser claro en todo lo que decía.

Entendí, también, que era necesario evitar las palabras fofas y vagas, empleando aquellas que expresaban exactamente mi pensamiento. Para eso era necesario disponer de un amplio vocabulario de términos precisos, y usarlo a gusto. También, mucho método en el raciocinio, condición esencial para tener claridad.

Raciocinios metódicos con palabras claras, utilizando un vocabulario exacto: así debe proceder el profesor. Conducta en la cual traté de adiestrarme tanto cuanto posible. Adicionando, en las clases de la Facultad Sedes Sapientiæ, un poco de literatura, para que las alumnas pudiesen saborear pormenores de la Historia más significativos. A propósito, como anteriormente resalté, las clases para ellas transcurrían sin ninguna dificultad, y así fue durante todo el período en que enseñé en aquel establecimiento.

Los alumnos de la Facultad de Derecho

No puedo afirmar lo mismo de las clases para los estudiantes de la Facultad de Derecho… Generalmente, estos eran apenas cinco años más jóvenes que yo. No llegábamos a ser colegas, pero en la Facultad todavía estaba caliente mi presencia. Esos factores podían fácilmente despertar en aquellos jóvenes la idea de ser indisciplinados conmigo.

El primer problema era imponerme al respeto de todos. Segundo, hacer que prestasen atención en la clase y que gustasen de ella. Tercero, hacerles manifiesto hasta qué punto yo era católico, por un lado. Por otro, infundirles la certeza de que yo, como exalumno de la Facultad, era consciente de la existencia de una corriente anticatólica fuerte, radical y declarada allí adentro, de la cual muchos de ellos hacían parte. Corriente esta contra la cual yo mismo había luchado, frente a frente.

No pudiendo hacer el papel de un jovenzuelo que se aventuró a enseñar y no logró obtener el respeto de sus alumnos, establecí mi plan de acción: sería un profesor-torpedo, imponiéndome al acatamiento de ellos y tratando de la cuestión católica de un modo puntiagudo. Esa era la única forma segura de actuar, para que los indisciplinados curvasen la cabeza.

Profesor-torpedo

En aquel tiempo, las cátedras de la Facultad de Derecho se erguían sobre un estrado elevado, al cual se tenía acceso por una escalera lateral. Encima había un banco – a propósito, muy incómodo – cercado por una baranda de madera. Para entrar había una pequeña puerta. En el minúsculo recinto había una tabla inclinada para colocar libros y apuntes.

Cada clase disponía de un bedel, teóricamente encargado de mantener la disciplina. Los alumnos, sin embargo, no daban la menor importancia a esos funcionarios que, en el transcurso de las clases, prestaban pequeños servicios a los profesores, como coger la tiza, traer un libro o un vaso con agua, etc.

Poniendo en práctica el plan que había trazado, en mi primer día de clase subí en la cátedra sin mirar a los alumnos. Me senté con seguridad. Ellos, como habían entrado hacía poco en la sala, estaban entregados a su acostumbrado alboroto.  Yo permanecía quieto, con una fisionomía de poca amistad. No demoró mucho, y notaron que algo diferente había entrado en escena…

Entonces, yo dije:

– El primer punto de mi programa es tal; pasaré a discurrir sobre ese asunto. – Y di comienzo a la exposición.

Pasada la primera sorpresa, noto cuchicheos que recorren el salón. Golpeé con fuerza la mano en la mesa, diciendo firme:

– ¡Silencio!

Otros cuchicheos y otras vigorosas intervenciones, hasta que ellos quedaron quietos y silenciosos. Proseguí a la torpedo, dando mi clase sin ninguna otra consideración.

Cuando sonó el timbre de fin de la clase, yo interrumpí y avisé:

– Mañana voy a continuar la materia. – Y salí con paso decidido.

Las clases eran claras, y la mayoría de los alumnos adquirió atracción por ellas, las apreciaba y les prestaba mucha atención. La minoría agitada percibió que su vida no sería fácil. Preparó algunos desórdenes, pero la discipliné con energía.

En el desarrollo del curso de Historia, enseñé todo cuanto había de más católico, añadiendo, de vez en cuando, en tono resuelto:

– Si Uds. quieren preguntarme algo o incluso hacer alguna objeción, estén a gusto.

Y ellos, quietos…

Cierto día, al entrar en la sala, percibí que habían trazado en el tablero una caricatura mía (por cierto, muy bien hecha). Y ellos a la espera de mi reacción. Pasé lentamente delante de la pizarra, con aire distraído, indolente, sin mirarla. Y nadie tuvo coraje de decirme: “¡Mire allí, profesor!”

Frustrando una huelga de estudiantes

En otra ocasión hubo una huelga en toda la Facultad. Cuando llegué, un piquete de huelguistas estaba recorriendo las clases, a fin de obligar a los alumnos a adherir a la manifestación e impedir que los profesores enseñasen.

Ese día yo estaba dando clases en la “Sala João Mendes”, un recinto especial, utilizado como salón de conferencias, muy solemne, con una cátedra bien alta y una inmensa puerta de entrada. En determinado momento, el bedel vino a decirme, afligido:

– Profesor, quería avisarle que está habiendo una huelga… Sería más prudente que Ud. desista de dar la clase hoy.

Mi respuesta fue:

– Yo no desisto de dar la clase por causa de una huelga.

– Pero, profesor, no sé si… Si los alumnos golpean la puerta…

– Arrégleselas, que yo resuelvo este caso.

Él se apartó y yo continué la exposición. Y oía a los huelguistas que corrían por el predio de la Facultad, gritando: “¡Huelga! ¡Huelga!”. Me di cuenta de que llegaría el momento en que pasarían por donde yo estaba, pues no iban a bloquear toda la Facultad y eludir la sala donde yo me encontraba. De hecho, poco después se acercaron a mi puerta, repitiendo su grito de protesta: “¡Huelga! ¡Huelga!”.

Los alumnos, sobre todo los rebeldes, comenzaron a cuchichear. Yo continué como si nada estuviese aconteciendo. Sucedió entonces lo inevitable. Uno de los huelguistas dio una patada en la puerta, y el bedel me preguntó:

– ¿Qué hago, profesor? Ahora ellos están aquí.

Le dije:

– Vaya y abra la puerta. Y ábrala de par en par… ¡Rápido!

Él fue e hizo lo que yo le había dicho. Expectativa en toda la sala: ¿qué va a pasar? Tan pronto el bedel abrió la puerta, me di de frente con los huelguistas. Mirándolos fijamente, les pregunté con un vigoroso timbre de voz:

– ¡Qué pasa?!!

– Profesor… nosotros… estamos haciendo huelga…

– ¿Huelga?! ¡Fuera!!!

Mi rechazo era declarado con tal fuerza y decisión, que ellos comprendieron que no había remedio. Se disolvieron. Yo le dije al bedel:

– Cierre la puerta.

Él la cerró, y yo proseguí la clase.

No es difícil imaginar cómo esa actitud causó una profunda decepción en el clan de alumnos contrarios a mí. Terminé la clase tranquilamente, y salí por los corredores, en los cuales algunos manifestantes todavía transitaban de un lado a otro, insistiendo en su grito de “¡huelga! ¡huelga!”. Yo pensé: “Ahora ellos se van a vengar de mí. Deben estar furiosos y van a intentar abuchearme. Puedo salir por una puerta del fondo, pero, si ellos se dan cuenta, van a creer que estoy con miedo. Eso será peor. Debo enfrentarlos y distanciarme con serenidad.”

Y fue lo que hice. Con toda calma atravesé por en medio de ellos, y no me dijeron nada. Regresé a casa. Había llegado al fin de un día más de clases en la Facultad de Derecho…


(Revista Dr. Plinio, No. 12, marzo de 1999, pp. 5-9, Editora Retornarei Ltda., São Paulo - Título del artículo en la Revista: Vida de Profesor).

Last Updated on Monday, 31 August 2020 18:42