Los moderados y el avance de la Revolución

La familia espiritual de los “moderados” es responsable por el avance de la Revolución. En materia religiosa, de “moderación” en “moderación”, se va llegando al ateísmo. Lo mismo pasa en el campo moral: las modas actualmente consideradas “moderadas” eran las modas inmorales de otrora, y las inmorales de hoy serán las “moderadas” de mañana.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Entre las objeciones que podrían ser hechas a la visión de la Historia presentada por mí en “Revolución y Contra-Revolución”, las más actuales – sino las más inteligentes – podrían ser expuestas de la siguiente manera:

Los crímenes de la Revolución habrían sido causados por las reacciones de la Contra-Revolución

Es cierto, podrían decir alguien, que desde la Edad Media hasta nuestros días el mundo viene siguiendo la línea histórica señalada en esa obra, pero el autor vio las cosas desde su peor ángulo, y por eso presentó el curso de los hechos de modo profundamente pesimista.

Desde el siglo XIII o XIV se viene acentuando un progreso en lo concerniente a la dignificación humana. En consecuencia, todas las transformaciones históricas dejan ver una creciente tendencia de cada hombre a la independencia y a la igualdad. La propia sociedad civil, movida por los mismos impulsos sanos y progresistas que se han hecho sentir en los individuos, también manifiesta una propensión a la independencia con relación a su vieja y, a propósito, benéfica tutora de otros tiempos, es decir, la Iglesia. De ahí resulta un caminar incesante del hombre y de la sociedad hacia una cultura, un orden social y político y una estructura económica marcadas por los anhelos de libertad, igualdad y autonomía de lo temporal. Es cierto que la satisfacción progresiva de esa tendencia fundamentalmente sana dio lugar a que, a su lado, y con ella contribuyendo a impeler el curso de la evolución histórica, se manifestasen también el orgullo, la sensualidad y el espíritu de duda. Y a veces esas manifestaciones fueron brutales. Pero ahí se trata apenas de los efectos de pasiones desordenadas, que en nada se confunden con las legítimas y elevadas aspiraciones del hombre hacia estados de civilización más altos y más dignos.

Los crímenes de la Revolución Francesa, por ejemplo, no son fruto de los nobles anhelos de libertad del pueblo francés. Ellos nacieron de instintos torpes que todos los hombres tienen en todos los tiempos, y que explotan en todas las grandes convulsiones con deplorable violencia. En el caso de la Revolución Francesa y de movimientos congéneres, esas explosiones pasionales parecen causadas, no por aquello que el autor llama Revolución, sino antes, por lo que él llama Contra-Revolución. Son las reacciones intempestivas, ciegas, brutales de esta última que engendran los excesos en que el autor ve frutos sintomáticos de la primera.

Esto explica los errores doctrinarios de todo tipo que parecen constituir el alma de la así llamada Revolución: ateísmo, deísmo, laicismo, anticlericalismo, divorcio, amor libre, guerra a las élites, negación de la propiedad privada, etc. Son excesos doctrinarios simétricos con los excesos de otros órdenes, que se encuentran a lo largo de la marcha victoriosa de la igualdad y de la libertad. Constituyen desbordamientos esporádicos de un rito que, no por esto, debe ser impedido de seguir siempre adelante. Por el contrario, el único modo de reducir al mínimo las inundaciones por él producidas, consiste en darle libre curso.

Sería difícil llevar más lejos la ingenuidad. De todo esto se sigue que nada es más legítimo que la “Revolución”, y nada es más desastroso que la “Contra-Revolución”.

El mundo está descoyuntado en todas las articulaciones del cuerpo social

Toda esta argumentación peca por la base. Ella parece suponer que, lado a lado, dos grandes familias espirituales impelieron a la humanidad en las vías que ella va siguiendo. Una está formada por hombres profundamente apegados a la civilización, a la familia, a la propiedad privada y hasta a la Iglesia, pero deseosos de reivindicar para sí una parcela de importancia legítima. Esos hombres fueron ajenos a todos los excesos, tienen un programa sumamente moderado y nutren horror a otra familia espiritual. Esta se compone de casi toda la escoria de la humanidad (“casi toda”, decimos, pues no figuran en ella los funestos contrarrevolucionarios), quiere toda forma de excesos y es responsable de todos los crímenes. La primera familia es mucho más influyente y fuerte que la segunda. Ella hace el progreso que hace cinco o seis siglos viene caminando incesantemente. La otra no hace sino esporádicos disturbios que no tienen ninguna relación profunda con el curso de los acontecimientos.

Ahora bien, si así es, no se comprende por qué el mundo, en vez de ser regido por la armonía, por la moderación y por el orden, es presa de una terrible confusión, está descoyuntado en todas las articulaciones del cuerpo social, va presentando síntomas crecientes de desequilibrio y degradación moral, y está hundiéndose en un caos delante del cual tiemblan todos los hombres sensatos.

Esta espantosa realidad, de la cual brotan todas las otras realidades espantosas de nuestros días, ¿por quién fue producida? ¿Por la familia espiritual de los moderados? Entonces, ¿en qué consiste esta moderación? ¿Por los perturbadores? Entonces, ¿en qué consiste la fuerza de los moderados? ¿Y cómo afirmar que fue la moderación la que nos condujo a este exceso? ¿Quién no ve lo ilusorio de tal visión de la Historia?

No se trata de una crisis ligera, sino de una tragedia

Pero, objetarán otros, no se trata de eso. Un adolescente puede ser a veces desatento y hasta grosero con sus padres. Es la expresión excesiva de un legítimo deseo de independencia. Conquistada la libertada en la edad madura, el hijo se volverá con saudades y gratitud hacia sus padres ancianos. Todo habrá entrado nuevamente en orden. Los excesos actuales de la Revolución constituyen fenómenos de adolescencia. Consumada la evolución histórica, las cosas volverán a sus posiciones normales y la sociedad, ya evolucionada, se reconciliará con la Iglesia.

Es otro modo falso de interpretar los hechos. Sin entrar en el análisis de esa concepción, debemos decir que la figura no condice con la realidad. Si la Iglesia es madre, Occidente el hijo y la Revolución la crisis, cumple reconocer que no se trata de una crisis ligera, de simples escaramuzas domésticas, sino de una tragedia, pues Occidente, por formas ora blandas, ora brutales, despojó a la Iglesia de todas las prerrogativas que le competen como Reina y Madre, dándole como un gran favor la libertad que solo se le niega a los facinerosos. Además, en los campos de concentración del nazismo, y por detrás de la cortina de hierro, él la golpeó e hirió de mil modos. Cuando entre madre e hijo las relaciones están en esos términos, ¿es el caso de prever como lo más probable, según del curso común de las cosas, que todo se vuelva por sí mismo a la rutina, o que las desavenencias caminen hacia las últimas catástrofes?

La familia espiritual de los “moderados” hizo una Revolución inmensa y sistemática

La idea de tomar entre los excesos y los crímenes de la Revolución, de un lado, y la Contra-Revolución, de otro, una línea media moderada, no es de nuestros días. Ella nació, por así decir, con la propia Revolución. En la Época Contemporánea, por ejemplo, esta fórmula de falso equilibrio sedujo a numerosísimos elementos en cada una de las generaciones que se sucedieron desde 1789 para acá.

En la esfera política, entre los partidarios del Ancien Régime y los jacobinos, la corriente “moderada” juzgó por mucho tiempo que el punto de equilibrio certero era la monarquía constitucional. Más tarde, casi desaparecidos los partidarios del Ancien Régime, el papel de “moderados” le tocó a los republicanos conservadores, medio término “sabio”, “prudente”, “sensato” entre dos excesos contrarios: la monarquía y el socialismo. En muchos países las cosas ya evolucionaron y la “moderación” consiste en defender el socialismo contra la república burguesa, a la derecha, y a la izquierda, el comunismo.

Hagamos un análisis de este curioso proceso. Esa familia espiritual de “moderados”, pretendidamente equidistante de ambos extremos, no hizo otra cosa sino una inmensa y sistemática Revolución, con intersticios aparentes y retrocesos estratégicos que se pierden como simples accidentes en la inmensidad de la trayectoria recorrida. Cada generación de “moderados” creó, de esta manera o de aquella, otra generación que le sucedería en la misma adoración de la “equidistancia” y del “equilibrio”. Pero cada generación que llegaba daba un paso adelante, tomando precisamente la posición que la anterior tachaba de exagerada. Los “moderados” monárquicos y constitucionales franceses, por ejemplo, reputaban como exagerada la República. Ahora bien, de las situaciones plasmadas y dominadas por ellos se originaron los “moderados” que, en nombre de la moderación, hicieron la República.

Así, la “moderación” caminó siempre de un exceso hacia otro. ¿Cómo ver en ella, entonces, otra cosa sino a la Revolución?

Y si la marcha de la “moderación” nos lleva siempre algunos escalones más abajo en la espiral revolucionaria, ¿cómo suponer que al fin del camino no estemos más hondo en el abismo de la Revolución?

Las “moderadas” y el avance de la inmoralidad en los trajes

Ya que la Revolución es un inmenso todo, y no un proceso meramente político, también en otros campos podríamos notar el mismo papel de la “moderación”.

En materia religiosa, por ejemplo, ¿cuántas veces el cristianismo interconfesional y vago ha parecido un medio término prudente entre un catolicismo exagerado y un deísmo audaz? Y, después, ¿cuántas veces el papel de medio término pasó de ese tal o cual cristianismo hacia el deísmo, “punto de equilibrio” simpático entre los “prejuicios” cristianos y los excesos del ateísmo? Así, de “punto de equilibrio” en “punto de equilibrio”, de “moderación” en “moderación”, ¿dónde se va llegando, dónde ya llegaron tantos y tantos, sino al ateísmo, que es el sumo desequilibrio, el sumo exagero, la más aberrante inmoderación?

Y en el terreno de la inmoralidad de los trajes, ¡cuánta observación análoga habría que hacer! En cada época hay jovencitas de costumbres recatadas, otras “osadas”, y por fin una inmensa mayoría está en el medio término. Ahora bien, por regla general, las “moderadas” de hoy son idénticas a las exageradas de la víspera. Y las exageradas de hoy son idénticas a las “moderadas” de mañana. ¿Cómo, pues, confiar en esa “moderación” como fuerza capaz de evitar el triunfo de los peores errores, de los excesos más detestables?

Pero, se preguntará, ¿el autor llega al punto de negar que, accidentalmente, por lo menos, la Revolución produjo algunas ventajas? ¿Ella no tuvo, para ejemplificar, el gran mérito de acentuar en los obreros un sentido más nítido de su dignidad? ¿Y no es cierto que la expresión “promoción de la clase obrera” tiene un significado profundamente simpático a toda alma católica?

Ciertos procesos de degradación moral pueden conllevar, accidentalmente, la corrección de algunos defectos. Así, una joven pura educada en un ambiente muy cerrado y por eso mismo tímida, se puede perder y al mismo tiempo que en ella desaparece la pureza, es posible que desaparezca también la timidez. ¿Será el caso decir que su degradación tuvo la ventaja de librarla de la timidez? Absolutamente hablando, habría un fondo de verdad en esa aserción. Pero, ya que hay tantos medios normales de que una persona se corrija de la timidez, la afirmación tiene algo de desagradable a los oídos dotados de una fina percepción.

La promoción de la clase obrera consiste en que ella se persuada de la dignidad y grandeza cristiana de su condición

La Revolución contribuyó para que todos los hombres – y no solo los obreros – tuviesen una noción plena de sus derechos. Bueno habría sido que ella también les hubiese hablado de sus deberes. De todas formas, el medio normal y adecuado para que los hombres llegasen al conocimiento pleno y armónico de sus derechos no habría sido la Revolución, sino el progreso en las virtudes cristianas, es decir, precisamente lo contrario de la Revolución. Este es el fundamento de toda promoción, inclusive de la clase obrera.

¿En qué consiste esa promoción? No en que el trabajador, intoxicado por la Revolución, tenga vergüenza de su condición y quiera ser burgués. Ni en que desee establecer la dictadura del proletariado para pisotear a las clases sociales más altas. La promoción del operario consiste en que él se persuada cada vez más de la dignidad natural y de la grandeza cristiana de su condición, y procure marcar con esta convicción todo su porte, sus maneras, su traje, su residencia, etc.; y que ame la jerarquía social en la cual le cabe un escalón modesto, pero digno. En este sentido, estaban mucho más a camino de una promoción los operarios rurales de otrora, con sus bellos trajes típicos, sus músicas y sus danzas populares, sus casas y sus muebles de una rusticidad pintoresca y confortable, o los miembros de una corporación antigua, que la de tantos pobres trabajadores de hoy, víctimas de la Revolución, piezas sin iniciativa ni vida de un gran mecanismo económico, moléculas inexpresivas de una inmensa masa, y no más células vivas de un verdadero pueblo.

La promoción obrera comporta, es verdad, también una mejora de las condiciones materiales de vida. Pero, aun ahí, cumple recordar que si esto supone un salario justo, suficiente para el trabajador y su familia, supone también el hábito y los medios de hacer economía, de formar un patrimonio propio y de tener por lo menos casa propia. El obrero enteramente sin pecunio, dependiente en todo y para todo del sindicato y de organismos congéneres, es una víctima de la Revolución y no es, de ningún modo, un obrero “promovido” según las normas de la Contra-Revolución.

Sobre todo, es necesario recordar que la promoción de una clase es en la sociedad como el crecimiento de un miembro en el cuerpo. Debe ser un capítulo necesario y precioso de un progreso concomitante de las diversas clases sociales, y nunca un marco para la nivelación de todas. Como vemos, la Contra-Revolución favorece la promoción de la clase obrera. ¡Pero, cómo esa promoción difiere de las promesas subversivas y engañosas de la Revolución!

Hay abusos por exceso y por omisión

Respuesta análoga podría ser dada a quien pretendiese que el proceso revolucionario, limitando la patria potestad, la autoridad marital, las precauciones morales de las costumbres de otrora, prestó un servicio insigne a la humanidad. Es como pretender que se prestó un servicio a alguien cortándole un brazo, porque así nunca más se machucará los dedos. Es posible que los abusos de la patria potestad hayan disminuido de número, ¿pero el abuso de la independencia de los hijos no habrá engendrado males mil veces peores?

La propia expresión “abuso” debería ser, a propósito, matizada. Hay abusos por exceso. Digamos que disminuyeron. Y los abusos por omisión de la patria potestad: ¿no aumentaron prodigiosamente bajo el signo del liberalismo? ¿Quién podrá jamás decir que el cúmulo de desastres morales se han originado de tal omisión?

La Civilización Cristiana podría tomar como lema las palabras oídas por los pastores en la noche en que nació el Salvador: “Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos, y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14 – Vulg). La paz es, según San Agustín, la tranquilidad en el orden1. Del orden de Cristo, bien entendido, en el Reino de Cristo. Para la realización de ese anhelo no puede ser de ningún valor la Revolución, pues las acciones inspiradas por esta, aun cuando vistas desde un ángulo indebidamente optimista, no pasan de ser correctivos desproporcionados y salvajes a abusos que inevitablemente existen en todo orden cristiano.

Se cuenta de un oculista a quien un cliente se lamentaba exageradamente del incómodo que le causaba el uso de lentes. Hecha una operación, por impericia del médico, el cliente quedó ciego. Cuando este volvió en sí, reclamó indignado contra el desastre que le había sucedido. Confundiéndose en disculpas, el oculista añadió, a guisa de consolación:

– Por lo menos, Ud. no tendrá que usar lentes…

Es en lo que nos hacen pensar los que, para justificar la Revolución, alegan en su favor ventajas de este porte. La civilización está hecha harapos, el mundo amenaza con desmoronarse en esta era en que sopla libremente y en todos los sentidos el tifón revolucionario. Sin embargo, ellos dicen: “Cantemos honras a este tifón porque eliminó algunos abusos del Ancien Régime.”

1) Cf. De Civitate Dei, XIX, cap. 13.


(Revista Dr. Plinio, No. 269, agosto de 2020, pp. 15-19, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído, con adaptaciones, de Catolicismo, No. 101, de mayo de 1959).

Last Updated on Monday, 24 August 2020 17:43