María, Reina de los corazones

Para que conozcamos bien a Nuestra Señora es necesario extirpar de nuestras almas el espíritu del mundo, el cual se identifica con la Revolución y es incompatible con la Madre de Dios, cuya realeza está íntimamente unida a su papel de Madre, Medianera y Maestra.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Vamos a comentar algunos trechos del Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen1, de San Luis María Grignion de Montfort, referentes a la segunda semana de preparación para la Consagración a Nuestra Señora.

El espíritu del mundo se identifica con la Revolución

Durante la segunda semana, se dedicarán en todas sus oraciones y en las obras de cada día, a conocer a la Santísima Virgen. Pedirán este conocimiento al Espíritu Santo.

Es necesario extirpar del alma todos los errores que hacen imposible conocer bien a la Santísima Virgen, es decir, los errores del espíritu del mundo, el cual se identifica hoy con la Revolución. De por sí, el espíritu del mundo es una cosa, la Revolución es otra, pero en nuestra época el espíritu que el mundo adoptó es el espíritu revolucionario, y la Revolución es la mentalidad, la actividad del mundo.

Después de haber limpiado nuestra alma del espíritu de la Revolución, incompatible con Nuestra Señora, se crían entonces las condiciones para que comprendamos bien a la Santísima Virgen, condición previa para que la amemos, porque el amor nace del conocimiento, y el recto amor nace del recto conocimiento. Es solo cuando se conoció bien, que se ama rectamente. Por lo tanto, el primer paso, después de esa limpieza preliminar, es conocer bien a Nuestra Señora, para lo cual San Luis indica recomendaciones.

La primera es aplicarse en la oración e inclusive en las obras diarias, con el objetivo de alcanzar esa altísima gracia. Por fin, se debe pedir ese conocimiento al Divino Espíritu Santo, del cual parten las gracias que, por medio de su Esposa, María Santísima, no hacen aptos para conocerla.

El Espíritu Santo es el verdadero Esposo de María

Se ha tratado mucho de Nuestra Señora como Madre del Verbo encarnado, pero se habla menos de lo que representa de intimidad con Dios la relación de Ella con el Espíritu Santo.

La Santísima Virgen es la Esposa del Divino Paráclito en el sentido verdadero de la palabra, precisamente porque es realmente Madre de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se encarnó en su claustro virginal. El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo fue engendrado en Nuestra Señora, de la carne y de la sangre exclusivamente de Ella porque ninguna otra carne o sangre humana entró en esa generación. Por eso dice la Teología: Caro Christi, caro Mariæ; Sanguis Christi, sanguis Mariæ – la Carne de Cristo es la carne de María, la Sangre de Cristo es la sangre de María.

A propósito, esta es una verdad que en el momento de la Consagración, en la Misa, agrada recordar. Un modo de pedir especialmente las gracias incalculables que nuestra participación en la Santa Misa puede conllevar, si fuéremos devotos, es participar de ella por medio de Nuestra Señora, considerando que el Cuerpo y la Sangre en que se transubstancian el pan y el vino fueron engendrados en el seno purísimo de María que, permaneciendo virgen antes, durante y después del parto, dio a luz al Verbo de Dios encarnado.

Además, Ella tenía conocimiento del fenómeno de la gestación que pasaba en su cuerpo, y prestaba actos de adoración a su Divino Hijo en la medida en que iba dando su propia carne y su propia sangre para formar el Cuerpo de Él. Por esta razón, Nuestra Señora es el modelo de quien comulga, pues, por una de esas analogías abismáticas, cuando recibimos a Nuestro Señor en nosotros por la Sagrada Eucaristía – a pesar de nuestras miserias, ingratitudes, irreflexiones, liviandades, etc., que a veces nos impiden comulgar como debemos –, somos tabernáculos vivos como lo fue la Madre de Dios, y eso nos eleva a una dignidad que no sabemos valorar adecuadamente.

En ese conjunto de verdades está este hecho: quien engendró a Nuestro Señor Jesucristo fue el Espíritu Santo. De manera que Él es el verdadero Esposo de María. He aquí la razón por la cual San Luis Grignion de Montfort recomienda que se pida el conocimiento de Nuestra Señora al Divino Paráclito.

Se entiende, así, con mayor profundidad la jaculatoria Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terræ – Enviad vuestro Espíritu y todas las cosas serán creadas, y renovaréis la faz de la Tierra. Todo será restaurado, reavivado, reconstituido en su situación de mayor esplendor y, con eso, la Tierra tendrá otra faz. ¿Por qué? Porque tendrá otro espíritu. La faz es el espejo del espíritu; si mudó el espíritu, muda la faz.

Madre, Medianera y Maestra junto a los hombres

Como consecuencia de su Maternidad Divina y por ser Esposa del Espíritu Santo, Nuestra Señora es soberana, pues está colocada incalculablemente por encima de todas las criaturas, y posee sobre aquellos que obedecen a Dios un poder real. La súplica de María es gobernativa por voluntad divina, porque Ella pide y Él atiende. De manera que, por así decir, la Santísima Virgen tiene el cetro de Dios en las manos. Es lo que, a propósito, la imagen de María Auxiliadora indica claramente. Ella tiene en la mano izquierda al Niño Jesús, y en la mano derecha el cetro, que simboliza el gobierno que tiene sobre toda la Creación, por la situación incomparable y unión con la Santísima Trinidad.

Además, la Virgen María es medianera. Mediar es estar en el medio, y Ella está en el medio, entre Dios y nosotros de un modo peculiar. Cuando yo era pequeño, a los niños de aquella época les gustaba hacer un juego que me interesó durante algún tiempo: usar lentes de aumento para concentrar los rayos del sol sobre una hoja muerta, por ejemplo. Los rayos así concentrados hacían con que, en poco tiempo, la hoja comenzase a prenderse. Para un niño que nunca había visto eso, era una experiencia interesantísima.

Nuestra Señora hace el papel de esa lente de aumento entre Dios y nosotros porque, por el poder de Medianera que posee, Ella concentra en sí aquello que pide a Dios y, aplicando eso sobre el fiel, lo incendia de amor divino.

La Santísima Virgen es nuestra Madre – y esta palabra quiere decir tanta cosa, que tal vez solo en el Reino de María comprenderemos todo su significado con relación a Ella –, y también es nuestra Maestra.

En efecto, de la Maternidad Divina y de la condición de Esposa del Espíritu Santo emanan todas las grandezas y prerrogativas de Nuestra Señora, que dan fundamento a su papel de Madre, Medianera y Maestra junto a los hombres, lo cual, a su vez, está relacionado con la realeza de María.

Molde de Dios

San Luis Grignion de Montfort dice que la Santísima Virgen es también un molde perfecto, que debe moldearnos a fin de que nos volvamos conformes a Nuestro Señor Jesucristo. Es necesario que tomemos disposiciones, intenciones idénticas a ese molde divino. Nosotros no lo podremos hacer sin estudiar atentamente la vida interior de María, o sea, sus virtudes, sus sentimientos, sus actos, su participación en los misterios de Cristo y su unión con Él.

De hecho, como San Luis explica a cierta altura de su libro, un artista tiene dos modos de hacer estatuas. Una es esculpirlas penosamente, una a una, sobre una materia prima dura, resistente, como piedra o madera. Otro es, teniendo un molde perfecto, derramar en él yeso o cualquier otra materia moldeable y, entonces, de un modo fácil y seguro el artista podrá tener un número enorme de estatuas que, fabricadas una a una, le darían un trabajo tremendo.

María es el molde de Dios. Si la persona convidada a la santidad está de acuerdo en dejarse modelar según ese molde, ella se hace como otra Nuestra Señora. Ahora bien, eso nos hace pensar en el Reino de María. ¿Cómo explicar que, conforme esperamos, haya tanta gente espléndida en ese Reino cuando tales personas son tan raras hoy en día?

Serán personas que pasarán por el molde, tomarán el modo de ser, entrarán en el género, en el estilo de Ella, y por esa razón quedarán muy parecidas a Ella, o sea, semejantes a Dios. La imitación perfecta de Nuestro Señor Jesucristo consiste en modelarnos en María.

Así, San Luis Grignion va acercándonos a ese ideal de santidad que puede parecer a muchos absolutamente inalcanzable.

El corazón es símbolo de la voluntad, la psicología y la mentalidad del hombre

Un título de la Santísima Virgen que me es muy grato es Reina de los Corazones, y equivale a decir Reina de la Contra-Revolución.

El corazón es símbolo de la voluntad, de la psicología, de la mentalidad de la persona. Así, Nuestra Señora es la Reina de los corazones en este sentido. Evidentemente, Ella no viola la libertad de los hombres, pero tiene tal influencia sobre las gracias concedidas por medio de Ella, que esas gracias inducen, llevan a las personas, con soberana dulzura y claridad, hacia lo que la Santísima Virgen quiere. Es, por lo tanto, por medio de esas gracias que María es la Reina de todos los corazones.

Con raras excepciones, el corazón del hombre contemporáneo es dominado por la Revolución. Debemos, pues, considerando la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución, invocar mucho a Nuestra Señora como Reina de los Corazones.

Con respecto a este asunto elevadísimo, San Luis Grignion dice:

María es la Reina del Cielo y de la Tierra por obra de la gracia, como Jesucristo es Rey por naturaleza y derecho de conquista.

Nuestro Señor Jesucristo es el Rey del Cielo y de la Tierra por naturaleza porque Él, siendo Hombre Dios, es Rey de toda la Creación. Nuestra Señora no es por naturaleza, sino por la gracia, que le dio esta realeza sobre el Cielo y toda la Tierra.

El Divino Salvador es también Rey por conquista porque, con su Pasión, redimió al género humano y conquistó la Tierra para sí. Él adquirió un derecho, por su naturaleza, de ser Rey de la Tierra y del Cielo.

Cuando Nuestro Señor afirmó: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17, 21), quiso decir que el mismo se ejerce sobre los corazones. Y el reino de la Santísima Virgen está principalmente en el interior del hombre, es decir, en su alma. Es sobre todo en las almas que Ella es más glorificada con su Hijo, que en todas las criaturas visibles, y podemos llamarla con los santos la Reina de los Corazones.

El mar es una gota de agua en comparación con el alma de Nuestra Señora

Esas verdades se prestan para algunas consideraciones. Imaginen una persona que esté, por ejemplo, en la Isla Fernando de Noronha. Aquello es una especie de navío parado con una base en el fondo de la tierra, pero es una posición maravillosa. Viendo el mar, una persona se regala con aquel esplendor y se entusiasma; si fuere piadosa debe tener el hábito de reportar a María todo cuanto piensa. Entonces dirá: “¡Cómo debe ser el Corazón Inmaculado de María inmensamente más grande que todo eso, no por el tamaño físico, sino por el valor!” Y pueden venir reflexiones muy buenas sobre la extensión y calidad de los predicados de la Santísima Virgen.

Para que comprendamos cómo el mar es una vil gota de agua en comparación con la grandeza del alma de Nuestra Señora, basta que tomemos en consideración la situación de Ella durante la Pasión de su Divino Hijo. Nuestro Señor Jesucristo cargaba la cruz, y los dos se encontraron. ¡Lo que Ella sufrió cuando vio a su Hijo injustamente puesto en aquella situación y tratado de aquella manera por una algarabía de gente vil que no valía nada, de canallas! Ella lo abrazó y en aquel abrazo iba, de su parte, mucho más que una aprobación, una alabanza: “¡Hijo mío, yo os alabo porque estás sufriendo así por la Humanidad, para la gloria de Dios!”

Porque es glorioso para Dios y para Nuestra Señora tener el reino de las almas; y Jesús estaba conquistando eso por su sangre derramada y por la muerte que sufrió, para todas las almas creadas a lo largo de la Historia, desde Adán y Eva hasta el fin del mundo.

Conquistó el dominio de todos los corazones

Para mí, la escena más emocionante es la última mirada de Jesús, porque es indiscutible que, antes de morir, Él miró a su Madre Santísima una vez más, y que Ella lo estaba mirando fijamente en ese momento, pues estoy seguro de que, durante todo el tiempo en que estuvo junto a la cruz, Ella no desvió la mirada de Él en ningún instante. Por lo tanto, en ese momento en que ambas miradas se entrecruzaron, Ella notó, por lo pálido de los ojos y extremo sufrimiento de Él, que la hora estaba llegando. Nuestro Señor dijo aquellas palabras de despedida a Ella y a San Juan: “¡Hijo, he ahí a tu Madre! ¡Madre, he ahí a tu hijo!” (Cfr. Jn 19, 26-27).

María Santísima sabía que Él iba a pasar por eso y lo deseó; al querer, Ella mostraba un dominio extraordinario sobre sí misma, porque todo debe llevar a una madre a querer salvar a su hijo. Si Ella pidiese, Nuestro Señor no sería martirizado. Él lo fue porque su Madre consintió; Ella permitió porque quería que Él rescatase al mundo. Así, Ella tomó profundamente en serio las cosas y conquistó el dominio de todos los corazones.

Ahora bien, es tan augusto dominar todos los corazones que, considerando al hombre más inculto, tosco, de sentimientos y disposiciones más viles que se pueda imaginar, que Nuestra Señora reine sobre él tiene una grandeza mayor que reinar sobre todo el universo material. ¡Tanto vale un alma!

María es, pues, la Reina de las almas y tiene el poder de llamarlas a sí y de llevarlas hacia el bien. Ella es la omnipotencia suplicante.

Trabajando mucho en apostolado, una de las alegrías que se tiene es cuando se percibe que una determinada alma mejoró radicalmente, está transformada, causando una impresión de que ella mudó, su mirada es luminosa. Esa alma está esplendorosa, afable, flexible para todo cuanto es bueno e inflexible contra todo cuanto es malo. ¿Qué es eso? Es el brillo de las virtudes que Nuestra Señora obtuvo para aquella alma. Así, por el procedimiento de esa alma, la Santísima Virgen engrandece a Dios y canta el Magnificat al Creador en aquella persona. En esas condiciones, toda alma que se entrega continuamente a Dios, su vida es un Magnificat ininterrumpido.

Entonces, nosotros debemos hacer a Nuestra Señora este pedido: “Madre mía, Vos sois Reina de todas las almas, aun de las más duras y empedernidas que quieran abrirse a Vos. Yo os pido una cosa: sed Reina de mi alma, quebrad sus peñascos interiores, romped sus resistencias abyectas, disolved por un acto de vuestro imperio las pasiones desordenadas, las voliciones pésimas, los vestigios de mis pecados pasados que puedan haber quedado en mí. ¡Limpiadme, oh Madre mía, para que yo sea enteramente vuestro!”

Si somos atendidos, seremos perfectos contrarrevolucionarios.

1) Cf. No. 37 a 59, 229.


(Revista Dr. Plinio, No. 269, agosto de 2020, pp. 9-14, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 13/3/1992  Título del artículo en la Revista: Reina de los corazones, Reina de la Contra-Revolución).

Last Updated on Tuesday, 18 August 2020 18:31