Nuestra Señora del Divino Amor

No podemos salvarnos si no tenemos amor sobrenatural a Dios, y es Nuestra Señora, Medianera de todas las gracias, quien nos obtiene ese amor. Ella ama al Creador más que todos los ángeles y los hombres juntos, y, a la manera de una antorcha que se enciende con el sol, transmite ese fuego a las otras criaturas.

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Me pidieron que tratara respecto a la invocación de Nuestra Señora del Divino Amor, cuya fiesta se conmemora el sábado anterior al domingo de Pentecostés. ¿Cuál es el sentido profundo de esa devoción?

Solo obtendremos el amor a Dios por medio de Nuestra Señora

La cosa más preciosa que el hombre puede tener en esta Tierra y le granjea el Cielo es el amor a Dios. Este es el primero de los Mandamientos, que da valor a todos los otros. Si una persona cumpliese los nueve Mandamientos, por otras razones que no fuesen el amor a Dios, a los ojos de Él no tendría valor, porque es necesario que todo sea hecho por amor al Creador, para que tenga valor. Por lo tanto, la virtud cúpula, la virtud áurea, de acuerdo con la Doctrina Católica es el amor a Dios.

Por otro lado, este amor nos abre las puertas del Cielo, donde estaremos practicando un eterno acto de amor a Dios. De manera que esa invocación se refiere a Nuestra Señora en cuanto obteniendo y comunicando la virtud más alta y el don más elevado que Ella tuvo y que puede ser obtenido para una criatura.

Dicho lo anterior, debemos preguntarnos cuál es el papel de María Santísima en la obtención y en la difusión del amor a Dios.

La cuestión se plantea de un modo muy simple. Es una verdad de fe, que nadie puede negar bajo pena de pecado mortal, que Nuestra Señora es la Medianera de todas las gracias, o sea, todas las súplicas dirigidas a Dios pasan por Ella, de tal manera que los pedidos de todos los santos del Cielo, hechos en unión con María, son atendidos, pero si Ella no pidiese con ellos, no serían atendidos. No obstante, si Ella pide sola es atendida. Así, todas las gracias concedidas por Dios nos llegan por medio de Ella. Por voluntad divina, la Santísima Virgen es el canal por medio del cual todas las oraciones suben a Dios y todas las gracias bajan a los hombres. Luego, Ella nos obtiene el amor a Dios.

El amor natural y sobrenatural a Dios

En principio, podríamos considerar el amor a Dios en dos líneas: el natural y el sobrenatural. El amor natural a Dios sería el practicado por alguien que no conociese sino la religión natural. Hay ciertas verdades con respecto a Dios que los hombres conocen simplemente por la razón, no porque estén en la Escritura y, por lo tanto, hayan sido reveladas, ni porque constan en la Tradición, sino por ser deducibles por la razón humana. Por ejemplo: hay uno solo Dios supremo, Creador de todas las cosas, infinitamente perfecto, misericordioso, justo, que ama a los hombres y los llama a una vida eterna después de esta existencia. Esas verdades el hombre las conoce simplemente por su razón y, de por sí, justifican el amor a Dios.

Pero para nosotros, que fuimos bautizados y tenemos la fe y toda la vida de la gracia que la Iglesia ofrece, no existe apenas ese amor natural a Dios. Existe también el amor sobrenatural, fruto específico de un conocimiento sobrenatural de Dios. Es decir, lo que nosotros conocemos de Dios por la Revelación y por la gracia es incomparablemente más de lo que nuestra simple razón podría alcanzar. A la Santísima Trinidad, por ejemplo, no la conocemos por nuestra razón, sino por habernos sido revelada. Y así también un caudal enorme de verdades de fe fundamentales que nosotros solo conocemos porque Dios las reveló.

La Iglesia nos enseña que este acto por el cual la razón humana adhiere a lo que fue revelado es un acto sobrenatural, o sea, sin una gracia concedida por Dios para eso, el hombre es incapaz de creer. Aunque el acto de fe sea conforme a la razón y justificado por ella, el simple raciocinio no basta para que el hombre lo practique. Él necesita de un auxilio especial, el cual ya es, en esta Tierra, el comienzo de la visión beatífica, una semilla de lo que haremos cuando en el Cielo contemplemos a Dios cara a cara.

Este acto de conocimiento sobrenatural trae como consecuencia el amor a Dios, que es sobrenatural también. Un amor que solo puede ser obtenido, por lo tanto, por medio de una gracia. Y este amor que nos viene, por lo tanto, de Dios, a fin de que lo amemos, es necesario que antes Él nos haya amado y nos haya dado la gracia de amarlo. El primer paso es de Él para con nosotros y no nuestro para con Él. Y este amor sobrenatural nos viene de la gracia; sin la gracia nosotros absolutamente no lo obtendríamos.

Es Nuestra Señora que nos pide la fe y la gracia del amor. Y sin la gracia nosotros no tendríamos ni la fe, ni el amor sobrenatural.

Ella es la Medianera que nos obtiene del Creador este amor sobrenatural a Él. El católico no puede salvarse sin un amor sobrenatural a Dios.

Verdadera alma del apostolado

No basta decir que María Santísima, por su intercesión, nos obtiene ese amor. Ella es una reserva, una antorcha ardiente de ese amor y lo comunica a los otros. Ella, que ama más a Dios que todas las criaturas juntas lo aman, transmite el amor a las criaturas, más o menos como una antorcha que se enciende en el sol, que es Dios, y después pasa el fuego a todas las otras criaturas. Ella es una reserva, un mar, un océano inmenso de amor y lo transmite a los otros.

Así, en último análisis, para todos los problemas de nuestra vida interior tenemos que pedir, ante todo, el amor a Dios. Debemos agradecer el amor a Dios que recibimos, y pedir más. Y no podemos hacer a Nuestra Señora una súplica más agradable que pedirle eso. Si lo obtenemos practicaremos todas las otras virtudes. Si no lo poseyéremos no practicaremos ninguna virtud.

La repercusión de eso en el apostolado es enorme. Porque el apostolado es un acto por el cual una persona comunica a otra el conocimiento de Dios, a través de la fe, y el amor a Dios, por medio de un buen consejo.

Mi acto de apostolado solo puede ser fecundo si una acción sobrenatural de la gracia lo ayuda. Si no, es enteramente incapaz de hacer algo bueno. Acuérdense de la comparación: la gracia sería algo más o menos parecido con la energía eléctrica que pasa por el tungsteno.

Entonces, Nuestra Señora es la verdadera alma de mi apostolado. Porque es por medio de Ella que obtengo las gracias para que él fructifique.

El principio fundamental del libro de Dom Chautard, El alma de todo apostolado, está representado en esta invocación: “Nuestra Señora del Divino Amor”. Es decir, la Santísima Virgen en cuanto dando al apóstol el amor a Dios y ayudándolo a transmitirlo a otras personas. Nuestra Señora es la condición fundamental de mi vida espiritual y de la fecundidad de mi apostolado.

Aquella famosa figura oriental de María Santísima, que está rezando y tiene dentro de sí al Niño Jesús con un pergamino, enseñando, podría llamarse perfectamente Nuestra Señora del Amor de Dios. Mientras Ella reza, en la persona de Ella el Divino Infante enseña. Entonces, también Ella, mientras ora, obtiene para todo el mundo el amor a Dios, o sea, el Niño Jesús habla a todas las almas, en Nuestra Señora, dándonos el amor a Dios. Por lo tanto, para quien quiera cultivar la fecundidad en el apostolado – el apostolado individual, por ejemplo – es absolutamente fundamental una compenetración de la importancia de Nuestra Señora en este sentido.

El Reino de María será el Reino del Espíritu Santo

En la capilla del Santísimo Sacramento de la Iglesia de la Consolación, en São Paulo, sobre una columna a la derecha de quien ve el altar, hay una imagen de Nuestra Señora del Divino Amor, labrada en madera, en cuyo Corazón está la figura del Espíritu Santo.

En cierta ocasión, rezando delante de esa imagen, me venía al espíritu esta consideración: ¿Cómo sería el alma de Nuestra Señora en cuanto inundada por el Divino Paráclito? Si yo pudiese penetrar en la santísima alma de Ella, como se entra en una catedral, ¿qué vería?

Es propio del Espíritu Santo comunicar la gracia divina, un don creado de carácter espiritual y, al mismo tiempo, una participación en la vida de Dios; la gracia nos transmite la propia vida divina. Se comprende, así, la relación vigorosa existente entre la gracia y el Espíritu Santo.

María Santísima es nuestra Madre, y también la Esposa del Divino Espíritu Santo, que en Ella engendró misteriosamente al Niño Jesús, tornándose, por esta razón, medianera universal y omnipotente junto a Él. Así, siendo la Madre de la Divina Gracia y Esposa del Divino Espíritu Santo, Ella pide por nosotros las gracias y es atendida. De manera que Ella es el canal del Divino Espíritu Santo junto a nosotros.

Por ser llena de gracia, Ella rebosa de las gracias del Espíritu Santo, y nunca nadie tuvo la gracia que Ella posee. Y es de la exuberancia de sus gracias que Ella nos comunica la gracia. Entonces, todo lo que Dom Chautard afirma con respecto al apóstol, que debe ser una reserva de gracias de cuya exuberancia todos se nutran, se dice de Nuestra Señora de un modo superexcelente, maravilloso.

También por esa razón, el Reino de María será el Reino del Divino Espíritu Santo. San Luis Grignion de Montfort dejó eso claro en el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen: ya hubo el Reino de Dios Padre y el de Dios Hijo, después vendrá el Reino del Divino Espíritu Santo, que terminará en un diluvio de fuego de amor y de justicia. Esos tres reinos sucesivamente deben marcar las tres grandes eras de la Historia. Por lo tanto, así como creemos que viene el Reino de María, debemos creer en la venida del Reino del Espíritu Santo.

Simétricamente a eso, Nuestra Señora obtendrá – es una conjetura mía – que el Divino Espíritu Santo instaure un foco pujantísimo de Él, que florezca con todos sus dones en la Tierra, entonces desinfestada y purificada de la presencia inmunda de los demonios.

Vamos a quedar pasmados con dos cosas que son nuevas para nosotros: la debilidad del mal y la fuerza del bien. Hoy en día vivimos consternados con la debilidad del bien y la fuerza del mal. No obstante, volteada esa página de la Historia, tendremos la alegría de constatar la fuerza del bien y la debilidad del mal. Eso llevará nuestras almas a no sé qué estado de alegría.


(Revista Dr. Plinio, No. 266, mayo de 2020, pp. 20-23, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 25/10/1971 y 26/11/1985  Título del artículo en la Revista: Antorcha ardiente de amor a Dios).

Last Updated on Monday, 18 May 2020 17:48