Que María anticipe el nuevo Pentecostés

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Durante el mes de mayo sentimos una protección especial de Nuestra Señora que se extiende sobre todos los fieles, y la alegría que ilumina nuestros corazones expresa la certeza universal de los católicos de que el patrocinio indispensable de nuestra Madre celestial se vuelve aún más solícito y amoroso, invitándonos a una intimidad tan acentuada con Ella, que en todas las vicisitudes de la vida sepamos pedir con la insistencia más respetuosa, esperar con la confianza más invencible y agradecer con el cariño más humilde todo el bien que Ella nos haga.

María Santísima es la Reina del Cielo y de la Tierra, y, al mismo tiempo, Nuestra Madre, a quien amamos por su propia gloria, por todo lo que Ella representa en los planes de la Providencia.

Los hijos nunca están más seguros de la vigilancia amorosa de sus madres, que cuando sufren. La humanidad entera sufre hoy en día en todas las formas en las cuales se pueda sufrir. Las inteligencias son barridas por el vendaval de la impiedad y del escepticismo; ideas nebulosas, confusas, atrevidas se infiltran en todos los ambientes y arrastran consigo no solo a los malos y a los tibios, sino también hasta a aquellos de quien se esperaría más constancia en la fe.

Sufren las voluntades perseverantemente apegadas al cumplimiento del deber, con todas las contrariedades resultantes de su fidelidad a la Ley de Cristo. Sufren los que transgreden esa Ley, pues lejos de Cristo todo placer no es sino amargura, y toda alegría una mentira. Sufren los corazones dilacerados por los horrores de las guerras que se propagan, de las familias que se disuelven, de las luchas que arman por toda parte hermanos contra hermanos. Sufren los cuerpos diezmados por las ametralladoras, agotados por el trabajo, minados por los problemas, apesadumbrados por necesidades de toda clase.

Se puede decir que el mundo contemporáneo llena los aires con un gemido grande y clamoroso. Sin embargo, cuanto más sombrías se volvieren las circunstancias y más lancinantes los dolores, más debemos pedir a Nuestra Señora que ponga término a tanto sufrimiento, no solo para hacer cesar nuestro dolor, sino para el mayor provecho de nuestras almas.

Dice la Teología que la oración de María anticipó el momento en que el mundo debería ser redimido por el Mesías. En este marco histórico, llenos de angustias, volvamos confiados nuestros ojos a la Madre de Misericordia, pidiéndole que apresure la llegada del gran momento en que un nuevo Pentecostés abra destellos de luz y de esperanzas en medio de estas tinieblas, y restaure por toda parte el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo.

Para la gloria de Dios, deseemos muchas y grandes cosas. Pidamos a Nuestra Señora mucho y siempre. Lo que le debemos implorar, sobre todo, es aquello que la Sagrada Liturgia suplica a Dios: Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terræ. Debemos pedir, por intermedio de María Santísima, que Dios nos envíe con abundancia el Espíritu Santo, para que las cosas sean nuevamente creadas, y purificada por una renovación la faz de la Tierra.

Confiemos a la Santísima Virgen este anhelo, en el cual colocamos todo nuestro corazón. Las manos de María serán para nuestra oración un par de alas purísimas por medio de las cuales ciertamente llegará al trono de Dios.

En este mes de María, hagamos nuestras estas súplicas, referentes a las necesidades de la Santa Madre Iglesia: Para que os dignéis humillar a los enemigos de la Santa Iglesia, ¡nosotros os lo rogamos, óyenos, Señor! Para que os dignéis exaltar a la Santa Iglesia, ¡nosotros os lo rogamos, óyenos, Señor!


(Editorial de la Revista Dr. Plinio, No. 266, mayo de 2020, p. 4, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Artículo Mês de Maria, en O Legionário, No. 563, del 23/5/1943).

Last Updated on Monday, 11 May 2020 17:48