Los cuerpos celestes y el orden de la sociedad orgánica

Dios podría perfectamente haber hecho fuegos artificiales magníficos e incomparables, cerca de los cuales los nuestros fuesen una ordinariez. Sin embargo, creando los astros, nos dio la idea de un espectáculo pirotécnico, con la posibilidad de proyectar en el aire un orden que, bajo cierto punto de vista lógico y puramente estético, es en algo más bonito que el orden que Él hizo.

   

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Cuando consideramos el universo sideral, vemos una serie tan grande de maravillas, que lo maravilloso se multiplica por lo maravilloso, y quedamos sin saber qué decir en vista de todo eso. Los comentarios que más saltan a los ojos son banales y mueren por inciertos, indecisos, restando un vagido inexpresivo e insuficiente. Lo lindo pide una exclamación: “¡Qué lindo!” Pero eso todo lo vio todo el mundo. Y si comenzamos a describir lo lindo, se quiebra la impresión de conjunto que él causa.

Siendo así, voy apenas a esbozar tres o cuatro comentarios, uno de los cuales no es de carácter artístico, sino que consiste más en una reflexión que en un comentario: es la analogía entre la interrelación de los cuerpos celestes y la sociedad humana.

Imagen vigorosa de la sociedad orgánica

Si vamos al centro de una gran ciudad, miramos desde lo alto de un edificio hacia abajo y vemos aquel “hormiguero” de gente que anda de un lado para otro, nuestra primera impresión es de desorden. Las personas corren con toda clase de objetivos, se entrecruzan y, sin embargo, no se chocan unas contra otras.

Ahora bien, la impresión que se tiene al contemplar los cuerpos celestes es la de que estamos en un rascacielos, mirando desde muy lejos a un mundo de gente andando. Todo se poner en andamiento por atracciones diversas. No obstante, en ese todo que parece un magma sin sentido ni estructura que le dé un significado especial, vemos que hay grupos de cuerpos geminados, hermanados, en relación unos con otros, formando galaxias, y estas, a su vez, constituyen otros conjuntos en los cuales encontramos una imagen vigorosa de la sociedad orgánica.

La sociedad orgánica, como existió en los tiempos de la Civilización Cristiana, era así. A partir del prodigioso desorden de los individuos, se comienza a notar la aglomeración en familias, en corporaciones, en municipios, en regiones, en feudos. Después, ellos mismos se reúnen en otros grupos hasta dar en la estructura de cúpula que era el Sacro Imperio Romano Alemán, el cual podría ser comparado un poco como una visión de conjunto de la bóveda celeste.

Así notamos que, para ordenar los cuerpos del firmamento, Dios usó un sistema parecido con aquel por el cual Él quiso ordenar a la sociedad humana, dándonos una noción de cómo el principio de unidad en la variedad puede ser aplicado de un modo sumamente conveniente.

Esa unidad, considerada en sus elementos más fundamentales y mínimos, da la impresión de desorden. Pero, a medida que se van formando vistas arquitectónicas de esos seres y de aquellos, notamos cómo constituyen conjuntos que, a su vez, se encajan en conjuntos sucesivos, dando todo en un gran orden total que es la belleza y la sabia disposición de todo lo que ahí se encuentra.

Ahora bien, no podía ser ignorada por Dios la posibilidad de que el hombre, con el avance de la ciencia, llegue a conocer el cosmos con riqueza de pormenores. Y esa posibilidad ocurriría cuando en la Tierra ese principio arriba enunciado estuviese más negado y más subvertido.

En el orden sideral hay una negación de la mentalidad revolucionaria

Vemos en el orden de los astros una imagen impresionante de los cielos y de la Tierra, cantando de hecho la gloria de Dios, como dice le salmista (cf. Sal 18). Pero la narran de la siguiente forma, entre otros aspectos: el orden orgánico de todo el universo y cómo todo anda bien, sin problemas, ni choques, sin desastres y sin catástrofes. Por otro lado, en la Tierra, cuando ese mismo principio es negado entre los hombres, todo anda mal. De hecho, cielos y Tierra narran la gloria de Dios porque ese principio ordenador, admitido en el cielo, causa ese orden magnífico; negado aquí en la Tierra, da en ese caos pavoroso. Entonces, en el contraste podemos ver la afirmación de la gloria de Dios.

Además, en el orden sideral hay una negación de la mentalidad revolucionaria. Siempre me llamó la atención el modo por el cual ciertos problemas sociales, psicológicos, educacionales, pedagógicos son puestos en nuestra época. Vemos a ciertos especialistas que discurren, por ejemplo, sobre el problema infantil: “¡Ah, el problema de los niños es gravísimo! Si, de hecho, el Estado no toma estas o aquellas medidas, va a suceder tal cosa…”

Yo pienso: “Dios mío, ¿qué pedagogía es esa que ve en cada niño exclusivamente una bomba? Es un continuo apagar incendios. Hay que extinguir mil llamaradas en ese ente, que casi se diría que es una pequeña hiena en el mundo, y es un niño que nació. ¿Realmente todo eso es así?”

Además del problema del menor, está el de la vejez; después el de los salarios, el de las comunicaciones. Y el orden en esta Tierra, en vez de ser presentado principalmente como algo que se une y anda, aunque esté sujeto a fracasos y catástrofes derivados próxima o remotamente de la impiedad y del pecado, es vista por el contrario como siendo por naturaleza una cosa siempre en explosión, en peligro de choque. El corolario de eso es la necesidad de la intervención del Estado socialista, que planea y dirige todo, para solucionar ese pánico continuo provocado por cierto tipo de ciencia, al considerar los fenómenos humanos.

Un individuo dominado por ese espíritu, al analizar lo que pasa en los astros, diría: “Existe el problema de las explosiones en el cielo. Pensamos que de repente haya una explosión y un cuerpo celeste puede moverse en sentido contrario, ocasionando un accidente.”

Nosotros vemos encantados esas explosiones trágicas y lindas, sin saber si es la apoteosis de un proceso que se fue formando con la apariencia de desorden, para producir un magnífico fuego artificial, o si, por el contrario, es un verdadero desastre.

Sin embargo, ya sean las explosiones-desastre, sean las explosiones-apoteosis, triunfales, en que una situación determinada se liquide en el fulgor de una confusión magnífica, no hay epidemias de desastres. Esos fenómenos se contienen, se circunscriben, tienen fuerzas contrarias que los compensan, etc. Así es también la verdadera sociedad orgánica, católica, en que la impiedad y el pecado se contienen.

Explosiones de santidad, de genio y de talento

Por cierto, incluso en una sociedad humana virtuosa y ordenada hay accidentes, choques, y conviene atenderlos. Pero no es algo que se está cayendo a toda hora, siendo necesario un Estado omnipotente, omnisciente, que se encarga de todo, que hace institutos prodigiosos, babeles de excesiva seguridad para encargarse de eso. Dios nos libre de esas “camisas de fuerza” administrativas, dentro de las cuales casi no se puede respirar ni parpadear sin dejarse sellar, estampillar, hacer una demanda…

Felizmente todavía no le fue dada a los seres humanos la oportunidad de intentar controlar el movimiento de los astros, porque si hubiese esa posibilidad, tengan la certeza de que por encima de eso también caía el dirigismo. Y con él saldrían idioteces. Todo eso anda por sí solo, pues ahí no existe el pecado, el mal, ni los factores de desorden que conocemos.

De donde se saca una conclusión que a mí me agrada mucho: una sociedad humana de la cual la impiedad y el pecado fuesen expulsados, podría ser noblemente libre, llena de imprevistos magníficos e incluso, en cierto sentido, de explosiones benditas, que son las explosiones de la santidad, del genio, del talento, de la originalidad adecuada, que por todos lados se manifestarían. Originalidad aquí no es extravagancia, sino sana novedad.

Por otro lado, constatamos hasta qué punto la impiedad y el pecado organizaron el desorden para que el mundo pudiese llegar al punto en que está. Ese propio equilibrio de las cosas humanas, por el cual, dentro de ámbito de la virtud, pueden entrar en desorden, pero se compensan y se arreglan; ese equilibrio magnífico que se puede llamar de salud del género humano, no obstante, fue destruido por una obra científica intencional, con el intuito de llevarlo hasta donde rodó y cayó.

Si no hubiese habido una intención y una ejecución de ese método, no habríamos llegado donde estamos en materia de desorden, y no estaríamos amenazados con caer aún más bajo. Ese es el contraste que podemos notar entre el universo sideral y la sociedad humana, como ella aparece hoy en día.

Los cielos de Versalles cruzados por fuegos artificiales

Imaginen el gran canal de Versalles, con el magnífico castillo de fondo, el parque que se desarrolla ordenadamente a uno y otro lado del gran canal y se desdobla hasta una moldura de florestas, en que cada árbol es una obra prima de elegancia, de gracia, casi como si fuese un marqués o una marquesa, a punto de poder hablar, en cierto modo, de las florestas como si fuesen cortes.

Sobre las aguas transitan armoniosamente las góndolas doradas que Luis XIV mandó a poner ahí; embarcaciones con magníficos terciopelos que quedan flotando sobre la masa líquida y constituyen como la cola pomposa de la góndola, algunas de ellas con faroles iluminados. En algunas se ríe, en otras se canta, en otras se toca música, en casi todas se come o se bebe un poco.

De repente, los cielos de Versalles son cruzados por centenas de magníficos fuegos artificiales que suben y delinean un esplendor de luces y cuerpos celestes, lanzados por el hombre para iluminar el firmamento, según el propio hombre imaginaría cómo el cielo sería bonito. Por lo tanto, una imagen del firmamento toda artificial, construida por el hombre.

Si confrontamos ese espectáculo con las figuras que vemos formadas por los astros en la bóveda celeste, podríamos preguntarnos qué es más bello. Y en un primer momento responderíamos con énfasis que la obra salida directamente de las manos de Dios es incomparablemente más bella. Sin embargo, no se puede negar que el orden artístico y visible que ponen los fuegos artificiales, efímeramente, en los aspectos del cielo, tienen para la mente humana algo más bello que lo aquello que nos presenta el universo sideral.

Esos astros, dispuestos en un desorden como si alguien se llenase la mano de harina y desparramase sobre un tejido, no tienen para la concepción humana la belleza de los fuegos artificiales, que forman geometrías magníficas cuando son lanzados en los cielos de Versalles o de cualquier otro lugar.

¿Estaremos equivocados? ¿Hay un choque entre la obra divina y la humana? Dios trata al hombre con tanto respeto y delicadeza, que hizo todas esas maravillas, pero le dio la oportunidad de superar en algo aquello que Él mismo creó. Es una perfección de delicadeza y de misericordia paterna, por donde el propio Creador quiere aparecer al hombre bajo otro aspecto, para que él lo ame más entera y plenamente.

Creo que, si no hubiese estrellas en el cielo, el hombre no habría imaginado los fuegos artificiales. Dios podría perfectamente haber hecho fuegos artificiales magníficos e incomparables, cerca de los cuales los nuestros fuesen una ordinariez. Pero no los hizo. Sin embargo, creando los astros, nos dio la idea de un espectáculo pirotécnico, con la posibilidad de proyectar en el aire un orden que, bajo el punto de vista lógico y puramente estético, es más bonito en algo que el orden que Él hizo.

Nuestra Señora es el centro y el ápice de todas las maravillas del universo

Alguien podrá objetar: “¿Pero eso no lo disminuye? ¿No nos da orgullo, haciéndonos pensar que en algo somos más que Él?”

Ahora bien, Dios es tan poderoso y es tan auténtica la infinitud de su poder, que Él hizo todo eso y mucho más que eso: creó almas capaces de pensar, de imaginar y componer algo en cierto sentido mejor que lo creado por Él. Al hacer eso, demuestra un poder incomparablemente mayor, con la delicadeza de quien dice: “¡Hijo mío, completa el diseño!”

Al mismo tiempo, Él manifiesta esa grandeza fabulosa, como quien afirma: “Hijo mío, ¡Ve lo que tú eres! Eres pensante y capaz de acrecentar una nota de armonía en todo eso, porque eres más parecido conmigo que con todo el universo. Esas son mis semejanzas, tú eres mi imagen. Hijo mío, ¡cómo te amé cuando así te creé y cuando aproximé nuestras naturalezas, elevando la tuya al unir ambas en una sola Persona! Ve cómo todo eso es cero, en comparación con las grandezas intelectuales, espirituales, morales y sobrenaturales para las cuales fuiste creado. Cuando un día pasees por esas inmensidades, en comparación con las cuales eres más pequeño que un microbio, te sentirás un verdadero rey, pues comprenderás que por haber existido, pensado, amado, sentido y actuado conforme a Mí, tu Dios, te tornaste incomparablemente más bello que todo el universo.

¡Oh sol, oh luna, oh universo, oh maravilla! Oh polvo… La más pequeña de las almas que está en el Cielo es más maravillosa que todo eso.

Nuestro Señor Jesucristo se volvería hacia Nuestra Señora y diría: “Vos sois mi Madre, el centro y el ápice de esas maravillas. En Vos hay más belleza que en toda la Creación. Quien contempla vuestra mirada, contempla todo el universo en un grado de belleza y de perfección como no se puede imaginar.”

Por fin, imaginemos a la Santísima Virgen, desde lo alto del Cielo, contemplando todas esas maravillas y pidiendo en nuestro favor la gracia de que hagamos bien esta meditación, e interesándose más en ver el movimiento de la gracia en nuestras almas que en conocer el universo. Para Ella, cada uno de nosotros vale mucho más que esas inmensidades que nos deslumbran. Con eso comprendemos cuánto valemos, cuánto Dios y Nuestra Señora nos aman, y qué posibilidades magníficas, así como también responsabilidades, hay delante de nosotros. Así, estaría hecha una reflexión, entre mil otras que la contemplación del universo sideral nos sugiere.


(Revista Dr. Plinio, No. 254, mayo de 2019, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 25/2/1977  Título del artículo en la Revista: La contemplación del universo sideral).

Last Updated on Thursday, 07 May 2020 20:08