"Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien"

Analizando la frase de Doña Lucilia “vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien”, el Dr. Plinio habla sobre el Cielo, la vida en esta Tierra y con respecto al misterio de Nuestra Señora. Tales reflexiones quedan como una semilla en nuestras almas, que la gracia hará dar fruto en un momento oportuno. Esos temas, suscitados a propósito de Nuestro Señor Jesucristo, son montañas de la cordillera que constituye el Secreto de María.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Pensando respecto al Secreto de María, del cual habla San Luis Grignion de Montfort, me vino a la mente la siguiente consideración:

La más alta actividad del hombre en la Tierra

Nuestra Señora es tan grande, que podría ser comparada a un monte que se pierde en la neblina y cuya cumbre reaparece, de repente, por encima de las nubes. Todo en Ella es secreto, porque es completamente desproporcionada con relación a nosotros. ¡Ella es incomparable!

Sin embargo, a mi modo de ver, el conjunto de esos secretos culmina en otro que es una especie de pináculo de los pináculos de los secretos. Y si fuésemos elaborando un catálogo respecto a ellos, conseguiríamos, tal vez, hacer una idea general de lo que es ese Monte incomparable.

Cuando mi madre dijo “vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien”, tuve una especie de entrechoque y pensé: “¿Cómo ella, siendo una persona de inteligencia común, con la cultura propia de las señoras de su tiempo, por tanto, en nada universitaria, sale con eso que revela una profundidad en la cual yo no había pensado?” Varias veces pensé esto: “En el fondo, la sociedad de almas es hecha de ‘estar juntos, mirarse y quererse bien’.”

Hacer eso día y noche supone, en contrapartida, también rechazar lo que debe ser rechazado, no querer bien los lados que no se debe querer bien, y no mirarlos. Actuar así es hacer un uso adecuado de esa atribución, de esa actividad.

De hecho, esa es la esencia de la vida de los hombres en la Tierra, el medio más alto que se tiene para llegar a Nuestro Señor, porque en la visión beatífica eso es lo que va a haber. Cuando Él dice: “Yo seré vuestra recompensa demasiadamente grande” (cf. Gn 15, 1), la idea que se tiene es de que eso se realizará estando junto a Él, mirándonos y queriéndonos bien, recíprocamente. El Cielo es eso.

Luego, la actividad más alta del hombre en la Tierra es “estar junto, mirar y querer bien” a aquellos con relación a los cuales, por voluntad divina, él lo debería hacer. Por eso, nosotros también somos responsables por haber rechazado a aquellos que no deberíamos rechazar, o por haber aceptado a quien no deberíamos aceptar, o incluso por no haber dado a cada uno de aquellos que, según el designio de la Providencia, deberíamos encontrar en nuestro camino, aquello de “estar junto, mirarse y quererse bien” propio a cada uno, en los planes de Dios. Si todos hiciesen eso, tendríamos otra idea de la vida humana que habitualmente las personas no tienen.

Eso supone una finura de percepción psicológica que no es apenas una penetración como se concibe en el discernimiento de los espíritus, sino también un estado de alma por el cual se entra en consonancia con los otros, sintiéndose mutuamente. Ese es un elemento fundamental, de manera que una actitud de piedad tomada por el otro repercute en nosotros, así como también un movimiento piadoso que tengamos repercute en él. Por otro lado, los defectos repercuten también mutuamente a la manera de un golpe, de una tristeza y, conforme el caso, de un rechazo. Esta perfecta interrelación constituye propiamente la esencia de la vida.

Treinta años de convivencia en la casa de Nazaret

Nuestro Señor Jesucristo, al elevar su arqui-criatura, María Santísima, por el “estar juntos, mirarse y quererse bien” al arqui-pináculo al cual Ella era arqui-llamada, levanta atrás de Ella a todo el género humano y coloca entre los hombres la posibilidad de esa sociedad de almas en una clave que no había antes, de la cual hasta los paganos, sin saberlo, de algún modo fueron beneficiados, incluso sin tener conocimiento de la existencia de Él y de Ella.

En esto está la explicación de los treinta años de convivencia en la casa de Nazaret, precisamente porque, si Nuestra Señora no realizase toda la santidad a la cual fue llamada, el plan de Dios para el mundo entero no se realizaría, según los designios de Él.

Para que tengamos una idea de eso, imaginemos a un hombre a quien Dios le confiriese el poder de hacer nacer el sol. Y que pudiese escoger, cada día, dónde y cómo despuntar el Astro Rey, para determinar sobre la faz de la Tierra la aurora más bella posible. Eso sería la vida de ese hombre. Ahora bien, Nuestro Señor hizo eso con su Madre Santísima. Ella es el sol que Él hizo nacer. Entonces, se puede imaginar la consolación, la alegría de Él actuando todos los días, el día entero, sobre Nuestra Señora, y Ella dando continuamente la más perfecta correspondencia posible a la acción de su Divino Hijo que, con un encanto indecible, contemplaba la ascensión de Ella de resplandor en resplandor. Acrecentemos a eso la consideración de que Ella era el Paraíso de Dios, y comprenderemos bien qué fueron esos treinta años de convivencia.

Con una circunstancia, sin embargo: nace un secreto. Al comienzo de su Pasión, el Divino Redentor tuvo aquel desfallecimiento en que Él fue ayudado por un ángel. Es, en el fondo, una cosa incomprensible que un ángel lo haya auxiliado, pero Él quiso eso. ¿Será que, en la previsión de la Pasión, Nuestro Señor no quiso ser amparado por Nuestra Señora, de manera a que se ayudasen mutuamente?

No podemos imaginar que, estando sujetos a la condición terrena, y habiéndose encarnado el Verbo para sufrir la Pasión redentora, Ellos pasasen treinta años solo de alegría, sin que conversasen sobre la cruz. Claro que la Santísima Virgen debe haber preguntado a fondo al Hombre Dios respecto a la Redención; tanto más que era Ella misma la Corredentora del género humano.

Por eso, me parece inconcebible que no hayan tratado sobre la Pasión y Muerte de Jesús y, por lo tanto, que no hayan sufrido con eso, siendo ese sufrimiento de Ellos interpenetrado por una unión de almas intimísima. Digo más: tengo la impresión de que esa unión alcanzó su ápice a propósito de la cruz. Porque, cuando dos personas sufren juntas, rumbo al mismo ideal, ellas se unen de un modo que así nada más hace unir tanto.

Entonces, ¿qué habrán conversado sobre todo eso? ¿Sobre qué Él la habrá instruido a Ella? ¿Qué preguntas Ella le habrá hecho a Él?

Barrera entre Nuestro Señor y su Santísima Madre

Toda mi vida me causó una impresión profundísima el encuentro de Nuestro Señor con Nuestra Señora en el Viacrucis, preludio de la última ayuda que se daría en la cima del Calvario donde, estando Él en lo alto de la cruz, se ampararon mutuamente.

Por fin, la última despedida, cuando la Madre Dolorosa oyó el grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?” (Mt 27, 46).

Ese grito me parece que contiene una constatación terrible: la de que, así Nuestro Señor decía que la propia presencia de Nuestra Señora se había vuelto insensible para Él. ¡Quién sabe si a Ella también le habría sido pedido ese sacrificio, de manera que Él se hubiese vuelto insensible para Ella en ese momento! Es posible.

Como el martirio de Él era más interior que físico, también el peor abandono debería ser interior. Si Él estuviese inundado de consolación, ¿habría gritado “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?” Ahora bien, Jesús tenía allí a su Madre, que valía incomparablemente más que toda esa canalla que allá estaba. Ni se puede comparar, pues la simple comparación ya es una blasfemia.

Tomemos en consideración que el dolor de Nuestro Señor por todo lo que estaba sucediendo era tal, que Él se sentía abandonado por el Padre Celestial, cuando fue el mismo Padre Celestial quien mandó a Nuestra Señora a ayudarlo. Haciendo una comparación entre el cáliz con el líquido que Él bebió en el Huerto de los Olivos y la presencia de Nuestra Señora, ¿ese cáliz no sería un prenuncio de la presencia de Ella junto a la cruz? ¿No fue justamente María Santísima quien le dio fuerzas a Él? Sin embargo, en cierto momento Nuestro Señor no sentía más esa sustentación.

Podemos tener una idea de cuál fue el dolor de Él en ese momento si transponemos esa situación en términos meramente humanos. Un hombre está muriendo de una enfermedad trágicamente dolorosa en un hospital, y su madre lo asiste con los miles de desvelos posibles e imaginables. En cierto momento él le dice: “Madre, le voy a hacer una confidencia: de momento no siento ningún afecto por Ud.; y Ud. podría estar tanto aquí como en la Cochinchina, pues tal es el dolor en el cual estoy absorbido y precipitado, que su presencia no me ayuda de nada: estoy perdido en el maremágnum de los tormentos”.

La hora en que bajó esa barrera entre Nuestro Señora y su Santísima Madre, y aquel “estar juntos, mirarse y quererse bien” se rompió, aunque fuese en la apariencia. El tormento que eso debía representar para Ella es inimaginable. Sin embargo, la Virgen María tuvo que pasar por eso.

Montañas de la cordillera que constituye el Secreto de María

Según parece, los apóstoles se demoraron mucho tiempo en procurar a Nuestra Señora, porque al pie de la cruz solo estaba San Juan. Pero, para aproximarse a Ella después de todo lo que habían hecho, cuál no sería el malestar, la vergüenza…

Creo que ellos se sintieron medio traidores, en el sentido de que no fueron fieles en el cumplimiento de su misión. Quizá algunos de ellos, si no todos, se pusieron a andar por las calles de Jerusalén medio desatinadamente, y cuando se veían ni siquiera tenían el coraje de mirarse y pasaba uno lejos del otro.

De repente, uno de ellos pasa cerca de un hombre y de una mujer, y esta se jacta de haberle dado una bofetada a Jesús. Y el hombre dice: “Eso no es nada, yo lo lancé al piso…”

Un Apóstol que viese eso saldría de Jerusalén corriendo por el campo, sin saber a dónde ir. Imaginen a otro que estuviese en la terraza de una casa y el viento le trajese el eco de la voz de Nuestro Señor gritando de dolor en algún lugar…

Si un ángel nos hiciese oír un grito, un gemido de Él, nos pondríamos de rodillas y quedaríamos rezando indefinidamente… Imaginemos, entonces, a quien había oído aquella voz durante tres años, admirando todas sus inflexiones, y comprendía todo ese dolor… A mí no me sorprendería que alguno de ellos hubiese muerto de dolor, solo al pensar: “¿Por qué hicimos eso? Dios mío del Cielo, ¿cómo fue posible?!”

Daría ganas de arrodillarse, besar el suelo y decir: “Yo no oso pedir que mi voz asquerosa llegue hasta Vos, Señor, pero voy a buscar a vuestra Madre. No tengo otra salida, voy a buscar.”

Por fin, haciendo un análisis de esta conferencia, podemos afirmar que el tema relativo a Nuestra Señora fue sondeado por nosotros y transportado hacia las analogías con la vida en esta Tierra, con nuestra vocación y nuestros deberes. Además, fue hecha una profundización del misterio de Ella y, en función de eso, también del misterio existente en nuestra relación. Porque yo soy propenso a afirmar que hay algo de nuestra vocación iluminado por un discernimiento, sin lo cual todo en ella se vuelve misterioso y nosotros no comprendemos.

Entonces, ¿de qué sirven esas consideraciones? Me da la impresión de que eso queda como una semilla en nuestras almas, y que la gracia en el momento oportuno hará fructificar y rendir. Son temas suscitados a propósito de Nuestro Señor Jesucristo que, de por sí, ya son montañas de la cordillera que constituye el Secreto de María.

Al fin de cuentas, en presencia de lo que la Fe nos enseña sobre Nuestro Señor, Nuestra Señora y la Iglesia, estuvimos juntos, no miramos y nos quisimos bien.


(Revista Dr. Plinio, No. 265, abril de 2020, pp. 13-17, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 6/9/1986  Título original del artículo en la Revista: Consideraciones sobre el Secreto de María).

Last Updated on Thursday, 23 April 2020 18:20