El arte de gobernar

Para gobernar bien es necesario discernir proféticamente la acción de la gracia conjugada con los factores naturales del pueblo y del lugar, favoreciendo la práctica de la virtud, las élites naturales y los sanos regionalismos, y combatiendo el mal de todos los modos.

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Al analizar el Brasil vemos que, aún en nuestros días, él tiene en la mayor parte de su territorio una expansión demográfica desproporcionada con el área de habitación, o sea, un área inmensa que la población tiene cierta dificultad de llenar. De manera que se establecen núcleos de población aquí, allá y más allá, esparcidos de tal manera que el intercambio en muchas partes de Brasil todavía es difícil.

Familias de almas llevadas a la armonía y a la afinidad

Esa dificultad hace con que haya aislamientos y una tendencia a formar zonas con mentalidades y características distintas, constituyendo un país con variedades muy numerosas, no obstante con cierta armonía que la índole brasilera pone en las cosas, por la cual los Estados del Nordeste, por ejemplo, constituyen una especie de sociedad con un talento y un modo de encarar la vida peculiares, una filosofía propia, en íntima conexión con el panorama, con las posibilidades del local, los recursos materiales que presentan, manteniendo una cohesión íntima.

Para mí, el Nordeste acaba en el límite entre Bahia y Minas Gerais. Dos Estados tan diferentes cuanto posible, sin embargo sus fronteras no dan lugar a entrechoques. Puede haber habido pequeños arañones y escozores, pero nada más. Por mezcla racial, pero también por el deseo de una vida armoniosa por encima de todo, se encuentra una forma de que aparezca un tipo humano abahianado en la frontera entre ambos Estados, que es minero, pero en el cual está presente Bahía. Y que tiene, por lo tanto, ciertos charmes, cierta forma de ser, ciertos predicados de Bahia que son únicos.

Hay una especie de permeación de las fronteras, del bahiano aminerado y del mineiro abahianado que no se funden enteramente, mas todo eso convive dentro de una sobra de tierras, y con muchos deseos de no pelear. No es apenas decir que esos elementos intermediarios evitan la pelea. Más aún: esa pelea ni siquiera se esboza, ni es un deseo.

El bahiano de Salvador ya ni siquiera piensa en Minas, así como el belo-horizontino ni piensa en Bahia. Sin embargo, hay de hecho una especie de permeación que hace con que el espíritu, la inteligencia, el talento y la gracia formen casi una nación, pero sin deseos de ser una nación, no quiere separarse, ni se preocupa en preservarse; nace como una planta en el campo, sin instinto de conservación, que se desparrama cuanto puede y cuando la siegan no llora.

Marañón todavía pertenece al Nordeste, pero a mi modo de ver Pará es una zona de encuentro de la Amazonía con el Nordeste.

Después, debajo de Minas, a pesar de todas las diferencias, yo reputo que São Paulo y Rio forman culturalmente un solo bloque, indiscutiblemente muy diferenciado, aunque de algún modo se prolonga hasta el Paraná, separado de los gauchos por Santa Catarina, que constituye una cortina con características propias que tienen y no tienen mucho prolongamiento en la zona alemana de Rio Grande do Sul.

Formación de regionalismos vigorosos en Europa

Mientras la España metropolitana es llena de heterogeneidad, vemos que la “España” suramericana tiene mucho menos oposiciones entre país y país, que, por ejemplo, en la zona norte de España entre dos o tres fajas de poblaciones existentes allí. Con todo, no hay esa homogeneidad brasilera. Aquí somos hermanos, allí son primos muy allegados, pero primos.

Sin embargo, de un lado y del otro de esa línea divisoria entre hispano y luso hubo el mismo fenómeno, pues también Portugal es mucho más diferenciado dentro de sí que Brasil. España es todavía muchísimo más diferenciada en su interior que la América Española. En esta, no obstante, también se ven las mismas sobras de espacio y la formación de las mismas “islas” o “archipiélagos” de regionalismos que comenzaron a florecer y que habrían dado, cada cual, algo bien original, interesante, si no fuese por ciertas circunstancias que describiré dentro de poco.

Para que comprendamos bien la energía de ese fenómeno, que a mi modo de ver queda en el fondo de una descripción de Brasil, antes de volver a esta yo quería considerar un fenómeno análogo curioso.

Las invasiones de los bárbaros en Europa representaron algo así. El Imperio Romano era muy poco numeroso para poblar las vastedades que había conquistado. Pasaron por encima los bárbaros y rompieron el Imperio Romano. Después de eso, cansancio general, zonas vastas entre unos y otros pueblos y la formación de regionalismos vigorosos.

El absolutismo real quiso acabar con los regionalismos

Pero no había ninguna fuerza empeñada en sofocar esos regionalismos, nada colaboraba para estancarlos. De ahí salió Europa con sus demarcaciones, sus diferencias, sus riquezas. Aun así, a partir de la Revolución comenzó la trama para homogeneizar artificialmente a Europa.

Nadie sabe qué habría sido el Viejo Continente si no fuese por el absolutismo real que, de un modo o de otro, tomó posesión de todos los países europeos. Alguien objetará: “En Alemania, no.” Vamos despacio… Prusia fue un foco de absolutismo horrible en sus propias fronteras, y la Casa de Austria, en sus propios límites, constituyó Estados absolutistas sin regionalismos. De manera que el mundo alemán era eso también: Baviera, Sajonia, Württemberg hicieron así en sus ámbitos internos.

Los otros Estados no realizaron eso porque no podían, y era lo que había más sano en Alemania, una especie de magma de quinientos o seiscientos pequeños príncipes soberanos, señores de una aldea y mitad del puente que daba hacia la aldea vecina…, ¡pero soberanos! Mandando delegaciones a hablar con el Rey de Francia, a discutir con el Emperador, a pelear con el Rey de Prusia, etc., con peso.

Lo que hubo de más regional y sano en el continente europeo fue la Europa de antes del Renacimiento. Un poco los Países Bajos, el antiguo reino de Lotario, hecho de ciudadanos libres, feudos y pequeños reinos, y así quedó hasta el fin, con un regionalismo muy marcado.

En el período del Brasil colonia se trabajó para la centralización

En Brasil, la formación de bloques aislados habría dado, mutatis mutandis, regionalismos contra los cuales también hubo un intuito de liquidarlos. Portugal fundó aquí las Capitanías, que fracasaron porque la nobleza a quien les fueron concedidas deseaba vivir en Lisboa. Ya no era la nobleza feudal, sino la de los tiempos modernos, del siglo XVI, que quería hacer navegaciones fabulosas, aunque no se establecía en los lugares por donde navegaba. Generalmente, los nobles volvían a Portugal, no pedían ser virreyes vitalicios hereditarios en ningún lugar que ellos descubriesen, y el Rey tampoco permitía. La tendencia del monarca era de hacer de todos aquellos Estados una monarquía absoluta, unitaria, con cada conquista portuguesa funcionando a la manera de una provincia.

Tomemos, por ejemplo, Goa, Damán, Diu, enclaves portugueses en la India. Bajo la óptica portuguesa absolutista son provincias. El Rey enviaba un gobernador a Goa como mandaba a Beira. En Mozambique y Angola también fue así. De esa manera el regionalismo no se desarrolla, porque mientras no haya élites regionales no hay regionalismo. Y ese sistema no era enteramente impeditivo, pero creaba grandes obstáculos para la formación de élites regionales.

Brasil tuvo un gobierno general, después se dividió en dos gobiernos generales, y más tarde volvió a tener un gobierno único general que, por fin, se transformó en virreinato. Todo eso mandado a hacer sucesivamente por Portugal, a partir del Palacio de Belén. Las Capitanías fueron lentamente absorbidas, mientras el mismo pueblo, en Lisboa, se iba “comiendo” los regionalismos dentro del propio Portugal.

Entonces, en el período del Brasil colonia tuvimos un primer trabajo para centralizar, en vez de estimular los regionalismos que, a pesar de todo eso, de algún modo se fueron formando al punto de habernos sido posible describir las diferencias entre los diversos estados brasileros. Pero esas diferencias existían a la manera de destellos que no tomaron la fuerza necesaria.

Analicemos ahora, cómo estaban esos destellos cuando Brasil se declaró independiente.

La nobleza de la tierra

Proclamado el Imperio, el propio hecho de que Brasil fuese una monarquía hizo que las partes más conservadoras, las élites más marcadas, nacidas del suelo mucho más que venidas de Portugal, iban formando la tal “nobleza de la tierra”, que se distinguía, pero no se separaba de la nobleza del reino. Esta era constituida por los nobles venidos de Portugal, a veces miembros pobres de familias de la nobleza, que venían a Brasil y tenían fuero nobiliario, con todos los privilegios de esa condición. La nobleza de la tierra no descendía de los nobles del reino, pero ennoblecía por el hecho de, durante algún tiempo, tener la dirección e uno de esos bloques sociales. Esta, sin embargo, miraba mucho más hacia Rio de Janeiro, donde estaba el trono imperial. Y en este sentido la monarquía entró como un factor de centralización.

Cito dos casos característicos: Pernambuco y Bahia. Cada cual constituye un polo y, si no fuese por la monarquía, habrían llevado una vida mucho más centralizada en sí mismos y, por lo tanto, más regional, cultural y psicológicamente autónoma.

La existencia de una corte en Rio de Janeiro hacía con que todas esas élites mandasen sus mejores hombres, sus mejores inteligencias a lucir allí, y las damas más elegantes a frecuentar la corte, considerándose provincia y campesinado en comparación con el modelo que veían nacer en la capital. Este fue un factor nocivo para la Contra-Revolución.

Sentido descentralizador de las monarquías medievales

Las monarquías medievales tenían un sentido descentralizador muy fuerte. Según la concepción de aquella época, cuando un rey tenía varios hijos era necesario darle un gran feudo a cada uno, desmembrado de las propias tierras del monarca. Así, a medida que la dinastía iba mudando, el país se multiplicaba en feudos nuevos, porque quedaba mal que un príncipe fuera como es hoy, por ejemplo, el Duque de York, que tiene tanto que ver con York cuanto cualquier inglés que esté recorriendo una calle de Londres. Es decir, es un título meramente verbal, no existe en la práctica un Duque de York.

En la monarquía medieval, no. El noble iba a un lugar determinado con el fin de abrir allí un foco de vida, más o menos como en la Iglesia, hace treinta o cuarenta años atrás, cuando se dividía una diócesis y se nombraba un obispo para la parte de la cual se había hecho una nueva diócesis, que pasaba a constituir un nuevo foco de vida religiosa.

A partir de la Revolución, todas las monarquías fueron centralizadoras. La menos centralizadora fue la austríaca, pero así mismo muy centralizadora en comparación con las medievales.

Es la regla de la Revolución, que tiene en vista por toda parte producir resultados como estos: en Europa las grandes ciudades y las regiones homogeneizadas. En América del Sur, cortar la formación de las élites regionales y de los regionalismos, para que estos vayan muriendo poco a poco, con vistas a una república universal.

El proceso por el cual todas las naciones europeas sufrieron una especie de evanescencia de sus fronteras internas y constituyeron bloques cohesivos y anónimos, como cuadraditos de azúcar, llevó al Mercado Común Europeo. Es el desenlace.

Se podría levantar una objeción: hay en lo que estoy diciendo una concepción tan apasionada y lírica del regionalismo, que se pregunta si eso no conduce, de algún modo, hacia la autogestión. Al fin de cuentas, ¿cuál sería la evolución bien hecha de la Edad Media?

Evidentemente, no es la transformación en corpúsculos inviables. Sería una caricatura, donde el presidente de la cooperativa hace el papel de marqués. Si así fuese, estaría todo estropeado.

A mi modo de ver, si consideramos los reyes santos y rectos, y estudiamos las tendencias de sus reinos, comprenderemos cuál era el espíritu católico que allí germinaba, y cómo esa germinación fue truncada.

Sano regionalismo

Al fin de cuentas, ¿qué es el sano regionalismo, y a partir de qué momento una unidad se pluraliza? ¿Hasta qué punto esa pluralización es exagerada y debe volver al unum? En último análisis, ¿cuál es el futuro de la regionalización? ¿A qué conduce ella?

Así como la gracia produce entre la personalidad de cada uno de nosotros una afinidad en función de una vocación común, y por más que esas personalidades sean afines, son y deben ser distintas, ella también actúa en las naciones y en las regiones, determinando movimientos diversos que implican en la forma de la sociedad estructurarse, organizarse y caminar hacia su propia perfección, lo cual, a su vez, es el reflejo de la vida espiritual de la sociedad.

La forma de santidad de una nación determina la forma y el grado de pluralización, de manera a establecer el equilibrio entre las tendencias centrípetas y centrífugas que, vistas no como antagónicas, sino complementarias, constituyen una armonía.

De ese modo, siempre habría a partir del regionalismo y del feudalismo una línea de progreso que no sería centrífugo, ni una traición a la unidad, sino una multiplicidad que fuese la plena fructificación de la unidad, más fortalecida, y un estilo de entrelazamiento que dependería de la forma de virtud, del matiz de vida espiritual y de santidad hacia el cual cada pueblo fuese llamado.

En efecto, pongan la fidelidad plena a la gracia y el problema se resuelve. Sin embargo, no se resuelve apenas con la fidelidad a la gracia. Es necesario un arte de gobernar por donde quien gobierna perciba cuál es el punto de llegada, cómo se conjugan la gracia y la naturaleza en determinado lugar, y cómo la gracia está actuando allí, para discernir proféticamente, con claridad, los próximos pasos. Por cierto, un futuro que no siempre se ve cómo será, pero hacia el cual una buena dinastía o una buena sucesión de gobiernos de élite tienden constantemente. Más que cualquier otra cosa, gobernar es tener ese orden y ese equilibrio en escena.

Entonces comprendemos que el arte de gobernar se hace estimulando el movimiento uno de la gracia y de la naturaleza en el lugar gobernado, de manera a estimular la práctica de las virtudes por la correspondencia a la gracia que irriga la naturaleza, y haciendo con que aquello camine con un dinamismo propio. Esto es ser conservador y, al mismo tiempo, promover el progreso, en el mejor sentido de la palabra.

Con todo, el gobierno comporta otra cosa: el arte de corregir. Porque no se trata de una federación de ángeles, sino de gente continuamente tendiente a pecar, a errar. Por lo tanto, el arte de gobernar debe entrar en lucha contra el mal, percibirlo, ver hacia dónde camina, aplastarlo; y cuando se hizo tan fuerte, por falta de virtud de los ciudadanos, que no es posible expulsarlo, conducir contra él una lucha en la cual, si no se le puede combatir de frente, se convive con él debilitándolo, creándole condiciones opuestas, “politicando” contra él, pero procurando liquidarlo de todos los modos.

De esos dos elementos se hace el camino histórico de un pueblo, y él toma la fisionomía deseada por la Providencia.

El Brasil ideal

Así, quien esté gobernando debe tender continuamente, en la medida de lo posible, hacia un punto ideal, y para eso necesita conocer muy bien ese punto, aunque él solo se realice esporádicamente en la Historia. Pero es bueno que ese punto ideal sea una meta difusa en el alma de los pueblos, con vistas a hacerlos tender de algún modo hacia eso. En otros términos, ese orden ideal, que existe habitualmente apenas de un modo incompleto e irregular, debe ser conocido para que los buenos tiendan hacia allá.

Hay un plan de Dios que resulta de cierta situación natural y de cierto “equipamiento” sobrenatural. Al encontrarse, esos dos factores tienen un dinamismo propio que camina en cierta dirección. El secreto es conocer el mecanismo interno de ese dinamismo y ayudarlo estimulando, protegiendo y corrigiendo eventuales desvíos, no el dinamismo en sí, porque este es bueno.

Por eso, al tratar de Brasil se debe pensar en un Brasil ideal. Ese Brasil ideal no se hace leyendo en las bibliotecas europeas, sino imaginando, en esos varios esbozos de alma que Brasil tuvo, cómo sería el soplo de la gracia y la perfección del local, para después intentar imaginar, con alguna probabilidad, lo que podría ser, en ese Brasil, la armonía entre la unidad y la variedad, qué favorecer y qué combatir, cuál es el contra-Brasil engarzado en Brasil, el “Brasil viejo” acoplado al “Brasil nuevo” – en el sentido espiritual que da San Pablo con respecto al hombre viejo y al hombre nuevo (cf. Ef 4, 22-24) -, y cómo hacer el incremento de Brasil en el orden temporal como fruto de la conjugación de este con el orden espiritual.

Entonces, considerando así esos varios Brasiles, se va elaborando una escuela de pensar, de vivir, de hacer el bien, de combatir el mal, una escuela de rezar.


(Revista Dr. Plinio, No. 265, abril de 2020, pp. 18-23, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 19/6/1987).

Last Updated on Thursday, 21 May 2020 19:19