La seriedad en lucha contra el relativismo

Recordando el momento trágico de su accidente automovilístico, en el cual se vio entre la vida y la muerte, el Dr. Plinio teje consideraciones profundas sobre la seriedad de la vida y el mal del relativismo. ¡Qué siniestra es la vida de un hombre que se entrega a un ideal y lo sirve con mediocridad!

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Al recibir un pedido filial para tratar respecto al período que siguió al accidente1 y a la operación a la cual fui sometido el 6 de febrero de 1975, no podría negarme a atenderlo. Sin embargo, no sabría qué decir, porque todo ese período pasó dentro de una semiconsciencia. Me acuerdo confusamente de que yo emergía, de vez en cuando, de la subconsciencia a la consciencia. Así, percibía por momentos gotas claras y grandes de la realidad, pero fugaces, que rodaban por el abismo de las circunstancias pos­t-operatorias.

La muerte es la más augusta notaria que hay sobre la Tierra

En esas condiciones, yo no tenía idea de lo que, de hecho, estaba sucediendo conmigo. Pero, entre otras cosas, digamos que haya allí expiado mis faltas. Si expié las faltas de aquellos que serían mis discípulos, ¡cómo lo doy por bien empleado!

En medio de todo aquello, yo no me daba cuenta de que estaba haciendo una cosa: tanto en los momentos de inconsciencia, cuanto en los de consciencia, yo estaba ayudando a fortificar en la posición contrarrevolucionaria los dos enormes ojos oscuros sevillanos que me acompañaban a todo momento2.

Porque yo veo, por las repercusiones posteriores, que él, con piedad filial, prestó atención en todo, analizó y sacó conclusiones de todo. Nuestra Señora fue servida en que él quedase edificado con lo que vio. ¿Hasta qué punto esa edificación podría haber contribuido para que él realizase después lo que hizo? En medida tal vez no pequeña. Y si así fue, queda enteramente en pie que en ese momento yo estaba sufriendo y ayudándolo a él a traer tantos y tantos otros.

Hay ciertas cosas de las cuales tengo certeza de que solo se enseñan o se sancionan por el ejemplo en el momento en que la muerta está cercana. Es la más augusta notaria que hay sobre la Tierra. Lo que pasa su presencia raramente es fraude, ¡porque ella desenmascara todo! Es el juicio que está detrás de ella; ella no hace sino servir de heraldo al juicio. Y al oír los pasos del gran Juez que llega, ¡es necesario ser casi satánico para no tener miedo y no pedir perdón!

He asistido a muchos entierros en mi vida. Como es natural y está en el orden de las cosas, un buen número de ellos, de personas perfectamente insignificantes. El primer hombre que yo vi morir en mi vida era un pobrecillo. Me acuerdo de haberlo visto estirado en un jardín, con los brazos para atrás, lívido, con los ojos vidriosos. Podía ser la imagen, la personificación del hombre insignificante. Pero al verlo de cara a la muerte, la tragedia de la vida humana aparecía y la grandeza de la muerte también; y por detrás de eso, la grandeza de Aquel a quien la muerte prenuncia.

En ese momento pude comprender la forma de grandeza de la cual aquel pobre hombre era capaz, aunque no la hubiese realizado. Me vino, entonces, una reflexión que nunca más abandoné en mi vida: si ese pobrecillo es capaz de tanta grandeza, ¡todo hombre es grande, desde que sea fiel!

La verdad es que, en presencia de la muerte, las cosas toman esas dimensiones.

Si hubiese en mi alma alguna superficialidad…

Si ver la muerte por detrás de mí, os puede haber ayudado, ¡cómo lo doy por bien empleado, cómo eso me contenta, cómo quedo alegre! ¿Cómo considerar lo que en aquel momento me sucedió? Imaginen que yo tuviese cierta superficialidad de alma y en esa hora ella apareciese. ¿Qué efecto eso causaría?

El accidente ocurrió en 1975, cuanto yo tenía sesenta y seis años. Con esa edad, ya quedó atrás una vida. Todos conocen bien mi pasado. Puedo decir que, a los ojos de los hombres – no oso decir a los ojos de Dios – es un pasado sólidamente estructurado, coherente, lógico, limpio, orientado continua y abnegadamente hacia un mismo fin.

Sentí un frémito cuando, siendo bien joven, leí en una de las conferencias de la Université des Annales que Bayard, el caballero del tiempo de Francisco I y de Carlos V, era llamado “le chevalier sans peur et sans reproche”3. Vuelvo a decir: yo no osaría afirmar esto de mí a los ojos de Nuestra Señora, pero a los ojos de los hombres, sí. ¡Nuestros adversarios no tienen el coraje de negarlo! Con respecto a mi pasado, los labios de ellos que solo destilan la calumnia se quedan en silencio. Porque si me inculpasen, yo les preguntaría: “¿Cuándo me vieron tener peur y cuándo me pudieron hacer un reproche? ¡Señalen!” Y por saber que esta sería la respuesta, se quedan quietos.

En realidad, si hubiese en mi alma alguna superficialidad, a pesar de la continuidad de esta obra, ella aparecería a los ojos del hijo, del amigo, del discípulo. Y si apareciese, podría causar una inseguridad – no creo que fuese la duda –, quizás un empeño menor, en algo el impulso disminuiría. Y decreciendo en el alma de él, disminuiría en todos aquellos que deberían estar bajo su orientación. El menor impulso equivaldría a un menguamiento cuantitativo y cualitativo, lo que a su vez significaría un menguamiento de mi obra a los ojos de Dios, de los ángeles y de los hombres, una risotada de la Revolución y un vejamen a más a pesar en las espaldas cansadas de la Contra-Revolución.

Yo me levantaría del accidente con la impresión de haber cumplido mi deber, y él saldría edificado, porque no tomaría conciencia de lo que faltó y de lo que dejé entrever. Pero en la hora del juicio – y por eso hablo de la justicia de Dios y de la grandeza de la muerte – yo sería interrogado:

– ¡Presta tus cuentas!

Yo miraría a Nuestra Señora y la vería gélida. Solo no me desintegraría porque el poder de Dios no me daría medios para eso. Si Nuestra Señora está fría conmigo, se acabó.

– Por ejemplo, en tal hospital… – continuaría el Divino Juez –.

– Señor, ¡yo estaba inconsciente!

– Ahora te voy a explicar. En tal ocasión Yo te di tal gracia, después, tal otra, porque te quería de tal manera. Quería que fueses esto. Tú respondiste y pasaste por esa ocasión de modo insuficiente. No manifestaste tu alma como ella debería estar. No tenías culpa en aquella hora, tenías culpa en la causalidad. El efecto era tu culpa porque tu causa era tu culpa. Estaba en ti aquella gracia mal correspondida. ¡Ahora presta cuentas! Aconteció esto y aquello, dejó de acontecer esto y aquello. La culpa es tuya. En último análisis, tu espíritu debería haber sido más absoluto, más categórico, haber sabido llegar con más ímpetu a las últimas consecuencias y verlas más claramente. Quedaste a ochenta, a noventa por ciento del camino, a cien no llegaste, y era en los cien que Yo te esperaba. Tendrás mi misericordia, pero experimentarás antes mi desagrado.

¿Qué habría faltado? Superficialidad fue la causa. El espíritu no fue hasta el fondo, no adhirió, no se persuadió como debía porque no prestó atención y no se enlevó4 como debía.

¿Hasta qué punto debemos luchar contra el relativismo?

Dios continuaría:

– Hubo un primer momento en que el lumen rationis5 encendió en tu espíritu tal conclusión que el discernimiento interno dado por Mí te hizo ver. Tú deberías haber amado aquello. Sin embargo, por causa de tal bagatela, de tal egoísmo, de tal otra tontería hiciste lo contrario. Resultado: todo el ritmo quedó perjudicado. Te di después otras gracias, tú las rechazaste de tal manera. Aquí está tu historia. Mira tus pasos; puede ser que a lo largo del camino inclusive hayan salido estrellas, pero una sombra también se proyectó. Yo estoy aquí para pedirte cuentas de esa sombra.

¿Por qué digo esto con este énfasis? Por la saturación de ver – desde no sé cuándo – espíritus superficiales que piensan que cumpliendo el deber más o menos, con prisa, sin profundización, sin entera adhesión de alma, por trivialidad, lo cumplen completamente, y juzgan que les basta la acción exterior para que la obra sea enteramente buena. Ellos piensan: “Si no hice exteriormente tales actos, si no consentí internamente en tales cosas, está perfecto.” Para mantener el estado de gracia, bien creo que sí. ¿Pero basta mantener el estado de gracia cuando se está llamado a una vocación como la nuestra? ¿Hasta qué punto está firme en el estado de gracia un alma que cree que le basta estar en estado de gracia? He aquí la pregunta. ¿Hasta qué punto debemos luchar contra ese fraude a nosotros mismos, que es el relativismo?

¿Qué es el relativismo propiamente?

Cuando las gracias del Bautismo se nos van volviendo conscientes y vamos viendo en el ímpetu de nuestro sentido del ser, vamos imaginando enseguida las cosas con toda la perfección posible – intuitiva, pero muy verazmente – y nuestra alma vuela hacia aquello; vemos cosas magníficas y nuestra alma tiende hacia lo magnífico, hacia lo grande, con todas las fuerzas, eso nos da una certeza y un contacto con algo paradisíaco, maravilloso, verdaderamente arrebatador.

Esto está probado no apenas por la voz de los católicos, sino hasta de los impíos. Pocos hombres experimentaron triunfos más grandes como Napoleón. Para no hablar de otra cosa, en su coronación, cuando llevó a un Papa encadenado de Roma a París para coronarlo en presencia de toda la Cristiandad, en la Catedral de Notre-Dame, hacia cuya magnificencia la humanidad sacudida por la Revolución Francesa comenzaba de nuevo a abrir los ojos, en presencia de representantes de reyes de Europa entera, de todas las sumidades que Francia tenía en aquel tiempo. Pues bien, él se hizo coronar en esa ocasión. ¡Qué alegría para aquel hombre vanidoso, orgulloso y victorioso! Le preguntaron cierta vez: “¿Cuál fue el día más alegre de tu vida?” Pensaban que él dijese que el día de Austerlitz, o de Marengo, o de su coronación. Su respuesta, sin ninguna duda, fue: “El día de mi Primera Comunión.”

¿Qué tuvo ese hombre el día de su Primera Comunión que dejó de lado todo lo que vino después? Todo aquello que para él obtener removió cielo y tierra, no era comparable con la alegría que había tenido con ocasión de la Primera Comunión. ¿Cómo se explica eso?

Cada uno de nosotros puede dar ese testimonio. Si no fue matemáticamente el día de la Primera Comunión, hubo, no obstante, momentos de una alegría, de un enlevo, de un estado de alma que no se puede repetir. ¡En la infancia, cuántas veces eso se da!

Una vieja armonía enriquecida con tonalidades marciales

Para dar otro ejemplo, aquí en Brasil nuestro Casimiro de Abreu escribió: “Oh, qué saudades tengo de la aurora de mi vida, de mi infancia querida…” Era la inocencia que él había perdido y que cantaba gimiendo. Él huyó de dentro de ella, saltó hacia las cosas del mundo, donde el ambiente brasilero lo glorificó, es verdad. ¡Pero qué vendió él por eso! ¡Qué cosa horrorosa!

Nosotros, más o menos, desviamos los ojos de ese sentido del ser que nos presenta las verdades primevas, y con ellas algo que sería como la matriz de todas las verdades iluminadas por la Fe. Muchos de nosotros llegamos a pecar, a veces hasta reiterada y gravemente.

Sin embargo, en cierto momento, tuvimos la impresión de que todas las alegrías de la “Primera Comunión” se nos renovaron aún más intensas, con más definición, con tonalidades más ricas, porque eran ellas mismas analizadas con las madureces adquiridas a lo largo del tiempo, pero, sobre todo, porque venían con gracias muy insignes.

Nos aparecen de repente y ni siquiera lo notamos. Antes, no obstante, pasamos por un proceso: comenzamos a desagradarnos de todo cuanto el mundo ofrece. Lo fútil, lo vacío, lo sórdido de todo comienza a saltarnos a los ojos. Observamos en torno de nosotros a los amigos que parecen alegres y pensábamos que eran felices, y nos damos cuenta de que su alegría es nada. Ellos ríen, saltan, juegan, gastan, se hacen adular, pero no están felices, no hay paz en ellos. Y concluimos que todo eso está equivocado y necesita ser cambiado. Más o menos cuando el alma llega a este punto, toca en el fondo de su horizonte una vieja armonía enriquecida con tonalidades marciales: “¿Cómo se explica que yo me haya dejado llevar por eso? Si este mundo pagano se va a venir abajo, ¿cuál es el mundo que yo quiero?”

Entonces brilla una luz a nuestros ojos y nos atrae. Es la vocación, y con ella todo renace. A veces con embates duros. ¡Qué bellas batallas las de la enmienda de la vida! ¡Cómo son diferentes de aquel resbalón horrible por el cual un alma cae en la impureza! Batallas penosas, difíciles, pero, al fin de cuentas, las gracias vienen y el alma recupera la virtud. Son nuevos horizontes, la persona se pone a combatir y piensa: “¡Ahora comprendo! Los que se entregan al mundo piensan que la felicidad consiste en no tener desventuras ni luchas. ¡Tontos! En esta vida siempre las tendremos. Pero hay un rincón del alma donde flota una felicidad, una convicción, una seguridad, una certeza, una salud que vale mucho más que la salud del cuerpo, que el dinero y que todo el resto. ¡Esta yo la tengo y sigo adelante!”

Composición típica de un mediocre

Sin embargo, si en el primer momento el hombre no se enlevó como debía, pero conservó un poco de concesión al estado de espíritu que él había abandonado, aquello lo va minando lentamente. En poco tiempo él inventa una composición: “En líneas generales, yo cumplo mi deber, pero en tales puntos voy a hacerlo más o menos. Mi conciencia no queda chocada, no rompo con ese marco sagrado donde me siento realizando la voluntad de Dios, pero no renuncio a unos gusticos que no extirpé y a los cuales estoy apegado. Hago una composición.”

A mí me gustaría decir: “Es verdad. Un vaso de agua con tres gotas de veneno, esa es tu composición. ¡Mediocre! Si yo fuese a comparar tu alma con un copo de agua que solo tiene veneno, mentiría. Pero mentiría más si dijese que su agua es cristalina. Sin embargo, son solo tres gotas que tú consentiste que cayesen allí adentro. Aunque fuese una gota, esa ya no es el agua que imaginas. Mediocre, el veneno está en ti.”

Si hay venenos que fulminan, existen otros que matan poco a poco. Por ejemplo, si alguien nos sirviese todos los días agua un poco envenenada, no nos mataría inmediatamente, pero quebrantaría nuestra salud. Después vendría la muerte. También así en nuestra alma, las aguas de la mediocridad van envenenándonos, intoxicándonos poco a poco.

Hay personas que perdieron la memoria de todo cuanto la verdadera salud de alma les daba y se creen saludables, hasta el momento en que el Médico Divino aparezca y haga su diagnóstico…

Fuimos suscitados contra el relativismo

Dicho lo anterior, vuelvo a la pregunta: ¿qué es el relativismo? Es la actitud de alma por la cual delante de lo bello, bueno y verdadero que nos habló por la Fe, por la razón, por los sentidos del alma y, a veces incluso por los sentidos físicos, y que nos pedía un clamor de adhesión, de entrega y dedicación, nosotros nos movemos un poco, diciendo: “Tal vez, es posible. Dentro de poco voy. Por el momento, quiero saber sobre ese automóvil, cómo se chocó contra otro, o cómo sucedió tal cosita; deseo una bagatela, porque quiero permanecer en el mundo de las bagatelas, reservándoles por lo menos una parte de mi alma.”

Ese es un pacto ilusorio, una esperanza de que la gracia presente en nosotros, consienta en quedar íntegra cuando dejamos entrar en el alma al demonio. Sería más o menos como imaginar que una casa donde viva una madre de familia pudiese ser habitada, al mismo tiempo, por una prostituta que allí ejerce su oficio. Alguien diría: “Bueno, ellas están en cuartos diferentes. Al final, la madre de familia no nota.” No es posible. Donde está una, la otra solo queda en un estado ultrajado y disminuido. Delante del relativismo, la gracia solo queda en un estado coartado y humillado.

Nuestra Señora me dio la gracia de odiar el relativismo con toda mi alma. Porque en el pecado declarado se pierden los malos; en el relativismo se pierden los buenos. Siempre me pareció tremendamente triste, siniestro, que un hombre diese su vida a un ideal y lo sirviese mediocremente. Y después tuviese un resultado pifio. ¿Entonces él vivió para lo pifio? ¿Eso es vivir o es agonizar la vida entera, sin gloria y en la lama?

Si hay una cosa que nuestra vocación no permite es el relativismo. Así como la Compañía de Jesús fue constituida contra el Protestantismo, los franciscanos contra el espíritu de corrupción del uso de las riquezas terrenas, los dominicos contra las herejías, y así por delante, así fuimos suscitados contra el relativismo. Luego, ¡habitar una gota de relativismo en nuestras almas es un error, es una aberración!

Esa seriedad que llega a las últimas consecuencias es nuestra vocación. Nuestra fuerza de impacto está en el grado en que hayamos dejado lejos de nosotros el relativismo. Concesión al relativismo da en tibieza, en apostolado estéril.

¿Qué diríamos de un jesuita semiprotestante? ¿O de un franciscano que guarde monedas ocultas debajo de su hábito? ¿O de un dominico medio cátaro? ¡Es un absurdo! Pues bien, una concesión al relativismo que habite en nuestra alma es peor que eso.

Necesidad de tener la conciencia en estado de examen

Sugiero hacer un examen de conciencia centrado en el punto del relativismo: “¿Soy enteramente serio para esperar que lo que yo haga sea totalmente coronado del éxito esperado?” ¿Qué éxito es ese? Si soy serio, no es un éxito de inmediato, sino profético, lleno de vaivenes, de problemas, frente a los cuales todo sale errado, exigiendo que yo confíe en la Providencia, rece, pida el auxilio de Nuestra Señora y, al fin de cuentas, tarde o temprano – a veces muy tarde… – se acaba consiguiendo. Entonces las cosas van bien. Pero es necesario hacer un examen de conciencia serio, de lo contrario, no está bien.

A propósito, más que eso, es necesario tener una seriedad viva, de manera que la seriedad note cualquier cosa que desentone con ese estado de espíritu. Es una conciencia en estado de examen, no es solo un examen de conciencia. He aquí lo que debemos desear.

Tal vez uno u otro pensará: “¿Dónde encontraré la energía, el espíritu de sacrificio para ser así? Yo no consigo.”

A este me gustaría decirle: “Hijo mío, yo pasé por eso. Salga como creo que salí, rezando: Salve, Regina, Mater misericordiæ, vita dulcedo et spes nostra, salve!” Donde yo percibo que soy tan inconsistente que no doy ni un paso, debo mirar amorosamente a Nuestra Señora y pedir: “Madre Mía, ved dónde me dejé caer. Pero siento el convite para integrarme a este vuelo que pasa delante de mis ojos. Y si es verdad que no quiero, por lo menos por vuestra intercesión, es verdad que yo querría.”

Me acuerdo de haber rezado así y hasta haber dicho: “Madre Mía, yo querría querer. No tengo coraje de pediros que yo de hecho quiera. Pero atended este anhelo mío de que yo querría querer. Hacedme querer y después ser: Salve, Regina, Mater misericoridæ…

Lo incontestable y la confianza en la misericordia

¡Cuántos de nosotros, aunque tengamos a veces el alma pugnaz, decidida, combativa, tenemos algún rincón por el cual la pereza nos retiene en el suelo! Para sanar ese lado malo de alma, diga un Memorare: “…gimiendo bajo el peso de mis pecados, me postro a vuestros pies…” Por lo tanto, el pecador, gimiendo bajo el peso de su propia pereza, puede arrodillarse ante Nuestra Señora y decir: “Madre mía, no conseguiré nada mientras no me ayudéis. ¡Ayudadme!”

Al demonio le gustaría sugerir este pensamiento: “Si el Dr. Plinio conociese mi estado de alma, él me excluiría con horror. Por lo tanto, no puedo decirle eso a él. Por otro lado, no puedo corregirme, porque de hecho soy mole…” Resultado: vergüenza, mala conciencia, engaño.

¡Nada de eso! ¡Cuántas veces al ver a alguien en esas condiciones, me gustaría decirle lo contrario: “Hijo mío, ¡ánimo! Nuestra Señora es Madre de misericordia, Ella tiene pena de los pecadores. Pida más, porque está dicho en el Evangelio: a quien golpea, se le abrirá.” Luego, a quien pida se le dará. Eso que dice respecto a las gracias materiales en su aplicación más directa, Nuestro Señor lo afirmó, sobre todo, para los dones espirituales, para situaciones, por ejemplo, como esta.

Así, esta reunión, que paseó por las cumbres de lo incontestable, termina con un acto de confianza en la misericordia.

Alguien dirá: ¿las dos cosas no son contradictorias? Yo afirmo que no. Una prepara para la otra. Porque solo pide de hecho misericordia, quien está convencido de que es un deudor. Quien no reconoce su propio estado no pide misericordia. Procura engañar.

Son dos posturas diferentes: una es la del deudor que tiene una contabilidad limpia, sabe cuánto debe, procura al acreedor y dice: “Tenga pena de mí, no tengo dinero para pagarle. No arruine mi nombre y no confisque mis bienes. Voy a trabajar y pretendo pagarle en el momento oportuno. Ahora bien, recuerde que hoy el necesitado soy yo, mañana podrá ser Ud. Y Ud. querrá que le tengan una misericordia que Ud. tendrá si tuviere conmigo. Hágame ese favor.” Otra situación es la del engañador que falsifica cuentas, niega que está debiendo, pide testigos, etc. Ese es un ladrón.

¿A cuál de los dos el acreedor desea más perdonar: al ladrón o al deudor probo? Evidentemente al segundo. Así es Nuestra Señora con nosotros. Ella tiene más facilidad para obtenernos el perdón cuando nuestra alma está limpia.

– Pero, Dr. Plinio – objetará alguien –, además de ser muelle, mi alma no está limpia.

– Hijo mío, comienza pidiendo a Nuestra Señora la limpieza de alma, por la cual tengas una idea clara de tus pecados. Cualquier punto es bueno para comenzar, desde que en la otra punta del camino esté Nuestra Señora.

Estas son reflexiones hechas al margen de mi operación. Las presento con el deseo de que hagan bien a sus almas.

1) El 3 de febrero de 1975, el Dr. Plinio sufrió un grave accidente de automóvil, que lo obligó a usar muletas y después silla de ruedas hasta el fin de su vida.

2) El Dr. Plinio se refiere a su secretario personal y fiel discípulo, João Scognamiglio Clá Dias, hoy Monseñor.

3) Del francés: el caballero sin temor y sin reproche.

4) Del portugués: elevación o vuelo de alma o del espíritu, encanto, deleite, maravillamiento.

5) Del latín: luz de la razón.


(Revista Dr. Plinio, No. 263, febrero de 2020, pp. 17-23, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 6/2/1982).

Last Updated on Monday, 24 February 2020 23:44