La Madre de Dios: misericordia inagotable

 

Siendo niño, a los doce años de edad, frente a una imagen de María Auxiliadora venerada en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el Dr. Plinio fue “contemplado” por la mirada misericordiosa y compasiva de María Santísima. La gracia recibida en esa ocasión marcó profundamente su vida.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Procurando hacer una explicitación mejor con respecto a Nuestra Señora, recientemente encontré una figura que, aunque es muy simple, expresa muy bien mi pensamiento. No sé si es enteramente exacta en geometría, pues, como todos saben, mis conocimientos en esa materia son los más sumarios y desinteresados posibles.

Imaginemos un poliedro, un cuerpo con varias faces – esta es la idea muy primitiva que tengo de un poliedro –, bien construido. Si sus faces son triangulares, mirando una de ellas, se ven de cierto modo las otras, pues todas tienen la forma de un triángulo.

Así es la Madre de Dios, cuya perfección es supereminente, y a quien la Iglesia rinde culto de hiperdulía. Al considerar una de sus altísimas cualidades, se percibe que Ella tiene igualmente todas las otras virtudes de las cuales una criatura humana es capaz. Conocida, por ejemplo, su fe, se entiende su esperanza y su caridad. Viéndose un lado del poliedro, se intuye cómo son todos los otros, con sus dimensiones. Si, según la geometría, el poliedro no es exactamente así, esa figura sirve al menos como metáfora.

Compasión de Nuestra Señora

Lo que más me tocó, en primer lugar, en Nuestra Señora, no fue tanto su santidad virginal y regia, sino la compasión con la cual Ella mira a quien no es santo, atendiendo con pena y solícita en dar; en suma, una misericordia que tiene las mismas dimensiones de las otras cualidades. Es decir, inagotable, clementísima, pacientísima, pronta a ayudar a cualquier momento, de modo inimaginable, sin nunca tener un suspiro de cansancio, de extenuación, de impaciencia, sino siempre dispuesta no solo a repetir su bondad, sino a superarse a sí misma. De manera que, hecha tal misericordia, aunque sea mal correspondida, viene otra más grande. Por así decir, nuestros abismos van atrayendo su luz. Y cuanto más huimos de Ella, más las gracias por Ella obtenidas se prolongan y se iluminan en nuestra dirección.

“Una mirada que me dejó calmo para la vida entera”

Comparemos la miosotis con el sol. Entre nosotros y la Santísima Virgen la diferencia trasciende aún más. Aunque Ella sea una mera criatura, su acción podría ser comparada con el efecto de la mirada de Nuestro Señor a San Pedro, que lo renegó durante la Pasión, y el gallo cantó. Cuando el Redentor fijó en él su mirada, se sintió tomado por entero. El Apóstol había sido testigo directo o había tenido una repercusión inmediata de todo cuanto los Evangelios narran, y conocía a Nuestro Señor perfectamente. En aquella mirada él recibió una comunicación de todo cuanto sabía, pero con tal énfasis y esplendor, que derrumbó su ingratitud: “Et flevit amare – Y lloró amargamente” (Lc 22, 62). La gran contrición de Pedro es uno de los hechos más bonitos de la historia de los santos.

Cuando niño, habiendo ido a la Iglesia del Corazón de Jesús, y encontrándome por primera vez con la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora, no tuve ninguna visión, éxtasis o revelación. Pero me sentí como si la imagen me mirase, y tuve conocimiento, por así decir, personal, de esa bondad insondable que me envolvía totalmente. Aunque yo quisiese huir o renegar, Ella me cogería afectuosamente y diría: “¡Hijo mío, vuelve de nuevo, aquí estoy Yo!”, haciéndome entender la profundidad de esa misericordia.

En primer lugar, quedé calmo para la vida entera. De hecho, por mayores que sean las dificultades, si estamos envueltos por esa misericordia, podemos descansar; porque en el fondo, para quien no es brutalmente insensible y se vuelve hacia la Virgen María, Ella acaba arreglando todas las cosas. Y, noten bien, una de las cosas que más me maravillaron – dentro de la indefinición de mi mentalidad de niño, sin embargo, yo tenía bien claro –, fue que eso no era un privilegio para mí, sino una actitud de Ella ante todos los hombres.

Nuestra Señora podría condescender en querer tratarme como un privilegiado. Sin embargo, tuve cognición de lo contrario: para todas las personas que existieron y existen, para todos los pecadores que están en las calles, en las casas, en los tranvías, en los automóviles, etc., Ella es exactamente así. No obstante, muchos la rechazan.

Tengo mucha pena cuando veo a alguien – a un “enjolras”1, por ejemplo – nervioso y con problemas, y pienso: “¿Por qué no comunicarle una mirada como la que recibí de Nuestra Señora? Él quedaría calmo para la vida entera.”

No consigo expresar completamente cómo fue esa gracia. Cuando rezo el trecho del Magnificat: “et misericordia eius a progenie in progenies timentibus eum”, es decir, la misericordia de Dios llega de generación en generación a todos los que lo temen, siempre pensé: “Es verdad, y por medio de María Santísima. Ella es la misericordia insaciable, que no acaba, sino que se multiplica solícita, bondadosa, tomando nuestra dimensión y, por compasión, se hace incluso más pequeña que nosotros para acogernos.”

Muchos piensan que yo soy una fiera, que no tengo pena de los otros. Ellos no tienen idea de qué es esa cognición de la misericordia de Nuestra Señora que penetró en mi alma.

Misericordia, pureza, fortaleza y sabiduría de Nuestra Señora

Considerando esa misericordia nos viene a la mente la virginalidad de María Santísima, porque esas nociones, por así decir, se contienen unas a las otras. Ella es pura, con un grado de pureza indecible. Conocida la misericordia se conoce la pureza; es nuevamente la figura del poliedro. Cualquier castidad que se pueda concebir no se compara con la pureza de Ella, toda hecha no solo de ausencia de cualquier inclinación hacia el mal, sino de un chorro de alma que va directa y exclusivamente hacia Dios, sin compromiso con nada y con nadie más, un élan2 entero de una fuerza e integridad, y un deseo de Absoluto, que no se puede medir.

La pureza de Nuestra Señora, comparada con la de otras personas, es como la albura de la nieve en relación con el carbón.

Y, en la perspectiva en que me coloco, la pureza trae consigo la idea de fortaleza, que no significa que nada se quiebra. Es algo diferente: ante lo que la Madre de Dios, en su pureza, decidió, el resto del mundo se inclina por la fuerza de su voluntad; es un ímpetu, una resolución, una ausencia de posibilidad de resistencia de cualquier persona o cosa que sea, una soberanía, un dominio en una dimensión tal, que no hay palabras humanas para expresarla.

Hoy se habla de obuses y de otras armas. En realidad, son simples baratijas inofensivas y ridículas en comparación con un acto de voluntad, con una preferencia de la Santísima Virgen.

A su vez, esa fortaleza, misericordia y pureza traen consigo una idea de su sabiduría lúcida, adamantina, dispositiva de todas las cosas, nunca teniendo cualquier duda, sino solamente certezas. Es decir, Ella conoce todas las cosas, sus interrelaciones, y penetra hasta las entrañas de todos los seres. ¡El universo es tan grande! Por el hecho de comprender el orden del universo y su punto ápice, una vez más vislumbramos cuál es la inmensidad de su pureza, fortaleza y misericordia.

Esas son las virtudes que, por el momento, más me llaman la atención cuando me acuerdo de la mirada de Nuestra Señora Auxiliadora en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

“Hijo mío, te quiero” – “Madre mía, soy vuestro”

Se podría preguntarme: “¿Ud. recibió esa mirada cuando niño, con once o doce años, y nunca más hubo algo semejante?”

Esa gracia me fue dada de tal manera, que quedó como un sol para la vida entera. El hecho parece haber ocurrido ayer. La Santísima Virgen como que me dijo: “Hijo mío, te quiero”. Y yo declaré: “Madre mía, soy vuestro”.

Alguien indagaría: “¿Pero, en esas consideraciones Ud. dónde coloca a Nuestro Señor Jesucristo?” Respondo: “¡En todo!” Es la idea que San Luis Grignion desarrolla mucho: Nuestra Señora es el claustro, el oratorio, el tabernáculo sagrado donde está el Redentor, y mientras más estemos próximos de Ella, más próximos estaremos de Nuestro Señor Jesucristo.

Imaginen a Nuestra Señora en el período en que estaba formándose el Niño Jesús en su cuerpo virginal, por obra del Espíritu Santo, y alguien quisiese adorar al Mesías, haciendo abstracción de Ella. ¡Sería una estupidez, no tendría sentido!

Sé que estaré más unido a Nuestro Señor, mientras más unido esté a María Santísima.

Naturalmente, de ahí resulta que mi devoción a Él pasa por Ella. Creo que incluso en las ocasiones de mayor cansancio – eso espero, por lo menos –, cuando hago referencia a la adoración debida a Nuestro Señor, enseguida hablo de su Madre Virginal. Es sistemático.

Se dirá: “Pero, muchas veces Ud. habla sobre Ella sin referirse a Él.” Sí, porque Él es infinitamente más grande que Ella. Así, hablando de Ella, Él está implícitamente contenido. Pero, tratando con respecto a Él, Ella no está implícitamente contenida. Por eso, quieran o no quieran, gusten o no gusten, si Nuestra Señora me ayuda, haré esto hasta morir.

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1) Palabra afectuosa utilizada por el Dr. Plinio para designar a sus jóvenes discípulos que surgieron aproximadamente a partir de 1970. En ellos había un acentuado grado de debilidad, comparados con aquellos que los antecedieron, los de la “generación nueva” (cfr. “Dr. Plinio” número 81, p. 17). Sin embargo, la Providencia concedió a los “enjolras” una capacidad mayor de amar y de entusiasmarse por lo bello, y de captar el aspecto simbólico de las cosas.

2) N. del T.: Del francés, impulso.


(Revista Dr. Plinio, No. 142, enero de 2010, pp. 20-25, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 9.1.1982  Título del artículo en la Revista: Misericordes oculos ad nos converte).

 

Last Updated on Tuesday, 10 September 2019 22:02