Religiosidad y coraje, valores inseparables

En medio de la confusión de ideas que marcó el siglo XX, uno de los preconceptos más perniciosos contra el catolicismo consistió en la idea equivocada de que la religiosidad sincera era incompatible con la virilidad. En 1931, como joven congregado mariano, el Dr. Plinio enfrentó y esclareció la cuestión.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Entre muchos preconceptos erróneos que dominan la mentalidad de las masas populares modernas, figura en lugar de destaque la convicción muy generalizada de que es imposible la coexistencia, en el espíritu de un hombre, de una virilidad real con una religiosidad sincera.

Se da con este preconcepto lo mismo que se dio con el caserío inmundo que llenaba de escombros, en Egipto, los lugares en los cuales se erguían en siglos pasados los templos magníficos que los faraones elevaban para la gloria de sus dioses. La acción lenta de las fuerzas naturales había soterrado gradualmente muchos de los monumentos de la legendaria civilización egipcia. Y cuando ese soterramiento quedó más o menos completo, sobre los últimos vestigios de los monumentos de los faraones vino a lanzarse una red inextricable de barracas y de tugurios destinados a abrigar la escoria de la población egipcia.

Cuando algunos denodados egiptólogos emprendieron el estudio de la historia de la patria de Cleopatra, no tuvieron otro recurso sino arrasar completamente cuadras enteras de tugurios, para hacer emerger del seno de la tierra, donde yacían sepultados, los magníficos monumentos del arte egipcio, en toda la belleza de sus líneas, en la belleza estupenda de su concepción artística genial.

Imitando a los egiptólogos, es necesario que nos esforcemos por arrasar los preconceptos mezquinos con que la mentalidad hodierna cerca y deforma la idea de “hombre”. Y, una vez ejecutada esta obra de desobstrucción, podremos entonces hacer resurgir, en el espíritu público, la majestuosa y varonil concepción cristiana de virilidad.

El simple análisis de la expresión “viril” indica claramente la inanidad de los preconceptos modernos (vehiculados especialmente por el cine y por el exceso de deporte) a este respecto.

Ser varonil significa tener todas las cualidades propias del hombre, para que este desempeñe integralmente los deberes dictados por su alta finalidad religiosa, moral y social. Evidentemente, el esfuerzo que se desarrolle para producir en el hombre cualidades extrañas a su finalidad será inútil o nocivo. Por otro lado, es bien evidente que las cualidades serán tanto más preciosas para el hombre – y, por lo tanto, tanto más varoniles – cuanto más altas fueren las finalidades humanas que ellas tengan en vista conseguir.

Los diversos fines de un hombre no tienen todos igual importancia. Por el contrario, la razón demuestra que ellos se subordinan unos a otros, en una jerarquía completa. Para cada finalidad del hombre existen virtudes adecuadas. Tanto más necesarias al hombre – y por lo tanto más varonil será la virtud – cuanto más elevada fuere la finalidad que le corresponda.

Si existe un Dios, el primer deber del creyente será de prestarle reverencia y homenaje. Y la violación de este deber primordial será, para el hombre, una infracción máxima a la virtud de la virilidad. A los ojos de los propios incrédulos, por lo tanto, debe ser tenido el creyente que no cumple sus deberes, como individuo “inviril”. Y, como una consecuencia lógica, tanto más viril será el creyente, cuanto más cabalmente desempeñe sus deberes religiosos.

Vienen enseguida los otros grandes deberes del hombre, que marcan, por así decir, otros tantos escalones en la escalinata de la virilidad: los deberes con relación a la familia, con relación a la patria, con relación a la humanidad, con relación a sí mismo.

El cumplimiento de estos deberes es arduo. Ora exige grandes esfuerzos que caracterizan a los héroes, ora reclama trabajos oscuros y perseverantes, sin poesía, sin grandeza, todos hechos de abnegación ignorada y de banalidad absoluta.

 Para el desempeño de estas grandes misiones, que hacen de la vida de cada hombre, cuando es bien comprendida, un poema de una belleza incomparable, son necesarias ciertas disposiciones que son el pedestal de toda virtud o virilidad sólida.

Viene, en primer lugar, la fuerza de voluntad, que es el fundamento de todas las demás virtudes. En seguida, viene todo el cortejo de virtudes viriles, que en último análisis son un simple corolario de la fuerza de voluntad: sobriedad, perseverancia, dominio de sí mismo, prudencia, coraje, audacia, generosidad, etc.

Todos estos atributos no constituyen virtudes diferentes; son apenas los destellos multicolores de un mismo brillante: el vigor de la voluntad auxiliada por la gracia.

A la par de estas joyas purísimas, que pueden hacer del carácter de un hombre un verdadero cofre, hay imitaciones más o menos groseras, que son meras deformaciones del sentido moral, perlas “tekla”, que intentan hoy en día substituir completamente a las antiguas virtudes, imitándolas servilmente en el aspecto exterior, pero diferenciándose profundamente de ellas en su esencia.

Así, cuando el temperamento es exaltado, cuando una persona no sabe refrenar los excesos de un sistema nervioso enfermizo, las explosiones de su voluntad desgobernada pasan como fuerza de voluntad. Como si se pudiese confundir un río que sale de su lecho para inundar todo y destruir todo, con el agua fertilizante que corre por lechos seguros, fecundando toda una región.

Cuando la impulsividad de la inteligencia no ve el peligro, es fácil para una persona enfrentar los mayores riesgos. Y entonces se confunde el desatino vulgar de una inteligencia defectuosa con el coraje del héroe. Cuando el abrasamiento de las pasiones lleva al hombre a entregarse sin reservas a la faena de amontonar fortunas con las cuales satisfacerse, este sibarita camouflé puede fácilmente pasar como un hombre trabajador.

Y, en general, los héroes que el cine nos apunta, o que las novelas inciensan, no pasan de ser caracteres llenos de vicios con aspecto de virtud. Como ciertas vitrinas de joyerías populares, pueden tales hombres, con el exhibicionismo desenfrenado de sus baratijas morales, deslumbrar al populacho. Pero solo logran despertar la risa y la compasión de los verdaderos psicólogos, que no se ilusionan con el brillo falso de estas falsas piedras preciosas, ni con el esplendor ilusorio de unos pobres pedazos de vidrio pulido.

El coraje del héroe que conoce el peligro y lo enfrenta por amor a un ideal sublime, no puede ser comparado a la imprudencia de un ladrón, que no se importa con correr los mayores riesgos para dar largas a su deshonestidad.

¡El coraje del soldado que enfrenta la muerte por amor a la patria, o del mártir que desafía los tormentos para confesar la Fe, no es el mismo coraje del adúltero que, con riesgo de su propia vida, penetra clandestinamente en la casa de su amigo para consumar, en la oscuridad de la noche, la ruina de un hogar!

El triste coraje que hace del hombre un monstruo, y de la canallada una virtud, es sin duda el coraje del mundo pagano en que vivimos. Pero, ¡que redoblen los tambores; que la patria llame al campo de sacrificio todos sus hijos, y veremos que no es el “héroe” pagano quien mejor sabe inmolar su egoísmo, y quien con más espontaneidad sabe ofrecerse como holocausto a la grandeza del país! (…)

Religiosidad y coraje, Fe y virilidad son cosas inseparables. Y si los preconceptos vulgares de las personas incultas nos acusaren de pusilánimes, (…) digamos: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que dicen”.


(Revista Dr. Plinio, No. 35, febrero de 2001, pp. 6-9, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Transcrito del “Legionário”, No. 86, del 13.9.31).

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