La Iglesia siempre rechazó el mito de la igualdad completa

Acompañemos una breve descripción hecha por el Dr. Plinio, de las tres grandes revoluciones igualitarias que, a partir del fin de la Edad Media, convulsionaron la Civilización Cristiana.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

El mito del igualitarismo actúa hoy sobre muchas centenas de millones de hombres, si bien en formas y grados diversos. Unos ven en la igualdad completa la única expresión auténtica de la justicia y de la fraternidad. Y les parece enteramente practicable, para la felicidad del género humano. Otros dudan con tristeza de la factibilidad de una igualdad total entre los hombres, pero desean que ella se convierta en realidad, por lo menos en toda la medida de lo posible. Otros, por fin, no admitiendo la igualdad completa, ni siquiera en el plano teórico, se muestran sin embargo adeptos categóricos de una enorme nivelación en la sociedad actual.

Sumados, todos esos igualitarios constituyen una fuerza avasalladora, no solo porque componen la gran mayoría, sino también porque disponen de una influencia preponderante en el curso de los acontecimientos. La generalidad de los hombres de Estado, de los altos hombres de negocios, la mayor parte de las personalidades exponenciales de la ciencia, de la cultura y del arte, se jactan de ser profetas y apóstoles de una inmensa revolución igualitaria de nuestros días. La casi totalidad de los medios de comunicación social trabaja con mayor o menor intensidad en ese sentido.

La enseñanza de la Iglesia

Por otro lado, la Iglesia Católica siempre enseñó que, iguales por su naturaleza, los hombres son también iguales en lo tocante a los derechos que resultan de su naturaleza: derecho a la vida y a la integridad física, al conocimiento y a la práctica de la verdadera Religión, a la honra, a la familia, al trabajo honestamente remunerado, a la propiedad, etc. Y enseñó al mismo tiempo que, como los hombres son desiguales en sus accidentes – virtud, talento, salud, capacidad de trabajo, etc. – es justo que sean desiguales en cuanto a las honras y a los lucros que resultan de esas diferencias. Así, la Iglesia siempre rechazó el mito de la igualdad completa, como siendo opuesto al orden establecido por Dios en el universo.

El fondo de cuadro de los acontecimientos

Esta vasta revolución igualitaria constituye el fondo de cuadro de los acontecimientos internacionales, por lo menos desde el comienzo de nuestro siglo. La revolución rusa de 1917 le sobrecargó los colores. Y de allá para acá, ella no ha dejado de refinar de año en año sus notas características.

Apuntada así esa revolución igualitaria, se pregunta: ¿cuál es, al fin, la génesis de ese proceso?

Desde el siglo XV hasta nuestros días, viene siendo tramada la destrucción de la Civilización Cristiana para llegar al exterminio de la Iglesia Católica y de la obra redentora de Nuestro Señor Jesucristo. Para esto son estimuladas en el hombre las pasiones desordenadas, especialmente las dos más impetuosas y dominadoras, es decir, el orgullo y la sensualidad.

Las Tres Revoluciones

La primera gran explosión colectiva y, por así decir, social de esas pasiones, se operó en el siglo XVI, afectando el campo cultural y artístico (Humanismo y Renacimiento), y el campo religioso (Revolución Protestante).

La acción del orgullo como fuerza revolucionaria se hizo sentir especialmente en el ámbito religioso, por la negación de la infalibilidad de la Iglesia, por el rechazo a la autoridad suprema del Papa como monarca de la Iglesia, por la negación, en algunas sectas, de la autoridad de los obispos, y en otras hasta de la autoridad de los presbíteros. En suma, por la reducción de la sociedad eclesiástica a un organismo enteramente igualitario.

La tendencia hacia el debilitamiento de las costumbres se manifestó también en el campo religioso, por la abolición del celibato eclesiástico y por la introducción del divorcio.

Tal debilitamiento se mostró, bajo cierto punto de vista, todavía más radical en el movimiento humanista y renacentista. La admiración fanática del arte y de la cultura clásica sirvió como medio para exhibir el nudismo e introducir la inmoralidad en las costumbres. Al inicio, ese efecto nefasto se hizo sentir principalmente en las cortes de las grandes monarquías modernas, y, por la influencia de estas, no tardó en alcanzar a buena parte del clero y de la nobleza, infiltrándose después hasta en los trabajadores manuales.

Por otro lado, la cultura clásica, ajena a lo sobrenatural, preparó el terreno para el iluminismo racionalista del siglo XVIII y para el liberalismo, su corolario político.

Todos esos factores conjugados, hicieron que doscientos años después de la Primera Revolución (Humanismo – Renacimiento – Protestantismo) estallase la Segunda Revolución, es decir, la Revolución Francesa.

Esta última consistió esencialmente en enarbolar el estandarte de la igualdad, libertad y fraternidad, operando en la estructura monárquico-jerárquica del Estado, en nombre de esa trilogía, transformaciones análogas a las que el Protestantismo había operado en la estructura de la Iglesia. La abolición de la realeza y de la nobleza fueron en el Estado correlatas con la supresión del Papado y del Episcopado en las sectas protestantes.

En el siglo XIX, a su vez, todas las energías acumuladas de la primera y de la segunda Revolución barrieron Europa y América, no dejando sino raros y débiles vestigios del orden anterior.

El igualitarismo, y a su modo el liberalismo, no podían dejar de expandirse por fin en la esfera que restaba más o menos intacta, es decir, la socioeconómica.

La Revolución Francesa ya contenía todos los gérmenes del socialismo utópico que se propagó por Europa hasta mediados del siglo XIX. Fue sucedido por el llamado socialismo científico, o comunismo. Comenzó así la Tercera Revolución, es decir, la Revolución materialista, atea y omnímodamente igualitaria.

La Contra-Revolución: un ideal

Dicho lance de la gran Revolución global es descrito en nuestro libro “Revolución y Contra-Revolución”, no tanto como un mero fenómeno político o socioeconómico, sino como una profunda transformación de alma, de cuño moral y religioso, que irradia sus repercusiones en todos los aspectos de la personalidad humana, y de ahí extravasa sus efectos a la Iglesia y a la sociedad temporal, a las costumbres, el arte, la cultura, las estructuras políticas, sociales, económicas, etc.

A su vez, la Contra-Revolución es mucho más que un libro. Es un ideal que convida al hombre moderno a rechazar cabalmente todos los aspectos de la Revolución igualitaria, y a preparar la lucha grandiosa en defensa del orden cristiano, fruto de la obra redentora de Nuestro Señor Jesucristo.


(Revista Dr. Plinio, No. 2, mayo de 1998, pp. 11-13, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Título original del artículo en la Revista: Igualitarismo: el “non serviam” del hombre moderno).

Last Updated on Wednesday, 21 August 2019 14:10