La Asunción de María a los Cielos

Durante la Asunción de Nuestra Señora, toda la naturaleza y los propios ángeles refulgieron magníficamente, como nunca, reflejando de modos diversos, a la manera de una verdadera sinfonía, la gloria de Dios. Sin embargo, nada de eso podía compararse con el esplendor de la Santísima Virgen subiendo al Cielo.

  

El hecho más glorioso de la Historia, después de la Ascensión

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Un hecho que llama la atención, en la Historia Sagrada, es el de que Nuestro Señor haya querido subir al Cielo a los ojos de los hombres; y que aconteciese lo mismo con la Asunción de Nuestra Señora. ¿Por qué la Ascensión y después la Asunción deberían darse a la vista de los hombres?

Ascensión y Asunción

En cuanto a la Ascensión hay varias razones y la más sobresaliente es de carácter apologético. Era necesario que los hombres pudiesen dar testimonio de ese hecho histórico duplo: no solo de que Jesús resucitó, sino también de que Él subió al Cielo, y su vida terrena no continuó. Subiendo al Cielo, Él abrió el camino a incontables almas y se sentó a la derecha del Padre Eterno. Él, en su humanidad santísima, fue la primera criatura – y al mismo tiempo es Dios – que subió a los Cielos en cuerpo y alma, como nuestro Redentor, abriendo el camino de los Cielos a los hombres.

Pero había otra razón: era necesario que Él, habiendo sufrido todas las humillaciones, recibiese todas las glorificaciones. Y gloria más grande y más evidente no puede haber para alguien que subir a los Cielos, porque es ser elevado por encima de todas las alturas. Y aquellos que se salven trascenderán todo este mundo donde nos encontramos, e irán al Cielo empíreo, donde Dios Nuestro Señor está, para unirse a Él eternamente.

Así como Nuestra Señora había participado como nadie del misterio de la Cruz, el Redentor quiso que Ella tuviese la misma forma de gloria, que participase como nadie de la glorificación de Él. La glorificación de María Santísima se daba de esta forma, siendo llevada a los Cielos. Y en el momento en que entró allá, la Virgen María fue coronada como Hija bienamada del Padre Eterno, como Madre admirable del Verbo Encarnado y como Esposa fidelísima del Espíritu Santo.

Ángeles rutilantísimos

Nuestra Señora tuvo una glorificación en la Tierra y después una glorificación en el Cielo. Por lo tanto, debemos considerar la Asunción como un fenómeno gloriosísimo. Infelizmente, los pintores a partir del Renacimiento no saben representar de un modo adecuado la gloria que debe haber cercado este espectáculo.

Debemos imaginar lo siguiente: es propio de las cosas de la Tierra que, cuando se quiere glorificar a una persona, en su residencia, por ejemplo, todos visten sus mejores trajes, se exhiben los objetos más bellos, se colocan flores y todo lo aquello que hay de más noble para homenajearla.

Tal regla está dentro del orden natural de las cosas y es seguida también en el Cielo. El mayor brillo de la naturaleza angélica, el fulgor más estupendo de la gloria de Dios en los ángeles, debe haber aparecido exactamente en el momento en que Nuestra Señora subió al Cielo. Y si fue permitido a los mortales ver a los ángeles con sus propios ojos, ellos deberían estar rutilantísimos, con un esplendor absolutamente excepcional. Y si no fue dado a todos los mortales contemplar a los ángeles en esa ocasión, es seguro, por lo menos, que la presencia de ellos se hacía sentir de un modo imponderable, porque muchas veces ocurrió eso en la Historia, aunque no fuese propiamente una visión, o una revelación de ellos.

La gloria interior de Nuestra Señora iba transpareciendo como en el Tabor

Es natural también que en esta hora el sol haya brillado de un modo magnífico, que el cielo haya quedado con colores variados, reflejando la gloria de Dios de modos diversos, como una verdadera sinfonía.

Y que las almas de las felices personas allí presentes hayan sentido esas glorias en sí de un modo extraordinario, de tal manera que hubo una verdadera manifestación del esplendor de Dios en Nuestra Señora.

Pero ninguno de esos esplendores se podía comparar con el propio esplendor de la Santísima Virgen subiendo al Cielo. A medida que Ella se iba elevando, ciertamente como una verdadera transfiguración, a ejemplo del Tabor, la gloria interior de Ella iba transpareciendo a los ojos de los hombres.

Hablando de Nuestra Señora, dice el Antiguo Testamento: “Omnis gloria eius filiæ regis ab intus” (Sal 44, 14), toda la gloria de la hija del Rey viene del interior, de aquello que está dentro de ella, y con certeza esa gloria interna que María Santísima poseía se manifestó de un modo más estupendo cuando, ya en lo alto de su trayectoria celeste, miró a los hombres, antes de dejar definitivamente este valle de lágrimas e ingresar ante la gloria de Dios.

Reliquia concedida a Santo Tomas

Se comprende que debe haber sido, después de la Ascensión de Nuestro Señor, el hecho más esplendorosamente glorioso de la Historia de la Tierra, solo comparable con el día del Juicio Final, en que Nuestro Señor Jesucristo vendrá en gran pompa y majestad, dice la Escritura, para juzgar a los vivos y a los muertos; y con Él, toda reluciente de la gloria del Divino Salvador, de un modo indecible, aparecerá también Nuestra Señora ante nuestros ojos.

Debemos considerar la impresión que tuvieron los Apóstoles y los discípulos cuando la vieron subir al Cielo, recordando el hecho que la tradición narra con respecto a Santo Tomás. Él dudó de la Resurrección y por eso fue convidado por Nuestro Señor a meter la mano en la llaga sagrada de su flanco, para comprobar que era realmente Jesús. Después recibió el Espíritu Santo en Pentecostés, quedó un Apóstol confirmado en gracia y se hizo un gran santo.

Pero cuenta una tradición venerable que, por haber dudado, en la hora de la muerte de Nuestra Señora, Santo Tomás no se encontraba presente. Cuando la Santísima Virgen estaba subiendo al Cielo, ya a cierta distancia de la Tierra, Santo Tomás fue traído por ángeles para contemplar el final de la Asunción. Ahí vemos aquello que podríamos llamar la índole de Nuestra Señora, para cuya calificación la palabra “materna” no basta, sería una índole supermaterna, arquimaterna, incomparable.

Y al recibir ese castigo pungente, merecido, por una culpa tan reparada de no haber podido estar presente en la muerte y en el inicio de la Asunción de Nuestra Señora, él la miró. Entonces, la Madre de Dios, sonriendo, le concedió una gracia que no dio a ningún otro. Ella desató su cinturón y, desde allá arriba, lo hizo caer sobre Santo Tomás, de tal forma que Él recibió, no diré el perdón, porque ya estaba perdonado, sino una gracia suprema, que era una reliquia de Ella lanzada a él desde lo más alto de los cielos.

Nuestra Señora es así cuando tiene algo que perdonar a un hijo muy predilecto. A veces Ella ni siquiera pune, pero cuando castiga, Ella hace seguir esa punición de una sonrisa bondadosa, de un perdón completo y de una gran gracia. Se podría imaginar que Santo Tomás, al regresar a casa con los Apóstoles, les mostró ese presente dado a él y dijo: “O felix culpa – Oh feliz culpa –, por desgracia, yo dudé de mi Salvador, pero en compensación tuve la felicidad de recibir esta reliquia celestial de mi Madre Santísima.” La última sonrisa, el último favor de Ella, la amenidad más extrema, la bondad más suave de Nuestra Señora la dio justamente a Santo Tomás, y esto nos debe dar ánimo.

Que la Santísima Virgen nos prepare para los días terribles que se aproximan

No hay ninguno de nosotros que con relación a la Santísima Virgen no tenga fallas, y no necesite pedir algún perdón. Debemos rogar a Nuestra Señora, en esta preparación de la solemnidad de la Asunción, que proceda así de maternalmente con nosotros, que Ella mire nuestras fallas y nos dé un perdón.

Y que ese perdón sea el siguiente: nosotros estamos cada vez más claramente en el umbral de los acontecimientos previstos por Nuestra Señora en Fátima, y es posible que, analizando nuestras propias almas con la severidad implacable que la condición de seriedad de todo examen de conciencia exige, consideremos que estamos llegando un poco atrasados en nuestra preparación espiritual para esos acontecimientos.

Pues bien, debemos hacer una oración, acordándonos de Santo Tomás. Si llegamos atrasados, que Ella nos dé el favor especial particularmente rico y suave, por donde, de un momento para otro, nos preparemos de tal manera que, cuando toque la puerta de nuestras almas la gracia de los días terribles que se aproximan, estemos prontos, llenos de enlevo1 y capaces de seguir la vocación que Nuestra Señora nos dio. Esta es la reflexión que se me ocurre con ocasión de la Asunción de Nuestra Señora.

Si quisiéremos hacer una meditación bonita sobre la Asunción, podemos leer las revelaciones de Fátima que narran el milagro del sol, que se manifestó de un modo tan terrible y espléndido en aquella ocasión. El astro rey debió haber estado espléndido, sin terribilidad, con ocasión de la Asunción de Nuestra Señora.

1) Del portugués, significa elevación o vuelo de alma o del espíritu, encanto, deleite, maravillamiento.


(Revista Dr. Plinio, No. 245, agosto de 2018, pp. 10-13, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 10.8.1968).

Last Updated on Friday, 09 August 2019 15:35