Admiración, ¡suprema alegría!

Debemos tener una postura habitual de admiración, por la cual seamos capaces de ver en las almas de los otros toda la belleza existente o deseada por Dios. Al mismo tiempo, debemos considerar en ellas lo que tienen de malo, para rechazarlo. Esa posición continuamente admirativa nos da la posibilidad de discernir el bien y el mal, la verdad y el error, lo bello y lo feo. Sin eso, la vida no es interesante.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

Por ser espiritual, el alma es de una categoría muy superior al cuerpo. Por eso, ver en alguien el reflejo de algo que hay en su alma vale incomparablemente más que considerar aspectos materiales.

La admiración llena la vida de alegría

Por ejemplo, discernir el alma de un hombre que está recogiendo basura en una calle cualquiera tiene muchísimo más valor que admirar la corona magnífica del Sha de Persia, de tal manera un alma bien entendida es más valiosa, aunque sea un alma deformada en la cual reconozco defectos repugnantes, por los cuales adquiero horror y me uno a Dios que también los execra.

A mi modo de ver, lo pintoresco de la profesión de recolector de basura está en que él vive luchando contra la basura y conservando la llama de su espíritu en medio de la basura; es un batallador contra la suciedad, un antibasura. Luego, es bonito ser recolector de basura. Todo eso muestra el aspecto bonito de la vida.

Conocer un alma y percibir en qué ella es conforme o contraria a la Iglesia Católica, notar las afinidades, las desarmonías, la belleza interna de todo ese universo que es un alma, en fin, admirar el alma en cuanto alma me hace comprender mejor aún cómo debe ser magnífico Dios, puro espíritu.

Quien me conoce hace años, me vio en las circunstancias más variadas, aun estando fracturado y golpeado por un accidente de automóvil. No obstante, nunca me presenciaron con tedio, con aires de quien no tiene qué pensar, porque, aun cuando sea para prestar atención en el interlocutor más aburrido que sea, me quedo admirado de cómo él es un hombre aburrido…

Sin embargo, si es tan atrayente analizar un hombre, ¡cómo debe ser prodigiosamente más interesante conocer las miríadas de ángeles! Ver pasar ante mí a tal y tal ángel, todos interesantísimos, curiosísimos, con reflejos magníficos, rutilantes, ¡qué estupendo! Me complazco en imaginar cuando yo, por la bondad de Nuestra Señora, esté en Cielo, cómo será poder cruzarme con los ángeles en las inmensidades celestiales y percibir sus armonías magníficas. Por detrás y por encima está Nuestra Señora, Reina de los ángeles, y más bella, Ella sola, que todos ellos juntos; y por encima de Ella, Nuestro Señor Jesucristo, Hombre Dios.

Vemos así, cómo la posición de admiración llena la vida de interés, de alegría. No es una tristeza, una cruz para cargar, sino más bien tener alas. Rechazar la admiración porque ella pesa, equivaldría a un sujeto tan perezoso, que, si un ángel le ofreciese alas, dijese: “Yo ya cargo piernas y brazos, ¿y ahora voy a tener que llevar esas alas en la espalda?” Oh, tonto, ¿no percibes que son las alas que te cargan y no tú quien las cargará?!

Debemos desear transformar esa admiración en alas que nos lleven, adquiriendo una capacidad de ver en los otros toda la belleza existente o la que fuese deseada por Dios. Pero, al mismo tiempo, debemos considerar en ellos lo que es diferente de eso, para rechazar y tener horror, creciendo así en el amor al Creador. Esa posición continuamente admirativa nos da la posibilidad de discernir el bien y el mal, la verdad y el error, lo bello y lo feo. Sin eso, la vida no es interesante.

Simbolismo del pez volador

Si, por ejemplo, estoy viajando a Europa en un transatlántico, y tengo a mi lado un hombre de Nueva Zelandia, que conocí en ese instante, vemos pasar de repente unos peces voladores y él me dice:

– ¡Qué interesante es ver un pez volador!

Yo pienso: “Realmente es interesante, pero más interesante es analizar el efecto del pez volador en el alma de ese neozelandés.” No obstante, aunque conocer ese hombre valga más que conocer el pez, no voy a dejar de conocer uno para conocer otro. Quiero conocer ambos y admirar lo que Dios puso de admirable en ellos, así como también censurar lo que hay de censurable o defectible.

El pez volador, por ejemplo, puede ser visto como la imagen de la veleidad de un individuo que hace sueños y no es capaz de realizarlos: vive dentro del agua, salta hacia afuera y se hunde de nuevo… Por un lado, miro y digo: “¡Qué elegancia! De algún modo supera a todos los peces. Pero, por otro lado, ¡Qué desilusión! Quiso ser ave y no consiguió.”

Miro a mi interlocutor y pregunto:

– ¿Te gusta el pez?

Él piensa que estoy hablando sobre el pez, pero de hecho lo estoy analizando a él. Un viaje así, para mí, alcanzó pleno éxito. Es de ese modo que se vive.

Vivir analizando es la alegría de vivir, porque es vivir amando y odiando, vuelto hacia Dios Nuestro Señor, o sea, odiando lo que es contra Él y amando lo que le es favorable.

Alguien podrá objetar: “Pero, Dr. Plinio, ¿será verdaderamente posible que una persona tenga en la cabeza todo lo que Ud. acaba de decir? ¿Es el caso pedir a alguien que tenga ese estado de espíritu, esa mentalidad?”

Insisto en lo que dije anteriormente1: esta es la posición normal del católico, y para eso nos son dadas gracias especiales.

Conferencia sobre Santo Domingo Savio

En cierta ocasión leí una biografía de Santo Domingo Savio, santo salesiano que fue, en cierto sentido, uno de los discípulos perfectos de un verdadero gran santo, San Juan Bosco.

Esa lectura correspondió a un apuro en que me encontraba: fui invitado por los salesianos de São João del Rey a hacer un discurso sobre Santo Domingo Savio, y acepté sin pensarlo dos veces. Ellos mandaron una avioneta a recogerme en São Paulo, embarqué y, cuando dejé todas mis actividades atrás, ya sentado en el avión, pensé: “Bien, ahora tengo esa conferencia sobre Santo Domingo Savio… Pero, ¿cómo voy a hacer una exposición con respecto a quien no conozco nada?”

Llegué allá para el almuerzo, donde estaban el Arzobispo, el Alcalde y otras notabilidades de São João del Rey. Me avisaron que la sesión sería solemnísima, en la iglesia más grande de la ciudad. Habría, por lo tanto, millares de personas presentes, y confirmaron que yo debería hablar sobre Santo Domingo Savio. Pensé: “Y ahora, ¿cómo voy a hacer eso?”

Terminado el almuerzo, le dije a un padre responsable del evento: “¿Ud. me podría proporcionar un lugar para descansar, porque me gustaría hacer una siesta antes de la sesión? ¿Y también una biografía bien pequeña de Santo Domingo Savio?”

Él me dio un librito bien popular que contenía trazos de la vida del joven santo, que murió a los 14 años de edad. ¿Qué tendría de extraordinario? Leí aquello y pensé: “De aquí no saco nada… ¿Qué va a salir como discurso? No sé. ʻ¡Dios te salve, Reina y Madre, Madre de Misericordia!ʼ” Y por increíble que parezca, dormí.

Me desperté y, mientras me preparaba para ir a la iglesia, se me ocurrió la siguiente idea. El libro contenía la narración de hechos que indicaban, entre otras cosas, cuánto la vida de Santo Domingo Savio había sido marcada por una enorme seriedad desde pequeño. Aunque el autor no resaltase ese aspecto, en los episodios contados por él trasparecía eso. Por ejemplo, cuando iba al colegio, Santo Domingo se levantaba muy temprano, aún antes de la aurora, y a veces, con la nieve cayendo, lo veían pasar frente a la iglesia parroquial de la pequeña aldea donde vivían sus padres, se arrodillaba en el pórtico de la iglesia, todavía cerrada, se quitaba el sombrero y, si fuese necesario, se quedaba rezando en la nieve durante algún tiempo, terminando sus oraciones de la mañana. Después se ponía el sombrero de nuevo y caminaba hacia el colegio. Quien lo viese andar por detrás, diría: ¡es la miniatura de un hombre!

Hice mi conferencia respecto a eso y Nuestra Señora me ayudó, pues ya al comenzar, cuando yo dije: “Él debería llamarse el santo de la seriedad”, todos los que conocían bien a Santo Domingo Savio comprendieron que eso correspondía tanto a la verdad, que fue una larga salva de aplausos. Comprendí que estaba en el punto cierto y podía proseguir. Fue un gran alivio y la conferencia se hizo con el contentamiento de todos.

Digo esto para resaltar cómo de una narración de la vida de un niño, leída en un librito, se puede hacer la reconstitución de su mentalidad.

Lo más importante en la vida es leer las almas

Así vemos cuánto los más pequeños episodios son interesantes, pues lo que Dios colocó principalmente en la vida para que nosotros leamos son las almas: admirar las virtudes y las cualidades, y detestar los defectos; conocer nuestras cualidades y amarlas, conocer nuestros defectos y detestarlos.

Me acuerdo de una época de mi vida, aún siendo niño, en que yo me preguntaba a mí mismo lo siguiente: “¿Quién soy yo? ¿Por qué me defino? ¿Cuáles son las características principales de mi alma y de qué manera corresponden a los trazos de mi rostro, a la forma de mi cuerpo, y qué debo acrecentar en mí para que los otros vean lo que soy y para representar mi papel en la vida, siendo a los ojos de los otros aquel que yo sé claramente que debo ser?

Eso venía con cierto tormento cuando yo sentía que no estaba bien expresado y que los otros me tomaban más o menos como un anónimo, me trataban como si yo fuese lo que no soy, ora para más, ora para menos, pero sobre todo para otra cosa. Una sensación de malestar, hasta que me compuse como yo creía que era, dando mi expresión a lo que deduje de mi alma: “Lo que mi alma tiene de bueno es tal lado así, lo que tiene de malo y necesito vencer es tal aspecto. Debo vencer ese lado ruin con una cualidad muy preponderante en sentido contrario, de tal forma que, por lo tanto, mi personalidad aparezca mucho, so pena de no tener la identidad verdadera, de no ser sincero; así construyo un modo de ser por el cual soy enteramente yo mismo.”

¿Cómo se consigue eso? Eso es fruto de la admiración. Admirando, se discierne; discerniendo, se escoge; escogiendo, se acepta o se rechaza. Sin admiración no hay nada de eso. Es decir, para el trabajo de la inteligencia y de la observación, tener padrones según los cuales se ven las cosas es absolutamente fundamental.

Dejo estas consideraciones entregadas a la meditación de todos, para que comprendan cómo es normal ser como estoy describiendo y, por el contrario, cómo es inhumano no ser así. Debemos, por lo tanto, censurar los ambientes sin admiración y admirar los ambientes en los cuales se admira.

1) Cfr. artículo anterior bajo el título: Ceremonia de investidura de un caballero medieval - II, extraído de la Revista Dr. Plinio, No. 256, p. 32-33.


(Revista Dr. Plinio, No. 257, agosto de 2019, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 15.2.1977).

Last Updated on Saturday, 03 August 2019 17:48