"Una nueva Edad Media"

“No tarda la tempestad, que deberá tener una guerra mundial como simple prefacio.”

 

 

El estampido de un rayo que rasga el cielo en la oscuridad de la noche y, al caer sobre la tierra, en un solo instante destruye lo que encuentra, refleja de un modo magnífico el poder y la ira justiciera de Dios, cuando fulmina al pecador orgulloso y empedernido.

Pero, para el viajero desorientado que, en las tinieblas, avanza penosamente en medio de la tempestad, el relámpago le muestra de repente y con claridad el panorama que lo circunda, permitiéndole dar un rumbo seguro a sus pasos. Y por más que el rayo traiga consigo destrucción, para este viajero traerá luz.

La misión de un profeta tiene algo de análogo con el relámpago. Podrá él anunciar castigos, fulminar a los enemigos de Dios con terribles puniciones, pero a los hombres de fe les dará una orientación segura, en medio de la confusión de este mundo pecaminoso. Sus palabras reflejarán, para quien lo supo oír, un fulgor de la sabiduría divina, que es el lenguaje de los profetas.

Pero, ¿entonces existen verdaderos profetas, hoy en día, en este caótico [comienzo] de milenio?

Veamos lo que nos enseña a ese respecto el conocido Cardenal Charles Journet:

“La Iglesia no conoce apenas el depósito revelado; ella es también esclarecida sobre el estado del mundo y sobre el movimiento de los espíritus. Los más lúcidos de sus hijos participarán de esta milagrosa penetración suya. Ellos sabrán discernir, bajo la luz divina, los sentimientos profundos de su época, sabrán diagnosticar los verdaderos males y prescribir los verdaderos remedios. Mientras la masa parecerá afectada por la ceguera, mientras incluso los mejores dudarán o andarán a tientas, ellos, con un instinto sobrenatural e infalible, irán directo al blanco. El retroceso de los siglos manifestará la justeza de su visión. San Atanasio o San Cirilo, San Agustín o San Benito, Gregorio VII, Francisco de Asís, Domingo, veían en una especie de destello profético la marcha de los tiempos y la orientación que era necesario dar a las almas. El autor de la “Ciudad de Dios”; el contemplativo que fundó hace ochocientos años la regla siempre viva de los cartujos; Santo Tomás, que elucidó, tres siglos antes de la Reforma, las verdades que serían más contestadas en el umbral de los nuevos tiempos; Juana de Arco, Teresa de Ávila, he aquí a los verdaderos profetas de la Iglesia.

Ellos eran al mismo tiempo santos, y es verdad que la profecía es distinta e incluso separable de la santidad. Pero cuando es auténtica, ella se encaja siempre en el surco de la revelación apostólica; y, como el poder del maestro sustenta y guía el esfuerzo de los discípulos, las profecías auténticas son sustentadas y guiadas por la revelación de Cristo y de los apóstoles. ʻEn ningún momento – dice Santo Tomás – faltaron hombres dotados del espíritu de profecía, no ciertamente para traer cualquier nueva doctrina de la fe, ad novam doctrinam fidei depromendam, sino para dirigir los actos humanos, ad humanorum actuum directionemʼ (II-II, 174, 6 ad 3)”.

Viendo la profundidad de la crisis que sacudía al mundo occidental ya en el inicio [del siglo XX], el Dr. Plinio, siendo aún muy joven, discernió con claridad hasta qué extremos llegaría esta crisis y previó la ruina cierta del mundo contemporáneo, caso no hubiese un vigoroso movimiento de regeneración. Las profecías hechas por Nuestra Señora en Fátima, en 1917, y hechas públicas años más tarde, confirmaron el punto central de las previsiones del Dr. Plinio. En una carta dirigida a un amigo, en el lejano año de 1929, él traza con impresionante clarividencia el rumbo que tomarían los acontecimientos:

“Querido [Fulano]:

Cada vez más se acentúa en mí la impresión de que estamos en el vestíbulo de una época llena de sufrimientos y luchas. Por toda parte, el sufrimiento de la Iglesia se vuelve más intenso, y la lucha se aproxima más. Tengo la impresión de que las nubes del horizonte político están bajando. No tarda la tempestad, que deberá tener una guerra mundial como simple prefacio. Esta guerra esparcirá por el mundo entero una tal confusión, que surgirán revoluciones en todos los rincones, y la putrefacción del triste ʻsiglo XXʼ alcanzará su auge. Ahí, entonces, surgirán las fuerzas del mal que, como los gusanos, solamente aparecen en los momentos en que la putrefacción culmina. Todo el ʻbas-fondʼ1 de la sociedad subirá a la superficie, y la Iglesia será perseguida por toda parte. Pero… ʻEt ego dico tibi quia tu es Petrus, et super hanc petram ædificabo Ecclesiam meam, ET PORTÆ INFERI NON PRÆVALEBUNT ADVERSUS EAMʼ2. Como consecuencia, o tendremos ʻun nouveau Moyen Âgeʼ3 o tendremos el fin del mundo.

He aquí nuestra principal tarea: prepararnos para la lucha, y preparar a la Iglesia, como el marinero que prepara el navío antes de la tempestad.”

Plinio Corrêa de Oliveira

 

1) N. del T.: En francés, bajo fondo.

2) “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” – Mt 16, 18.

2) N. del T.: En francés, “una nueva Edad Media”.


(Revista Dr. Plinio, No. 1, abril de 1998, pp. 14-15, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Título del artículo en la Revista: Un fulgor de la Sabiduría Divina).

Last Updated on Monday, 29 July 2019 15:27