La lección de la garza

Al analizar las impresiones causadas por la observación de una bella ave, el Dr. Plinio las correlaciona con la vida de quien hace apostolado.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

Hay un ave que siempre me encantó y, al mismo tiempo, me dejó un tanto desconcertado: la garza.

En primer lugar, por causa del color blanco níveo, que me agrada mucho. También debido a su – si así puede decir – construcción, por la cual tiene todo el cuerpo blanco, de donde sale un cuello delicado y elegantemente torneado, con una cabecita para contener los ojos, fosas nasales y un pico muy grande, que causan la impresión de un símbolo de la capacidad de captar, prever y actuar a distancia.

Y todo sobre dos piernas delgaditas, que parecen ser de aire. A primera vista se tiene la sensación de que la garza no está pisando nada, sino que fluctúa en el aire. Solo se percibe que ella se mueve cuando, con sus piernas largas, abre la pata de palmípedo y marcha con un paso elegante. Avanza con elegancia, distinción e imperio: “manda” con tanta finura y autoridad en el minúsculo territorio donde es reina, que da gusto, a quien aprecia el principio de autoridad, ver a la garza moverse.

Si fuese capaz de pensar, ella haría un raciocinio así:

“¡Qué vida llevo! Tengo piernas tan frágiles, que debo andar con mucho cuidado, pues cualquier cosa puede quebrarlas. Soy hecha para caminar en medio de pantanos, a fin de encontrar mi comida en los gusanos, que todo el mundo reputa como suciedad. En mi blancura nívea, soy una colectora de insectos repugnantes de los cuales tengo que hacer mi delicia. Mi pico tan largo, selectivo, exigente, es un captador de pequeñas cosas que todo el mundo rechaza… ¡Qué vida llevo!”

La garza podría pensar que está condenada al imperio de los pantanales y a los banquetes repugnantes. ¡Cómo le debería parecer triste su existencia! ¡En determinado momento, movida por algún instinto, abre las alas y vuela! ¡Adiós, pantanos!

Adiós insectos; ella también posee el aire, las inmensidades, el sol que incide sobre sus alas y la hace rutilante como si fuese hecha de nieve; sus piernas parecen filamentos que prolongan garbosamente su estatura. Ella corta el aire con un vuelo mucho más elegante de lo que son elegantes sus pasos.

Así son también ciertos movimientos de ideales, obligados a hacer en la vida de todos los días apostolado en los pantanales de las indecisiones e incomprensiones. Así como la garza vuela, la Providencia propicia favores para que el hombre de ideal vuele también. Son las consolaciones celestiales, las recompensas y las horas en que nuestro movimiento, por ejemplo, puede abrir ampliamente sus alas delante de todo el mundo y brillar… reflejando – en la albura y pureza de sus ideales, en el rigor de su ortodoxia, en el entusiasmo de su dedicación, sin intuito de remuneración o recompensa terrena – la santidad del propio Dios, así como la garza refleja el brillo del propio sol. Es la luz que vuela y se esparce, largamente, parecida a la trayectoria gloriosa de la garza.


(Revista Dr. Plinio, No. 138, septiembre de 2009, pp. 28-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 3.8.1990 - Título original del artículo: Quien vive en el pantanal de la incompresión, debe saber volar).

Last Updated on Wednesday, 17 July 2019 14:11