La Revolución Industrial: lava caudalosa de un volcán esparcida sobre la humanidad

La serie de progresos realizados aproximadamente a partir de la Revolución Francesa, que aparecieron en una simultaneidad medio sospechosa, imprimieron a ciertos acontecimientos humanos una velocidad y una artificialidad que deformó la vida del hombre. Así, la Revolución y el progreso se juntaron, de tal forma que todas las revoluciones trajeron consigo progresos y todos los progresos trajeron consigo revoluciones.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

 

Consideremos la Isla Fernando de Noronha1 antes de ser habitada. Por cierto, es una isla relativamente pequeña. Tal vez hubiesen parado ahí navíos, de paso, permaneciendo algunos días, pero después todo volvía a su orden natural.

Una contradicción aparente

Se puede imaginar que la isla así habitada tenía una armonía y un agrado, con un contraste entre la tierra firme y el alta mar, a la manera de una aldea en medio del campo, en el monte, en la cual el ambiente sería enteramente campestre; así también, en la isla toda la atmósfera sería de alta mar. Se comprende que fuese muy apacible y que personas de paso por ahí se sintiesen muy agradadas al quedarse allí cierto tiempo, pero no mucho; sobre todo si permaneciese un número considerable de personas durante mucho tiempo, algo se tornaría errado.

Quien llegase a esa isla en el momento en que estuviese despejada de los efectos de la presencia de los últimos hombres que por allí hubiesen pasado, y encontrase la naturaleza en estado puro, sentiría un deleite especial y no tendría dificultad en admitir la existencia de un orden puesto con la sabiduría y bondad divinas, muy agradable, especialmente privilegiado por Dios, en el cual se podría apreciar lo que propiamente se llama el orden natural. En contrapartida, si se estableciese una ciudad pequeña, o incluso una aldea de pescadores con personas viviendo allí establemente, algo quedaba perjudicado, aunque el panorama no sufriese ningún perjuicio.

De donde se podría, eventualmente – y acentúo mucho la palabra “eventualmente” –, sacar la conclusión de que la presencia del hombre quiebra algo de la atmósfera natural, mientras que en el panorama inhabitado, o habitado por tan poca gente que la presencia del hombre no tiene fuerza suficiente para imponerse como nota dominante del ambiente, se ve en algo el plan de Dios, que se hace menos visible en la medida en que aumenta el número de hombres allí presentes.

Eso parece una contradicción porque, siendo el hombre el rey de la Creación, solo se puede admitir que su presencia valorice la naturaleza, haciéndola más agradable, transformando, por ejemplo, todo aquello en un jardín y, por lo tanto, haciendo la naturaleza más apacible, no solo por su presencia, sino por su acción, beneficiando el lugar y valorizándolo. De ese modo, por ejemplo, la Isla Fernando de Noronha lucraría, así, al ser habitada de esa manera por el rey.

La presencia del hombre en una isla hipotética

Aquí comienza la necesidad de distinguir. Se puede comprender que el hombre, haciendo uso de la inteligencia y de cierta capacidad de transformar el ambiente que Dios le dio, de hecho mejore, sino la totalidad de la isla, por lo menos varios de sus aspectos, y que ella lucre, quede más agradable, más bonita. Se puede incluso entender que la presencia del hombre dé a la isla cierto charme, aun cuando él no esté visible. Digamos, por ejemplo, que haya a pequeña distancia del mar un bosque, no el tropical, con aquella superabundancia de presencia de vegetación que el individuo no consigue poner un pie en el piso sin aplastar una hoja, o una flor que cayó; y que el hombre, actuando intencionalmente, construya en ese bosque poco denso una alameda bonita, con un serpenteo interesante, en el cual él a veces toque un peñasco desde lo alto del cual se ve un barranco, y al fondo el mar, y de esa forma la presencia de él embellezca varios puntos de la isla.

También se puede conjeturar que, siendo hombres de cierto género y estilo, su simple presencia haga agradable el lugar. La alameda construida por el hombre y el serpenteo del lugar ya le confiere a este cierta gracia: un árbol plantado por él da la idea de cuál fue su intención, cuál es su espíritu, con qué mentalidad él estuvo allí; puede ser un hombre que inclusive ya haya muerto y lo hayan enterrado al pie de un cedro muy bonito, y que se sepa que allí yace quien plantó algunos cedros en la isla. Todo eso va dando a la isla hipotética un charme de la presencia del hombre que, por lo tanto, acrecentó algo positivo a la isla.

Sin embargo, el hecho de que la propia atmósfera de la isla esté bien impregnada de la acción de presencia del hombre, trae consigo un conforme: él es el rey de la isla, pero está para lo que debería ser el rey como una taza rajada está para lo que ella sería si no estuviese partida. Porque él es concebido en el pecado original y tiene, por lo tanto, destemples, a veces quiere cosas en un número mayor de lo que debería desear; otras veces relaja y no aprovecha lo que debería aprovechar; en ciertas ocasiones tiene mal gusto y deteriora algo en lo cual sería mejor no haber tocado. De manera que, al mismo tiempo, se puede admitir una valorización y una desvalorización de la isla por la presencia del hombre.

Consideraciones con respecto a la palabra “progreso”

Cuando Adán y Eva salieron del Paraíso terrestre, hubo tal vez una tristeza en la naturaleza, porque el rey y la reina habían sido manchados. Ellos eran el adorno fundamental de aquello y fueron desterrados, y ese destierro hizo estremecer el Paraíso entero. No obstante, alguna cosa bonita que Adán y Eva hayan dejado por ahí, quizás dejó una idea de cómo sería el Paraíso si el hombre siempre hubiese obrado bien en él, levantando, así, la idea de una perfección paradisíaca resultante de la presencia del hombre. Lo cual era, a propósito, el plan de Dios.

Estas consideraciones sirven para definir en sus debidos términos qué es el progreso y el problema puesto por él, tomando la palabra “progreso” en el sentido de un movimiento ascensional de todo cuanto cerca al hombre y, por lo tanto, también de la naturaleza, continuamente hacia lo mejor, lo más agradable, lo más humano, si quisieren, lo más paradisíaco, pero un paraíso concebido en cuanto al progreso técnico, humano. Y cómo es más o menos inevitable que el hombre, progresando mucho, obtenga de la naturaleza ventajas bastante grandes, embellezca en algo la naturaleza, pero, por otro lado, la macule y la desordene, aun cuando la intención de él no sea esa.

Entonces el progreso, considerado en función de su punto de partida, podría ser visto no tanto como un mejoramiento del medio ambiente, sino, sobre todo, como un convite al hombre para mejorar, para ser más él mismo, para una plenitud de la naturaleza humana. Y cuando esta se eleve en su todo, traiga otro conjunto de factores mucho más positivos que negativos, de manera que, a pesar de los aspectos negativos, de hecho, represente una gran ventaja.

Sin embargo, en esa concepción que estoy presentando, se acaba poniendo el siguiente problema: si la mayor parte de las personas no vive en estado de gracia, por más que el hombre invente, él acaba haciendo cosas mal hechas y, por lo tanto, perjudiciales. Por ejemplo, ciertos descubrimientos de la Medicina que confieren la posibilidad de curar enfermedades y prolongar la vida pueden constituir innegablemente un progreso. Pero ese progreso, sumado a los factores negativos que lleva consigo – por ser dirigido en favor del hombre que está en pecado y, por eso, ser deformado –, en la apariencia trae ventajas muy grandes, pero en la realidad arruina. Y cuanto más grande se hace, tanto más pesan los factores negativos.

Pseudodelicias del progreso

Por esa causa, se percibe de forma indirecta que la serie de progresos hechos más o menos a partir de la Revolución Francesa – como el dirigible, el vapor, el pararrayos y otras cosas así –, que aparecieron con una especie de simultaneidad medio sospechosa, imprimieron a ciertos acontecimientos humanos una velocidad y una artificialidad que deformaron la vida del hombre.

Así, la Revolución y el progreso se juntaron, de manera que todas las revoluciones trajeron consigo progresos y todos los progresos trajeron consigo revoluciones. Por eso se habla de Revolución Industrial: es la adaptación del ambiente a la Revolución y la adaptación de la Revolución al ambiente, formando un solo todo. La Revolución Industrial es eso.

De la “São Paulinho” preponderantemente agrícola, São Paulo pasó a ser una ciudad pegada a la Revolución Industrial, que estaba para esta como un carnero sobre el cual se posa un águila: este coge la lana del carnero con las garras, lo suspende y vuela alto con él. El carnero ve cosas que nunca había visto, pero no hay ningún momento en que su corazón no lata demasiado deprisa, porque fue trasplantado a alturas que no son para él.

Me parece que, por falta de ver el asunto con esas variedades de aspectos, las personas naufragan en la apreciación del progreso, pues se ponen el siguiente problema, sin encontrar la solución: ¿El progreso es un bien o un mal absolutamente hablando? Y se debe responder que es un gran bien, que sin embargo trae consigo males más grandes que él.

Vemos entonces una ciudad dominada por el ambiente agrícola donde el progreso va destruyendo una porción de cosas de la naturaleza con las cuales es incompatible, y construyendo una serie de pseudodelicias en las cuales el hombre juzga regocijarse de alegría, pero en las cuales de hecho está perdiendo.

El falso progreso

Hay, por lo tanto, un falso progreso hijo del hombre pecador. Luego, del pecado que hay en el hombre: del pecado original, pero también de los pecados actuales que los hombres pueden ir acumulando y que se multiplican como por sí mismos, independientemente de la colaboración del hombre, cuando el progreso es fruto del pecado.

Por ejemplo, en el Bois de Boulogne, en París, hay una isla artificial, urbanística, en un brazo del Sena que corre por allá, en la cual hay un pabellón con un salón de fiestas y dos o tres salas pequeñas para fines varios, con una plantación de árboles y cosas de esas muy suaves, propias al panorama y a la belleza parisiense, que en el fondo, examinándose, se percibe que es un lugar propiamente delicioso. Aunque tiene esta peculiaridad: cuando se sale de aquella isla y se entra en tierra firme, se nota todo cuanto la tierra firme debería tener y no posee. La isla es una especie de errata de la tierra firme. Cuando el individuo deja la isla, sale con una inadaptación que le da el deseo de un paradisíaco terreno que él no tendrá, y toda su vida queda medio coja por esa causa.

Es, por lo tanto, una cosa revolucionaria que da la idea de una utopía realizada. Utopía es el deseo de una felicidad que tiene cierto descompás con el hombre en pecado original.

Un número enorme de cosas del progreso corresponde más o menos a eso. Por ejemplo, el Metro que puede pasar por debajo de una casa y que de vez en cuando, estando en el salón más fastuoso, las personas oyen un poco la trepidación del salón entero, y se nota que un cuadro que representa a una bisabuela se movió un poco y quedó torcido. Al final del día, el metro transitó doce veces por allí, y es necesario poner todo en orden. Por allá pasó el progreso, y con él, el desorden.

¿Eso es progreso? Huele mal, hace trepidar las cosas, da una velocidad para la cual el hombre necesita toda una adaptación, para tener el control psicológico de lo que está pasando y no sentirse arrastrado locamente dentro de las entrañas de la tierra, que no son para él lugar de habitación. Él está, por ejemplo, en Itaquera2, toma el metro y llega diez minutos después al Largo da Sé. Es una velocidad vertiginosa; el hombre comprende lo opuesto a su naturaleza que hay en recorrer tan deprisa una distancia tan grande.

Como resultado, él llega a la otra extremidad y está, por un lado, enteramente quieto y en orden, porque lo persuadieron de que dejarse horrorizar por eso es propio de un campesino. Y él hace entonces un acto de ascesis para quedarse quieto, para no tomar aires de campesino. Pero, por otro lado, todo dentro de él se horroriza. Y su naturaleza se horroriza con cien cosas de esas que a todo momento lo asedian y le bramen: “¡No se extrañe! ¡No proteste! ¡Mire, es excelente!”

Corolarios de la Revolución Industrial

Cuando yo era joven, experimenté la siguiente sensación: había en São Paulo un restaurante suizo muy bueno, donde servían comidas importadas de primera categoría. En la noche, después de haber asistido a una película de cine cuyo enredo transcurría en Francia, yo llegaba allá y comía. Después iba a casa, me acostaba, leía la historia de Nicolás II y caía en el trecho que narraba la masacre de Ekaterimburgo. Por fin dormía. Era una superposición de impresiones fruto del progreso que me habían traído de varios lugares de Europa delicias diferentes, que yo había tomado con avideces diferentes. Y al final la masacre de Ekaterimburgo. En su totalidad, la unión de todo eso es fruto del progreso.

Pero yo mismo sentía que había algo artificial, con velocidades anormales, con frutos demasiado sorprendentes. El hombre no fue hecho para vivir en lo sorprendente, él pide las tranquilidades distendidas y calmas de lo simpático, de lo afable, de lo acogedor, más que de lo sorprendente. Este último él puede querer ver a veces, pero no debe vivir en lo sorprendente.

Más o menos por esa época se edificó el rascacielos Martinelli, que pasaba por ser el orgullo de los paulistas. También se comenzó a construir el aeropuerto de Congonhas. Entonces algunos años después el avión llegaría a São Paulo, prenunciando la ebriedad de tomar un avión y dentro de una hora estar en Río de Janeiro. Era lo maravilloso, lo deslumbrante, lo extraordinario conjugado con lo horroroso, creando una situación que, en su conjunto, es un bluff3 fantástico.

Todo eso accionado por el demonio y sus agentes, haciendo con que cada vez más lo útil apareciese como un triunfador sobre lo bello. El espíritu práctico, en el fondo, era la glorificación de la fealdad. Así, todo fue haciéndose siempre más horroroso y más delicioso, pero lo delicioso fue disminuyendo gradualmente, y lo horroroso fue tomando cuenta de la vida.

Padronización, banalización y masificación son corolarios de esa Revolución Industrial que doctrinas erradas de cuño filosófico, malas tendencias de carácter, “Revolución A” tendencial, “Revolución B” sofística, todo eso junto va haciendo un desorden que sería como una lava heterogénea y caudalosa de un volcán que comienza a esparcir toda aquella porquería sobre la humanidad. Esta es una definición de la Revolución Industrial.

1) Archipiélago brasileño, situado en el estado de Pernambuco (N. del T.).

2) Barrio de la región Este de São Paulo.

3) Del inglés: engaño (N. del T.).


(Revista Dr. Plinio, No. 256, julio de 2019, pp. 11-15, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 22.5.1993).

Last Updated on Friday, 12 July 2019 14:33