La Virgen Poderosa vencerá

 

Sin duda alguna, una de las características más marcadas del espíritu del Dr. Plinio es su entusiástica devoción a la Virgen María. Profundamente “cristocéntrico” – como lo prueban incontables materias ya estampadas en esta Revista –, comprendió él, desde muy temprano, que el camino más rápido y seguro para llegar a Jesús y glorificarlo es unirse a su Madre Santísima.

Si, pues, el amor de este varón católico al Divino Salvador es inseparable del amor a la Reina del Cielo, también lo es su entusiasmo y su fidelidad a la Santa Iglesia Católica.

Así, el Dr. Plinio no dudaba en asociar a la promesa de indestructibilidad de la Iglesia – “las fuerzas del Infierno no prevalecerán contra ella”1 – a Aquella que, por ser Madre de la Cabeza, lo es igualmente del cuerpo Místico.

Una auténtica Teología de la Historia nos lleva a encontrar en el alejamiento de los hombres con relación a Dios la causa de las crisis que, a lo largo de los tiempos, asolaron a la humanidad. Crisis que, en la era cristiana, amenazaron – y a veces incluso parecieron conseguir – envolver a la propia Esposa de Cristo.

Sin embargo, en la medida en que los pueblos se abrían a la influencia benéfica de la Iglesia, las borrascas se calmaban, como los vientos y el mar de Tiberíades al obedecer la voz del Divino Maestro2, emanada a partir de la barca de Pedro.

Ahora bien, esa voz era humana, pues era producida por un cuerpo también humano, engendrado en el claustro virginal de María. Sin embargo, era al mismo tiempo divina, pues las palabras fueron pronunciadas por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Después de la Ascención de Jesús a los Cielos, la Providencia determinó que, para calmar los vientos y los mares revueltos que arrastran y sumergen en el caos a la Civilización Cristiana, los hombres obedeciesen a la Palabra, ahora presente y viva en la nave de San Pedro. También en esa barca – la Santa Iglesia – Nuestra Señora tiene una sublime misión: la de mantener a los fieles unánimes y perseverantes en la oración, a la espera del Paráclito3.

El siguiente discurso, proferido probablemente en la década de 1940 y publicado con ocasión del mes de María4, comprueba una vez más la confianza inquebrantable del Dr. Plinio en el poder de la Madre de Dios, bajo cuya protección la Santa Iglesia siempre encontrará la solución perfecta para todas las crisis:

“Gracias a Dios, crea raíces cada vez más profundas entre los católicos brasileros la convicción de que los destinos de la humanidad contemporánea están indisolublemente unidos a la Iglesia, de tal suerte que el único modo eficiente de trabajar para la solución de la crisis tremenda en que nuestro siglo se debate, es trabajar por la expansión de la Doctrina Católica.

La Historia registra el caso de naciones que consiguieron afirmar sus fundamentos sobre otras bases diferentes de la Iglesia, y que conocieron un equilibrio relativo, Pero, mientras ese falso equilibrio se transformó en Oriente en un estancamiento letal, en Occidente se mostró tan precario que provocó las revoluciones sociales, la corrupción moral y, por fin, la decadencia de la civilización greco-romana, humillada en sus últimos estertores por la brutal victoria de las hordas de los bárbaros invasores.

En cuanto a la civilización occidental, nacida de la Iglesia, creada bajo su influjo y constituida para la realización de un ideal de perfección y de progreso que solo la Iglesia supo apuntar al hombre, no le es posible encontrar fuera de la Iglesia ni siquiera el equilibrio precario de las civilizaciones que la antecedieron.

La civilización europea y católica fue inspirada en Cristo, y su aurora en la Edad Media refulgía con algo de la majestad insuperable y de la dulzura indescriptible con la cual Cristo deslumbró a sus Apóstoles en lo alto del Tabor.

En el receso de su prodigiosa fecundidad, ella contenía los gérmenes de una estructura moral y material superior – en grandeza y magnificencia –, a las concepciones más osadas de los filósofos griegos, de los estadistas romanos y de los poetas orientales. Y está en el orden inexorable de las cosas que, si esa civilización elegida no perseverase en la sublimidad de su vocación, se despeñaría por los abismos insondables y diabólicos de la apostasía, cuyos frutos políticos y sociales son estas dos hermanas gemelas, paradójicamente tan diferentes y tan parecidas: la anarquía y la esclavitud.

Para el mundo contemporáneo, no hay otro camino a no ser el orden perfecto del Catolicismo o el caos completo de la aniquilación. No es, pues, sin angustia, que inclusive algunos espíritus, en los cuales no arde la fe católica, indagan si la Iglesia no zozobrará al vendaval de la crisis moderna.

Para estas almas ciegas la invocación de las Letanías Lauretanas Virgo Potens constituye el tema de una provechosa meditación. No es de las bayonetas, ni del oro, ni de cualquier otro recurso humano que la Iglesia espera el gran triunfo que salvará una vez más la civilización. La Iglesia es divinamente indestructible y lo será mañana, como ya lo era ayer. Solo de Dios, Nuestro Señor, le vendrán en el momento oportuno los milagros que aseguraron el triunfo de Constantino, el retroceso de Atila y la victoria en Lepanto.

Con respecto a María Santísima, dice la Sagrada Liturgia: ʻTú sola destruiste todas las herejíasʼ. Más fuerte que los modernos Césares, hay una Virgen Poderosa que aplastará el mal en nuestros días; Ella que ya aplastó otrora la cabeza orgullosa de la terrible serpiente. Su fuerza, ya lo dijimos, no está en el oro ni en los cañones. Su fuerza está en su caridad invencible, en su humildad inconmensurable, en su pureza indecible.

Por más que el demonio, el mundo y la carne, se conjuguen contra la Cátedra infalible de San Pedro, la Virgen Poderosa triunfará. Y, en el momento de la derrota, todo el oro de sus adversarios les será inútil como si fuese lama, y sus cañones inoperantes como juguetes.

Al oír estas palabras, es posible que una sonrisa desdeñosa exprese en ciertos labios escépticos una desaprobación irritada. Sin embargo, un día vendrá – y quién sabe si no será mañana – en que la Virgen Poderosa triunfará, suscitando una nueva legión de cruzados, o dando al Santo Padre la victoria incruenta y gloriosa que tuvo otro Papa, San León I, cuando, armado solo con la Cruz de Cristo, hizo retroceder al terrible Rey de los Hunos.

¡A pesar de la risa de los escépticos, de las injurias de los perversos y de la incredulidad de los medrosos, la Virgo Potens vencerá!”

1) Mt 16, 18.

2) Cfr. Mt 8, 26-27.

3) Cfr. Hch 1, 14.

4) Trechos de un pronunciamiento cuya fecha no consta en nuestros archivos.


(Editorial de la Revista Dr. Plinio, No. 206, mayo de 2015, pp. 4-5, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Last Updated on Thursday, 13 June 2019 15:26