Esclavo de Jesús por las manos de María

Después de la caída de Adán, todo hombre nace culpado, y sin un auxilio sobrenatural especial no se puede santificar. ¿Dónde encontraría el Dr. Plinio el verdadero aliento espiritual?

  

Plinio Corrêa de Oliveira

¿Qué es la Consagración a Nuestra Señora? Este es, sin duda alguna, un tema bello y elevado.

Cuando nos consagramos a Ella según el método de San Luis María Grignion de Montfort, nos hacemos sus esclavos.

La palabra “esclavo” tiene una dura resonancia para nuestros oídos. Ella hace recordar a los esclavos del tiempo del Imperio de Brasil. Eran personas que venían de África, compradas a sus pequeños reyes locales y traídas a peso de oro – contra su propia voluntad – en embarcaciones llamadas “Navíos Negreros”, navíos en que las condiciones del viaje eran tan malas e inhóspitas que algunos, cuando podían, se lanzaban al mar, prefiriendo la muerte a vivir en condiciones tan miserables.

Los africanos iban a parar a Brasil, pasando a trabajar y a vivir para quien los comprase. Infelizmente, existía el miserable mercado de esclavos, y aquellos que llegaban aquí estaban destinados a ser vendidos en él, donde los negociantes, mediante un acuerdo con los hacendados, realizaban los trámites.

Los esclavos eran amarrados en largas hileras – a veces con cadenas de hierro – e iban a pie hacia la hacienda. Allí comenzaban trabajar.

Cada vez peor…

Hay una historia del Convento de la Luz, donde está sepultado Fray Galvão1, de la cual nunca me olvidaré. En el convento trabajaban esclavos negros que aserraban troncos enormes de madera, utilizados en las construcciones. La historia cuenta que los negros desempeñaban su trabajo cantando, y la letra de la música que entonaban era: “Cada vez peor, cada vez peor.” Era el melancólico canto con el cual manifestaban su desdicha.

Naturalmente, lo triste y terrible de esa situación era visto no sin cierta unilateralidad por ellos. En África tampoco eran libres como se imagina. Estaban sujetos a sus pequeños reyes locales, siendo también esclavos. No era enteramente como se podría imaginar: un negro vigoroso, atlético, de labios rojos y dientes blancos, corriendo por el monte, comiendo frutas, matando tigres, pescando junto a las lindas orillas de la playa del litoral africano.

Eso tiene cierta poesía, pero esa no era la realidad. Ellos no vivían solos, y como todo hombre tiene instinto de sociabilidad, formaban grupos – cada grupo pertenecía a un soberano –, muchas veces como esclavos.

Ellos dejaban, entonces, de ser esclavos allá, para pasar a ser esclavos aquí.

Miembros vivos de la Santa Iglesia Católica                                          

En Brasil, los esclavos estaban sujetos a señores más civilizados. Y les era proporcionada la ventaja inapreciable de ser bautizados. Después de aprender la lengua, eran instruidos en la Doctrina Católica para recibir los sacramentos.

Ya bautizados, se hacían miembros de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, miembros del Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo. Adquirían el derecho a contraer matrimonio sacramental, a ir a las Misas, a comulgar y rezar, y así tener todos los consuelos espirituales de la Religión.

En muchos casos se hacían amigos de sus señores hasta el punto de que, cuando fue proclamada la Ley Áurea2, muchos optaron por continuar trabajando en las haciendas donde vivían y rechazaron la libertad.

Así, la situación de ellos, sin llegar a ser la situación normal que se debería desear para una criatura humana, representaba una gran mejoría con relación a su estado en África.

“Todos los días de mi vida recé la Consagración”

Con esta concepción de la esclavitud, bien se puede imaginar la sorpresa que tuve cuando, leyendo el Tratado de la Verdadera Devoción a Nuestra Señora, de San Luis María Grignion de Montfort, percibí que se trataba de hacerse esclavo de Nuestra Señora. Mi reacción fue: “Por más que yo no comprenda, desde luego estoy de acuerdo, porque siendo para Nuestra Señora es algo bueno.”

Era necesario todo un raciocinio para comprender el significado de la Consagración y hacerla como se debe.

Ese es un viejo raciocinio hecho hace unos cincuenta años, más o menos. Puedo decir que, por el favor de Nuestra Señora, no se empolvó, pues no me olvidé de él un solo día de mi vida. Después de la primera vez que recé la Consagración a Nuestra Señora, no pasó un solo día en que yo, por culpa propia, dejase de rezarla. La única ocasión en que dejé de rezarla fue cuando sufrí el accidente de automóvil y pasé algunos días en semiconciencia.

En ese sentido, puedo decir que todos los días de mi vida “pos-San Luis Grignion de Montfort”, repetí esa Consagración.

Todos nosotros nacemos culpados

Para hacer un acto conscientemente, tenemos que entender lo que él es, de hecho. ¿Cuál es, entonces, la razón de ser del acto de consagrarse?

San Luis Grignion coloca como cadre [marco] un pensamiento que tiene su raíz en los principios de la justicia y en los hechos históricos más antiguos.

Cuando alguien cometía contra otro un mal determinado, a título de reparación podría ser reducido a la condición de esclavo del lesionado. ¡Ahora bien, todos nosotros, por el pecado original, nacemos – como que – criminales! Me acuerdo de los himnos que antiguos congregados marianos cantaban en honor a Nuestra Señora. En ellos había una estrofa que decía: “Misteriosa justicia nos prende, solo por ser hijos, a la culpa de Adán; pero la ley quebrantada la anuló tu santa y feliz Concepción.”

Es decir, un principio misterioso de justicia nos prende a la culpa de Adán, al pecado original. Adán resumía en sí a toda la humanidad, por eso el Salmo3 dice: “Ecce enim in peccato concepit me mater mea – He aquí, Señor, que mi madre me concibió en el pecado.” Por esa razón el Cielo estaba cerrado para la humanidad antes de la Redención operada por Nuestro Señor Jesucristo.

María Santísima se asoció a la Pasión de Cristo

Encarnándose y derramando su sangre por nosotros, Cristo nos libró de la culpa original e hizo posible nuestra felicidad eterna en el Cielo.

¿Cómo no hacerse esclavo de Aquel que, siendo Dios, se hizo hombre y habitó entre nosotros, a fin de sufrir y morir para evitarnos las consecuencias catastróficas del pecado original?

Además, como si no bastase haber sufrido todo cuanto sufrió, Él quiso aumentar sus dolores viendo a María Santísima padecer a su lado. Él, en su infinita Sabiduría, podría haber designado que Ella no supiese de su muerte, y tomase conocimiento de la misma solamente después de la Resurrección.

Sin embargo, esto no se dio. La escena más pungente de toda la historia del sentimiento humano fue la de ese Hijo encontrándose con su Madre, camino del Calvario.

Ella, después de ese encuentro, pasó por la escena de la Pietá – de la Piedad –: Jesús muerto, reclinado en su regazo como en un altar.

Nuestro Señor sabía que su Madre sufriría inmensamente con todo eso y consintió que así fuese: Él sufrió con el sufrimiento de Ella.

Por lo tanto, Él sufrió en sí mismo, pero también sufrió con Ella. La Santísima Virgen es la Corredentora del género humano, y, como tal, todo lo que Ella pide a Dios es concedido.

María es la Medianera Universal. Todo lo que obtenemos nos es dado a través de Ella. Incluso antes de que yo pida, Ella pidió por mí.

No puede haber nada mejor que sacrificarnos por Ella

Quien lleva esos pensamientos a sus últimas consecuencias, querrá ser esclavo de Ella. Cuando yo leí algo a ese respecto expuesto por San Luis Grignion de Montfort, pensé: “Evidente, no hay nada mejor que consagrarme a Nuestra Señora. “¡Quiero saber ya cómo debo prepararme para la Consagración!”

En nuestra vida hacemos sacrificios por Ella, es verdad. Sin embargo, eso es más para nuestro beneficio que para el de Ella. Fuimos creados para conocer, amar y servir a Dios en esta tierra, y después contemplarlo por toda la eternidad en el Cielo. Haciendo de todo para hacer a su Madre conocida, amada y servida, estamos colaborando para que también Él lo sea.

Bella renuncia…

¿Cuáles son los efectos y las ventajas de la Consagración en nuestras almas?

En el texto de la Consagración está dicho: “Renuncio a Satanás, a sus pompas y a sus obras.” Quien se consagra, renuncia a todo lo que el demonio ofrece, ¡entre otras cosas, al Infierno!

¡Qué ventaja para nosotros! ¡Qué maravilla! Es, más o menos, como un prisionero que dice: “¡Renuncio a la prisión y a todos sus castigos!” ¡Oh! ¡Qué gran renuncia!

Además de renunciar a Satanás, me doy a Jesucristo, la Sabiduría Eterna y Encarnada. Todo hombre, comparado a la Sabiduría divina, es ciego o semiciego. Imaginemos a un ciego que dice a un individuo que tiene vista: “Renuncio al estado de abandono en que estoy, para seguir vuestros pasos todos los días de mi vida.” O sea, renuncia a caminar solo, a fin de que, guiado por la mano de otro, siga el camino de la bondad y de la sabiduría.

María es también Señora de mis méritos

En el Cielo recibiremos los premios por nuestras buenas acciones, es evidente, pero una parte de ellos nos es dada aún en esta tierra. Cuando me consagro, renuncio también a esos méritos, o sea, Nuestra Señora queda dueña de ellos, pudiendo así aplicarlos a otro.

Puede acontecer que yo esté sufriendo sin saber el motivo. Puede ser que incluso, si yo no me hubiese consagrado, no sufriese así. ¿Qué está sucediendo? Nuestra Señora está disponiendo de mis méritos en beneficio de alguien que necesite. Al fin de cuentas, ¿en la fórmula de la Consagración no decimos: “Renuncio a mis buenas obras, pasadas, presentes y futuras”?

Pero, dándome así a María Santísima, ¿qué recompensa no tendré en el Cielo?

“¿Cómo se dio mi Consagración?”

¿Cómo se dio mi Consagración? Sería bonito imaginar que yo, en la fuerza de mis veinte años – edad en que la hice –, terminado el período de preparación, en la hora de la Comunión me haya dirigido a una imagen de Nuestra Señora y recitado la oración. Eso no se dio así.

En toda mi vida tuve miedo de imaginar cosas muy grandiosas hechas por mí. Pensar, por lo tanto: “Voy a hacer una gran Consagración.” ¡Cuando me diese cuenta, me estaría creyendo grande, en vez de considerar la grandeza de la Consagración! Al morir, me gustaría decir que el hombre de quien más desconfié en mi vida se llamó Plinio Corrêa de Oliveira.

Así siendo, resolví hacerla con toda simplicidad. Fui a Misa en la mañana y comulgué, volví a mi casa, y después de desayunar – como hacía todos los días – leí el periódico. Después fui a mi cuarto, me encerré, hice media hora de meditación durante la cual pensé en la Consagración que haría. Recé las oraciones y me consagré. Después pasé a tratar las cosas de todos los días. Fue una cosa muy simple, no tuve ninguna consolación espiritual.

A lo largo de la primera lectura que hice del Tratado tomé una resolución: hacer lo posible para que todos los que me siguiesen también hiciesen la Consagración.

¡Hasta hoy no ceso de agradecer a Nuestra Señora por haber dado ese paso!

1) N. del T.: Fray Antonio de Sant´Ana Galvão, santo de nacionalidad brasilera, de la Orden Franciscana. Fundó el Convento de las Hermanas Concepcionistas, en São Paulo, más conocido como Convento de la Luz. Fue canonizado por S.S. Benedicto XVI en 2007.

2) N. del T.: Ley por la cual se abolió la esclavitud en Brasil, instaurada mediante decreto por la Princesa Imperial Isabel I de Bragança, hija del Emperador Don Pedro II de Brasil, el 13 de mayo de 1888.

3) Salmo 50, 7.


(Revista Dr. Plinio, No. 142, enero de 2010, pp. 16-19, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 25.2.1984).

Last Updated on Saturday, 08 June 2019 17:22