El buen conocimiento del alma humana

Al tratar con el prójimo, no debemos inmediatamente considerar sus defectos, más bien necesitamos tener un conocimiento exacto de cuáles son sus lados positivos, y pensar cómo sería esa alma si correspondiese a lo que debe ser.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Para tener un buen conocimiento del alma humana no se debe ir inmediatamente profundizando en la consideración de los defectos. Esa es una concepción detectivesca que para efectos de policía tendrá su utilidad, pero para nosotros no es la verdadera.

Procurar ver en el otro lo que tiene de mejor

Al tratar con el prójimo es necesario tener un conocimiento exacto de cuáles son los lados positivos, de qué sería esa alma si correspondiese a lo que debe ser. A partir de ahí se hace una medida de lo que el alma debería ser y de lo que ella es, y se ve la diferencia en lo que está faltando. Después se puede tomar en consideración lo que la persona infelizmente es, de lo que puede llegar a ser, y del mal hacia el cual ella tiende. Pero la primera vista que elucida todo el resto es el conocimiento del mejor aspecto de la persona. Yo creo que el espíritu de los así llamados agudos no ve esto, y por esa razón terminan viendo muy poca cosa.

Eso no es ingenuidad, porque no quiere decir que se imagine a la persona como ella debería ser, sino que se la ve como ella debería ser y no es. Lo cual supone en la base de la perspicacia una generosidad de alma por la cual se es propenso a ver en el otro lo que él tiene de mejor, y no a un rival, sino una complementación de sí mismo. Si la persona no tiene ese estado de alma nunca llegará a la verdadera perspicacia.

Hay, por lo tanto, cierto discernimiento en la base de todo conocimiento, por donde se ve, ante todo, el mejor aspecto de la persona y algo que tocaría casi en la persona utópica, en la cual ella fuese la plena medida de sí misma, en la promesa de Dios. A partir de ahí, entonces, vienen los diferentes grados de conocimiento.

Esta impostación es muy importante para conocer a las personas y saber actuar frente a ellas, y así tener el espíritu rectamente construido. De ahí nace un primer paso en el camino de un orden ideal realizable, que consiste en no contentarse con la vulgaridad, con la trivialidad, como si fuesen la propia cara auténtica de las cosas. Por el contrario, entender que la vulgaridad y la trivialidad son siempre deformaciones, pues nada es, ex natura propia, vulgar y trivial, a no ser ciertas cosas materiales hechas por Dios para despertarnos repulsa: pensar en el Infierno y en otras cosas así; pero, de por sí, nada debe ser visto a no ser en un orden encumbrado que hace con que el justo viva de esperanza y nunca pierda, a lo largo de su vida, ese movimiento de alma por el cual él trabaja continuamente para que todos y todo se aproximen de aquel punto alto ideal.

El arte, la cultura y el verdadero progreso

De ahí resulta una visión de un plan de Dios sobre el conjunto de las personas y de las instituciones, que es una especie de primera elevación, de primer salto que todavía no es un vuelo, sino un ensayo de vuelo. A partir de ese primer salto se comienza a subir hacia los saltos superiores.

El arte, la cultura y el progreso en el sentido bueno de la palabra son una tendencia hacia eso. Y el encanto de Europa estuvo en que ella tuvo eso intensamente, fue muy modelada para que, en contacto con cada cosa, se viese su ideal y que cada una, sin ser idéntica al ideal, participase en algo del ideal que ella llevaba consigo. Y el alma así como estoy diciendo ya acoge esas participaciones con simpatía, con bondad, ella no mira la cosa que apenas participa de su propio ideal y afirma frustrada: “¡Qué porquería! Tú no participas enteramente.” No, ella dice: “Qué pena que tú no participes enteramente, pero en tal punto yo me encanto.”

Hay, por lo tanto, una especie de posición benévola del alma que es el punto inicial. La influencia de la Iglesia ayuda fabulosamente a las almas a ser así. Yo conocí una que otra persona enormemente así, que representaba un convite continuo a colocarse en función del propio ideal. No con reprensión, sino con un convite generoso, bondadoso, sin, no obstante, ocultar lo amargo de la decepción.

Así, hay un primer movimiento de alma por donde se construye un mundo hacia el cual se debe tender con una esperanza infatigable, pues viendo existir allí un plan de Dios, siempre se tiene la esperanza de la misericordia de Él y de su realización.

A partir de ahí la persona puede subir, no digo cronológicamente, sino lógicamente, hacia la utopía y después hacia lo sobrenatural. Hay, pues, una gradación que me parece interesante, incluso porque no concierne solo al niño, dado que cada edad tiene, delante de sí, a su modo, esa encrucijada y esa posibilidad que se abre.

Idealismo auténtico

Por ejemplo, el modo de entender la vida de familia puede comportar intimidades degradantes, así como también un respeto mutuo ennoblecedor, por más pobre que sea, pues no entra en escena la cuestión del dinero. En fin, la convivencia familiar puede elevar o rebajar, puede tener un dinamismo hacia arriba o hacia abajo, así como también tener cruzadas algunas cosas muy altas y otras muy bajas donde, en general, lo muy bajo prevalece, naturalmente.

Ahora bien, el espíritu bien construido no omite nada de eso. Al pensar en vivir en un cielo azul, no deja de considerar, en concreto, el ambiente donde está, sino que desea el modelo ideal de todas las cosas que ve, y tiende hacia él, batalla por él y es, por lo tanto, un hombre inmerso en esta vida concreta. Es muy diferente del utopista que se lanza en un vuelo con una especie de horror de esta vida concreta, un individuo que entre dos lecturas de Saint Exupéry1 podría perfectamente estar en una caballeriza maloliente, y para quien la utopía hace las veces de una droga. ¡No es eso! Es desde lo alto de una visión concebida en sus modelos ideales, en su arquetipía – los arquetipos tienen un gran papel en eso – que se sitúa el idealismo – palabra manchada de todos los modos, pero cuyo sentido bueno se encuentra en esa faja –: ese es el auténtico idealismo.

El individuo que, haciendo un recto análisis de sí mismo, tiene la noción de lo que él debería ser y procura participar de su propio papel en la medida en que sus condiciones le permitan, no es un impostor, no tiene en vista inculcar la idea de que él es lo que no es, sino que procura ser todo cuanto debe ser, haciéndolo notar a las otras personas, no para envanecerse, sino por fidelidad a sus propios principios.

Esto es lo opuesto de la teatralidad. El teatral procura fingir ser lo que no es, no tiene ningún deseo serio de ser lo que debe ser y hasta procura aparentar lo que no debe ser ni fue hecho para ser.

Modos de enfrentar la vida en el mundo actual

Es necesario tener en cuenta que el mundo moderno corriente – no el de la Cuarta Revolución, sino el de la Tercera Revolución expirante en el cual nos encontramos2 – presenta la siguiente máxima: mirar hacia abajo es una pesadilla, mirar hacia arriba es un sueño. Nosotros debemos rechazar la pesadilla y el sueño, y vivir en esta realidad plana y lisa. Más aún, tener sueños obstaculiza una postura práctica del alma por donde se puede evitar la pesadilla.

Yo veo, por ejemplo, el modo en que un individuo maneja una enfermedad. El sujeto tiene una enfermedad cualquiera, y la considera una pesadilla y una inferioridad. Sin embargo, dado que él tiene esa enfermedad, él necesita formarse la idea más lúgubre de todo lo peor que le puede suceder y vivir al acecho para evitar que eso acontezca. Él entonces transforma su vida en una batalla contra las hipótesis-pesadilla que lo acechan a lo largo de la enfermedad. Pero la misma cosa se da con relación a la mala cara que le hizo el director de la oficina donde él trabaja; ídem con el tedio que el cliente decisivo sintió cuando conversó con él y que tal vez lo haga abandonar la oficina…

De todo eso el individuo prevé las peores cosas que pueden suceder, y se queda luchando contra eso para evitar una ruina en su vida cómoda y conseguir los intersticios de unas vacaciones agradables, en un viaje en transatlántico a no sé dónde. Eso no es vida, no es un ideal, pero es el mundo actual.

Yo vi personas de antiguos tiempos enfermarse. Ellas sabían que había hipótesis extremas, pero las hipótesis medias eran siempre las más probables. Entonces, se preparaban para estas últimas y vivían confortablemente dentro de la enfermedad. ¿Qué se puede hacer a no ser eso? Hoy, no: se consulta a quince médicos, se hace no sé qué más, conversan entre ellos sobre medicina para saber si hay alguna nueva invención…

Un apelo hacia lo más elevado

La inocencia es una visión global de las cosas que contienen lo que estoy diciendo. Por lo tanto, no estoy haciendo otra cosa sino trazar un pormenor de la inocencia. También por esa razón, el alma verdaderamente inocente es benévola, tiene buena voluntad y se da, acoge y es abierta. Con las agruras de la vida, la inocencia comporta una decepción muy triste, pero no una amargura antiaxiológica. Ella ve la realidad, pero tiene esperanza de que eso se recomponga, se reconstituya, por lo menos en alguna medida, y trabaja generosamente en ese sentido, sin ilusiones y sin dejarse arrastrar ni pisar. Es decir, la inocencia espera del mal todo el mal, y cuando ve en alguien una puntica de mal, comienza a tener el recelo de que aquello tome cuenta de la persona a la manera de un cáncer; esto es real. Sin embargo, aun en la peor decepción, queda esa esperanza.

En ese sentido, es muy bonito el modo de Nuestro Señor tratar a Judas. Aquella pregunta: “Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?” (Lc 22, 48) aún tiene algo como quien dice: “Yo veo todo lo que hay en ti y te doy una gracia suprema para ser lo que deberías ser.” “Amigo, ¿a qué viniste?” (Mt 26, 50). ¿Puede haber algo que más indique la perseverancia de Él en la esperanza de que Judas todavía llegase a ser lo que debería? Sin embargo, Él medía también, sin ilusiones, la infamia a donde el traidor se estaba lanzando.

Eso genera una convivencia en la cual está presente el vislumbre de todo el bien, hasta el máximo al que puede llegar una persona, y de todo el mal, también hasta el extremo donde puede ahondarse, lo cual conlleva una relación al mismo tiempo sin ilusiones y nunca desesperanzada, que tiene siempre algo de condicional, de quien piensa: “Llevaré mi esperanza hasta el último límite del: ʻAmigo, ¿a qué viniste?ʼ, pero no me ilusionaré, y sabré por qué escalones tu bajas y qué debo esperar de ti, y también sabré tomar las precauciones para defenderme.” Lo cual supone, naturalmente, mucho equilibrio.

Como la mayor parte de las personas no toma en consideración la existencia de la gracia, no interpreta bien lo que sucede dentro de sí mismas. Cuando alguien tiene en una parte del alma algún elemento de virtud sobrenatural, que no rechazó enteramente, mira hacia sí mismo y piensa tener reservas morales ilimitadas y muy nobles, y con eso siente un apelo para subir, eso, de hecho, proviene de la gracia.

Papel de la bondad

Por otro lado, quien tiene experiencia de la vida espiritual es llevado a reconocer el papel de la gracia en este punto: no hay quien no tenga fosas dentro del alma y que no se sienta incapaz de vencerlas sin un milagro. Uso la palabra “fosas” a propósito. Son infamias, torpezas desconcertantes que la persona siente que no está en condiciones de vencer a no ser por un milagro. Ahora bien, para eso entra una acción de la gracia, y la persona espera que ese milagro se opere.

Incluso voy a decir más: eso se presta para abusos con cierta frecuencia, porque acaba dando una noción errada de la estabilidad a la vera del precipicio, y la persona no se da cuenta de que, habituándose a vivir al borde del precipicio, puede ser que no llegue a caer en él, pero el suelo debajo de los pies puede ir hundiéndose cada vez más, constituyendo otro modo de hundirse en un precipicio sin darse cuenta.

Cada uno de nosotros carga fosas asquerosas dentro del alma, y es justo, es normal, que alguien tema caer en esas fosas. Así como también es natural que otro tenga en nosotros la gran esperanza de que alcancemos altos pináculos, y que al relacionarse con nosotros él desee enormemente que alcancemos nuestro pináculo, no sin una mirada atenta para ayudarnos, y para protegerse en caso de que estemos formando la fosa. No podemos tener la menor ilusión a ese respecto.

Aquí entra el papel curioso de la bondad: cuando alguien se aproxima mucho a su propia fosa, pero siente que el otro persevera esperando que él suba, recibe un impulso hacia arriba. Es un viento fuerte que viene de afuera hacia adentro y que levanta al hombre entero; debemos hacer eso con el otro. Por eso Nuestro Señor le dijo a Judas: “Amigo, ¿a qué viniste?” ¿Por qué Él dijo “amigo”? Porque si en esa hora Judas dijese “sí”, entraba en la condición de amigo de Nuestro Señor, directamente. El convite que entró en ese “amigo” es lo que debemos hacer para con todos, inclusive después de haber sido todo consumado.

Infelizmente, las personas se vuelven insensibles a esta forma de bondad como, a propósito, Judas lo fue. Se puede usar esta bondad tanto como se quiera, que las personas no se incomodan. Como no reciben, se vuelven enemigas. 

1) Antoine Jean-Baptiste Marie Roger Foloscombe, Conde de Saint-Exupéry. Escritor, ilustrador y piloto francés (*1900 - †1944).

 2) N. del T.: El Dr. Plinio se refiere a la Revolución comunista y a la Disgregación del Estado, respectivamente, en el sentido que les da en su obra Revolución y Contra-Revolución, escrita en abril de 1959.


(Revista Dr. Plinio, No. 254, mayo de 2019, pp. 14-17, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 2.6.1982).

Last Updated on Tuesday, 28 May 2019 17:22