El sentido de lo maravilloso, padrón para el conocimiento de la verdad - II

El desarrollo del sentido de lo maravilloso hace crecer el nivel intelectual de las personas, e incluso el nivel moral. Comprimir ese sentido, bajo el pretexto de que no es práctico y es una fantasía, vuelve los espíritus achatados, bajos y sin valor. Debe haber un equilibrio entre el sentido común y el deseo de lo maravilloso, que forma propiamente la fuerza del alma humana.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Cuando consideramos las grandes civilizaciones, notamos que todas ellas tienen hacia una forma de maravilloso que llegaron a tocar, por así decir, con la punta del dedo. Sin embargo, imaginaron mucho más de lo que de hecho realizaron.

Algunas construcciones maravillosas

Tomemos, por ejemplo, el famoso Taj Mahal, en Asia. ¡Es perfecto! Al verlo, en un primer momento uno se contenta enteramente. Enseguida no surgen censuras, porque es muy bonito, pero el alma pregunta: “¡Está bien! ¿Pero no habrá más?” E imaginando vagamente lo más, acabamos por entender bien el Taj Mahal.

Otra cosa que me parece muy bonita es el minarete. Aquellas torrecitas finas, con una terracita donde se queda un hombre sentado y cantando, es de una elegancia y de una belleza… ¡Imaginar un minarete en el Bósforo es una cosa simplemente fantástica!

Por ejemplo, ¿el minarete en la Iglesia de Santa Sofía no tiende hacia algo de maravilloso y de irreal? ¡Cómo me gustaría que esa iglesia fuese católica! Es redonda, ¡y adentro es lindísima! Por fuera, su belleza está en el contraste entre lo redondeado y el minarete alto que sube hacia el cielo. ¡Es una verdadera maravilla!

¡La pagoda china es linda! Pero mi gusto por lo maravilloso no se contenta con eso. Por fervor religioso y gusto artístico, me gustaría imaginar bien en lo alto de la pagoda una imagen de la Inmaculada Concepción, con una luna elaborada en plata a sus pies, y aplastando la cabeza de una serpiente hecha de jade.

Existe en Francia una escuela de equitación perteneciente al Ejército, una antigua fortaleza medieval, en la ciudad de Saumur, donde se hacen ejercicios militares.

Yo vi, en una miniatura medieval, una pintura del Castillo de Saumur, completamente diferente de lo que es hoy. Tenía una gran cantidad de torres, y en lo alto de cada una figuraba una flor de lis, formando una especie de juego de campanarios imaginarios, ¡una de las cosas más bellas que yo haya visto en mi vida!

Lo más bonito es lo siguiente: parece que el Castillo de Saumur nunca fue como ese artista lo pintó. El pintor vio el Castillo e imaginó otro que no existía, ¡pero correspondía a lo maravilloso que se desprendía de su espíritu, a partir de lo que él había visto!

Si tomásemos esa tendencia hacia lo maravilloso – que la educación moderna comprime cuanto puede, bajo el pretexto de que no es práctico, de que es fantasía, etc. – y la desarrollásemos, crecería mucho en nosotros el nivel intelectual e incluso el nivel moral.

Lo maravilloso irreal es la punta de la realidad

A mi modo de ver, fue ese deseo de lo maravilloso el que creó los vitrales. Porque los vitrales presentan, el tiempo entero, las cosas con los colores que ellas no tienen. Y eso constituye propiamente la belleza del vitral. El artista imaginó un maravilloso irreal, que no es una mentira, sino la punta de la realidad, y por esa razón los vitrales son maravillosos; él imaginó colores de vidrios, reflejos, destellos y, al final de cuentas, llegó a un verde y a un rojo que nos deja encantados. Eso porque él tenía un alma fecunda de maravilloso.

Estamos acostumbrados a oír una comparación verdadera, que la repetición volvió banal: quien entra en una iglesia y ve el sol incidiendo en un vitral, proyectando sus colores más variados en el piso, es llevado a decir que el pavimento se llenó de piedras preciosas. Realmente, esos colores son como piedras preciosas que quedan en el piso. Por lo tanto, quien elaboró el vitral pintó la escena con una atmósfera de piedra preciosa que la realidad no tiene.

Ahora bien, el criterio hoy en día es el siguiente: “Si Ud. quiere conocer algo, haga una investigación, analice la sustancia química, la cantidad, la calidad, y solo entonces lo conocerá.”

Mi respuesta sería: “Es verdad. Pero mientras no vislumbre lo que la cosa podría ser y no es, Ud. no la conoció enteramente.” Ese análisis científico es necesario, y se debe reconocer su importancia. Sin embargo, la incapacidad de imaginar algo por encima de eso es un desastre, pues vuelve los espíritus achatados, bajos y sin valor.

Una cosa que toda la vida quise conocer fue la aurora boreal. Porque, por las descripciones que me han sido hechas, representa un cielo irreal en la apariencia, una fantasmagoría hecha por Dios para el hombre, como quien dice: “Hijo mío, Yo hice un cielo muy bonito, para que tú imagines uno aún más bello. No es para que te quedes sentado como un idiota, mirando aquel firmamento. ¡Imagina otro! Y, si eres incapaz de imaginar, para tener una idea de cómo es, mira fotografías de auroras boreales. ¡Ahí tendrás algo más alto; levanta tu alma!”

Equilibrio entre sentido común y deseo de lo maravilloso

Viendo el Santo Sudario – con respecto al cual no existe en mi espíritu la menor duda de que es verdadero –, se percibe que Nuestro Señor Jesucristo, en sus condiciones normales, era un Hombre Dios maravilloso, como nunca se podría imaginar. Y cualquier rey sería una niñería, en comparación con Él presentándose y hablando.

Aun así, Nuestro Señor, por así decir, entrenó a los Apóstoles para algo más. En la Transfiguración, en lo alto del Tabor, Él no se adornó con elementos externos. El Redentor hizo aparecer una belleza mayor, que había en el fondo de Él por la naturaleza divina. Y ahí apareció multiplicado por Él mismo, produciendo en los Apóstoles el efecto que conocemos. Es decir, incluso en la maravilla de las maravillas, que es Nuestro Señor Jesucristo, la gracia, filtrándose, hace aparecer una maravilla aun mayor, inherente a Él, que era su Transfiguración, su figura multiplicada por su figura, quedando maravillosa como quedó.

Esa es la señal de que en todas las cosas debemos procurar su “trans-aspecto”, con el cual verdaderamente nuestra alma se forma, desde que tenga un sentido común robusto, porque de lo contrario eso conduce hacia un torbellino. Debe haber un equilibrio entre el sentido común y el deseo de la maravilla, que forma propiamente la fuerza del alma humana.


(Revista Dr. Plinio, No. 186, septiembre de 2013, pp. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 9.8.1988).

Last Updated on Thursday, 09 May 2019 16:04