Las cruces bien aceptadas disminuyen las penas del Purgatorio

Cuando una persona comprende que lo natural de esta vida es sufrir, tiene sus pasiones más ordenadas, facilitando así la práctica de la virtud. Sin embargo, si tiene aversión a todo y cualquier sufrimiento, se vuelve orgullosa, pretensiosa, sensual y perezosa; en fin, se desatan en ella todos los desórdenes.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Las consideraciones exteriorizadas a seguir1 desarrollan la idea de que una de las razones por las cuales debemos aceptar la cruz en esta Tierra, es porque ella nos abrevia las penas del Purgatorio:

Expiar en esta vida las propias faltas es un gran beneficio

Pero si el castigo necesario de los pecados que cometemos queda reservado para el otro mundo, la punición le cabrá a la justicia vengadora de Dios, ¡que lleva todo a sangre y fuego! Castigo espantoso, inefable, incomprensible: “¿Quis novit postestatem iræ tuæ?”2 Castigo sin misericordia, “judicium sine misericordia”3, sin piedad, sin alivio, sin méritos, sin límite y sin fin. Sí, sin fin: ese pecado mortal de un momento, que cometiste; ese pensamiento malo y voluntario, esa palabra que el viento se llevó; esa pequeña acción contra la Ley de Dios, que duró tan poco, será punida eternamente, en cuanto Dios sea Dios, con los demonios en el Infierno, sin que el Dios de las venganzas tenga piedad de vuestros sollozos y de vuestras lágrimas, ¡capaces de agrietar las piedras! ¡Sufrir para siempre sin mérito, sin misericordia y sin fin!

¿Será que pensamos en esto, queridos Hermanos y Hermanas, cuando sufrimos alguna pena en este mundo? ¡Qué felices somos al poder cambiar tan ventajosamente una pena eterna e infructífera por otra, pasajera y meritoria, cargando nuestra cruz con paciencia!

¡Cuántas deudas tenemos que pagar! ¡Cuántos pecados tenemos, cuya expiación, aun después de una amarga contrición y confesión sincera, será necesario que suframos en el Purgatorio durante siglos enteros, porque nos contentamos, en este mundo, con penitencias demasiado leves!

¡Ah, paguemos en este mundo de forma amigable, llevando bien nuestra cruz! Todo deberá ser pagado rigurosamente en el otro, hasta el último centavo, inclusive una palabra ociosa (Mt 12, 36). Si pudiésemos arrebatar al demonio el libro de la muerte, donde anotó todos nuestros pecados y la pena que les corresponde, qué gran débito verificaríamos y ¡cómo nos sentiríamos encantados de sufrir, durante años enteros en este mundo, para no sufrir un solo día en el otro!

Una verdad que pocos toman en consideración

San Luis Grignion desarrolla el pensamiento en algunas consideraciones pormenorizadas que merecen ser comentadas, tanto más cuanto hacen parte de un tesoro que todo el mundo conoce, o por lo menos debería conocer, para conseguir la vida eterna.

Él afirma que muchas personas, cuando sufren, no acostumbran a pensar en la ventaja que el sufrimiento les trae en relación con el Purgatorio.

Esta verdad es más corriente de lo que se imagina. Sin embargo, poquísimas personas, al sufrir, hacen el siguiente comentario: “¡Menos mal, mis penas del Purgatorio se van a hacer más leves!”

Aunque esta verdad sea conocida por todo el mundo, casi nadie la toma en consideración. Porque hay verdades tan conocidas, que ni siquiera nos acordamos de ellas. No obstante, cuando las oímos mencionar, vuelven al espíritu con desagrado de nuestra parte, de tan conocidas que son. Y cuando alguien quiere insistir sobre ellas, viene la respuesta: “Ya sabíamos eso…”

Este es el último punto de la decadencia en que una verdad puede estar en el espíritu de alguien.

Infelizmente, esta verdad se encuentra en esta fase incluso en muchos ambientes católicos. Por eso, me parece importante desarrollar este tema para refrescarlo en nuestro espíritu.

Los sufrimientos de esta Tierra y los del Purgatorio

El primer argumento dado por San Luis es el de que se trata de un alto negocio cambiar las penas del Purgatorio por los sufrimientos de esta Tierra. Porque estos son fructíferos, mientras la pena del Purgatorio ya no tiene mérito. En esta Tierra, los padecimientos bien recibidos nos obtienen un lugar más alto en el Cielo; los del Purgatorio, no. Por lo tanto, teniendo en vista la eternidad, es una ventaja que suframos en esta vida.

La mayor parte de las personas, cuando reciben una adversidad, queda inconforme, rebelada, enfadada, y este pensamiento nos puede ayudar a cargar no sé cuántas probaciones por las cuales tenemos que pasar: “Estoy sufriendo esto, pero, al fin de cuentas, el justo peca siete veces al día; y en la hipótesis favorable de que yo sea justo, peco por lo menos siete veces al día. Luego, estoy expiando mis pecados aquí, y conquistando méritos para el Cielo, mientras que en el Purgatorio no voy a expiar con mérito.”

Otra consideración hecha por San Luis es de que la pena en esta vida es rápida, pasajera, mientras que en el Purgatorio puede ser larguísima. Por ejemplo, diez minutos sufridos aquí con paciencia pueden expiar un pecado que llevaría diez o cien años para ser expiado en el Purgatorio.

Lamentablemente, a veces hay una especie de retroceso en la fe, por el cual esos pensamientos pesan poco y no tenemos suficiente energía de fe para transformarlos en una convicción, en un elemento dinámico dentro del alma. No obstante, es un raciocinio de gran valor.

El fuego del Purgatorio quema misteriosamente el alma

Continúa San Luis Grignion:

¡Cuántas deudas para pagar! Cuántos pecados tenemos, cuya expiación, aun después de una amarga contrición y de una confesión sincera, será necesario que suframos en el Purgatorio durante siglos enteros…

Aquí está una idea con respecto a la severidad de las penas del Purgatorio muy poco usual en nuestros días. En realidad, si tomamos en consideración cuál es el alcance de un pecado, incluso venial, comprenderemos que podemos sufrir mucho tiempo en el Purgatorio por causa de pecados bien confesados.

Tomemos en consideración que, según ciertos teólogos, el fuego del Purgatorio es el mismo del Infierno, y quema misteriosamente el alma. ¡Y eso puede llevar siglos!

¡Qué tremendo sería si tuviésemos que pasar diez minutos con el dedo quemando en la llama de una vela, sin anestésico y más aun sin los mil cuidados de la cirugía moderna! Es algo inconcebible.

Pues bien, en el Purgatorio está el alma puesta entera dentro del fuego, ¡y a veces durante un siglo! De 1867 para acá, ¿cuántas cosas sucedieron? En 1867, Napoleón III todavía era Emperador; Don Pedro II, con su barba rubia, todavía reinaba en Brasil… Durante esos cien años, ¡un alma expiando un pecado en el Purgatorio!

Hay revelaciones privadas que nos hablan de personas que tendrán que quedarse en el Purgatorio hasta el fin del mundo. ¿Podemos nosotros saber qué nos espera? Entonces, ¡cómo debemos recibir de buena voluntad, con alegría, una penitencia en esta Tierra!

Es necesario prepararse para el sufrimiento en esta Tierra

Más adelante él dice:

Y cómo nos sentiríamos encantados por sufrir años enteros en este mundo, para no sufrir un solo día en el otro.

¿Quieren ver la repercusión sociológica de este pensamiento?

Imaginen que la mayor parte de las personas estuviese bien persuadida de esa idea, de la cual resulta la siguiente convicción: esta existencia, de por sí, es una existencia de sufrimiento. El hombre es hecho para sufrir mientras no llega al Cielo. Luego, la primera cosa que se debe enseñar a una persona, para que ella tome una actitud ante la vida y, en último análisis, para sufrir un poco, es conformarla con la idea de que ella va a sufrir mucho. Porque todos los hombres que existen sufren mucho. Por lo tanto, es necesario prepararse para eso. Y, segunda idea, si no sufre aquí, sufrirá en el Purgatorio.

De esa forma las personas perderían mucho de su orgullo y de su sensualidad. Sin duda, es una consideración que humilla al hombre, pero el alma queda apta para toda especie de virtud. Y cuando le sucede algún revés, en vez de tomar la posición de alguien que está delante de un absurdo, ya va comprendiendo que es lo normal y estaba previsto, pues lo natural es sufrir.

¡Cuántas centenas de millones de personas viven con la idea de que es perfectamente posible sobrellevar la vida sufriendo muy poco, cogiendo los frutos de la diversión y del bienestar que esperan encontrar en la realización de su voluntad!

Para esas personas, cualquier pequeño tropiezo es algo que no se comprende cómo haya sucedido, es un verdadero azar. Luego, es necesario luchar cuchillo en mano para evitar que esas cosas sucedan.

Como resultado, la caverna donde habitan todos los pecados se abre. Porque con esa idea la persona se vuelve orgullosa, pretensiosa, sensual, perezosa, en fin, todos los vicios se manifiestan en ella. El individuo se entrega al pecado y se desatan en él todos los desórdenes, todos los excesos. ¿Por qué? Porque no se es amigo de la cruz y no se quiere comprender que lo natural de esta vida es sufrir.

Es normal que sucedan reveses en esta vida

Noto mucho esa mentalidad errada en la concepción con la cual ciertas personas toman las propias actividades. Por ejemplo, emprenden un negocio que se tarda un poco en resolver. Comienza entonces la aflicción: “¿Sabe qué pasa?! Mi negocio se está tardando en concretar. Y ahora, ¿qué va a pasar?” Empiezan, entonces, a hacer previsiones insensatas: “Si ese negocio se concreta ahora, voy a tener que vender tal cosa… No. Vendo tal otra, hago eso o aquello…”

Ahora bien, cuando se admite la idea de que es normal que acontezcan reveses en la vida, quedamos con el alma preparada para sufrir, sabiendo que a cualquier momento nos pueden sobrevenir cosas desagradables.

Así adquirimos otra sensibilidad, otro sentido común, otro estímulo para la virtud y – cosa curiosa – sufrimos menos. Porque, por más que se sufra en esta vida, creo que el miedo al sufrimiento que viene es el más grande de todos los sufrimientos. Y ese miedo viene de la falta de profundidad.

Desde el punto de vista sociológico, eso es de una importancia fundamental. No podrá haber Reino de María ni Civilización Cristiana si la gran mayoría de las personas no estuvieren bien persuadidas de que es normal sufrir. Más aun, de que el verdadero sentido de la vida del hombre en esta Tierra es aceptar bien sus padecimientos y conducirlos correctamente.

Eso es cargar la Cruz de Jesucristo. El hombre que tiene sus ojos puestos en Dios, debe estar satisfecho consigo mismo y agradecido, no cuando logra evitar los sufrimientos, sino cuando consigue cargar bien la cruz.

Esta doctrina también se aplica al apostolado.

Toda acción apostólica está acompañada de sufrimiento y es propio a ella enfrentar los más graves reveses, pasar por los dolores más apremiantes, soportando eso con resignación para, de hecho, impulsar a quien debe ser impulsado.

Creo que no existe un apóstol que deba ser tomado en serio si no fuere un varón de dolores. Él tiene que sufrir, pero no como los otros; él debe ser un punto de atracción y de concentración de los dolores. Los sufrimientos deben confluir hacia el apóstol, y él debe recibirlos y abrazarlos como Nuestro Señor abrazó su cruz o como, por ejemplo, el Profeta Jeremías abrazó todo el inmenso sufrimiento que él soportó para, de hecho, realizar los designios de la Providencia sobre él.

Almas irradiadoras para el apostolado

Debemos, pues, tener una conformidad enorme con el hecho de que seamos continuamente probados. Y no solo en nuestras propias personas – por enfermedades, cruces interiores –, sino también en nuestro apostolado, en nuestros negocios, etc.

Para corresponder enteramente a nuestra misión, debemos ser, al mismo tiempo, esclavos de Nuestra Señora, apóstoles de los últimos tiempos y amigos de la cruz. No se puede ser una de las tres cosas sin ser también las otras dos; eso es indisoluble.

Es propio de la esclavitud a Nuestra Señora, cuando es bien vivida, dar valor a la cruz.

El amor a la cruz consiste en considerar normal sufrir reveses, y sobrellevar eso con serenidad, con equilibrio y fuerza de alma, sin estar a toda hora procurando evadirse del sufrimiento hacia el reino de la frivolidad, de la disipación, de la bagatela; sino, por el contrario, recogiendo esas cruces y cultivándolas en el interior del alma.

Un buen examen de conciencia sería preguntarse: Estoy crucificado por tal punto; ¿cómo estoy cargando mi cruz? ¿La llevo con toda la conformidad, con todo el amor? ¿Estoy alegre de poder servir a la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, y de sufrir por ella?

Si eso es así, entonces soy un varón de dolores. Y en ese caso, podré ser un apóstol de los últimos tiempos y un verdadero esclavo de María.

Eso se da en nuestra vida espiritual, incluso con relación a nuestras faltas. Tenemos pecados e imperfecciones. ¿Quedamos con nuestro amor propio irritado? ¿O tenemos paciencia para soportarlos y hacemos esta consideración?: “Es verdad, este mundo, además de ser un valle de lágrimas, es un valle de pecados. Yo pequé, infelizmente, pero voy a sobrellevar mi pobre y miserable condición de pecador con paciencia. Voy a aceptar la humillación que así recae sobre mí, voy a procurar erguirme una, dos, cinco veces más, tratándome a mí mismo con la paciencia con la cual Nuestra Señora me trata. No perderé la tranquilidad, incluso en la miseria y en la tristeza más grande. Aceptaré con humillación como quien acepta la cruz, y continuaré andando con calma y alegremente, con una sonrisa hasta el fin de la vida”

Eso es propiamente lo que hace a las almas irradiadoras para el apostolado.

Uno de los trazos dominantes de nuestra vida

Se cuenta que, estando Napoleón a punto de aclamarse Emperador – en el período en el que, según algunos autores, fue su verdadero apogeo – uno de esos aduladores le preguntó por qué él no se proclamaba dios. Y él habría respondido: “Eso no da ningún resultado, porque después de Jesucristo solo existe un modo de ser tomado en serio como un dios: subir en lo alto del Calvario y hacerse crucificar. Y yo no quiero eso.” Él cogió muy bien esa verdad: solo es tomando en serio para las cosas divinas aquel que sufre.

No es por medio de éxitos que se arrastra a los que se quiere conquistar, y sí por medio del dolor, por algo de inexpresable existente en el contagio de un alma abnegada y que no se busca a sí misma. Y eso solo se siente en quien sufre y acepta el sufrimiento. He aquí lo que verdaderamente atrae y hace apostolado.

A mi modo de ver, sería temerario pedir sufrimientos a Nuestra Señora. Pero se trata de tener una actitud de alma por la cual le digamos a Ella que nos gustaría estar preparados para ser así. Y aunque no tengamos el coraje de serlo, si Ella nos quisiere dar ese coraje, nosotros aceptaremos. Porque entendemos que no está enteramente consagrado a la Santísima Virgen quien no comprendió que debe estar consagrado al dolor.

De tal manera que consideremos como normal, como el pan nuestro de cada día en esta vida, el dolor cargado con resignación, con espíritu sobrenatural y paciencia: el dolor previsto y el imprevisto; el dolor explicable y el dolor inexplicable. Tenemos que hacer de esa aceptación del dolor uno de los trazos dominantes de nuestra vida, pues cada uno de nosotros debe convertirse en un vir dolorum – un varón de dolores.

Así adquiriremos la flexibilidad de alma, la bondad, la generosidad, el desapego, la sumisión y la aniquilación que caracteriza al verdadero apóstol de los últimos tiempos.

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1) San Luis María Grignion de Montfort. Carta Circular a los amigos de la cruz, Nos. 22 y 23.

2) Del latín: ¿Quién conoce el poder de tu cólera? (Sal 89, 11).

3) Del latín: juicio sin misericordia (Sant 2, 13).


(Revista Dr. Plinio, No. 216, marzo de 2016, pp. 24-28, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 16.9.1967).

Last Updated on Thursday, 02 May 2019 16:30