Los fulgores de la Resurrección

 Contemplando los esplendores y los misterios que envuelven la Pascua y la Resurrección, el Dr. Plinio teje hipótesis y comentarios interesantes sobre el significado de los acontecimientos narrados en el Evangelio.

  

Plinio Corrêa de Oliveira 

En las ceremonias litúrgicas del triduo pascual, la Iglesia siempre supo impregnar la atmósfera de tristeza cuando se trataba de estar triste; y también marcar con alegría los momentos en los que se debería estar alegre.

Pudimos ver esa nota de tristeza, por ejemplo, ayer, sobretodo. ¡La ceremonia del Viernes Santo estuvo conmovedora!

[Y hoy Sábado Santo la nota es de], júbilo. ¡El Gloria in Excelsis Deo nos da la impresión de ser el reflejo de la alegría que hubo cuando Nuestro Señor resucitó!

La primera visita al Santo Sepulcro

El Evangelio leído hoy narra cómo Santa María Magdalena y la otra María encontraron el sepulcro abierto y a un ángel sobre la lápida que antes vedaba la entrada al túmulo. El ángel giró la piedra y se sentó en ella. Por ser su rostro como el rayo y su vestimenta como la nieve, infundió un gran terror en los guardias que vigilaban el sepulcro y que huyeron por esa razón. Dos simples mujeres no tuvieron miedo, y él habló con ellas familiarmente.

Da la impresión de que ellas estaban muy intimidadas, aunque no estaban medrosas, lo cual es algo muy diferente.

Otra manifestación de su intimidación es el hecho de haber sido necesario que el ángel les dijese que entrasen en el sepulcro. Sería normal que ellas penetrasen ahí, digamos, con la debida reverencia a un lugar sacrosanto, ¡haciendo de esa forma la primera visita al Santo Sepulcro! ¡A propósito, esa era una honra enorme! Todas las generaciones de los siglos posteriores visitaron el Santo Sepulcro, y ellas fueron las dos primeras en hacerlo. ¡Es formidable! ¡Como honra, es algo extraordinario!

Ellas entraron y vieron que Nuestro Señor no se encontraba allí. Todo estaba explicado.

Un acontecimiento lleno de simbolismos

Ahora bien, a mí me gustaría saber cuál es el sentido simbólico del rostro refulgente y de las ropas como la nieve.

Evidentemente, el fulgor indica el poder de Dios. ¿Pero de qué forma lo indicará? ¿Será un fulgor de victoria, de fiesta triunfal en la cual no se piensa más en el enemigo, o un tipo de celebración del triunfo en la cual se tiene la sensación de estar pisando al enemigo? Se puede hacer esa pregunta. ¿Cuál sería la forma de ese fulgor?

Si supiésemos cómo consideran ese fulgor los exégetas, tal vez ahí pudiésemos tener un elemento para formar un juicio a ese respecto.

Las ropas como la nieve. Se percibe que era nieve refulgiendo a la luz de ese fulgor. La nieve es la pureza del espíritu. Puro espíritu porque no es carne y, además, ¡es un espíritu puro, o sea, santo! Bien se comprende por qué la túnica – probablemente era una túnica – era como la nieve. Pero, ¿qué otros significados tiene esa nieve? ¿Por qué no estaba flotando en el aire o no estaba de pie sobre la piedra, sino sentado?

Cada una de esas cosas tiene un significado. Naturalmente, nos gustaría conocerlo, pues aumentaría nuestra alegría por la Pascua de Resurrección.

¿Por qué un ángel anunció la Resurrección?

Si el objetivo de la manifestación angélica era dar una prueba apologética de la Resurrección, bajo cierto punto de vista esa prueba podría no ser muy concluyente. Sobre todo para los hombres del siglo XX, cuya mentalidad los llevaría a decir:

“Las dos fueron caminando a la sepultura cada más absortas. Cuando llegaron, estaban en el auge de la excitación. Entonces les pareció ver a un ángel. Y los guardas estaban afuera por que habían salido – en nuestro lenguaje – a tomar café. ¿La sepultura estaría abierta? ¿Quién puede garantizarlo? ¿Qué prueba se tiene de eso? ¿No sería más interesante que hubiese un grupo de diez hombres importantes, como por ejemplo, Lázaro, José de Arimatea, Nicodemo, que dijesen que habían visto [la Resurrección]? ¿Por qué un ángel?”

A mí me parece una objeción completamente inválida, pero es una pregunta que se podría hacer. A esa pregunta le debemos dar la siguiente respuesta:

Dios, en sus manifestaciones, no tiene en vista principalmente a los que no creen, sino a los que creen. Un episodio como ese – la primera manifestación de la Resurrección, después hubo muchas otras – sería calculado según la conveniencia de la piedad y del aumento de fervor del puñado de fieles reunidos en torno a Nuestra Señora. Se trataba de enfervorizarlos a ellos, de alimentarlos, de prepararlos para Pentecostés, que sería el próximo gran lance.

Siendo así, se comprende que fuese un ángel y no un hombre. Porque no existe ninguna proporción entre diez hombres y un ángel. Además, entre ellos podría haber pequeños desacuerdos a propósito de uno u otro punto, e incluso alguno que se envaneciese al contar el hecho…

Se podría, incluso, levantar otra objeción: nosotros no creemos mucho en esos hombres que sirven de testigos, porque ningún hombre estaría a la altura de testificar un tan gran acontecimiento; sólo un puro espíritu. Por lo tanto, me parece enteramente concluyente y apropiado el aparecimiento de un ángel para anunciar la Resurrección.

La honra de remover la lápida del Sepulcro

En una de nuestras comisiones de estudio estamos leyendo textos de San Dionisio Areopagita, que tratan sobre la jerarquía de los ángeles. Según él, de los nueve coros angélicos existentes, el menos elevado es el de los simples ángeles.

La palabra “ángel” significa “mensajero”. Y ellos son los mensajeros. Un ángel de una categoría más elevada es un Arcángel. Los otros tienen categorías más altas: Principados, Virtudes, Potestades, Dominaciones, Tronos, Querubines y Serafines.

Y San Dionisio Areopagita dice que, aunque la categoría de los Ángeles sea la menos elevada, ella completa la jerarquía angélica. De tal manera que esta quedaría enclenque como un vaso del cual se serrase la base, si no existiese el coro de los Ángeles.

Es decir, la categoría menos alta es tan preciosa que constituye un elemento sin el cual todo ese orden más elevado quedaría desajustado. Es, pues, un papel importantísimo.

¿Por qué Dios habría enviado un simple ángel y no un serafín a realizar una misión como esa?

Probablemente porque remover una piedra no es una tarea para un príncipe. Y podemos imaginar a esos ángeles menos elevados haciendo una súplica humilde y razonable ante Dios para que les fuese dado – y no a una categoría angélica más elevada – la honra de mover la piedra del Santo Sepulcro:

“Señor, Vos que mandáis a realizar misiones que dicen respecto más directamente a la materia, ahora que se trata de obrar la más noble remoción de la materia, ¡¿nos quitáis esta ocasión única?! ¿No está ella en la naturaleza de nuestro oficio?”

A cualquier persona le parecería un argumento difícil de responder…

Dos formas de imaginar la Resurrección

Considerando la Resurrección en sí misma, podríamos imaginarla de dos formas:

En determinado momento, Nuestro Señor comenzaría a dar señales de vida. Su cuerpo sagrado se tornaría de una luminosidad extraordinaria, y en el instante en que su alma lo reasumiese, su primera actitud sería una glorificación del Padre Eterno y un acto de amor al Espíritu Santo. Y levantándose con una majestad indecible, caminaría dentro del sepulcro, transformado de repente en una catedral hecha de luces, de cánticos y gloria.

Al llegar a la puerta del sepulcro, el ángel giraría la piedra. Nos es legítimo imaginar que, en el intersticio entre la Resurrección y el encuentro con Santa María Magdalena, en virtud del desplazamiento rapidísimo de los cuerpos gloriosos, Él haya estado en el Cenáculo y se haya manifestado a Nuestra Señora, de tal manera que haya sido Ella la primera persona que contemplase a su Divino Hijo resucitado. Enseguida, Jesús se habría presentado a Santa María Magdalena, según nos lo describe el Evangelio.

Esa sería una modalidad de concebir la Resurrección.

Se la podría imaginar de otro modo, conforme a la piedad y a la forma de ser de cada persona. Por ejemplo, en medio de densas tinieblas, ¡de repente reluce algo a la manera de un fulgor sublime! La montaña como que se raja y Nuestro Señor se levanta como un rayo. Y en un instante está ya junto a la puerta, un ángel gira la lápida y Él aparece ante las miradas estupefactas. ¡Terminó!

La Pascua: una fiesta triunfal

En todo caso, la Pascua no es una celebración cualquiera, es una fiesta de triunfo. Por lo tanto, no puede ser considerada apenas – como muchos suponen –, como una fiesta casera para despertar la bonhomía familiar, distribuyendo huevos [de Pascua] y todos abrazándose. Todo eso es muy legítimo, me parece un encanto, ¡pero la Resurrección tiene algo de un estallido, de una magnífica explosión!

Sin duda alguna, se puede imaginar la Resurrección acompañada por el más grande y majestuoso de los rayos lanzados en una aurora.

Varios cuadros representan al divino Resucitado así: saliendo con el brazo derecho levantado y con los dedos en la posición de quien enseña o bendice, pero con aires de un desafío victorioso: “¡Ya atravesé [el sepulcro]!” Eso debería causar terror al Infierno, por la inutilidad de todo lo que hicieron contra Él.

Ahí está un pequeño comentario para que participemos de las alegrías pascuales.

­­­­­­­­­­­­­­­­­___________________ 

(Revista Dr. Plinio, No. 180, marzo de 2013, p. 20-23, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 18.4.1981 y 21.4.1984)

Last Updated on Wednesday, 17 April 2019 15:38