El papel de la bondad

Doña Lucilia, la madre del Dr. Plinio, veía vagamente un gran futuro providencial para Brasil, envuelto en cierto misterio, aunque se podía medir por la homogeneidad de la Fe, por la inmensidad del territorio, por lo misterioso de los bosques y de los ríos, así como por una forma de bondad que ella sentía en ese país, más que en cualquier otro, que para ella era la cualidad humana y religiosa.

 

El mensaje de Doña Lucilia

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Dios le dio a Nuestra Señora el imperio sobre el Cielo, la Tierra y todo el universo; y por una razón análoga quiso que bajo su poder hubiesen sub-imperios y sub-reinos.

El Ángel de la Guarda no sólo defiende contra los peligros: también educa, forma y orienta

Los Ángeles de la Guarda tienen sobre los países que dirigen, una función del género de la que se puede leer en la discusión de los ángeles a los pies de Dios (cf. Dan 10, 13). Ellos ejercen un papel en favor de cada una de las naciones. Me parece que sería considerar de un modo restringido el papel del Ángel de la Guarda, pensando que es un mero escudo que nos defiende contra los peligros.

Además de proteger contra los peligros, es también el modelo ideal, el arquetipo de una nación; el Ángel de la Guarda la modela de acuerdo con él y tiene, – según imagino – cierta connaturalidad con esa nación, que no posee con otra, aunque en tesis la pueda amar.

Por ejemplo, Dios ama más a una nación “X”, digamos la hebrea. Pero el ángel tiene cierta connaturalidad, por ejemplo, con Luxemburgo y ama a ese país de un determinado modo. Como resultado, él conduce las cuestiones de Luxemburgo, no como un ángel dirigiría las cosas en tesis, sino tomando en consideración su connaturalidad con esa nación que Dios estableció cuando la creó; y que más adelante, con el transcurso de la Historia, se constituyó en Luxemburgo.

Eso forma una especie de parentesco espiritual, de condición de “padrino” de ese ángel en relación con Luxemburgo, que da la idea entera del Ángel de la Guarda en cuanto siendo el ángel que educa, forma y orienta.

Y así deben ser también ciertos santos con determinadas almas, tanto más cuanto ellos son llamados a llenar en el Cielo los lugares que los demonios bandidos dejaron vacíos. Los santos llenan el lugar de ellos y se encargan de cuidar a las almas y a los pueblos que quedarían abandonados y privados de protección por no tener a estos ángeles, según una destinación y una distribución eventualmente un poco reformada por los designios de Dios. En vita del pecado de los ángeles, del pecado original, etc., puede ser que el Altísimo haya retocado sucesivamente sus planes, pero en líneas generales esa es la realidad, y yo imagino que los ángeles tienen esa realeza sobre los pueblos. Supongo que esa sea la Doctrina Católica.

El Fundador y el Ángel de la Guarda de una orden religiosa

Lo poco que vi sobre los ángeles y los santos protectores me parece caminar en esa dirección. Creo que la palabra “padrino” y el patrocinio de los santos sobre alguien, son muy parecidos con el papel del ángel, y puede haber ángeles que dirijan, que tengan cierto dominio sobre determinados pueblos, así como también santos que los poseen acumulativamente, pero sin que las funciones se perjudiquen.

Por ejemplo, San Miguel Arcángel es conocido como el patrono oficial de la Iglesia Católica, pero San José también lo es; ambos son patronos a títulos diferentes. Y esa misión que toca los pies de Nuestra Señora – tan excelsa es Ella – engloba ampliaciones y disminuciones armónicas, que aumentan la belleza del plan de Dios. No es fácil trazar con nuestro propio puño la línea divisoria, pero se comprenden los criterios con los cuales eventualmente esta podría ser trazada.

Eso ocurre muy especialmente con las familias de almas de las órdenes religiosas. El fundador de una orden religiosa, si practicó la virtud en grado heroico, tiene sobre todos los miembros de esa orden un patrocinio de esa naturaleza. ¿Quién habría de negar que San Benito es patrono y protector de los benedictinos? Así, sobre los franciscanos, dominicos, jesuitas y demás, se ejercen todos esos patrocinios.

De esa forma se comprenden incluso los misterios de la vida de ciertas órdenes religiosas, pensando en la batalla del fundador para mantenerlas fieles contra elementos malos que entran. Por lo tanto, el Fundador, más el ángel o los Ángeles de la Guarda de una orden religiosa, se agrupan según ciertos designios de Dios.

María de Ágreda1 dice que Nuestra Señora era acompañada por una escolta de mil ángeles. Evidentemente entre esos mil ángeles cada uno tenía una función propia, aunque yo no sé cómo se divide y se especifica eso.

Así podríamos comprender que una persona haya sido llamada, en las condiciones de Doña Lucilia, para el patrocinio de una determinada familia de almas.

Ella poseía tan sólo la inteligencia y la instrucción comunes de una señora culta, como lo eran en general las señoras de sociedad de su tiempo, nada más. Sin embargo, ella era muy inteligente en el sentido minor2 de la palabra, lo cual envuelve una riqueza de alma muy grande, que es el conocimiento, y, en consecuencia, el amor a las cosas por connaturalidad, por la cual su inteligencia y su afecto abarcaban un campo muy vasto.

Admiración por Francia

Yo analicé, sobre todo, el alma de Doña Lucilia y las reacciones de su espíritu en lo tocante a Francia, y noté que ella sentía que ese país tenía y representaba por excelencia en su horizonte – que ella consideraba un poco como horizonte del mundo, y de hecho lo era – una cosa que, por connaturalidad, para ella era del mayor valor: la delicadeza de sentimientos.

Pero, en el sentimiento, ¿qué es la delicadeza y cómo la veía ella en Francia?

Para una persona en la que el conocimiento se hacía, sobre todo, por connaturalidad, había una cosa – no sé cómo mi madre notaba eso en Francia – que era la siguiente: discernir en las almas de los otros pueblos y naciones aquello que puede ser visto como sutil, requintado, y por ende despertando una forma de afectividad más penetrante, más delicada y que fácilmente se transforma en cariño, en deseo de sacrificarse por, de ayudar y favorecer a, en una tendencia a ver lo mejor de la persona en los lados por donde estaría más naturalmente expuesta a sufrir los golpes de la brutalidad, de la maldad, de la dureza y de la crueldad humana en todos sus aspectos.

De allí proviene la idea de que la persona, teniendo más desarrollados estos lados de alma más tiernos – que son los más preciosos, más diferenciados y más plenamente existentes dentro de ella y que, por eso mismo, ella cultivó en sí misma –, sufre más con los golpes que lleva y está más sujeta a brutalidades inesperadas, pues, debido a su bondad, está normalmente desprevenida, y por lo tanto necesita un auxilio.

En consecuencia, ella sentía mucho que la cultura francesa ponía mucho en evidencia esos lados del alma humana, y mostraba notablemente la dulzura. De esa forma, Francia creaba un tipo de ser humano que alcanzaba, bajo cierto punto de vista, su perfección, y una convivencia humana que era también la convivencia perfecta, además del criterio de la medida que tanto se elogia en los franceses, y el sentido de la cordialidad, de la suavidad, del charme3. Mi madre era muy sensible al charme, y un discípulo mío que supo interpretarla muy bien, debe haber notado que, en lo que puede caber respecto a una señora de 92 años, Doña Lucilia poseía mucho charme. El charme tenía para ella un papel enorme en la vida, y para mí, por ejemplo, ella poseía mares de charme, pero mares de charme que yo veía; sin embargo, muchos otros no los percibían.

Tengo certeza de que, si mi madre viese los álbumes de Fabergé4 – que no era francés, eso es lo más gracioso, aunque era remotamente descendiente de inmigrantes que fueron a Francia, y estuvieron anteriormente, si no me equivoco, en Dinamarca, sin embargo quedó en él algo de sangre francesa, pues Fabergé es Francia en su tinta – ella notaría en ellos una expresión de algo que debería estar en todas las almas, en todos los pueblos, que finalmente vino a luz enteramente en Francia, para bien del género humano. Y el género humano debería hacer con relación a Francia, lo que ella hacía en larga medida: mirar, admirar, dejarse llenar y modelar por eso.

Dificultades con relación a Alemania, aprecio por España y Portugal

En este sentido, Doña Lucilia no supo ver bien a Alemania: interpretaba la ofensiva alemana contra Francia como una embestida de la brutalidad militarista contra el charme francés. No conseguí que lo viese de otra manera, intenté explicarle, pero eso quedó radicado en su espíritu. Mi madre conoció Alemania poco antes de la Primera Guerra Mundial, que ya estaba inclinada a la ofensiva de los cascos de acero contra la dulce Francia, cosa no podía ser y corría el riesgo de destruir a Francia; ¡era un crimen contra la humanidad!

Además, algunos alemanes – médicos, enfermeros, etc. – habían sido muy brutos con ella de un modo inimaginable: médicos, enfermeros, etc.

Su cirujano era el médico del Káiser, y tuvo la brutalidad de contarle, cuando estaba recién operada, que había visto al Káisertrabajando y que estaba organizando una ofensiva alemana contra el Estado de Santa Catarina, en Brasil, y que ya estaba todo preparado, etc.

Es algo incomprensible: un cirujano de fama mundial decirle eso a una enferma tres o cuatro días después de una operación con gran riesgo de vida… No debería haberle contado eso nunca, no había necesidad. Entra una punta de fanfarronada, que mi madre notó, así como los otros circunstantes. Yo nunca conseguí quitarle eso de la cabeza.

Así, ella acompañó la Guerra Mundial bajo ese prisma; un prisma casi de cruzada a favor de la delicadeza humana contra la brutalidad. ¿Era un apego? No, sino una connaturalidad de altas cualidades de Doña Lucilia y de un modo elevado de ver las cosas. Y creo que fue la Providencia quien la modeló para ser así; se nota que en esto entró mucha influencia de su padre, al menos como ella lo contemplaba, y también de su madre, como ella la veía.

Pero, por ejemplo, delante de la fuerza de España, del salero español, de la gracia española, etc., en los que mamá podría ver algo contundente, ella no tenía nada de eso, sabía contemplar lo heroico, lo batallador, lo garboso, etc. Aunque no fuese su luz primordial, a ella le gustaba mucho, lo comentaba varias veces, lo consideraba interesante; ella apreciaba mucho las costumbres regionales españolas, sin insistencia, sin obsesión, francamente muy receptiva.

Ella tenía, además, una gran propensión hacia Portugal, pero una propensión afrancesada, es decir, destilando de Portugal lo lúgubre, lo tosco, etc., de lo cual ella sonreía, como lo haría viendo a un oso grande y de fondo bueno, y apreciaba enormemente la cultura portuguesa: la Torre de Belén, las saudades portuguesas, los aspectos dulces del alma portuguesa, donde veía tanta afinidad con el alma francesa. Aunque el portugués fuese, según su forma de apreciar, inferior al francés, como lo era el mundo entero, ella veía que en el portugués había una riqueza de afectividad que, de esa manera, yo nunca la vi elogiar en Francia. No sé si ella sabía hacer esa distinción, pero eso brotaba especialmente de su modo de ser brasileño.

Amor a la Iglesia Católica

La moda francesa es muy exigente, hasta en los últimos pormenores, y en materia de trajes, mi madre era muy detallista, muy exigente, en nada semejante a mi relajamiento en ese sentido. Pero se trataba de una exigencia sin “jansenismo” y sin maldad, una exigencia llena de bondad, porque ella veía en aquel amor al primor y a la perfección un deseo de hacerse agradable. Es como un ama de casa que exige que la cocinera haga cierta receta con todo el cuidado, para que ella pueda recibir de la mejor forma a los huéspedes; entra una douceur de vivre5 en eso.

Por ejemplo, cuando mi hermana y yo éramos pequeños, en su desvelo hacia nosotros, mi madre de vez en cuando nos hacía juguetes; a veces pasaba hasta las dos o tres de la mañana pintando figuritas de papel y cosas así, con esmeros y cuidados únicos. Mandó a hacer en una carpintería una casa de muñecas para Rosée, con mueblecitos comprados en una tienda de juguetes, con estilos enteramente afines, con cortinitas, con esto y aquello, todo imaginado por ella.

Pero esa exigencia emanaba afecto y era hecha con dulzura y para producir dulzura; en eso ella sabía ser muy exigente.

Antes de tratar de Brasil, consideremos cómo Doña Lucilia veía la relación Francia-Iglesia. Yo tengo la impresión de que ese problema nunca se le presentó claramente. Debido a su devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a lo que había en ella de entrañablemente católico, mi madre sentía, por connaturalidad, el océano superlativo y trascendente de todo lo que ella amaba en Francia; ella lo sentía en el Sagrado Corazón de Jesús y en la Iglesia Católica.

De allí provenía un afecto enorme a la Iglesia Católica, que era un afecto más o menos como el de una persona al cielo material. Un individuo educado en minas subterráneas de carbón tiene, con relación al cielo, una admiración resultante en parte de la privación; una persona que nació como nosotros, mirando hacia el cielo, posee una admiración muy grande, aunque no resultada de la privación y por eso tiene una nota diferente.

Doña Lucilia no imaginaba cómo podía ser una vida o un alma fuera de la Iglesia Católica; era inconcebible. Así como poseía cuerpo y alma, ella tenía Fe; era un elemento integrante de ella, no cabe duda. Indagar si ella tenía alguna tendencia hacia el materialismo es una pregunta que no se plantea, no vale la pena perder tiempo en hacerla.

En Brasil, Doña Lucilia sentía la bondad más que en otros países

Esas almas que tienen un conocimiento sobre todo por connaturalidad, no son muy explicitadoras; ellas comunican mucho por connaturalidad, pero no por explicitación.

Por ejemplo, el modo de hablar de Doña Lucilia, las inflexiones de su voz, contenían definiciones – parece una exageración, pero no lo es – que ella no sabría explicitar, pero estaban en su naturaleza, iluminada por la gracia, y mi madre transmitía todo muy ordenadamente.

Así ella mostraba que era brasileña, de la siguiente manera: para mi madre, el modelo del brasileño – ella tenía cierta razón en lo que decía – era su padre. Pero también era el modelo del hombre justo, conforme a Nuestro Señor Jesucristo, virtuoso y bueno, con quien ella poseía una confianza, una admiración y un encanto completos.

En ese hombre, aunque mencionase sus aspectos más varoniles únicamente como marco, ella resaltaba la bondad de alma, contando hechos realmente insignes. Se notaba que ella creía que toda la nación brasileña era así; su padre era, por lo tanto, un caso más característico, más notorio de gente que había por montones en Brasil; y esa gente era desinteresada, de visión amplia, amena, generosa, y tenía un mecanismo colosal de interrelaciones psicológicas, abierto a todos los países del mundo, más aun que Francia. En ese punto, mi madre tenía cierta restricción con Francia, considerando su actitud con relación a los otros países un poco mezquina, ácida, lo cual después se acentuó mucho en ese país.

Doña Lucilia veía vagamente un futuro enorme para Brasil, envuelto en cierto misterio, providencial, que se medía igualmente por la homogeneidad de la Fe, por la inmensidad del territorio, por lo misterioso de las florestas, selvas y ríos, así como por una forma de bondad que ella sentía en este país más que en cualquier otro, que para ella era la gran cualidad humana e incluso la gran cualidad religiosa.

Esa sería la explicación de la psicología de Doña Lucilia. También tengo la impresión de que esa explicación es enteramente conforme a la Moral y a la Doctrina Católica, vistas ampliamente.

Ella notaba mucho que en el cariño que yo tenía por ella había una inmensidad de consonancia en ese sentido, y desde pequeño fui muy afín con ella. Yo nací muy frágil, muy débil, y ella naturalmente hizo esfuerzos no sé de qué tamaño para volverme saludable. ¡Lo que ella realizó fue simplemente colosal! Aunque ella sentía la plenitud con la que yo le respondía, y consentía completamente en ese punto.

Yo pensaba que completaba su alma haciéndola admirar eso y me inclinaba hacia una tesis mía que nunca le desarrollé: que las dos partes del alma humana eran Alemania y Francia. Pero no llegué a decírselo, porque las brutalidades que mi madre sufrió fueron tales que no entendería.

Efecto de Doña Lucilia sobre las almas

De Luis XVI y María Antonieta, por ejemplo, ella tenía mucha pena y toda especie de solidaridad, y veía mucho en las monarquías y en las aristocracias el aspecto raffiné6, amable, bondadoso y cortés. Y en los personajes de la época del Terror ella observaba el lado brutal, sanguinario y estúpido; una vez más era la ferocidad humana renaciendo bajo otro aspecto, más execrable todavía: el lado igualitario y ordinario.

Por lo tanto, un horror hacia los que rompieron aquel Antiguo Régimen, en el cual ella no veía un régimen de opresión, sino, por el contrario, de douceur de vivre, de refinamiento. Y tenía toda la razón, estaba muy bien formulado, se comprende bien.

Por ejemplo, su alegría al ver que yo había apreciado Versalles y cómo le gustaba contar nuestra visita allá. Pero no era por mundanismo, para decir que ella tenía un hijo de buen gusto, no; era porque apreciaba Versalles.

No hay duda de que esas características se encuentran en nuestra familia de almas. Si no se encuentran más es por culpa nuestra, y esta familia de almas sería mucho más ella misma si fuese notoriamente así.

Acentúo esta forma de bondad, como mi madre la veía, porque si prestamos atención, toda la acción que ella ejerce sobre las almas se basa en tratarlas con esa bondad, con la intención de que se vuelvan así, buenas entre sí. Porque, analizando el efecto de ella sobre las almas, las gracias que obtiene y el efecto de su presencia espiritual sobre nosotros, notamos que va continuamente en esta dirección; no hay un minuto en el que ella no transmita esto, que es, por así decir, el mensaje de mi madre. 

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1) Religiosa concepcionista, escritora mística, abadesa del convento de Ágreda en España (*1602- †1665).

2) N. del T: Palabra latina: menor.

3) N. del T.: Del francés, encanto, atracción, atractivo.

4) N. del T.: Peter Carl Fabergé (1846 - San Petersburgo, Rusia - 1920, Lausana, Suiza). Joyero ruso, es considerado uno de los orfebres más destacados del mundo, que realizó 69 huevos de Pascua entre los años 1885 a 1917, 61 de los cuales todavía se conservan.

5) Del francés: dulzura de vivir.

6) N. del T.: Del francés: delicado, distinguido, elegante.

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(Revista Dr. Plinio, No. 223, octubre de 2016, pp. 6-11 – Editora Retornarei, São Paulo – Extraído de una conferencia del 18.1.1986)

Last Updated on Monday, 22 April 2019 14:26