La Civilización Cristiana es fruto de la gracia

¿Cuál es el papel de la gracia divina en la educación, en la distinción y en las buenas maneras de un pueblo? La gracia, conquistada para nosotros por la Sangre de Cristo, penetra en los hombres produciendo innumerables maravillas. Entre ellas está la Civilización Cristiana.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Hojeando una colección de fotografías de personas de varias naciones, entre las cuales había algunos marajás y un sultán de Afganistán, yo notaba la diferencia existente entre la actitud, el porte y la posición de los monarcas, o de los pretendientes a tronos occidentales y los de Oriente.

En el Oriente las piedras preciosas son mucho más grandes, más bonitas y de mejor quilate; el subsuelo es mucho más rico en ese género de esplendores. Las perlas que se cogen en algunos lugares de Oriente también son de una belleza incomparable. De manera que las figuras de destaque orientales pueden constituir para sí ornatos mucho más ricos que los de los príncipes de Occidente.

Por otro lado, acontece que los orientales disponen de tejedores que trabajan con tejidos hechos a mano, de una calidad muy superior a los fabricados por medios industriales, como sucede en Occidente. De esa forma, bajo el punto de vista de la indumentaria, los orientales se presentan mucho mejor que los de Occidente. Tanto más cuanto aquellos tienen cierta fantasía. Y tampoco son inhibidos por preconceptos revolucionarios, no temiendo parecer demasiado maravillosos.

Los uniformes de militares y diplomáticos occidentales del siglo XIX

En Occidente, a un hombre le da miedo parecer demasiado maravilloso. Examinen, por ejemplo, los uniformes oficiales de los diplomáticos y de los militares de alto grado, generales y mariscales, del siglo XIX, y los del siglo XX. Es una decadencia horrible. En el siglo XIX unos y otros usaban bicornios – sombreros de dos picos, con pestañas que se juntaban arriba, y tenían aigrettes1 blancas; las ropas eran bordadas con cordones de gala y otras cosas muy bonitas; los terciopelos eran extraordinarios. Esos uniformes de gala eran tan caros, que al terminar su carrera el diplomático daba como presente su uniforme a un colega de su predilección, porque el uniforme representaba una pequeña fracción no despreciable del patrimonio de un embajador.

Pero actualmente un hombre tiene vergüenza de presentarse con esos trajes, porque el espíritu de la Revolución acható todas las tendencias hacia lo bello.

Por el contrario, en Oriente eso no fue así. Marajás, Rajás, Shas, Jedives, Sultanes, Ulemas, aparecen con esas ropas bonitas. Sin embargo, si examinamos los hombres, veremos que son muy inferiores, en cuanto al porte, a los de Occidente. Porque durante siglos, desde que la Iglesia Católica penetró en Occidente, en estos comenzó a germinar la Moral católica. Y cuando tomamos en consideración a una persona que observa en todos sus pormenores la Moral católica, notamos que esa persona, o su hijo o su nieto, acaba teniendo una educación y un porte perfectos

La Moral católica engendra educación, distinción y corrección perfectas

¿Por qué? Tomen a una persona que practica la Moral católica perfectamente. Es instintivo en ella, aunque no haya recibido una educación de salón, practicar, por ejemplo, actos como este: la persona se está sirviendo en la mesa con un convidado; por ser convidado, este merece una honra y una atención especial; ella entonces sirve al convidado antes de servirse a sí misma.

Esas cosas, enseñadas como reglas de educación: – “En tu casa, habiendo invitados, sé el último a servirse”; “cuando estés en presencia de personas mayores, haz que ellas se sirvan antes”; “en presencia de personas más graduadas que tú, reconoce de buena voluntad esa graduación mayor y préstales honras” –, son aplicaciones de principios de Moral a cuestiones de buen procedimiento.

Y si, en una primera generación de católicos muy buenos, no fue posible modelar todas esas costumbres de acuerdo a los principios morales, al cabo de algún tiempo esos principios se filtran y nacen de ellos una actitud, una distinción, una amabilidad, una cortesía, que en el fondo hacen parte de la Moral católica. La Moral perfecta tiene que engendrar necesariamente la educación, la distinción y la corrección perfectas.

Quien tiene buenas maneras glorifica a Dios

A veces acontece que una persona puede ser de una Moral perfecta y no tener una educación perfecta. Porque no hubo tiempo de filtrar esa Moral en el ambiente en que ella fue educada, de comenzar a prestar atención en pequeñas cuestiones de manera a practicarlas. Cuestiones que, evidentemente, están en un plano secundario; no constituyen la esencia de la Moral.

Por el contrario, puede suceder que una persona no tenga buena Moral, pero posea una educación perfecta. Pero aun así es un resto de Religión Católica. Ella, sin percibir, practica reglas de la Religión Católica, porque percibe que son bonitas en la práctica, en la actitud concreta. Infelizmente ella con eso no tiene la intención de dar gloria a Dios, pero imita a los que dan gloria al Creador; así, ella involuntariamente glorifica a Dios.

Guillermo II y la Emperatriz Sissi

En las memorias del Káiser Guillermo II, último Emperador de Alemania, él cuenta un hecho cuya descripción me impresionó mucho. Él estaba en el jardín del palacio de su abuelo, que era en ese entonces el Emperador de Alemania. Como la Emperatriz había muerto, su madre, casada con el Príncipe Heredero, estaba haciendo las honras de la casa a una visitante muy ilustre, que era la Emperatriz de Austria, la famosa Sissi, una princesa bávara casada con Francisco José, Emperador de Austria. Era de una belleza famosa y, además, de una distinción de maneras de una línea y de una categoría extraordinarias.

El Káiser cuenta entonces que él estaba en el jardín del palacio, viendo a la madre, de espaldas hacia él, que recibía la visita de la Emperatriz de Austria. Pero él no se acercó mientras no lo llamaron. Por la narración, parece que él no tenía mucha curiosidad en conocer a la Emperatriz de Austria. En cierto momento, la Emperatriz dio señales de que quería partir, y la madre de él se volvió hacia atrás para ver quién estaba ahí, para cargar la cola del traje de la Emperatriz. Y, no viendo a nadie más que a su hijo, el futuro Guillermo II, le dijo: “Hijo mío, ven aquí a cargar la cola del traje de Su Majestad, la Emperatriz de Austria”. Cuando él se acercó, la famosa Sissi, Emperatriz Elizabeth, apenas se estaba levantando. Y él describe la impresión que ella le causó. Ella se erguía muy lentamente, con las maneras y el protocolo de la antigua corte. Toda la apariencia de ella le causó tal impresión, que él nunca más se olvidó de que aquel protocolo le daba a la Emperatriz una elegancia, una distinción, realzaba de tal modo su belleza, que se nota que el Káiser había quedado deslumbrado. Si fuésemos a imaginar todas las reglas que ella seguía – porque la corte austríaca era muy conservadora – veremos que tales reglas, de cerca o de lejos, se relacionan con la formación católica, con el ideal de perfección moral que la Religión Católica enseña.

Sentarse sin recostarse en el espaldar de la silla

Cosas insignificantes. Estoy hablando en este auditorio, donde todos están sentados, incluso los más jóvenes, con la espalda apoyada en el dorso de la silla. Pero hubo un tiempo en que eso era contrario a las reglas de la buena educación. Las sillas tenían un espaldar alto, para el caso en que la persona lo necesitase. Pero normalmente no se debería recostar en el espaldar. Porque era la imagen de la ascesis católica: la persona sentada, sin recostarse sobre el espaldar, dominándose a sí misma.

Tomen en consideración esas sillas de cuero – peor aún, ¡de materia plástica! – con brazos, que hay hoy. Al sentarse en ellas, el individuo se hunde y queda sumergido casi como en una bañera. La actitud de no recostarse sobre el espaldar se hace imposible.

Occidente tiene menos piedras preciosas que Oriente, pero posee la finura católica

Eso hace que en Occidente ocurra lo siguiente: el ingeniero o el arquitecto católico que va a planear la decoración externa e interna de un palacio para que viva un rey católico, palacio en el cual el rey va a ejercer el poder católicamente sobre un pueblo católico, la propia respiración de su alma católica ejecuta la ornamentación de tal manera, que hace prevalecer las cosas del espíritu, que tienen categoría, finura, en que el alma humana aparece en su excelencia. Por el contrario, el hombre que no tiene esa asistencia de la gracia, esa inspiración de la Fe, no es capaz de eso.

Tomen en consideración a los marajás y otras figuras semejantes: todos ellos están recostados, como un sultán cuando fuma narguile indefinidamente. ¿Por qué? Porque ellos no aprendieron de la Religión Católica los modos de cómo portarse. Eso también se retrata evidentemente en los predios, en el urbanismo de una ciudad, en fin, en mil otras cosas.

En esto constituye la superioridad de Occidente. Occidente tiene menos rubíes, perlas, esmeraldas, zafiros y brillantes; no posee rajás ni marajás, pero tiene la finura católica, contrarrevolucionaria, que domina todo el resto.

Encuentro del Sha de Persia con Sissi

Me acuerdo de otro hecho ocurrido con la propia Sissi, la Emperatriz de Austria, y un Sha de Persia.

Esos potentados de Oriente nunca iban a Europa, porque eran viajes muy lejanos y a veces estaban sujetos a riesgos. Pero cuando surgió la posibilidad de viajes seguros y con una comodidad relativa, con los medios de comunicación modernos – los primeros transatlánticos del siglo XIX, los primeros trenes –, los potentados de Oriente comenzaron a venir a Occidente. Y venían con todo el lujo de Oriente.

El Emperador de China, el Sha de Persia, marajás y rajás en cantidad indefinida, sultanes, estuvieron en Europa. Y cuando eran recibidos, las cortes europeas seguían todo el protocolo con el cual se recibía a un Jefe de Estado extranjero. Por lo tanto, era algo esplendoroso, rico, aunque no extraordinariamente rico. Los orientales venían con riquezas fabulosas e iban a fiestas con el traje oriental.

Entonces el Sha de Persia – Emperador de Persia – fue a las principales capitales de Europa y también a Viena. En esta ciudad, en cierto momento de la fiesta, llega la Emperatriz de Austria. Se dan los homenajes y lo presentan a ella. Él hace unos saludos ceremoniosos a la moda oriental y ella responde con distinción, con gracia, sonriendo un poco, como delante de un cuento de las Mil y una Noches, delante de una fábula.

El Sha comenzó a mirar a Sissi y quedó tan deslumbrado que, terminados los saludos ceremoniosos, dio una vuelta por detrás de ella. Quería ver si toda ella era así, o si en la nuca, en la espalda, ella no era tan bien hecha como de frente. Cuando retornó al frente de ella, dijo: “Sissi es realmente bonita como me dijeron, e incluso más de lo que me dijeron.” E hizo otro saludo ceremonioso. Probablemente, él tenía joyas mucho más bonitas que ella, que era una dama. ¡Pero ella era una joya! Todo eso son frutos de la Civilización Cristiana.

El papel de la gracia divina

Pero, ¿qué es la Civilización Cristiana? Es una civilización en la cual los hombres, teniendo, por la gracia, la virtud de la Fe, y nacidas de ella las demás virtudes teologales y cardinales – siendo la Fe la primera de las virtudes teologales –, acaban poseyendo toda esa grandeza personal, que es el resplandecer de la gracia.

Y quien nos obtuvo la gracia fue Nuestro Señor Jesucristo, en el momento de morir en la Cruz, y ya en el Huerto de los Olivos cuando Él comenzó a sentir tedio y pavor de lo que le acontecería durante la Pasión. La gracia, conquistada para nosotros por la Sangre de Cristo, penetra en los hombres y después produce todo el resto.

1) Del francés: adorno confeccionado con plumas largas, penacho.


(Revista Dr. Plinio, No. 166, enero de 2012, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 13.1.1989).

Last Updated on Monday, 08 April 2019 14:24