La conversación y la cruz

Maestro en el arte de la conversación, el Dr. Plinio explica cómo ella puede nacer del sufrimiento.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

Me pidieron hablar con respecto a la relación existente entre la conversación y la cruz. Vamos, entonces, a conversar un poco sobre eso.

Antes de conversar, hablar consigo mismo

La persona recogida habla consigo misma y solo entonces comienza a conversar. Porque solo tiene una buena prosa quien antes habló consigo mismo. No es el loco que habla solo, evidentemente, sino aquel que piensa, y en las reacciones de su propia alma encuentra el preámbulo necesario para conversar. Quien no es así, es una caja de repetición de las sensaciones y de las impresiones de los otros, un papagayo que recompone colchas de retazos de aquellos que oyó. No es un hombre capaz de pensar y, por lo tanto, de conversar.

Doy un ejemplo concreto. Imaginen que algunos de ustedes van, por ejemplo, de este auditorio a las sedes donde residen, guardando el silencio dentro de los respectivos vehículos. No habiendo conversación, prestan atención en las cosas más dispares que van pasando por el camino, que así van siendo captadas por el intelecto.

Al llegar a la sede pasan por la capilla y van tranquilos a los cuartos de dormir. Cuando se recuestan, aquello que vieron viene a la memoria. No como si fuese una película de cine, sino que vuelven a la cabeza, sin que Uds. lo perciban – un poco más acentuadas, trabajadas y analizadas – las cosas que les llamaron más la atención.

Si Uds. recorren ese trayecto en silencio varias veces durante una semana, habrán hecho de cada viaje, sin darse cuenta, un libro cuyas páginas están llenas de vida y de realidad, no de tipografía.

En determinado momento, alguien comenta: “¿Vieron en tal casa, tal cosa así?” Varios intervienen: “No, no es eso, eso es de otro modo, etc.” Sin darse cuenta, formaron una idea enteramente personal sobre la cual nadie conversó. Así, cuando fueren a intercambiar esas impresiones permutan algo que vale la pena tratar, porque cada uno da a esa imagen una característica que es la proyección de su personalidad en aquello. Nace, entonces, una conversación suculenta, pues cada uno ayuda al otro a ver mejor las cosas.

La conversación y la espuma de la champaña

Quedaría una cosa artificial si todos se sentasen juntos y decidiesen: “¿conversamos con respecto al recorrido?” Lo agradable está en que no sea una combinación, sino que surja de imprevisto y, de repente, la conversación comience a hervir, porque todos sienten que cada uno está poniendo su contribución.

La mejor comparación se da con la efervescencia de la espuma de la champaña.

Al dar este ejemplo, algo de lo que estoy exponiendo pasó. Todos nosotros vimos espuma de champaña y participamos de conversaciones. Ciertamente algunos de los presentes no se habrán acordado de comparar una con la otra. Sin embargo, después de que uno hizo esta analogía, sacada de una observación personal y normal de la vida contemporánea, es posible que, cuando vuelvan a tomar champaña, se acuerden de una conversación; o la primera vez que salga una buena conversación, se acuerden de la espuma de la champaña.

Es decir, la contribución de uno ayudó a varios a notar en la conversación y en la espuma de la champaña una relación que todos habían visto, pero no habían explicitado. La conversación fue buena porque trajo consigo una explicitación.

La torcida1 impide la buena conversación

Imaginen, por el contrario, que van conversando durante el recorrido. Comienza la conversación, durante la cual la persona necesita tener una virtud bastante grande – que raramente alguien tiene a los veinte y pocos años – para no ser inmediatamente tomada por una especie de “bolsa de valores” del amor propio: quién dijo la cosa más divertida, la más interesante, si prestaron o no atención…

Después se vuelve una feria de la torcida: alguien dice algo para provocar excitación, y los demás tuercen para degustar esa sensación. Sin embargo, la torcida es una cosa enteramente diferente de la impresión. Ella es una especie de distorsión que provocamos en nosotros para tomar un gusto determinado de lo que fue observado, pero no es el sabor normal de la impresión que aquello causaría.

Me acuerdo que había – cuando yo era niño – niños que hacían una broma con sus propios ojos, apretando ligeramente el globo ocular para ver más profundo, menos profundo, etc., Yo nunca quise hacer esa broma conmigo mismo, aunque admito que podía ser divertida. No obstante, es una cosa muy singular, porque no da la visión de la realidad que da el globo ocular en su posición normal.

La torcida es una presión que hacemos en nosotros para sacar una emoción que una cosa, de sí, no daría, viéndola medio deformemente para gozarla. No es la visión seria que da la verdad, sino una visión mentirosa.

Esa torcida es un modo de espolear los propios nervios, con el deseo de querer algo nerviosamente, por la idea de que calmamente no se saca el sabor de aquello.

Alguien tal vez ya pasó por esto: durante los cinco o diez primeros minutos de una reunión, no conseguir prestar atención en el asunto tratado, porque estaba torciendo, por ejemplo, para conseguir un buen lugar. Después, cuando va a intentar coger el tema, la reunión ya se embaló, y no se acompaña bien su curso.

Resultado: la observación de la realidad se fue. Para vivir aquello, la persona torció, deformó sus nervios y no tomó el sabor exacto de las cosas. Hizo como aquel que juega con los ojos.

A la hora de conversar sobre eso, como la persona siente que tiene un comentario vacío para hacer, habla de un modo excitado para ver si llama la atención. De ahí resulta una conversación excitada, rasa, donde existe el riesgo de decir bobadas.

Los beneficios de la soledad

Ahora bien, presten atención en la fisionomía de alguien cuando está solo. El aislamiento pone al individuo en sus ejes. Él no tiene a quién hacerle una gracia, con quién excitarse. Él cae en sus propios cabales y comienza a ver las cosas en la normalidad de su ser.

¡Cómo me alegra notar, en aquellos que viven un tanto aislados, miradas que reflejan a la persona en su autenticidad! Cuando se está solo, uno se vuelve serio, y, viviendo en una tranquilidad seria, el individuo se va formando, abriendo los ojos hacia las verdades. A propósito, es una de las razones por las cuales se tiene tanto miedo a quedar solo: es porque uno se vuelve serio; y las personas tienen pavor de la seriedad, pues ella dice cosas que nuestra frivolidad no quiere oír.

Volviéndose serio, el hombre comienza a oír la voz de las profundidades de su alma, que él percibe que corresponden a las altitudes del orden del ser. El espíritu solitario, al cabo de algún tiempo, comienza a hacerse profundo. Porque del fondo de él nacen los problemas, las cuestiones, el interés, las indagaciones, las lecturas… Lo que él tiene de mejor se va definiendo y adquiriendo vida y curiosidad.

Y también, lo que él tiene de más serio lo lleva a discriminar, a clasificar, a juzgar, y él va tomando una relación personal con lo que leyó. Al cabo de algún tiempo, está en condiciones de florecer en un comentario. Pero este viene de esa especie de profundidad que la soledad da.

El pensamiento nace del dolor como el sonido de un instrumento

Alguien podría objetar: “Dr. Plinio, Ud. está desviando el tema de la exposición. ¡Nosotros le pedimos que hablara sobre la conversación y la cruz, y Ud. está tratando sobre la conversación y la seriedad!”

Sucede que hay una identidad profunda entre el amor a la seriedad y el amor a la cruz, y yo no hice sino preparar el terreno para hablar del amor a la cruz, y de la conversación nacida de la cruz.

Así como en un instrumento de cuerda el sonido nace porque se pasa el arco por las cuerdas, se hieren las cuerdas para que ellas canten; así como un instrumento de percusión resuena porque se golpea una membrana; el hombre también reacciona por una presión. Cuando algo lo hace sufrir, él piensa como nunca. El hombre que sufre, ese sí, piensa verdaderamente y elabora un pensamiento particularmente excelente.

Los dolores del cuerpo…

Hay situaciones tremendas de sufrimiento, como las amputaciones que se hacían antiguamente, cuando no había anestésicos. Por ejemplo, en la Edad Media, en la que, para serrar una pierna, se amarraba el paciente cabeza abajo para disminuir la hemorragia, y se serraba la pierna. Había casos de guerreros que tenían sus dos piernas amputadas.

Para las personas de nuestro siglo es difícil imaginar cómo alguien soportaba un dolor como ese. No estoy muy lejos de pensar que un hombre contemporáneo, a quien se le tuviese que amputar una pierna así, crudamente, después quedase medio loco para el resto de la vida.

Además, cauterizaban la herida colocando brasas sobre la carne cortada, para, quemando y secando, evitar la infección. Es decir, después de haber cortado todo, ¡aún venía eso!

Podemos imaginar el dolor del post operatorio en un hombre en esas condiciones. ¿Durante cuántos días eso le dolería? En el ciclo normal del dolor, primero duele mucho; después mejora un poco y duele solamente cuando se mueve; pasa el tiempo y mejora un poco más, doliendo apenas cuando se hacen algunos movimientos poco hábiles; al final, en cierto momento, cicatriza y no duele más.

Aparecen, entonces, otros problemas: ¿Cómo desplazarse? ¿Cómo entrar en contacto con los demás? ¿Quién va a buscar a un individuo en esas condiciones? ¿Quién querrá conversar con él? Comienza la soledad y el abandono. Los saludos amables, pero de lejos y se acabó.

El pobre se sirve de pequeñas habilidades para atraer a sí a este o aquel, para tener una pequeña conversación, pero no consigue. Entonces encuentra un libro para leer, y el libro lo distrae poco, porque él es muy extrovertido y solo se alegra conversando. Y así sigue toda esa serie de problemas…

¿No es verdad que en esas horas el individuo comienza a pensar? “¡Cómo está de tremendo este sufrimiento! Y ahora, ¿cómo será mi vida? Aún estoy joven, tengo mucho tiempo por delante, ¿cómo va a ser hasta el fin? ¿Para qué nací? ¿Cómo se explica que yo esté sufriendo esto? ¡Ay, Dios mío!”

…y los dolores del alma

Serrar las piernas es una cosa bárbara, pero el alma sufre más que el cuerpo. ¡Cuántas cosas acontecen en el alma y hacen sufrir más que una amputación! La vida trae consigo situaciones tremendas: la persona calumniada, que no encuentra un medio para rehabilitarse, por ejemplo. Y así por delante, ¡cuántas situaciones presenta la vida!

Me acuerdo de un padre jesuita con quien tuve mucho contacto, que contaba una cosa tremenda que se dio en Berlín:

Una señora de pequeña burguesía vivía en un predio de apartamentos y hubo un incendio. Ella salió dejando a su hijita en la casa, y cuando volvió, encontró todo en llamas. La única forma de salvar a la niña era enfrentar las llamaradas, aunque con el riesgo de morir quemada o de quedar completamente desfigurada. Esa señora enfrentó todo, por amor a la hijita, y la llevó para afuera.

Sin embargo, quedó la vida entera con el rostro tan horrendo, que no se lo mostraba a nadie. Usaba, incluso dentro de la casa, un sombrero del cual pendía un velo leve que le cubría la faz, cuya piel había quedado horrible.

Esa niña se hizo joven y comenzó a frecuentar malos lugares. La madre, muy religiosa, se afligía naturalmente con eso. Y cuando ella sabía que la hija estaba en algún lugar malo, iba hasta allá y mandaba a llamarla.

Cierta noche, ella supo que la jovencita estaba en un ambiente malo y la mandó a llamar, pero la hija no fue. La madre quedó muy afligida, con miedo de un desastre moral con la niña, y entró a cogerla.

Al hablar con su hija, que estaba acompañada, esta dio una risotada y dijo:

– ¿Quién eres tú? ¡No te conozco!

La madre respondió, levantando el velo que cubría su rostro:

– ¿No me conoces? ¡Hija mía, mira quién soy!

La hija dio una carcajada y dijo:

– ¡Monstruo, no te conozco!

La pobre señora volvió sola a la casa.

¿No hubiese sido mejor haber recibido un tiro? ¡No hay palabras! ¡Pensar en la maldad de la hija que, viendo a su madre apartarse sola y triste, continuó en la fiesta y en la perdición!

¿Cuál fue el dolor de esa madre que, con certeza, la noche entera no durmió? ¿Habrá dormido en las noches siguientes? ¿Puede haber una ingratitud peor que esa?

Del sufrimiento brota la reflexión

Son los dolores del alma. ¡Pero cómo hacen pensar y reflexionar!

Tal vez esa señora haya pensado: “Esa niña anduvo mal… ¡qué ingratitud! ¡Yo me inmolé por ella, y ella se burla de la hediondez con que quedé por amor a ella! A decir verdad, mi hija abofetea mi corazón que le extendí y pisa mi afecto del modo más innoble… Me acuerdo de ella cuando era buena… cuando me quería bien, cuando me abrazó y me besó… Y cuando yo le conté lo que sucedió, ¡cómo ella quedó agradada y agradecida! Fue al jardín, cogió una flor, la puso en un florero y yo pensé: ʻ¡Estoy pagada!ʼ Ahora, veo el pago… ¿De qué sirvió haber hecho eso? Pero sé que hice bien. Sin embargo, ¿cómo se explica que yo haya hecho el bien, si iba a recibir este pago?”

Y desde el fondo del alma viene la respuesta:

“¡Es porque tú serviste a Dios!”

Una cosa es haber llegado a esta conclusión en el dolor, otra cosa es leer en un tratado la teoría: el hombre nació para amar, servir y dar gloria a Dios, etc. ¡Eso en la teoría está muy bien y es magnífico! Pero quien pasó por eso, tomó el sabor amargo y el sabor deleitable del principio, dirá:

“Nunca más un sufrimiento me va a abatir. Yo ya viví, mi vida quedó para atrás…” – una señora así es una muerta en vida – “…mi vida quedó para atrás. Sea cual sea el sufrimiento que yo reciba, todo esto se acabó para mí. Yo ahora vivo para Dios. Porque si yo vuelvo a tener otra hija, veré a esa niña en la cuna y me preguntaré: ¿ella no repetirá lo que hizo la hermana? ¿De qué vale el afecto humano? El afecto de una hija por su madre, algo tan apreciable, ¿de qué vale, cuando el hombre es capaz de ingratitudes como esta?  Solo Uno vale, porque Él es eterno, perfecto, y me ama infinitamente; porque el Hijo de Él se encarnó y murió en la Cruz por amor a mí. Están tocando las campanas de la iglesia, es hora del Viacrucis… Voy a hacer mi Viacrucis y a contemplar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y a aprender así a cargar el peso de la vida.”

El dolor católico perfuma la conversación como un incienso

Consideren almas que hayan pasado por situaciones de esas, que conversan entre sí. ¿Solo eso no bastaría para perfumar una convivencia durante una tarde entera?

Cuando se tuvo una vida muy llena de dolores sufridas con paz y resignación, es agradable tomar las heridas cicatrizadas, las amputaciones espirituales por las cuales se pasó – lo que quería y no tuvo, o lo que deseaba y perdió, o lo que conquistó a duras penas y se desplomó sobre sí – y pensar, pensar… Queda la dulzura de aquella paciencia, de la entrega a Dios y a Nuestra Señora. “Ellos quisieron. Ellos permitieron, ¡benditos sean Ellos! Hicieron conmigo lo que se hace con el incienso: se rasga el árbol y la resina sale para la fabricación del incienso. Así también, el dedo de los hechos me rasgó, y de mí broto la resina del buen sufrimiento. Ahora me acuerdo de eso, y sobre eso filosofo y converso.”

Nadie le pregunta a un gozador de la vida cuál fue su pasado. ¿Para qué? No interesa. ¿Quién abordaría a un hombre a la salida de un club para decirle?: “Cuéntame cuáles fueron las bromas que oíste y las distracciones que tuviste. ¿Ganaste el juego?”

¿Dónde vamos a procurar el perfume del pasado? Donde estuvo el dolor católico. No es un dolor cualquiera, porque hay dolores que no se tiene el deseo de oír contar: “Amanecí con dolor aquí en la rodilla y después me dio una pequeña tos…” ¿Por qué no se tiene el deseo de oír contar eso? Porque allí no estaba el dolor de los dolores: el dolor de Nuestro Señor Jesucristo.

Había un tipo de reloj que conocí siendo niño, con un mostrador donde venía indicado lo que sucedió cada hora de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Imaginemos a un enfermo que, teniendo delante de sí ese reloj y sufriendo un dolor de cabeza muy fuerte, justamente en la hora en que Jesús fue presentado al pueblo por Pilatos, se acordase de la divina frente coronada de espinas y pensase: “Cuánto más sufrió la frente de Él que la mía! Él sufrió eso por mí, ¿y yo no ofreceré por Él?”

A ese enfermo sí tendríamos interés de oír contar sus padecimientos, pues entra la resignación, la aceptación, y con ellas una cualidad en el alma que es una participación del sufrimiento del Redentor. Eso hace con que, en la hora de hablar, la persona diga palabras llenas de néctar.

Es una ventaja que sepamos sacar provecho de la buena convivencia y de la buena conversación de los que sufren en unión con Jesucristo en la Cruz, porque el alma golpeada por el sufrimiento es como el árbol que comienza a dar la resina ideal, que puede ser transformada en incienso.

Dolor del cual florece una alegría plateada

Ese es el padecimiento que eleva el alma. No es como un animal por encima del cual pasó un automóvil, que queda graznando en la calle hasta expirar, sino el dolor del católico que se une al dolor de Nuestro Señor Jesucristo, a las lágrimas de Nuestra Señora y acepta: “Yo os ofrezco eso. Adoramus te Christe et benedicimus tibi, quia per sanctam Crucem tuam redimisti mundum – Nosotros os adoramos, oh Cristo, y os bendecimos, porque por vuestra santa Cruz redimiste al mundo. Mater dolorosa, ora pro nobis2.

Esas almas así, porque son resignadas, tienen hasta momentos en que la alegría florece en ellas. Pero no es la alegría del gozador de la vida; es la alegría pura, hecha de plata, del inocente. La alegría casta del hombre desprendido y que sabe conversar por un amor desinteresado a los otros, contándoles cosas, hablándoles para hacerles bien, y con el deseo de ser bueno para ellos. Y sintiendo alegría al ver que ellos quedan alegres. ¡La conversación llega a su apogeo!

Con eso queda explicado cómo las alegrías, las curiosidades, las bondades, las gentilezas del alma que aprendió a sufrir hacen atrayente la convivencia y, consecuentemente, encantadora la conversación.

1) N. del T.: Del portugués. Deseo desproporcionado de que suceda o no suceda algo, acompañado de ansiedad o excitación. El Dr. Plinio explica más profundamente a seguir.

2) Del latín: Madre Dolorosa, ruega por nosotros.


(Revista Dr. Plinio, No. 207, junio de 2015, pp. 22-25, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 27.10.1984).

Last Updated on Thursday, 28 March 2019 02:40