El león, símbolo de santidad, majestad y fuerza II

Recorriendo el periplo que nos conduce de las realidades visibles a las invisibles por medio de la bondad y la belleza de las criaturas, llegamos a Dios, Nuestro Señor. Nada hace la vida tan agradable e interesante cuanto hacer este tipo de meditación.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Lejos estamos de analizar el león simplemente en cuanto un animal fuerte que domina a los otros. Lo consideramos, eso sí, como un ser de rara belleza, que expresa ciertos predicados intrínsecos de su naturaleza, entre los cuales un tipo determinado de fuerza y de coraje.

Fuerza regia al servicio de la majestad

La fuerza posee todas las características del vigor al servicio de quien es Rey. Es una fuerza regia, es decir, de quien tiene el derecho y la misión de mandar, posee la nobleza intrínseca de una superioridad de alma inherente a su ser, tiene un derecho normal de ocupar los cargos de mando y debe normalmente ocupar esos cargos. Y por esa causa el león expresa la idea de fuerza regia al servicio de una majestad regia y dominadora. El papel de la heráldica es justamente pintarlo de un modo medio irreal, que expresa lo mejor de la realidad de él, de una manera que se percibe más fácilmente que en un león de verdad. Lo cual siempre es, a propósito, el papel del arte: desfigurar un poco la realidad para obtener lo mejor de la realidad.

El león es, en último análisis, el símbolo de la majestad, la cual incluye, entre otras cosas, la fuerza. Es propio de la majestad ser suprema dentro del orden y de la ley, un ente supremo que funciona según el orden natural de las cosas y mantiene ese orden. Lo adecuado de la ley es ser un dictamen de la razón, promulgado por la autoridad competente; esa es la definición de ley. Lo propio del Rey, que es el autor de la ley, es ser el auge del bien, el auge de la sabiduría, el auge de la justicia y el auge de la fuerza.

El león tiene justamente eso: está en armonía con toda la naturaleza, es una especie de obra prima de la naturaleza. Y, en cuanto tal, es verdaderamente regio porque es supremo en la buena línea, en el buen orden; supremo considerado como teniendo una fuerza que le asegura el ejercicio de la supremacía que le compete.

Un animal ordenador

De donde, entonces, existe una idea de santidad ligada al concepto de león. Él representa lo que hay de santo en la dignidad regia. Porque el león representa lo que existe de santo, de recto conforme al orden establecido por el Creador, de supremo, de excelente hecho por Dios. De tal manera que, así como, por ejemplo, en la heráldica tenemos águilas con halos de santos, podríamos tener un león con un halo de santidad. Por el mismo título y hasta por un título más alto. ¿Qué quiere decir la santidad de la majestad? La majestad es el poder supremo legítimo, y toda autoridad legítima en cuanto tal es santa. Es decir, fue instituida por Dios para un fin santo. Puedo hablar de la santidad de cualquier autoridad: por ejemplo, de un profesor dentro del salón de clase. Según la propia expresión de la palabra “santo”, la autoridad del profesor sobre los alumnos se deriva del orden natural establecido por Dios. Y en cuanto querida por el Creador para un fin bueno, esa función es santa. En ese sentido la función de Rey es aún más santa, porque es más alta, más noble; es la más alta de todas en la esfera temporal, por lo tanto, en cuanto tal es la más santa de todas.

Como resultado de lo anterior, si yo sé hacer una buena interpretación del león, en él deberé ver la majestad santa, por lo tanto, sabiduría santa, por el discernimiento con el cual él cumple su papel; fuerza santa, porque está colocada al servicio de quien necesita mandar y para el establecimiento del orden que debe reinar. El león es un animal ordenador. Es lo contrario de un chacal, por ejemplo, que saca los cadáveres de la tumba, los devora y deja toda la suciedad sobre la tierra.

Quien considera así la figura del león, queda conociendo qué es santidad, majestad y fuerza.

La convergencia de la teoría con lo concreto proporciona el conocimiento pleno

Alguien podría objetar que ese es un modo mediocre de conocer esos predicados. Mejor sería tomar un compendio de moral católica o una enciclopedia y ver la definición de majestad, santidad y fuerza. ¿Para qué toda esa explicación sobre el león? La definición abstracta es mucho más enriquecedora que la noción de león.

Yo digo: es necesario tener las dos cosas. Para un conocimiento completo de qué es la santidad, la majestad y la fuerza, es necesario conocer la definición y después ir al león y verificar cómo se aplica a él esa definición. A mi modo de ver, quien apenas se contenta con una de esas dos formas de conocimiento hace el papel de un hombre que dice lo siguiente: “Yo puedo perfectamente vender un ojo para un trasplante, porque con un solo ojo veo bien. Para ver me basta un solo ojo.”

Ahora bien, aunque se vea con un solo ojo, la visión completa se obtiene con la conjugación de los dos ojos. Ahí se establece la noción completa de las cosas. La convergencia de la noción teórica con la cosa concreta bien analizada da el conocimiento pleno. Nosotros no podemos contentarnos con una cosa o con la otra. El espíritu formado integralmente quiere las dos cosas.

Un hombre que haya tenido la oportunidad de ir a un parque de leones y analizar tal atributo en un león, tal predicado en otro, tal actitud en un tercero, y después considera el león heráldico reuniendo todas las características vistas en los varios leones, y solo entonces confiere con la noción consignada en el diccionario, quedará con la idea completa e íntegra de santidad, majestad y fuerza.

El León de Judá

Viendo así las cosas, una persona con la mentalidad bien constituida quedaría con el alma llena de pensamientos. En vez de poner un punto final en el proceso intelectual, comenzaría a levantar una pregunta: si la santidad y la majestad son cualidades tan bellas, si la santidad de una función es algo tan bonito, si es tan espléndida la fuerza cuando es colocada al servicio de la majestad, ¿no habrá otros seres en los cuales yo pueda considerar, para nutrir mi alma, más majestad, más fuerza, más santidad? Mi alma ya se extasía viendo esos atributos simbolizados en el león, pero yo querría ver más.

Viene, entonces, la conclusión: es necesario que haya más majestad en el hombre. Deben existir hombres que me den esa idea de un modo más perfecto que el león. ¿Qué hombres habrán sido?

La persona pasará, entonces, a estudiar hombres que fueron majestuosos en la Tierra, como, por ejemplo, Carlomagno, San Luis IX. Y, de majestad en majestad, llegará a Aquel que la Escritura calificó de León de Judá: Nuestro Señor Jesucristo.

Contempla el Santo Sudario de Turín y dice: “Ninguna majestad realizada por un hijo de hombre alcanzó la de aquel infortunio, de aquel dolor, de aquella certeza, de aquella esperanza y de aquel rechazo. ¡Esa es la majestad de las majestades, la más alta de las majestades que el rostro humano puede expresar!”

Entonces, en su peregrinación por las majestades, esa persona va a estudiar la figura de Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio. Y, después de haber considerado la propia humanidad del Redentor, dirá: “Nuestro Señor Jesucristo, en su humanidad, es Cuerpo y Alma. Sin embargo, yo veo apenas los reflejos del Alma en el Cuerpo, no veo el Alma. ¡Qué feliz sería yo si contemplase el Alma de Él directamente! ¡Cómo vería mejor su majestad y su santidad si pudiese ver su Alma, y no apenas su rostro divino!”

Y después dirá, más aún: “El Alma de Él es humana, y todo cuanto es humano es limitado. Debe haber algo infinitamente más grande que el Alma humana de Él, y que tiene una majestad, una santidad y una fuerza que, esas sí, concebidas en su último grado, llenan completamente mi alma. Para contemplarlas yo seré capaz de todos los esfuerzos, de todas las renuncias, de todos los sacrificios. Es la naturaleza divina de Él. Porque Dios es infinito, supremo, perfecto. Él tiene todo. Hay, por lo tanto, un Ser increado que fue el punto de partida de todas las cosas, que posee en un grado infinito aquello que yo comencé a considerar en el león de un modo finito.

Meditación con su periplo total

En este punto los ojos se vuelven nuevamente hacia el león, y la persona pasa a ver en él, en todos sus movimientos, en toda su sublimidad, reflejos creados de la naturaleza divina; un espejo de perfecciones inexcogitables e infinitas de Dios, de las cuales, no obstante, en cada movimiento del león se puede tener cierta idea. Porque, al contemplar eso y preguntarse cómo sería en grado infinito, queda en el fondo del alma algo indecible, objeto de una meditación propiamente religiosa, que le da la verdadera apetencia del Cielo.

Esta es la fase religiosa y final de la meditación. Es un tipo de meditación característicamente de la cuarta vía de Santo Tomás de Aquino1 que, a través de un ente creado, nos eleva hasta el Cielo, pero después nos hace volver a los entes creados para ir degustándolos como gozos anticipados del Paraíso, ocasiones para que sintamos una pregustación del Cielo. Así llevamos la vida cercados de cosas palpables y visibles, siempre considerando las cosas impalpables, supremas e invisibles que ellas representan.

Yo tengo, entonces, al león; por encima de él está el Rey; por encima del Rey los ángeles, Nuestra Señora; e infinitamente arriba de Nuestra Señora, Nuestro Señor Jesucristo, y en Nuestro Señor Jesucristo tengo al propio Dios.

Es decir, de esa forma yo hago todo un circuito. Y comprendo perfectamente que en el Reino de María haya, por ejemplo, una iglesia consagrada a Nuestro Señor Jesucristo, donde existiese, quizás del lado de afuera, en la plaza pública, un león heráldico, escultura tal vez fundida en oro, en la base de la cual estuviese escrito: “Imagen del León de Judá”. Sé que esa escultura dejaría a mucha gente furiosa, pero eso sería exactamente hacer una meditación con su periplo total.

La gracia de ver los imponderables de la Creación

Es propio de la naturaleza humana desear llevar una vida agradable sobre la Tierra. Yo les puedo garantizar que nada, en el sentido más estricto de la palabra, hace la vida tan agradable e interesante, cuanto vivirla así. Un hombre que no vive de ese modo está para quien vive peor que un ciego con relación a quien ve normalmente. Y mucho peor, ni hay comparación.

Podríamos encerrar estas consideraciones con la siguiente súplica a Nuestra Señora:

¡Oh María, Esposa Inmaculada del Espíritu Santo!, dadme la gracia de ver los imponderables de la Creación, de enlevarme2 con ellos y de así ser impelido, por un amor desinteresado, a la contemplación de las perfecciones que el alma humana posee por la naturaleza y por la gracia.

Hacedme subir de esa consideración a la de la naturaleza angélica, puramente espiritual y, por fin, a la de vuestro Divino Hijo, que en su humanidad santísima es el ápice y la síntesis de toda la Creación. Hacedme, enseguida, por un vuelo aún más vigoroso de despretensión3 y de enlevo, fijar mi mente en la consideración de la propia esencia divina, de la cual toda la Creación es imagen o semejanza, de tal manera que, analizando después las criaturas, pueda gozar anticipadamente del Cielo, preparándome así para entrar en él y allí alabaros por toda la eternidad.

1) Cf. Suma Teológica I, q. 2, a. 3.

2) De la palabra portuguesa enlevo, que significa elevación o vuelo de alma o del espíritu, encanto, éxtasis, arrobamiento, deleite, maravillamiento.

3) De la palabra portuguesa despretensão, significa ausencia de pretensión, modestia, humildad.


(Revista Dr. Plinio, No. 252, marzo de 2019, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 5.1.1973).

Last Updated on Monday, 11 March 2019 02:57