El león, símbolo de santidad, majestad y fuerza I

Analizando un león heráldico, el Dr. Plinio demuestra cómo, a través de un ente creado, nos elevamos a consideraciones de carácter metafísico y sobrenatural, reconociendo símbolos de realidades espirituales en los seres materiales.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Uno de los modos por los cuales podemos hacer apostolado hoy en día, es llevar las almas hacia la consideración de la cuarta vía de Santo Tomás de Aquino1.

Cómo abordar el tema

Hay, sin embargo, una dificultad que consiste en lo siguiente: algunos espíritus son muy sensibles a eso, otros, por el contrario, son poco sensibles. Sin duda, esa insensibilidad es producida en parte por la Revolución, pero también por determinadas características legítimas del espíritu humano, que debemos tomar en consideración.

Existen personas que saben ver muy bien los reflejos de Dios en un arte determinado, pero no en otro. Por ejemplo, son muy sensibles a lo que un fenómeno sonoro refleje de Dios, pero menos sensibles a los fenómenos cromáticos. Otros tienen una gran sensibilidad al elemento olfativo, a los cuales el perfume les dice extraordinariamente. Otros serán aún más sensibles a una producción literaria. Y así por delante.

Es decir, hay legítimas diferencias de espíritu en la consideración de la cuarta vía, lo cual ya establece una primera dificultad para abordar el tema. Además, hay demostraciones erradas que habituaron los espíritus a considerar las cosas de un modo equivocado.

No disponiendo en el momento de músicas ni de perfumes, me pareció adecuado hacer una exposición de la cuarta vía basada en la heráldica, disciplina nacida en la Edad Media, que, a través de señales y símbolos, expresa determinadas realidades referentes a la vida de un individuo, de una familia, provincia, nación, institución, en fin, de cualquier entidad que se pueda concebir.

Analicemos el estandarte que tenemos delante de nosotros. Comienzo por decir cómo no debe ser considerado el símbolo que lo compone: el león es el más fuerte de los animales; por lo tanto, es legítimo que él haya sido escogido como símbolo de la fortaleza. La sangre derramada por el hombre es una manifestación del martirio y de la dedicación. De manera que es legítimo que, cuando se quiera simbolizar el coraje llevado hasta el límite del heroísmo del mártir o del guerrero, se use ese color. Entonces, por esas razones nuestro estandarte habla de combatividad y de heroísmo: la combatividad del león y el heroísmo de quien vierte su sangre por la causa que defiende.

Ese es el modo por el cual el asunto no debe ser examinado. No está equivocado decir eso, pero no es bajo ese aspecto que el tema debe ser abordado.

El león heráldico, quintaesencia de todos los leones

El león es un animal cuya figura fue acogida y manipulada por los dibujantes de heráldica, que procuraron hacer un león evidentemente parecido con el que se ve en las selvas, pero en el cual los trazos característicos fueron acentuados, de tal manera que fuesen, por así decir, estilizados. Estilización es tomar lo característico y representarlo de un modo acentuado.

En nuestro estandarte, por ejemplo, vemos que los trazos característicos del león fueron acentuados por los heraldistas. Es, por lo tanto, destacar algo que no todo león tiene e incluso muy pocos leones poseerán, por un efecto del arte, de tal manera que modele un león que es, al mismo tiempo, la quintaesencia de todos los leones. Un león exactamente así no existe en ningún lugar. En otras palabras, es un león ultrarreal, por un lado, pues lo que hay más real en el león está expresado ahí; pero, por otro lado, es irreal porque ningún león es realmente así.

Este león, así modelado, puede ser considerado como símbolo de un determinado tipo de fuerza, no por parecerse a un animal salvaje, sino por otra idea. Hay diversos animales en la naturaleza que pueden simbolizar la fuerza: el águila, la anaconda que estrangula un cordero y se lo come, el toro, el elefante, el rinoceronte. Pero ningún animal simboliza el tipo de fuerza simbolizada por el león.

Tomemos, por ejemplo, el rinoceronte. Es un animal feo, sin ninguna arquitectura. Su figura es una masa de carne cargada por unas patas furibundas que dan coces estúpidamente. Tiene una agresividad ordinaria, de bar. Es la fuerza bruta en su estupidez.

El león representa, ante todo, una fuerza suprema en la órbita en la cual se mueve. Sin embargo, él es el primero no apenas por ser el más fuerte, sino porque es el más glorioso. Él tiene su cabeza cercada por un halo de gloria, porque la melena no se compone de pelos desordenados como los del rinoceronte o del búfalo, no son pelos llenos de bichos, de pedazos de barro, ni nada de eso, sino limpios. El león es un animal de corte, bien arreglado; sus pelos caen como deben caer y forman una especie de aureola medio áurea en torno de él. Él se mueve y los meneos de su cabeza son cercados por los movimientos prestigiosos de su melena.

Su mirada es directa y tritura aún antes de que las mandíbulas hayan triturado, dando la idea de que su fuerza está en el alma más que en el cuerpo, lo cual es propiamente la fuerza bien ordenada. Es la fuerza de espíritu que mueve la del cuerpo. Y no es una fuerza del cuerpo imbécil, gobernada por un espíritu insuficiente para regirla; eso es una degradación, una supremacía de la materia sobre el espíritu.

El león se mueve lleno de victoria

Me dijeron que el león no alcanza a ver cosas pequeñas, sólo las grandes. Eso que podría parecer una insuficiencia tiene también su aspecto simbólico. Hay un proverbio latino que dice: Aquila non capit muscas – El águila no coge moscas –. El león no mira cosas pequeñas. Hay otros animales que cuidan de ellas; él es hecho para las cosas grandes, es superior en todo.

El hocico del león es vilmente achatado, no tiene ni una sola punta aguda. Tiene una noble elevación que va bien con la conformidad de la faz, cubre enteramente la mandíbula que aprieta sin nerviosismo, y quiebra y come con la naturalidad con la cual uno de nosotros comería, por ejemplo, una sardina. Así hará la mandíbula del león con el hueso de un animal considerable. Él tritura y, más aún, pasa majestuosamente su lengua rubra, bonita, por aquellos labios grandes. La lengua hace una vuelta elegante, moviéndose con belleza, mientras él engulle. Después el león cierra la boca y entra en una especie de quietud: “Ahora digeriré.”. Está terminada la masticación, la lucha; la deglución ya tiene algo del reposo, enseguida viene la digestión majestuosa, con la serenidad de la victoria conquistada. El león se mueve en espacios vacíos de criaturas, lleno de victoria; y su reposo está repleto de reflejos áureos.

Delicadeza y fuerza

El paso del león es dominador, aunque no es el dominio estúpido con el cual un elefante aplasta una hormiga. Es una catástrofe para la hormiga. Aquella montaña de carne achatando vilmente un pequeño insecto lleno de complejidades y de organicidad. Es la derrota de la sutileza delante del hecho consumando, estúpido y brutal.

El león, no. Sus patas no fueron hechas para aplastar, sino para andar, correr y saltar. De tal manera que él salta con cierta delicadeza. No, empero, la delicadeza del frágil. Una de las bellezas del león es el modo por el cual él alía la delicadeza a la fuerza. La forma en que la pata del león pisa el suelo es todo un movimiento muscular lindo. Él adelanta la pata y toma posesión del suelo, sin aplastarlo; cría una soberanía de algunos centímetros en torno a la pata, simplemente por el hecho de posar sobre ella. Y después aquella pata se encoge y le da apoyo. Se ve el servicio que la pata presta; cargar aquella masa vigorosa. Pero cuando él se equilibró enteramente, la pata ya está distendida y lista para caminar. Y eso sigue así, en una conquista progresiva de los espacios desocupados, con una verdadera belleza metódica, serena, que no admite discusión. Y cuando llega la hora del león correr es diferente. Porque ahí aparece algo de zorro dentro del león. Él se vuelve perspicaz, se inflama todo, comienza a trotar preocupado y ávido. Cada vez que se aproxima más, la mirada ya va fijando y engullendo lo que las patas todavía no alcanzan. El ataque es regio porque en ese momento él se convierte en un bípedo. Y entra con toda su estatura.

Vemos en esa figura heráldica al león que levanta las patas y ya va a agarrar, pero cada pata se transforma en una espada, en un arma. Con las garras así erguidas está hecho el asalto, con una especie de indignación tan majestuosa y recta que se diría que el león está indignado contra quien osó no someterse a él. Esa actitud tiene algo de regio. Así debería haber recibido Luis XVI a las multitudes rebeladas que atacaron el Palacio de Versalles.

El cuerpo del león tiene eso de tan bonito, que nuestros estandartes reproducen bastante bien. El león es tan arquitectónico que posee como dos zonas distintas del cuerpo: la zona felpuda de la cabeza es la fachada del león. Así como un predio posee otras alas además de la fachada, el cuerpo del león tiene una parte enteramente raspada y lisa, de tal forma que, a medida que va llegando hacia atrás, se adelgaza. En él el pecho es más sobresaliente. La otra parte del cuerpo se va haciendo más delgada hasta las patas traseras, que ya participan del ímpetu del combate. Casi no se percibe que las funciones digestivas ocupen una parte del cuerpo del león. Todo él es una máquina de guerra, en que la fisiología pasa por ser una cosa más o menos irreal. Ni se piensa en fisiología cuando se ve a un león andando. Él parece flotar por encima de las contingencias fisiológicas, tan espléndido es.

La cola del león fue aprovechada en nuestro estandarte para ser un ornato más. La cola es frecuentemente fea en los animales. Solo hay dos tipos de animales en los cuales la cola es bonita: el caballo y cierto género de pájaros, comenzando por el pavo real, naturalmente. Esa ave me encanta. La mentalidad moderna rechaza los pavos reales, pues para ella son el símbolo del fausto inútil que no trabaja, de la cosa preciosa que vale poco dinero. Si la cola del pavo real fuese hecha de cheques, ese género de personas la comprendería mejor, pero siendo de plumas tan vistosas y bonitas, ¿qué puede valer?

El artista que representó ese león según la tradición heráldica aprovechó la cola del animal como una manifestación más de gallardía. Yo quise realzar esa gallardía, de tal forma que la cola quedase un poco encima de la cabeza, dando la idea de triunfo. Es decir, incluso aquello que se arrastra normalmente por el suelo, el león tiene la vitalidad para levantar de un modo noble, representando casi una flámula o una bandera, que él carga para dar la idea de la liviandad de sus recursos, después de haber dado la idea de toda la majestad de su “personalidad”.

(Continúa en un próximo artículo)

1) Cfr. Suma Teológica I, q. 2, a. 3.


(Revista Dr. Plinio, No. 151, febrero de 2019, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 5.1.1973).

Last Updated on Monday, 11 March 2019 02:53