Los instintos y el amor a lo maravilloso

El hombre posee instintos en los cuales, debido al pecado original, hay algo de desordenado. Para conseguir la ordenación natural de los instintos es necesaria una especie de educación y propensión por lo maravilloso. Esa es propiamente la vía por la cual las almas caminan en el amor de Dios.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Por ser un animal racional, el hombre tiene dos juegos de los instintos: los del cuerpo y los del alma. Los instintos del alma son mucho más nobles que los del cuerpo, aunque estos ejerzan una influencia sobre aquellos. Basta ver, por ejemplo, el instinto de conservación, tal como existe en el animal y en el hombre.

Los instintos del cuerpo se conjugan con los del alma

Al tener noticia de una cosa que le es nociva, el animal huye o avanza. Eso es mucho menos noble que lo que hace el hombre, que conoce por qué eso es nocivo, y estudia el modo de avanzar y de retroceder.

En el hombre, por causa de nuestra naturaleza espiritual y animal, los instintos del cuerpo se conjugan con los del alma formando un movimiento armónico, aunque compuesto de elementos diversos. No es, por lo tanto, como si fuese un solo tipo de instinto.

Comencemos por estudiar los instintos del cuerpo para después analizar su efecto en los del alma. Después, consideraremos la relación de ellos con la temperancia y la intemperancia.

Con nosotros sucede un fenómeno que no se da con los animales. Por no haber sido afectado por el pecado original, el animal tiene instintos siempre armónicos. No se conoce un animal – excepto si está loco – que proceda de un modo contrario a sus instintos. Estos son siempre equilibrados y, casi se diría, mecánicos, mientras que en el hombre los instintos son desequilibrados y difíciles.

Tomemos como ejemplo, en un hombre, la tendencia al reposo. Ese instinto existe de manera diferente en los diferentes cuerpos humanos, de tal manera que se puede decir que, en cada hombre, hay una peculiaridad determinada, por donde el modo de reposar nunca se repitió ni se repetirá en ningún otro hombre, lo cual corresponde a las apetencias y, en ese sentido, a los instintos de su cuerpo, así como también por conexión, a los instintos del alma.

Yo conocí un individuo con una naturaleza tan plácida en algunos aspectos, que no se movía durante el sueño en toda la noche. Él me dijo que había hecho varias experiencias de, antes de acostarse, en la noche, coger una parte del pañuelo, formar un mechón y sostenerlo con la mano. A la mañana siguiente, cuando él se despertaba, el mismo mechón estaba intacto. Quien lo conoció notaba que eso estaba muy presente en la forma de ser de él. Mientras él dormía, era un instinto animal que estaba imperando, exclusivamente. Pero algo de eso correspondía al alma, por donde él llevaba una vida muy calma, tranquila y metódica, con modos y gestos pacatos. Se ve que el cuerpo tiene cierto juego de instintos diferente, aunque condicionado al alma.

Represión o estímulo a ciertas apetencias

En función de eso, algunas cosas pueden causar bien al instinto del cuerpo porque lo estimulan, y otras por hacerle contrapeso sirviendo como correctivo. Por ejemplo, es posible que un hombre exageradamente fogoso, por instinto, sea propenso a frecuentar ambientes con penumbras, a tomar mucho helado, a vestirse con el cuello de la camisa bastante amplio. Por otro lado, alguien muy indolente puede recibir un “chicotazo” al tomar determinado tipo de bebidas. Así, a uno el instinto le pide la penumbra, a otro el licor.

Sin embargo, es posible que suceda que, para corregir una carencia o estimular alguna apetencia, el instinto induzca a una persona a una exageración, que puede llevarla a la intemperancia, o ya constituya, de por sí, una punta de intemperancia.

Yo puedo admitir, por ejemplo, que una persona muy débil, obligada a enfrentar condiciones de vida difíciles, se sienta muy estimulada tomando Cointreau. Ahora bien, se puede concebir que un hombre, sintiéndose dignificado y más varonil después de haber tomado un sorbo de Cointreau, quede enviciado con ese licor a partir de ahí. No se trata apenas del borracho por el gusto de beber, sino por una razón más compleja, más delicada: un buen movimiento por donde él procura completarse con el Cointreau. Ese buen movimiento lo lleva a exagerar la dosis.

Tenemos, así, al contrario del animal, instintos en los cuales siempre alguna cosa está desordenada y pide una represión o un estímulo. Por consiguiente, el recurso a determinados agentes para reprimir o estimular determinadas apetencias le da al hombre un deleite en el uso de esos agentes, cuyo gusto puede conducirlo a la exageración.

Sin duda, muchas veces el individuo adquiere un vicio de aquello que su naturaleza no necesita. Por ejemplo, en una rueda de niños queda bien fumar, y él es el único que no fuma. Entonces comienza a fumar. A partir de ese momento, él se habitúa al deleite proporcionado por el cigarrillo, hacia el cual no tenía apetencia hasta entonces. Se trata, por lo tanto, de una simple degustación a la cual él se habituó inútilmente por un acto de servilismo al ambiente donde estaba. En ese caso no notamos nada de noble en el origen de ese vicio.

No obstante, creo que en muchos casos, cuando se habla del mero borracho, tal vez se pudiese afirmar la existencia de algo razonable en el origen de la borrachera, pero, por haberse destemperado y deshecho el elemento razonable, entró el mal.

Hay instintos más afectados por el pecado original

Eso tiene su efecto práctico: si vemos que un hombre cae en la intemperancia por un motivo originalmente bueno, para él es una ayuda explicarle qué sucedió. No es, por lo tanto, una simple reprensión: “¡Borracho, cretino, asqueroso!”, sino un auxilio.

¿Cuál es la ventaja de esa ayuda, para él?

Como él percibe que no todo cuanto le están recriminando es malo, guarda una especie de reserva contra la reprensión que está recibiendo, como quien dice: “Uds. no comprenden bien, pero eso es bueno por un lado. Luego, no puedo aceptar esa reprensión por entero.” Y por no poder aceptarla enteramente, toma eso como un pretexto para continuar en su vicio.

Quien lo ayude, debe quitarle el pretexto, diciendo: “Por ese lado, eso podría ser bueno, pero si Ud. se desvió y por eso llegó a ese punto…”

Sucede que en nosotros, seres humanos, hay uno o más instintos especialmente afectados por el pecado original. A medida que el hombre peca con esos instintos, va, como consecuencia, desequilibrando todos los otros.

El juego temperamental del hombre es como gotas de cristal

Hay una especie de ornato de origen chino, llamado gotas de cristal, que se cuelga en los lustres, constituido por un sistema de pequeñas palancas y pequeñas astas, hechas con un material delicado que imita el cristal. Ese adorno está calculado de tal manera que un viento, al golpear cualquier punto de ese sistema de palancas, mueve todas las astas y se inicia una “danza” siempre diferente de la anterior.

El juego temperamental de un hombre es como las gotas de cristal. Si en algún punto él consintió que fuese empujado, todas las partes de las gotas de cristal se comienzan a mover. Y, por un consentimiento a un instinto desordenado, entra la espiral de una especie de desequilibrio total.

Decir que, por el contrario, la experiencia demuestra que hay personas equilibradísimas en ciertos puntos, aunque desequilibradas en otros, no corresponde a la realidad. Pueden existir algunos puntos menos desequilibrados que otros; pero, donde se instaló el desequilibrio, el sistema corrosivo de todos los desequilibrios comienza a aparecer. Y, a la manera de una infección que se instala en un miembro, tarde o temprano, si no es dominada, acaba gangrenando todo el cuerpo.

El problema es tener la integridad, yo casi diría, la pureza de no consentir en nada. Porque en un punto donde se consienta en un desequilibrio, todo el mecanismo se altera. Entonces comienza una batalla para conservar el equilibrio aquí, allá y más allá. Sería más o menos como un hombre que empuja las gotas de cristal, y yo quisiese sostener con la mano todas las otras partes para que no se muevan. ¡No se puede! Mientras un hombre esté moviendo eso, no hay ninguna mano que sostenga todas las otras partes.

Entonces, o el individuo está en un estado en el cual ejerce sobre los instintos una vigilancia completa, o tarde o temprano comienza a rodar hacia intemperancias progresivas que pueden tomar – y muchas veces toman – proporciones asustadoras.

Equilibrio implícito de los instintos

Delante de esa descripción, la persona se siente más o menos desconcertada y dice: “Yo no detengo eso. Lo deseable es detenerlo y es una miseria no hacerlo; reconozco que tengo culpa al no detenerlo, pero no me pidan eso porque es un trabajo tan heroico, tan hercúleo y constante, que no tengo fuerzas.”

Ahora bien, el alma fuertemente habituada a considerar las bellezas metafísicas, transesféricas1, vuelta fuertemente hacia el Absoluto y hacia lo sobrenatural, tiene una actitud – instintiva también – de oposición a los desequilibrios. Eso le ofrece al individuo la posibilidad de no hacer de cada represión al instinto una cacería consciente, sino que le da una actitud de equilibrio implícito, que es el primer equilibrio delante del primer desequilibrio. Doy un ejemplo:

Imaginen a un hombre que está viajando a bordo de un navío que se está balanceando mucho. Si él tiene su juego de instintos bien hecho, aun cuando esté de pie y conversando con alguien sobre una noticia del periódico, basta que el navío comience a moverse que su cuerpo va haciendo contrapeso sin que él esté pensando en eso.

En esa situación, si sucede un movimiento más fuerte, que exija más atención, él ya está mucho más adelantado en la represión a la caída, que un hombre que solo se dará cuenta de la sacudida del navío cuando ya casi se haya ido al piso. Eso porque, en este segundo caso, la tendencia de los instintos hacia el equilibrio es muy débil, está habitualmente como un bulto de carga. Resultado: hasta movilizarse, él no aguanta.

Así, el equilibrio moral y el psicológico comportan esa posición. Uno es el hombre dotado del sentido de lo maravilloso, quien, delante de todo lo que lo desequilibra, toma instintivamente esa postura y tiene una prevención contra el desequilibrio más fuerte y serio, lo cual constituye la condición para la victoria. Por el contrario, el hombre descuidado, que no está vuelto hacia lo maravilloso, tiene una condición previa de pereza para entregarse, y, por lo tanto, resistirá mal a la fuerza del juego de los instintos.

Otro elemento para considerar – una cosa mucho más adquirida que innata – es la buena educación. Al hacerse instintiva, la buena educación lleva al individuo a notar enseguida cuándo no está agradando y, espontáneamente, a tomar una posición acertada delante de la persona con quien está tratando, para agradarla. Por el contrario, quien no tiene esa formación, va desagradando, cometiendo equivocaciones, haciendo disparates, y si le dicen:

– ¡Ponga más atención en lo que dice!

Él responde:

– ¡No consigo! O trato el tema del cual estoy hablando, o cuido de sus “jueguitos” sobre el modo de coger los cubiertos, etc. Tratar una cosa seria y al mismo tiempo manosear con distinción y elegancia una tacita de café o cortar bien una carne, no lo hago. No es posible.

¿Por qué? Porque el juego de los instintos no fue bien ajustado. En último análisis, porque el gusto de lo maravilloso, de lo trascendental, del absoluto no dominó su alma. Si la domina, todo eso, por un movimiento espontáneo, va tomando posición.

Ordenación natural de los instintos y sentido de lo maravilloso

Nosotros deberíamos conocer el juego de nuestros propios instintos a partir de la posesión habitual del mayor interés, del gusto por lo maravilloso.

Cuando el alma se da a lo maravilloso, el efecto propio de este último es hacer volver la apetencia de todos los instintos – que de algún modo se satisfacen con lo maravilloso – hacia ese punto maravilloso. De tal manera que sólo en aquello que los instintos tienen de bajo son incompatibles con lo maravilloso. En todo el resto no lo son.

Tomen, por ejemplo, a un niño con el sentido de lo maravilloso muy desarrollado que, habiendo recibido objetos hechos de madreperla, está jugando encantadísimo. Si alguien quisiese tener con él una conversación muy banal sobre mecánica, eso no le hará mal a su alma, porque él está tan vuelto hacia cosas más altas, que podrá oír esa conversación por amabilidad, por afabilidad, e incluso poner dos o tres preguntas sobre el asunto, pero su corazón no estará en aquello. Si le sugiriesen renunciar a jugar con sus madreperlas para asistir a una competencia de automóviles, la fiebre por la velocidad no le dice nada, porque prefiere el gusto por ver las madreperlas.

Eso porque, al conocer algo muy maravilloso, somos llevados a amar por conexión, o a estar abiertos a otra serie de cosas maravillosas que no conocemos. Es un universo. Esas maravillas de tal manera desdoblan nuestras apetencias armónica y ordenadamente, que la tendencia hacia las cosas más bajas decae mucho.

Es una ordenación natural de los instintos que proviene del amor a lo maravilloso. Esa especie de educación y propensión hacia lo maravilloso, ante todo por lo maravilloso moral, aunque también por el artístico y por todas las formas de maravilloso que, por así decir, suelda al hombre a lo maravilloso, es propiamente la vía por la cual las almas caminan en el amor a Dios.

1) Relativo a la “transesfera”. Término creado por el Dr. Plinio para significar que, por encima de las realidades visibles, existen las invisibles. Las primeras constituyen la esfera, o sea, el universo material; y las invisibles, la transesfera.


(Revista Dr. Plinio, No. 140, marzo de 2018, pp. 19-23, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 9.4.1986).

Last Updated on Thursday, 07 February 2019 16:42