¡Hombres que son como torres!

Una bella torre medieval puesta al lado de un simple edificio tiene la capacidad de resaltar la belleza y aumentar la importancia de este último. El Dr. Plinio, con un sentido agudo de las reversibilidades, transpone este principio para el papel de ciertos hombres en la Historia.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

No raras veces nos encantamos al considerar los admirables monumentos de la arquitectura gótica como, por ejemplo, una torre audaz e imponente de una catedral o de un castillo.

Hay un principio peculiar que, aplicado en esas circunstancias, resulta infalible: cualquier cosa puesta en torno a esas altivas edificaciones, por poca belleza que tenga, parece tomar un esplendor inusual, aunque sea despropor-cionado en algo al monumento que la sustenta.

La belleza de una torre está ligada a varios factores: las proporciones entre el ancho y la altura, el tamaño de su base y la manera de su acabado. Cuando esas proporciones están armonizadas entre sí, hay una bella torre. Sobre todo, cuando es hecha de un material valioso como el granito, de piedras resistentes y duraderas, la torre entonces lucra todavía más en esplendor.

Imaginemos la inmensa torre de una catedral en construcción. Tan pronto la torre está enteramente terminada, lo restante de la construcción aún está por hacerse y, por eso, casi no hay nada edificado a su alrededor. Sin embargo, una primera capilla pequeñita, esbozo de la futura construcción imponente, se levanta como acogida junto a la torre. Aunque la torre sea enorme en relación con la pequeña capilla, existe un juego de proporciones por el cual la capillita queda encantadora apoyada en la torre monumental: ¡es el esplendor de la desproporción!

También podríamos imaginar una construcción de tamaño medio, que tuviese alguna proporción con la torre y, de algún modo, la complementase. Este edificio, caso no hubiese la torre, sería común, pero como está al lado de un torreón imponente, adquiere una belleza y un encanto propios. La torre lo realza, pero, de cierta forma, él también realza a la torre.

Tomado un elemento muy bello, por menor que sea la belleza de los otros que lo circundan, el primero esparce en torno de sí su grandiosidad.

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Lo que sucede con torres en la arquitectura, también sucede en la Historia con personajes. Aparecen en la Historia ciertos personajes que son como torres. Algunos son delgados y se elevan con finura, inteligencia y sutileza, como minaretes. Otros, por el contrario, son robustos y fuertes, pareciendo garras que se elevan hasta el Cielo. Otros, por fin, son proporcionados, nobles, equilibrados y parecen marcar la cadencia de los tiempos y el orden de las cosas, como el Emperador Carlomagno.

El Gran Carlos es la gran torre a partir de la cual se construyó toda la muralla del Occidente Cristiano. Respetado por todos los hombres – incluso por aquellos que lo odiaban –, él realzó las cualidades de sus súbditos. Roland, Olivier, Turpin… tantos otros, fueron todo cuanto les cupo ser porque estaban junto a él. Es verdad que la gloria de él se enriqueció con los hechos de sus hombres. Sin embargo, lo que él proporcionó a los suyos fue mucho más que lo que recibió de ellos. Él no es célebre por causa de los otros, sino que los otros son célebres por causa de él. Y de él se irradia una luz determinada que cubre su siglo y su entourage con esplendor.

Se puede decir, en un nivel más modesto, que hay grandes personajes que aparecen en la Historia de un pueblo, de los cuales se tiene la impresión de que todas las fuerzas vivas de la nación contribuyeron para producir aquella figura; no obstante, cuando pase su época, la nación entrará en un período de “cansancio”, tal fue el esfuerzo empleado para acompañarla. Durante algún tiempo, la nación vivirá agradablemente de la gloria del pasado. Hasta que – siendo una nación amada por Dios – aparezcan nuevamente personajes sobresalientes.

En la esfera sobrenatural eso también ocurre: en determinado lugar, la Providencia suscita repentinamente a un santo. Este se yergue admirablemente como un padrón de perfección espiritual para determinada época; él, por así decir, personifica la virtud de su era.

Esto es de tal manera así, que, cuando entra en escena alguien que tuvo un contacto especial con uno de esos santos, las personas dirán: “Él fue discípulo de San Tal”, o entonces: “a este, San Fulano lo tocó con la mano en la cabeza cuando era pequeño”. Son repercusiones y resonancias que se multiplican por los siglos, de aquella santidad, haciendo que las figuras o los recuerdos religiosos más augustos queden ligados entre sí a aquella figura sobresaliente.

Así son los personajes capaces de personificar torres. Son construcciones seguras en las cuales los hombres de su época se pueden apoyar, tomándolos como guías seguros y fuertes.


(Revista Dr. Plinio, No. 144, marzo de 2010, pp. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 21.12.1984).

Last Updated on Friday, 01 February 2019 02:26