Consideraciones sobre la Sagrada Faz

Algunas representaciones de Nuestro Señor existentes en las catacumbas no se parecen a Él. Poco a poco, la piedad católica compuso la Faz del Redentor y cuando encontraron el Santo Sudario, confirió impresionantemente. En la Sagrada Faz, conforme se analice, están insinuadas todas las formas posibles de belleza de la cruz.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

Analizando el rostro humano, notamos que él se compone de dos líneas. Una línea parte de la frente y baja hasta la base del mentón, de tal manera que toda la horizontalidad de las cejas, de los labios y del mentón es recorrida sutilmente por una verticalidad.

El rostro humano tiene aspecto de cruz

Esa idea de horizontalidad es acentuada por las orejas, ¡que tienen en el aspecto del hombre una importancia que nadie imagina! Porque es solo un individuo no tener una oreja, que todo el mundo lo nota. Si no tiene las dos orejas, ¡brame! Ninguno de nosotros miró hoy las orejas de los otros, pero es solo que aparezca uno sin una oreja, que se nota inmediatamente, porque completa la fisionomía de un modo imponderable, interesante, inesperado.

Se trata de saber cuál es la altura ideal que en el rostro humano debe tener la línea horizontal para completar la perpendicular, y dar ese aspecto de cruz que tiene el rostro humano.

Podríamos imaginar cruces bonitas con el travesaño horizontal en diversas alturas. Y ese mismo principio está enunciado de un modo interesante por el rostro humano, creando varias alturas de la intersección de la cruz. Podemos imaginar una cruz bonita con el brazo encima, casi en forma de “T”; o más cercana a la mitad, con tanto que no pase de cierto punto, pues dejaría de ser una cruz en la posición normal y pasaría a ser la cruz de San Pedro. Depende de cierta proporción entre el tamaño y la anchura para indicar dónde debe quedar la altura.

La armonía del rostro humano tiene mucha relación con eso. Esos individuos que interpretan los trazos del rostro humano, etc., piensan que la armonía consiste solo en tomar esculturalmente cada trazo y ver si es bonito. Pero eso da la belleza, no el charme. El charme es dado, en el fondo, por esa proporción. Y siempre que se encuentra un rostro con cierta expresión o cierto charme, se debe procurar eso, porque en el fondo se encuentra. Es inclusive un ejercicio interesante procurar el charme dentro de la fisionomía.

Vemos descripciones de montañas, de panoramas bonitos, y después exclamaciones: “¡Cómo Dios es sabio! ¡Cómo fue bueno al haber creado eso…!” Concuerdo perfectamente, pero ¿por qué no hablan del rostro humano, que vale mucho más que cualquier montaña? El más reventado de los rostros humanos contiene más elementos de belleza que una montaña linda. El hombre es el rey de la Creación, el resto es una ralea en comparación con él. Cualquier hombre que quisiese, sabría poner en relieve algún rincón de su alma por donde él tuviese más dignidad que el Himalaya, el cual es, al fin de cuentas, una inmensa trocha de tierra y de piedras.

En la Sagrada Faz están insinuadas todas las formas posibles de belleza de la cruz

Yo tengo la impresión de que es imposible desvendar cuál es la proporción de la Sagrada Faz, porque todo es calculado de tal manera que dentro de la discreción de ella nada está adornado. Están insinuadas todas las formas posibles de la cruz, conforme se analice.

Imaginen que nos diesen una imagen de la Sagrada Faz en la cual faltase apenas trazar las cejas; y uno de nosotros debería hacer ese trazo. Yo quedaría muy dudoso. ¿Dónde poner las cejas ideales para la Sagrada Faz? ¿Cómo diseñarlas? ¿Arqueadas? ¿Rectas? ¿De qué forma?

Presten atención, ellas están presentes en la Sagrada Faz de manera tan discreta, que ni siquiera recordamos el problema de las cejas. Pero en todas hay un mismo tacto que indica la misma cosa y que guía por una tradición de piedad y de buen gusto a los autores. Y que indica una forma.

Al mismo tiempo, la barba aumenta la línea perpendicular. Mientras el cabello caído y desdoblándose a los lados parece aumentar la línea horizontal. ¡Entonces hay posibilidades de horizontales dentro de eso a perder de vista! Es una maravilla de cruces.

La Sagrada Faz tiene también esto de insondable: miremos en las catacumbas las representaciones de Nuestro Señor, y algunas no se parecen a Él. Por ejemplo, la pintura del Buen Pastor representa a un pastor cualquiera del campo romano con una oveja en la espalda. Es digno, estoy lejos de despreciarla, pero no es la Faz de Él. Después, poco a poco, la piedad católica compuso la Faz de Nuestro Señor y, cuando encontraron el Santo Sudario, confirió impresionantemente.

La Faz de Él es tan perfecta, que cualquier expresión de la fisionomía que se quiera comunicarle – de tristeza, dolor, majestad, bondad o cualquier otra –, ¡con un pequeño gesto queda expresivísima! Son los opuestos armónicos. No hay faz que sea más expresiva y que menos necesite moverse para contener un mundo de expresiones, que la de Él.

Más aún: las actitudes del Cuerpo divino importan poco, porque la Sagrada Faz absorbe tanto la atención, que el resto queda casi como si fuese un busto. Se mira tanto la Faz, que no se pone bien atención sobre los pies divinos. Se presta, eso sí, alguna atención a las manos.

Dimensiones del universo y movimientos del alma humana

Teniendo esta noción, nos preguntamos qué hacer con la idea de Santo Tomás de Aquino, según la cual el círculo es la figura más perfecta, una vez que es el efecto que vuelve a su propia causa. Entonces podríamos preguntarnos si la cruz no es una figura más bonita. La cruz no es, propiamente, una figura geométrica continua, no es un triedro ni nada de eso, son dos palos. Pero contiene las dos dimensiones del universo y los dos movimientos del alma humana.

El alma humana encuentra un gusto específico en relacionarse hacia arriba y hacia abajo; y otro gusto especial en relacionarse hacia el lado: trascendencia y semejanza. Nadie puede vivir sin esas dos disposiciones de alma. Por ejemplo: alguien vive entre los inferiores y los superiores sin nunca encontrar un congénere, ¡y cuando lo encuentra hace una fiesta! Pero de una vida solo con un congénere, decimos: “¡Qué tedio!” Es de no poder soportarla, porque el alma humana pide, exactamente, esos dos movimientos.

Debe haber, entonces – aunque no tuve tiempo de reflexionar sobre eso –, en el fondo de la estética un principio por el cual se encuentra también en la naturaleza la presencia de la cruz como la cosa más bonita que existe.

Dada la forma esférica de la Tierra – ahora la cosa es muy improbable, estoy presentando pequeñas puntas de reflexión inacabada, apenas por el deseo de dar todo –, ¿se podría decir que el meridiano y el eje proyectados de cierto modo, su sombra en un plano daría una cruz? Es una pregunta que se podría hacer, pero es un poco laboriosa.

No obstante, ¿cómo se puede caracterizar eso en una Tierra esférica? Por qué, ¿eso no vale para cualquier punto de la esfera?

Me dijeron que hay estudios que demuestran que el centro de la Tierra está en el Santo Sepulcro. Me interesaría mucho saber si hay datos a ese respecto, ¡porque es una cosa magnífica! Cuando yo era pequeño, en las clases de Geografía se burlaban del concepto de la Edad Media, de que Jerusalén era el centro del mundo. Y se burlaban de la idea de la esfera, dando la objeción que indiqué. Y la objeción me dejaba perplejo, naturalmente no sabría cómo responder, pero internamente pensaba: “¡Demuestren como quieran, debe ser el centro, un día eso aparecerá!” De manera que me contenta saber eso, y la hipótesis que estaba lanzando va en la línea de las elucubraciones que yo hacía. Pero conocer el criterio según el cual eso es el centro me interesaría en el más alto grado. Serviría para otra serie de elucubraciones.

El dormir y el levantarse de Nuestro Señor

       El perfil moral de Nuestro Señor, a mi modo de ver, es inabarcable. Porque mirándolo – a propósito, también se da de un modo curioso con Nuestra Señora, cuya verdadera efigie no conocemos – tenemos la impresión de cómo la humanidad de Él, santísima, resplandece de divinidad. Es natural. Jesús es tan pleno, que en cualquier estado de alma en que esté, tenemos la impresión de que Él es aquello y solo aquello.

        Por ejemplo, imaginando a Nuestro Señor durmiendo en la barca, tenemos la impresión de un sueño que no es el de un animal, desmayado, sino el reposo del equilibrio perfecto del alma con el cuerpo. No es, por lo tanto, el sueño del que ronca, gesticula, se mueve, suda, grita. ¡Eso es una cosa horrorosa! Sino un sueño placidísimo, en el cual el alma se queda en una distensión agradable, tranquila, porque el cuerpo entero no se está moviendo y toda ella queda colocada bajo la mano de Dios. Y se tiene la impresión de un reposo, de una distensión y de una unión con el Padre Eterno y con el Divino Espíritu Santo en la inocencia del sueño, ¡algo de lo cual no se puede tener una idea! Se tiene el deseo, entonces, de decir: “Mire, creo que no lo van a despertar nunca, porque yo vivo de verlo dormir. ¡Yo tengo coraje para cualquier cosa, solo con verlo dormir!”

        En cierto momento los ángeles lo despiertan. ¿Ya pensaron qué es un despertar de Él? Sereno, tranquilo, abre los ojos… un caudal de comprensión de todo, y comienza a ejercer, enseguida, un poder con respecto a todas las cosas, con la naturalidad con la cual uno de nosotros mueve los brazos. Él se levanta, “los vientos y los mares le obedecen” (cf. Mc 4, 39). El erguirse de Nuestro Señor tiene que ser mil veces más hermoso que el erguirse del sol. ¡No hay comparación!

      Imagínenlo, por ejemplo, levantarse en la madrugada y uno de los apóstoles, que se levantó más temprano, está en la penumbra e imagina que no está siendo visto por Él, comienza a verlo en el momento en que Él está, en la apariencia, enteramente solo, y ahí comienza a moverse, de repente se levanta. Y Él aparece delante de nosotros, alto y majestuoso. ¡Nació el sol! Si el sol se pusiese a esa hora, si Él se levantase en el ocaso, yo diría: “¡El sol es una bola inútil! ¡Deja de hacer tus señales insignificantes, porque estás reducido a cero! ¡El sol nació aquí… va a ser de día porque Él se despertó! No me digan nada más, el resto es habladuría, ¡está acabado!”

Estados de alma del Redentor

         Veamos ahora los estados de alma.

        En la hora de la compasión tenemos la impresión de que Nuestro Señor es de tal forma compasión, que Él ni siquiera es capaz de tener otro sentimiento a no ser ese.

        Pero en el momento de la oración se tiene la impresión de que Él se aísla de todo y se queda en oración. Y si alguien a lo lejos lo viese rezar, podría decir: “La vida entera no haré otra oración sino repetir la de Él, porque después que lo vi rezar, no sé hacer otra cosa sino acordarme de eso y orar. ¿Qué son mis Padre Nuestros y mis Avemarías en comparación con la oración hecha por Él?! ¡Absolutamente nada!”

       De repente llega la acción. “¡Vamos al mar de Galilea!” ¡Pam! Es decir, ¡todo eso tiene tal grandeza, que Nuestro Señor, en cada actitud de alma, es como si fuese [solo] eso! Él es la acción, el sueño, la compasión, la cólera, la justicia. Aquella respuesta a los fariseos: “Entonces dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios…” (cf. Mc 12, 17). Se tiene la impresión de que ahí Él es de una argucia tal, que sus ojos resplandecieron de penetración. Ya en el primer brillo de la argucia nos ponemos de rodillas.

       Yo leí que algunos autores espirituales censuraron una actitud de San Pedro, que, si son todos, es censurable, pero si no es la totalidad de ellos, estoy del lado de los que la admiran. Aquel dicho de San Pedro a Jesús: “¡Apartaos de mí, Señor, porque no soy sino un miserable pecador!” (Lc 5, 8). Porque es tanta grandeza, tan infinita, que no tenemos idea: ¡está mucho más allá de lo que estamos afirmando! Se tiene ganas de decir: “Yo me descompongo, me arraso, me escurro como cera en el piso delante de tanta grandeza. Señor, apartaos de mí porque soy un miserable pecador. Pero no os apartéis demasiado porque sin veros muero…”

En Nuestra Señora hay algo parecido a lo que existe en su Divino Hijo

         ¿De qué manera vemos eso en Nuestra Señora?

      De un modo muy bonito. No sé si notaron que las invocaciones de Nuestra Señora son muy variadas, pero varias de ellas se repiten. Por ejemplo: Nuestra Señora Auxiliadora y Nuestra Señora del Amparo son la misma cosa. Nuestra Señora de la Salud y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Nuestra Señora de la Salud es Ella en cuanto socorriendo a los enfermos, por lo tanto, es una especificación del género Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. ¡Pero Nuestra Señora del Perpetuo Socorro es Auxiliadora y Amparo, pues está socorriendo!

        Pero cada una de las imágenes propias a cada una de esas invocaciones traduce una personalidad propia. De tal manera que Nuestra Señora en cuanto Genazzano, o en cuanto Auxiliadora, es como si fuesen personas distintas, armónicas, pero diferentes.

       La piedad popular se da cuenta de que había en Ella, en proporciones creadas, algo de lo que existe de parecido en su Divino Hijo. Y que en cada invocación Ella es tan plenamente, que juzgaríamos estar tratando con otra persona.

        En realidad, yo creo que si viésemos simplemente a Nuestra Señora, no aguantaríamos. Si Ella hiciese con nosotros lo que Nuestro Señor hizo en el Tabor, no soportaríamos, tal es el esplendor y la fuerza.

          Alguien dirá: “Pero en el Tabor hasta los apóstoles pidieron quedarse”.

         Es verdad, porque fue mostrado todo con una dulzura muy grande y con los contrapesos necesarios. Porque, de lo contrario, no aguantaban. Pues un hombre no aguanta la aparición de un ángel, si este no ayuda al hombre. Y el ángel de la guarda es la jerarquía menos elevada entre los ángeles. ¡Imaginen con Dios!

          Hagan, entonces, la retrospectiva.

La Santísima Virgen dando explicaciones al Niño Dios

     Imaginen a Nuestra Señora jugando con el Hijo, dirigiendo su adolescencia. El Hijo preguntándole con toda seriedad: “¿Cómo es esto? Explíqueme…” Y la Santísima Virgen sabe que Él es Dios y conoce infinitamente mejor que Ella. Pero Ella también sabe que la divinidad no comunica esa información a la humanidad de Él, porque quiere que esta la reciba de los labios de Ella. Imaginen a Nuestra Señora hablando…

      Para uno de nosotros eso es un impacto que no aguantaría. Si el Niño Jesús dijese: “¿Qué forma tiene la Tierra?” Diríamos: “¡Ah!, sí, ¿cómo es?, ¡es decir…!” Y así por delante, no saldría la explicación. Después comenzaríamos a mirarlo y a quedar intimidados: “Siendo Él tan infinitamente superior, ¿qué va a pensar de la banalidad que le voy a decir? ¡Ni siquiera tengo coraje de presentarme delante de Él!

     Nuestra Señora, con toda tranquilidad, dice: “Hijo mío…”, y da la explicación angélica. Él hace dos o tres preguntas más y Ella casi se desmaya de encanto delante de la sabiduría de sus indagaciones. Después Él agradece y va a jugar…


(Revista Dr. Plinio, No. 250, enero de 2019, pp. 10-15, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 28.5.1980).

Last Updated on Thursday, 10 January 2019 22:31