La Civilización Europea

El Dr. Plinio amaba a Europa de tal modo, que, si viajase allá en barco, tendría el deseo de besar el suelo del muelle del primer puerto europeo donde la embarcación anclase, pues es la única parte del mundo donde la Sangre de Cristo y las lágrimas de María engendraron una civilización católica.

  

Un seminario del Cielo

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Al tratar respecto a las bellezas de Europa, es necesario evitar dar la idea de que es un lugar como Brasil, sino más bien, donde hay castillos y palacios como Chenonceau, Versalles o algunos existentes a lo largo del Reno.

Por lo menos en la Europa de antes de la Segunda Guerra Mundial, esas bellezas existían en cuanto siendo el punto alto de toda una vida en común, en la cual, en un punto menor y de maneras diferentes, también había bellezas más simples.

Un castillo elevado, noble y digno

De tal manera que no eran como las montañas del camino de Teresópolis que, geográficamente hablando, son únicas, salen directamente del suelo. Europa constituía, por así decir, una “cordillera” altísima en la cual, para que hubiese los “picos” de los cuales hablamos, debían existir muchas otras elevaciones en la vida cotidiana, más o menos a la misma altura, formando, por lo tanto, todo el ambiente, el estilo y el género de vida de un continente.

Por ejemplo, así como Chenonceau, existen centenas de castillos muy bonitos en grados más pequeños, casas antiguas señoriales, residencias populares y aldeas que, en cuanto tales, son superiores a las pequeñas ciudades brasileñas, así como Chenonceau es superior a la casa más bonita que existe en Brasil. Ese trazo es importantísimo, y sin él Europa verdaderamente no se comprende.

Llegando, entonces, a la casa de un pequeño burgués de Múnich que tiene panecillos de leche, se encontrarán vasos cerveceros, cuchillos con mango de cuerno de venado, y otra porción de objetos otrora accesibles a todo el mundo, que para los padrones actuales son superiores al nivel común de las personas.

Por lo tanto, tiempo hubo en que todo el sistema de vida era diferente, y Europa es un continente donde aún resta mucho de eso, y le fue posible al hombre realizar en la Tierra, no propiamente un mundo de delicias, sino de maravillas, de cosas arquitectónicas sapienciales, capaces de hablarnos del Cielo y que, por ende, también eran agradables.

Muchas veces se comentan bellezas de Europa, como el castillo de Chenonceau, diciendo: “¡Qué delicioso es estar aquí!”

Ahora bien, ese aspecto agradable no es un criterio profundo. Es necesario afirmar lo siguiente: “Cómo es elevado, noble y digno, y cómo eso engrandece al hombre. ¿No parece inclusive un mundo irreal?!” Ese mundo “irreal” es una imagen del Cielo.

Deseo de realizar la maravilla en la Tierra

Se debe acentuar que esos son valores religiosos, por causa del aspecto simbólico que tales cosas tienen. El Paraíso celestial, considerado en su realidad material, es un lugar donde Dios hizo cosas magníficas para que el hombre viviese inmerso en un mundo de materia que le habla de Dios, mientras su alma goza de la visión beatífica. Tan necesario le es al hombre alimentar su espíritu con Dios, no solo en la consideración de las cosas directas de la Religión, sino a propósito del mundo temporal y del mundo de la materia, que hasta en el Cielo eso va a ser así.

Entonces, al considerar Europa, se trata de imaginar las virtudes, las cualidades de alma, el ambiente moral otrora ahí existentes.

Los historiadores, en general, resaltan los defectos y omiten todo cuanto hizo posible la realización, por ejemplo, de Versalles y de tantas otras bellezas, que duraron siglos y aún se encuentran en los días actuales. Ahora bien, evidentemente había una estructura moral, virtudes y capacidades sin las cuales eso no sería posible.

No se concibe, por ejemplo, a un acaudalado que construya actualmente un palacio como el gran Trianon de Luis XIV. Aunque costase incomparablemente más barato que un rascacielos moderno, no se construiría, porque había cualidades de alma que ya no existen en el hombre contemporáneo.

Debemos, pues, procurar conocer esa alma y considerar tales bellezas como un factor de santidad, como una atmósfera orientada hacia el Reino de María, y sumergirnos en el lado religioso de la cuestión, porque ese es el aspecto más profundo. Por lo tanto, ver cómo de la Sangre infinitamente preciosa de Nuestro Señor Jesucristo y de las lágrimas de Nuestra Señora se engendró, por la correspondencia a la gracia, un mundo entero apetente de eso.

A nosotros nos gustaría, llegando a la Europa sacrosanta que creó esas maravillas, besar el suelo del muelle del primer puerto europeo donde nuestro navío parase, porque es la única parte del mundo donde la Sangre de Cristo y las lágrimas de María engendraron una civilización.

Sin duda alguna, el Escorial es muy bonito. ¡Pero qué encanto al pensar en Felipe II leyendo, en uno de los salones de ese palacio, una carta de Santa Teresa! Y deshaciendo, por ejemplo, las maniobras de un nuncio gordiflón, bonachón, renacentista y contrario a la reforma del Carmelo. Aquí está la esencia, porque Felipe II era más el Escorial que todo el Escorial. Y Santa Teresa aún más, pues ella era el “Escorial” del Cielo, mientras Felipe II era el de la Tierra mirando hacia el Cielo.

Así tenemos una visualización completa y más profunda, pues toca en lo religioso, en lo sacral, reconociendo y afirmando que nada es válido, nada es auténtico, si no brota de una verdadera visión de la Religión Católica, que los santos tuvieron en sus conventos, en sus órdenes religiosas, en fin, en las instituciones de la Santa Iglesia Católica.

Es necesario aprender a amar el Paraíso celestial en esta Tierra

En esa perspectiva, comprendemos que Versalles, por ejemplo – en sus buenos aspectos, pues no todo allí era bueno… –, estaba presente en el alma de San Luis IX, de San Vicente de Paúl, que vivió en el tiempo de Luis XIII, y de los santos que existieron en la época de Luis XIV. Porque, en sus aspectos virtuosos, Versalles nació de la Iglesia – receptáculo y fuente de todas las virtudes – y, en cuanto tal, tenía que estar contenido en el espíritu, en la mentalidad y en el modo de ser de las instituciones y de los hombres sagrados que infundieron en aquella gente el espíritu católico.

Esa conjunción entre Europa y la Religión Católica me habla al alma hasta el fondo, y es indispensable para comprender la Historia de la Iglesia. De ese modo, tenemos una visión católica de Europa y una perspectiva de la Iglesia meditada en función de la obra realizada por ella, lo cual proporciona un alargamiento de la propia visión de la Esposa de Cristo.

El error de los que no aceptan esa visión es querer para esta Tierra una especie de “visión beatífica”, la cual es el contacto con la Iglesia sin esa especie de “paraíso celestial”, la Civilización Cristiana. Es fundamentalmente errado concebir una religión desligada de esa modelación celestial de la Tierra, cuando en el propio Cielo vamos a tener un cuadro material que sustenta a la naturaleza humana, por causa de la psicología y de la estructura del hombre.

Alguien podría objetarme: “¿Pero lo puramente celestial no es más alto que lo terreno?”

Yo respondo: evidentemente lo es. Basta hablar de celestial para que lo terrestre quede como pulverizado, no es necesario decir nada más.

“¿Entonces, por qué Ud. se entusiasma con esa conjunción?”

Porque por medio de ella yo tengo la perspectiva entera de lo celestial, que es lo entusiasmante; ahí está la cuestión.

Incluso en el Cielo, sin la conjunción entre los datos del Paraíso celestial y la visión beatífica, no tendríamos todo lo que nuestra naturaleza pide para contemplar la perfección de Dios. En último análisis, el Paraíso celestial es necesario, y es necesario aprender a amarlo en la Tierra.


(Revista Dr. Plinio, No. 228, marzo de 2016, pp. 31-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia probablemente de 1969).

Last Updated on Wednesday, 02 January 2019 13:49