El equilibrio del alma y la Revolución Industrial

Con el ansia por la velocidad, la Revolución Industrial atentó contra las virtudes cardinales, especialmente la de la templanza. Ella promovió el rompimiento de una serie de equilibrios de la inocencia en el hombre, lo cual correspondió al nacimiento de una revolución neurológica y psiquiátrica.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Una de las razones por las cuales el inocente ve las cosas con claridad está en el hecho de que él tiene en su ordenación una propensión natural para considerarlas en sus jerarquías. Como la persona inocente está dotada de un espíritu muy jerárquico en la propia rectitud de su naturaleza, aun sin haber explicitado nada, tiende a no mezclar unos elementos con otros, ni agruparlos erradamente, o sea, a no hacer confusión.

Inocencia y espíritu jerárquico

Generalmente, la confusión de los asuntos proviene, en larga medida, de la falta de espíritu de jerarquía. Ahora bien, ese espíritu emana de la inocencia, porque el inocente distingue muy bien entre lo esencial y lo accidental, entre lo que tiene mayor o menor importancia. Como él no tiene apegos ni movimientos desordenados, su mirada es jerárquica y sus apetencias ordenadas. Por esa razón, él toma una posición fácilmente anti-igualitaria.

Ese papel del espíritu jerárquico – visto fuera del eterno problema de las clases y jerarquías sociales, formas políticas y sociales de organización – llega a ese punto: la inocencia es la condición para la formación del verdadero espíritu jerárquico.

De ahí resulta otra consecuencia: sobre toda sociedad verdaderamente jerárquica pende cierta inocencia, mientras en las sociedades niveladas, igualitarias, no.

Por lo tanto, en el tema de las desigualdades es muy legítimo considerar el lado socioeconómico o político. Además, es un campo muy tangible, donde se cogen con facilidad las cosas como son, aunque no es lo más importante. El aspecto principal es tener un espíritu jerárquico, esa inocencia jerarquizadora que pende sobre los lugares donde ese espíritu está dominando adecuadamente.

Yo no creo, por ejemplo, que una persona entregada a la lubricidad pueda tener un verdadero espíritu jerárquico. Si lo tiene, es por hábitos mentales oriundos de un tiempo en que ella era inocente. Sin embargo, eso está deshaciéndose como un helado al sol: subsiste durante algún tiempo.

Así, cuando demostramos tanto empeño en que la nota jerárquica refulja sobre toda la sociedad, más que la ordenación jerárquica de las cosas, estamos deseando la refulgencia de ese espíritu sobre todos los hombres. Ahora bien, la Revolución procura eliminar precisamente ese espíritu.

Eso se liga al asunto del cual venimos tratando1.

Templanza y velocidad

En el fondo del alma humana inocente están contenidas todas las formas posibles de templanza. Una de esas formas está ligada a las velocidades. Siempre que se quiere o se rechaza una cosa intemperantemente, la propia intemperancia de esa posición de alma suscita el deseo de una velocidad falsa. La pereza da el deseo de falsas lentitudes y, por el contrario, los apegos favorecen el gusto de las velocidades super-rápidas, excesivas y continuas. Al individuo temperante le gustan las velocidades proporcionadas a la rapidez y a la lentitud del raciocinio y de la elaboración ordenada, normal del ser humano, apreciando el verdadero reposo, así como la verdadera acción, dentro de las medidas tomadas en función de su naturaleza.

Hay una velocidad en la cual la naturaleza del individuo legítimamente se complace, que puede llegar a ser una especie de superpotencia de él. Existe también una lentitud en la cual él se regocija, que es una gran capacidad de recogimiento. O, lo cual es perfectamente legítimo y respetable, un hombre sin esos extremos, pero con las proporciones normales de las cosas.

Sin embargo, cuando el hombre pierde la inocencia, y con ella ese equilibrio, comienzan a formarse en él cargas de apetencia o de rechazo a la acción, que corresponden ya a la acción por la acción o a la inercia por la inercia. De manera que el individuo adquiere el gusto por la rapidez, no porque ella conduce directamente al fin, sino por la velocidad en cuanto tal. Del mismo modo, la lentitud no lo agrada por el gusto de la calma, sino por la pachorra en sí.

Delirio por los cambios

Durante el período comprendido desde el Humanismo o el Renacimiento hasta el comienzo de la Revolución Industrial, a fines del siglo XVIII – naturalmente se nota mucho más después de la Revolución Francesa – hay un rompimiento de una porción de antiguos equilibrios, que corresponde al nacimiento de una revolución neurológica y psiquiátrica. En el individuo pre-Revolución Industrial, por haber en él apetencias desordenadas, comienzan a desencadenarse apegos fabulosos que él quiere satisfacer, pero son reprimidos por las lentitudes del compás de la vida. Él tiene, entonces, un deseo loco de velocidades desenfrenadas.

Eso genera un efecto curioso: en la Revolución Industrial, los descubrimientos que llaman más la atención del público y lo embriagan más son las que permiten correr. Es decir, las supervelocidades embriagantes deslumbran más que, por ejemplo, encontrar un nuevo remedio o un sistema de fabricar y de poner al alcance de mucha más gente almohadas cómodas.

Así, la primera cosa que salta a la vista en la Revolución Industrial es la manía de velocidad en todos los aspectos, y fue hacia donde más se acentuó la atención, la confianza y el entusiasmo del público por esa Revolución. Eso se dio por causa de la carga excesiva de calma que las personas llevaban consigo anteriormente.

El gusto por la trepidación entra ahí como una especie de subproducto del horror a la inacción. Como la persona tiene aversión a la inercia, tiene horror a que zonas de su alma no sean continuamente solicitadas por alguna forma de impresión o de acción.

No obstante, ese deseo de trepidación es algo colateral. A mi modo de ver, una prueba de eso está en lo siguiente: tan pronto son fabricados transportes veloces con motores muy ruidosos, los propios fabricantes se ponen a inventar artefactos que disminuyen el ruido. Y a veces se sienten triunfantes cuando atenúan o eliminan el ruido, pero nunca querrían disminuir la velocidad.

Hay una especie de adoración del movimiento dentro de eso, relacionada, a su vez, con la manía de hacer, la cual es, ella misma, la manía del cambio. El delirio del cambio para satisfacer el gusto de novedades marca no sólo la Revolución Industrial, sino también la mentalidad de los que viven inmersos en esa Revolución.

La Edad Media: explosión de vitalidad

Si buscamos las causas más profundas de esa transformación, veremos que, desde la vida aventurera de la Edad Media hasta la existencia cada vez más casera de los siglos posteriores, hubo un acumulamiento excesivo del ansia de seguridad. El desaparecimiento y la fuga del heroísmo de dentro de la existencia humana tenía que producir algún desequilibrio en ese sentido. Es fácil comprender cómo la reacción proveniente de ese desequilibrio habría de producir, forzosamente, la manía de la velocidad.

Pero esa no es la única razón. A mi modo de ver, la causa preponderante está en las apetencias desordenadas.

La posición verdadera preconizada por nosotros es, por lo tanto, la de un equilibrio en el punto de partida que se llama inocencia, que entra en nuestro concepto de Contra-Revolución, de jerarquía, de pureza, etc. Es una especie de templanza primera y fundamental.

Para comprender todo el daño perpetrado por la Revolución Industrial, sería necesario tener una idea de ese equilibrio de alma primero, originario, preexistente a esa Revolución, ya medio deteriorado por el período que va desde el Humanismo hasta Danton, y que sólo se ve enteramente en la Edad Media.

Yo comprendo muy bien que haya habido excepciones en el mundo medieval. Sin embargo, de un modo general, existieron pujanzas y actividades desconcertantes que no consistían en la intemperancia por la intemperancia, ni en la fobia del reposo, sino que correspondían a la explosión de la vitalidad de un mundo extraordinariamente fecundo, cuya templanza consistía en entrar opulentamente dentro del juego de la vida, por el deseo saludable de gastarse a sí mismo, dando origen, a su vez, al gusto por los reposos profundos. A veces, esa vitalidad partía hacia las grandes contemplaciones. Y el hombre muy activo veneraba al muy contemplativo, no como un inerte, sino como un superactivo.

En la Edad Media era tal la capacidad de contemplación y de acción al mismo tiempo, que el pueblo, al construir una catedral, tenía una noción global, implícita o explícita, de cómo sería. Ellos la contemplaban más o menos como los judíos a la Tierra Prometida. Pasaban generaciones trabajando en ese edificio sagrado, con calma, sin exigir verlo concluido. Morían en paz con la catedral incompleta, pero cuya edificación procuraron realizar activa y contemplativamente. ¡En eso veo un equilibrio extraordinario! Para ellos, la eternidad era una de las dimensiones del tiempo.

A propósito, los medievales hacían cosas descomunales, pero querían producir la impresión de lo proporcionado, de lo estático, y para nada la de un estertor. El arte moderno tiene en vista producir un estertor continuamente en todo.

Los colores de los vitrales y todo lo demás que ellos hacían estaban dirigidos a producir en el hombre una forma de sensación que cohabita armónicamente con todas las otras sensaciones opuestas, pero no contradictorias. Esa es la mejor noción de reposo. Cuando contemplamos las cosas medievales, sentimos nuestros anhelos de alegría y de dolor, de candor y de profundidad, de acción y de contemplación medio atendidos al mismo tiempo, de manera a tener una especie de plenitud donde nuestra vitalidad alcanza el auge.

Galope hacia la locura

La Revolución Industrial no tiene esa meta, sino por el contrario, rompe con ella.

En el siglo XIX hubo quien se preguntase, en presencia de la Revolución Industrial, si ella atentaba contra las virtudes teologales, y llegaron a la conclusión de que no. Sin embargo, ella atentaba contra las virtudes cardinales, y ellos no vieron eso.

De esta forma quedan dados estos presupuestos para un análisis de la Revolución Industrial, que son un punto de equilibrio interno del hombre, o sea, la inocencia, en la cual, proporcionadamente con la naturaleza humana, el hombre siente, conforme las circunstancias, que todas sus pasiones, todos sus instintos e impulsos del alma pueden aplicarse y desarrollarse, aunque nunca en detrimento del equilibrio en sí. Cada quien tiene un dinamismo por el cual se mueve sin violar a los demás, sin procurar ocupar un espacio que no le es debido, y teniendo la alegría de llegar adecuadamente a la plena intensidad de sí mismo en las ocasiones en las cuales eso se justifica. Y fuera de eso, teniendo una alegría de ocupar la proporción debida en la sana psicología humana, lo cual es la aplicación, en esa correlación interna, de los principios que rigen la sociedad jerárquica, armónica, equilibrada, pura y sacral.

La violación de ese equilibrio fundamental es el punto de partida de todos los desórdenes, y produce ese galope hacia la locura que vemos hoy en día.

La Revolución Industrial es, por lo tanto, un modo de producir una especie de desorden de aquello que, en el sentido literal de la expresión, sería la infraestructura del pensamiento humano, el presupuesto personal, psicológico, de equilibrio que debe tener el hombre, cuando él se pone a pensar, a querer, a vivir.

Las tendencias en el orden natural, sobrenatural y preternatural

El mundo de las tendencias no existe apenas en el orden natural. Esas tendencias son muy visitadas por la gracia, que produce en el hombre ese equilibrio al cual me refiero.

La tendencia hacia los desequilibrios también es muy visitada por lo preternatural, y el hombre también siente algo del demonio dentro de eso.

De ahí resulta que, históricamente, en cada individuo no hay apenas un fenómeno natural. Él tuvo sensaciones más o menos místicas que lo llevaron a conocer la gracia, y rechazó esas sensaciones por un asunto del demonio, y los dos polos están implantados en su alma; y la vida entera él tiene una atracción de la gracia y del demonio, o una fobia al demonio y a la gracia, que están en el fondo de la Revolución tendencial de él, luchando concomitantemente con los elementos naturales, interpenetrándose y dando el fondo de los orígenes de la Revolución o de la Contra-Revolución.

Entre tanto, el Humanismo dio al hombre una fobia a lo sobrenatural y una tendencia al complacimiento con lo natural que, en el fondo, tocaba ese punto. Entonces, el demonio entró.

El fin de la Edad Media fue precedido por unos cien o doscientos años de decadencia, antes de aparecer lo contrario de ella, fruto del extremo de la decadencia de ella misma. El período de la caballería andante, de los trovadores, de los juglares, de las novelas de amor, eran fugas graduales de lo sobrenatural que preparaban el momento en que vendría el rechazo. El Humanismo es, por lo tanto, el grito de rebelión final de una larga evolución anterior.

En algunos ambientes entraba el mal y comenzaba a producir ese desequilibrio. Los buenos se dejaban tentar, tuvieron una pequeña decadencia anterior al pecado, vino la tentación y cayeron.

Habiendo sentido la acción de la gracia y del demonio dentro de sí, el hombre percibe que los meros padrones naturales de equilibrio no le bastan. Si él busca ese equilibrio, cuando encuentra a la Iglesia Católica él procura discernir eso en ella y amarla por esa razón, y hacer con que eso se generalice en su alma.

Aunque los estilos que fueron penetrando sucesivamente en el arte religioso fueron cada vez menos ricos en eso, hubo un fenómeno por el cual, tomando como pretexto instrumentos de expresión material menos idóneos, la gracia sin embargo continuaba haciendo sentir integralmente ese equilibrio de ella.

Puedo dar testimonio de que sentí esa impresión de equilibrio proveniente de la gracia en todas o casi todas las iglesias donde estuve. Con más intensidad en unas y menos en otras, con mucho más intensidad en el estilo medieval, evidentemente.

Eso se aplica también a las personas. Es decir, los propios clérigos tenían cierto carisma en el cual algo de eso transparecía. De tal manera que, a pesar de ellos haber advertido poco respecto a la Revolución en las tendencias en cuanto siendo contraria a las virtudes cardinales, la Iglesia irradió ese equilibrio continuamente.

1) Ver Revista Dr. Plinio, No. 226, enero de 2017, p.9-13.


 (Revista Dr. Plinio, No. 227, febrero de 2017, pp. 17-21, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 20.8.1986).

Last Updated on Friday, 21 September 2018 19:44