La importancia de superiores en una civilización

Todo hombre desea y busca un superior, a cualquier título. La existencia de superiores es una condición natural para la práctica completa de la virtud de la religión. El mayor crimen que se puede cometer contra una civilización es la supresión de los superiores, de tal forma que las almas queden en una terrible orfandad.

 

A la búsqueda de un superior

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Desde el punto de vista natural, prescindiendo por lo tanto de la gracia para efectos de estudio, ¿qué viene a ser la fuerza de la presencia de Dios y en qué esta sustenta al hombre?

Un joven desea ser caballero y ve pasar a lo lejos a Carlomagno

Yo tengo la impresión de que, así como de la suma de los elementos de un paisaje resulta el panorama – el cual es mucho más que el elenco de sus elementos constitutivos –, así también, de varias influencias conjuntas resulta el hecho de que el verdadero superior da una impresión al inferior de alguien que constituye una respuesta a una pregunta, que es la pregunta de su vida y el completar algo de lo que su alma está vacía.

En ese sentido, todo hombre desea y busca un superior, a cualquier título.

Y el mayor crimen que se puede cometer contra una civilización es la supresión de los superiores, de tal forma que las almas queden en una orfandad terrible y pésima, de no sentir que el superior aparezca y complete el horizonte de la vida.

Ese anhelo por un superior corresponde a algo por donde la persona observa mejor que nunca el conjunto de toda la Creación, reunido en una visión panorámica, a partir de la cual capta mejor aquel panorama que explica su alma hasta el fondo, dando respuesta a las preguntas sin las cuales su vida no tiene sentido.

A título de ejemplo, podríamos imaginar a un joven del tiempo de Carlomagno que tiene el deseo de ser caballero, pero ni siquiera tiene la noción clara de la caballería. Está cabalgando por los Pirineos y, en un recodo del camino, ve pasar a lo lejos a Carlomagno y sus caballeros. Se encanta, va corriendo, presta un homenaje al soberano y pide permiso para entrar en aquella cohorte.

Ese es un momento sagrado, pues lo más semejante y lo más adecuado para él, aquello por donde él explica su vida y encuentra el camino hacia Dios, de repente surge y es como un encuentro con el Creador.

Distancias majestuosas e intimidades paternas

En ese momento lo que está dentro del hombre bramando y gimiendo bajo la forma de aspiraciones implícitas que la realidad contingente no satisface, aquello que hay de noble en ciertos deseos, que no conoce, pero que gimen dentro sí buscando una explicación, una realización, una conexión para hacerse más elevados; todo cuanto es el propio impulso en la vida de un hombre; todo cuanto hay de noble en el alma en cuanto alma; todo eso se posiciona, porque encontró al superior que le explica todo.

El hombre ve a Dios en eso, que se le explica a través de una especie de semejanza, que pasará a orientar e interpretar su vida hasta el fondo. Y se establece un comercio entre Dios y aquello que el alma tiene de más delicado y, al mismo tiempo, de más fuerte. De manera que todas las ternuras y también todos los vigores se instalan naturalmente en ese comercio.

Un caballero así, sería capaz de confesar sus pecados a ese hombre, aun sabiendo que no se trata de una absolución. Acto de suma intimidad y al mismo tiempo de ternura. Se sentiría, además, lleno de alegría al contemplar a ese hombre en un trono, aunque esté apartado del trono a una distancia enorme. Y al presenciar una acción solemne de ese hombre, por ejemplo, en su coronación, el caballero sentiría todas las distancias majestuosas y todas las intimidades paternas con relación al superior, fundidas en un todo, lo que para él representaría la figura de Dios.

Así es como veremos en el Cielo a Dios Nuestro Señor. Infinitamente trascendente a nosotros, pero en realidad siendo el centro de nuestra propia vida.

Entre superior e inferior hay, pues, una relación por la cual el superior continuamente está dando al inferior todo ese torrente de elementos “deiformes” que penetran en él y lo van modelando.

A veces, cuando el padre es bueno, es un mero precursor, porque ese individuo va a encontrar a su superior en otras circunstancias de la vida.

Abstrayendo de los superiores no pueden existir verdaderamente las condiciones naturales propicias para una práctica integral de la virtud de la religión. Porque es sólo en función de un superior bien constituido que la virtud de la religión se establece de un modo completamente adecuado.

Cuando ese fenómeno es irrigado por la gracia – creo que normalmente lo es –, entra entonces una cosa cualquiera que toma la gracia del Bautismo y le da un flujo especial.

La mala influencia ejercida sobre los niños en muchos colegios

Algunos niños tienen cierta noción de la nobleza de su propia alma – excluyo aquí completamente la idea de aristocracia terrena – por donde, mirando al fondo de sí mismos, perciben la existencia de algo muy elevado y noble que habita en ellos. Y añado sin vacilación: perciben algo de muy santo. Es decir, también muy conforme con el orden sobrenatural, en el que un niño discierne en sí mismo la propia gracia de Dios que se posa sobre él, pero particularmente sobre aquello por donde especialmente es él mismo y se diferencia de todo el mundo.

Eso da al niño una experiencia interna que participa de la naturaleza divina, llegando incluso a notar, en términos católicos, algo de divino en sí mismo.

Cuando el niño es fiel a esa experiencia, está ordenado a desarrollar mucho más fácilmente que otros todo aquello por donde radicalmente tiene semejanza con Dios. Y por esa razón procura con más empeño, analiza con más finura y encuentra con mayor certeza al superior de su vida.

Lamentablemente, la mayoría de los niños pierde eso en la época del colegio, si es que no lo pierde antes. En la vida escolar surgen los problemas de la comparación: “aquel vino con un automóvil más bonito, y otro con no sé qué…”. Eso en medio de la algarabía y del ruido del colegio, que se prolonga en el fondo de la cabeza del niño hasta durmiendo.

El niño es violentamente arrancado de ese orden de pensamientos y lanzado en el desenvolver de la vida. Deja de preguntarse quién es – pregunta por medio de la cual encuentra a su superior – y pasa a preguntarse cómo sobrepasar a este o aquel; surgen apegos, amistades y enemistades…

Ahí entran las pasiones desordenadas que calcinan el alma, en la cual el ambiente intenta inculcar la idea de que esos sentimientos interiores idiotizan al hombre, y son factores negativos cuando entra en la lucha por la vida dentro del colegio: lo hacen menos capaz de gritar y de correr.

O sea, el niño era un Jacob en medio de los Esaús. Y para redimirse de esa situación, él se lanza en aquella “esausada” y pierde ese sentido inicial incomparable.


 (Revista Dr. Plinio, No. 220, julio de 2016, pp. 24-25, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 20.7.1984).

Last Updated on Saturday, 15 September 2018 19:34