El orden natural y los Diez Mandamientos

La Ley impuesta por Dios es bella y ordenada: los Diez Mandamientos son una consecuencia del orden natural de las cosas puesto por Él en la Creación. Por el contrario, el pecado es un acto de rebelión contra Dios, por el cual el hombre viola el orden por Él establecido.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Muchas personas se quejan: “¡Qué vida tan dura! ¡Qué vida tan complicada! ¡Qué vida tan difícil!”. Hasta cierto punto – y yo diría que en larga medida – tienen razón, porque nuestra existencia transcurre en un valle de lágrimas. Se llora porque se sufre.

Pero también es verdad que la vida ofrece suaves y dulces compensaciones, desde que se sepa buscarlas donde realmente están. Así se aprende a ver en ella determinados aspectos que compensan su dureza, dándole un sentido y un bienestar interior que el hombre moderno no conoce.

Por bondad de Nuestra Señora, uno de los lenitivos que encontré a lo largo de mi vida fue el Tratado de Derecho Natural, de Taparelli dʼAzeglio.

El hombre: ápice y rey de la creación material

Leyendo dicho Tratado encontré la explicación de algo que yo nunca había conseguido explicitar adecuadamente: la razón de ser de los Mandamientos.

Me parecían resplandecientes y fulgurantes, pero, ¿por qué razón me parecían tan bellos? Yo notaba que era lindo proceder de acuerdo con la Ley establecida por Dios, pero eso no me satisfacía. Siendo tan bonitos, era imposible que no tuviesen un fundamento racional, cognoscible al hombre. ¿Cuál era su razón más profunda? ¿Dios podría haber establecido otros Mandamientos? ¿Dios habrá, entonces, actuado arbitrariamente, promulgando estos y no otros?

Ahora bien, Dios creó el Cielo y la Tierra; los animales, los vegetales y los minerales; los ángeles y los hombres. A cada uno de esos seres le dio una naturaleza propia, colocándolos en movimiento en una colaboración perfecta con el orden del universo.

Los animales y los vegetales, por ejemplo, son ordenados de tal forma que unos y otros se desarrollan sin hacer daño a otras especies. Aun cuando una fiera devore a otra – algo que parece una agresión salvaje –, eso está en el orden de la naturaleza. Es la buena ordenación puesta por Dios en todas las cosas.

Dios colocó al hombre en el ápice y en la realeza de la Creación material. Adán tenía de tal forma el conocimiento y el poder sobre la naturaleza, que, cuando fue creado, todos los animales desfilaron delante de él. Imaginemos la belleza de ese desfile: los animales pasan y reciben de Adán el nombre más adecuado según su especie. Dios lo colocó como su lugarteniente, su representante en la Tierra.

Estando en el ápice de la Creación, Adán tenía la obligación de actuar de acuerdo con su propia naturaleza, de tal modo que la ordenación establecida por el Creador se verificase en él con más perfección que en todas las otras criaturas visibles.

Así él actuaría conforme a la naturaleza de todos los seres y pondrían en funcionamiento esa inmensa perfección que viene a ser la Creación. Pacífica, tranquila y fácilmente él gobernaría toda la Tierra, como príncipe heredero de Dios.

El pecado, violación del orden natural

Sin embargo, Adán violó el orden natural de las relaciones entre el Creador y él, cometiendo lo que se llama pecado. Actuó en desacuerdo con su naturaleza creada, y sobre todo con la naturaleza de Dios. Conociéndolo y habiendo recibido de Él innumerables pruebas de bondad, Adán, sin embargo, ¡pecó contra Dios!

¿Qué es entonces el pecado? Es un acto de rebelión contra Dios, que el hombre practicó violando el orden establecido por Él.

Examinando los Diez Mandamientos en una rápida inspección de horizontes, percibimos lo que tienen de profundo: son consecuencia del orden natural de las cosas puesto por Dios.

Los Diez Mandamientos

La Ley impuesta por Dios es bella y ordenada. Ella comprende dos grupos de Mandamientos: los que dicen respecto a la relación del hombre con Dios y los que tratan de las relaciones de los hombres entre sí. Tres mandamientos pertenecen al primer grupo, siete al segundo.

En cuanto al primer grupo, analizándolo, fácilmente se concluye su objetividad: siendo el Creador infinitamente superior a los hombres, debemos amarlo sobre todas las cosas, no tomar su Santo Nombre en vano y guardar los días a Él consagrados. Esos son exactamente los tres Mandamientos que se refieren al primer grupo.

Analicemos algunos de los Mandamientos de ambos grupos.

No tomar su Santo Nombre en vano

¿Qué quiere decir “No tomar su Santo Nombre en vano”?

Significa que nunca se debe pronunciar el Nombre de Dios a no ser habiendo una razón a la altura. Por lo tanto nunca blasfemar – es el arquetipo de tomar el Nombre de Dios erradamente – ni emplear su Nombre en una conversación sin ser razonable, porque Él es tan supremo y sagrado, que usarlo sin necesidad significa faltarle al respeto.

Este precepto también se refiere de algún modo a aquellos que tienen una relación particular con el Altísimo y también por esa razón con las cosas sagradas, que no podemos mencionar en vano, y con las cuales no podemos hacer bromas ni burlas, porque participan de cierta forma de la dignidad de Dios.

Ante todo, el más suave y santo de los nombres, usado por el Hombre Dios: ¡el Santísimo Nombre de Jesús! Y a seguir, el más dulce y accesible de los nombres utilizado por la más sublime de las meras criaturas: el dulcísimo Nombre de María. Son nombres que no pueden ser empleados en vano. Es necesario que haya una razón para usarlos con respeto, porque de lo contrario, se comete pecado.

Y, por conexión, también los nombres de personas, de instituciones que merecen el debido respeto. Entre nosotros es costumbre, siempre que se habla de una persona eclesiástica, mencionar el título antes de indicar el nombre: Padre, Canónigo, Monseñor, Obispo, Cardenal. Porque el nombre de la persona, por la función sagrada ejercida por ella, se hizo tan respetable que no debe ser usado sin el título respectivo.

Es más o menos como una familia bien constituida: cuando los hijos hablan del padre o de la madre, no dicen: Fulano o Fulana, sino papá o mamá. Y refiriéndose a un tío o a una tía: tío Fulano o tía Fulana, por el respeto especial que se les debe.

Tercer Mandamiento: Guardar los días de fiesta

El Tercer Mandamiento me parece algo lindo, una especie de impuesto que Dios cobra a los hombres. El Creador quiere que el hombre le consagre un día por semana, o sea, que en ese día no cuide de ganar dinero.

¡En eso hay algo de una sabiduría verdaderamente extraordinaria! No cuidar de ganar dinero y no pensar en el dinero que va a conseguir al día siguiente. Nuestro Señor Jesucristo diría más tarde: “Mirad los lirios del campo, no tejen ni hilan. ¡Sin embargo, ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos!”1

Tomemos en consideración la bondad de Dios. Él saca de la vida limitada del hombre un séptimo día y le da eso precisamente bajo la forma de reposo… ¡Esa es justamente la manera divina [de actuar]! Al mismo tiempo que hace que la persona le dé algo, Dios pone en la mano de ella algo mucho más grande que lo donado por ella: es el descanso, la distensión, el día del Señor. Como diciéndole: “Pare, rece, eleve su espíritu.”

¡Cuántas personas se preocupan el domingo apenas en conservar su salud con la distensión propia de ese día!

Mientras el Creador le cobra, el hombre se ve inundado de un nuevo don de Dios. ¿Ya imaginaron la tristeza de una vida en la cual nunca hubiese domingos?

Esos son los días que vienen acompañados de una bendición, de algo festivo, haciendo con que el sábado ya se comience a respirar una atmósfera especial. Y los domingos por la mañana, cuando uno se despierta, se tiene la impresión de cierta clemencia de Dios, de una distensión: “Ahora llegó su hora de descansar, pare, no tenga preocupaciones…” Es la bondad de Dios que se cierne sobre cada ser, haciéndole sentir que Él es Padre. ¡Cuánta belleza hay en eso!

Es conforme al orden natural de las cosas que Dios pueda cobrar al hombre ese día. Está en el orden de la bondad de Dios que Él “pague” de ese modo maravilloso lo que el hombre le da.

¡Honrar padre y madre!

Está en la naturaleza de las cosas lo siguiente: nuestra alma es creada directamente por Dios e insuflada por Él en el cuerpo que nuestros padres engendraron. La acción principal es de Dios. Cuando nuestros padres nos engendraron, cumplieron la intención que está en el orden natural, teniendo un hijo. Y si yo no puedo, de ningún modo, ofender a Dios que creó mi alma, por una razón menor pero cuán verdadera no debo ofender a mis padres que engendraron mi cuerpo.

Me acuerdo de un libro de piedad que presenta un ejemplo muy bien calculado de un artista que esculpiese una figura en piedra, y en el momento en que la estatua estuviese concluida, ella le diese una bofetada al escultor. Este se sentiría ultrajado. Es natural, pues él es la causa de la estatua. Ahora bien, el hijo es hecho por los padres, mucho más que una estatua por un escultor. Entonces, “honrarás a tu padre y a tu madre”.

Y el patrio poder es un padrón de todos los poderes que existen en la Tierra, los cuales, cuando son bien comprendidos y bien ejercidos, tienen algo de paterno. Quien ejerce el poder debe gobernar paternalmente al súbdito, y éste necesita obedecer filialmente. Razón por la cual se debe prestar toda la honra a aquellos que están constituidos como un poder. De lo contrario se transgrede el Mandamiento: “honrarás a tu padre y a tu madre”.

Honrar padre y madre no significa apenas obedecer, sino prestar respeto. Merecen respeto también los que están constituidos como una dignidad: el superior de una orden religiosa, el rector de una universidad, y quien dirige cualquier especie de organización.

¡No matarás!

Quinto Mandamiento: ¡No matarás!

¿Quién no se da cuenta de que el hombre no tiene derecho a matar a otro hombre? Quien le quita la vida a otro abusa de su propia naturaleza y atenta contra la naturaleza del otro. Cuando Caín mató a Abel, viéndolo muerto, salió corriendo y por toda parte por donde iba sentía el castigo de Dios pesando sobre él. ¿Por qué? Porque mató a su hermano, mató a otro hombre.

El hombre no tiene derecho de matar a aquel que es semejante a él. Matando a una persona, el asesino presumió ser lo que no es. Además, cometió otro mal: quitó la vida que está en la naturaleza de la víctima poseer. Si golpea a otro, el individuo comete un pecado que está en las laderas del “no matarás”.

¡No pecar contra la castidad y no codiciar la mujer del prójimo!

Sexto y noveno Mandamientos: No pecar contra la castidad y no codiciar la mujer del prójimo.

¿Qué es la castidad? ¿Cómo se prueba que ella no debe ser violada? ¿Qué tiene que ver eso con el orden natural de las cosas?

La castidad tiene dos grados: la matrimonial y la castidad perfecta.

La castidad matrimonial es la de aquellos que contraen matrimonio, y asumen de esa manera el encargo de multiplicar la especie humana y de educar a sus propios hijos. Esa es la obligación inherente al matrimonio. La castidad perfecta es propia de los que no son casados.

La finalidad de tener hijos lleva consigo la obligación de educarlos. Realmente la Providencia dotó a los padres de recursos incomparables para educar a sus propios hijos. El sentido psicológico de las madres, por ejemplo, es una cosa extraordinaria… La madre más analfabeta, debido a su instinto materno, conoce reglas de pedagogía que los técnicos de instituciones públicas no conocen. No obstante, la educación de los hijos solamente es bien hecha en conjunto por el padre y la madre. Los primeros deben ser conducidos por la dulzura de la madre y por la severidad del padre.

Para ejercer bien esa tarea, ellos no pueden separarse. Por lo tanto, el matrimonio debe ser monogámico e indisoluble.

Castidad perfecta hasta el matrimonio y fidelidad conyugal son principios contenidos en el “no pecarás contra la castidad”. Y más aún en el precepto especial “no codiciarás la mujer de tu prójimo”, el noveno Mandamiento.

El noveno Mandamiento, a su vez, enfatiza un punto: no se puede ni siquiera pensar en tener la mujer del prójimo. Es decir, en asunto de pureza, así como, a propósito, en todas las materias, no se debe ni siquiera pensar en pecar. Quien piensa en pecar, ¡ya pecó!

No robarás y no codiciarás los bienes ajenos

El hombre es dueño de sí mismo. Siendo dueño de sí mismo, él es dueño de su capacidad de trabajo. Siendo dueño de su capacidad de trabajo, él es dueño del fruto de su trabajo.

Si alguien que, por ejemplo, se pone a caminar por una floresta cualquiera, encuentra frutas que penden de varios árboles que no pertenecen a nadie, coge un buen número y hace para sí una provisión, se vuelve dueño de ella, pues es fruto de su trabajo. Porque las frutas pendientes del árbol sin dueño están puestas por Dios para que alguien se apropie de ellas. Una persona pasó por allí, se apropió y trabajó – lo cual es una razón a más, además de ese destino primero –, eso quedó de ella, porque ella es dueña de sí misma. Y nadie tiene el derecho de tomar para sí algo de lo cual otro se apropió, pues sería un hurto.

Recientemente yo estaba leyendo en un libro de Elaine Sanceau2 una descripción muy divertida de la llegada de los portugueses a una isla donde había indios. Para alegrar a los nativos, ellos distribuían gorros rojos. No comprendo qué hacía un indio con un gorro rojo… En fin, había otras cosas graciosísimas. Cuando se fueron de la isla, colocaron una Cruz enorme, y a los pies de la Cruz las armas del rey de Portugal. Esa tierra no tenía dueño, porque el indio en estado salvaje tiene una capacidad de poseer limitada, lo cual se podría probar en otra demostración. Llega una nación civilizada, Portugal, y coloca ahí una Cruz: ¡es de Jesucristo! Y las armas de Portugal: ¡son del Rey de Portugal! Es enteramente normal. Nuestro país estaba como un fruto pendiente: por aquí pasó Pedro Álvarez Cabral y lo cogió… Es verdad que cogió un fruto enorme… ¡Viva Portugal!

Además de prohibir el robo, Dios ordena no codiciar los bienes ajenos.

Por ejemplo, estando delante de una tienda donde se vende agua de colonia, y viendo aproximarse un hombre que compra un frasco, quien tiene un deseo excesivo de poseer ese objeto, sin tener condiciones financieras para tal, y lo codicia, peca contra el décimo mandamiento. Pero si él tuviere dinero para comprarlo, no comete pecado.

¿Cuándo se procede mal, entonces, codiciando los bienes del prójimo? Cuando se ve a alguien que tiene bienes que no podemos adquirir y nos da rabia porque él los tiene.

Octavo Mandamiento

¡No levantar falso testimonio! La razón de este precepto entra por los ojos de tal forma, que no necesitamos justificarlo. Si una persona se comunica con otra, es para decir la verdad. La voz fue dada para decir la verdad, y la mentira es contraria al orden natural. Por lo tanto, quien miente deturpa la finalidad de la palabra: no se puede levantar falso testimonio.

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He aquí una exposición abreviada sobre la relación entre el orden natural y los Diez Mandamientos. Así comprendemos el pensamiento de San Agustín: “Un Estado donde todas las personas observasen los Diez Mandamientos llegaría a su fastigio, porque el orden de la naturaleza hecha a imagen de Dios, expresión de su voluntad y de su sabiduría, fue obedecida y todo prospera.”

1) Lc 12, 27.

2) Elaine Sanceau (*1896-†1978). Historiadora de origen francés, nacida en Inglaterra. En 1930 pasó a residir en Portugal, donde escribió numerosas obras que narran las aventuras portuguesas de ultramar.


 (Revista Dr. Plinio, No. 144, marzo de 2010, pp. 20-25, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 17.3.1984).

Last Updated on Saturday, 08 September 2018 15:48