La admiración por los conjuntos en la Creación

Llamado por Dios a contemplar con particular acuidad el orden del universo, el Dr. Plinio siempre cultivó un gran entusiasmo por los conjuntos de las criaturas. Como transparece en la presente conferencia, esta admiración le dio la capacidad de considerar con profundidad y elevación el papel que los diversos seres, incluso los aparentemente defectivos, desempeñan en los planes divinos.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Al discurrir sobre la admiración, podemos comenzar por preguntarnos qué relación existe entre ella y los mandamientos de la Ley divina, el primero de los cuales nos impone la maravillosa obligación de amar a Dios sobre todas las cosas, o sea, de adorarlo.

Admiración: presupuesto del verdadero amor

Amar a Dios sobre todas las cosas no significa apenas amarlo por encima de todo, sino en toda la proporción existente entre Él y nosotros. En nosotros existe una aptitud natural para amar ampliada largamente por la gracia, cuya acción aumenta mucho esa capacidad de amar. Debemos adorar a Dios, por lo tanto, con esta doble capacidad de amar – natural y sobrenatural – con ese amor así dilatado e inmenso.

Ahora, ¿cuál es la relación entre amar y admirar? Evidentemente, para amar algo necesitamos conocerlo y admirarlo. La admiración es una condición y un elemento del amor. Por ejemplo, un hijo tiene un padre y una madre extremamente buenos, y los ama mucho. ¿Por qué los ama? Por ser sus padres y también porque son extremamente buenos. Primero los conoció, después, en el conocimiento, vio que ellos eran extremamente buenos; en tercer lugar, por eso los admiró: “¡Qué cosa extraordinaria!” Y porque admiró, de ahí salió el chorro de oro del amor.

De manera que amar a Dios sobre todas las cosas presupone admirarlo sobre todas las cosas. De donde se saca la consecuencia: si no admiró, no amó.

El Personaje más admirado de la Historia

Por lo tanto, existe una obligación en las almas de ser largamente receptivas a la admiración, porque deben estar totalmente abiertas al amor de Dios.

La Historia tuvo grandes personajes, algunos de los cuales fueron grandes facinerosos, pero son, de todas formas, personalidades que ocupan un papel importante en el acontecer humano. Esos personajes fueron tan eminentes porque poseían esta o aquella cualidad. Por eso se yerguen monumentos en su honra, se fundan ciudades con sus nombres y se dan todas las pruebas de admiración que conocemos.

Ahora bien, no hay un personaje histórico que haya granjeado las pruebas de admiración que ha recibido Nuestro Señor Jesucristo. Porque Él está de tal forma en el centro de la Historia, que no hay otra personalidad que, habiendo vivido hace dos mil años atrás, todavía tenga una organización poderosa, fuerte y magnífica como la que Él tiene para defenderlo y adorarlo, como es la Santa Iglesia Católica.

Nadie es objeto de tanta admiración cuanto ese Personaje nacido de María Virgen, que ahora está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso, desde donde presencia el desarrollo de la Historia hasta la hora en que esta termine y Él descienda, con pompa y majestad, a juzgar a los vivos y a los muertos.

Siendo Nuestro Señor Jesucristo la perfección extrema, las almas capaces de admirar lo admiran con una admiración que se debe llamar adoración. Ese amor es el fruto inmediato e inseparable de la admiración. Por otro lado, tampoco es imposible al mal odiar a una persona tanto cuanto lo odia, precisamente por ser Él tan perfecto.

Siguiendo el ejemplo del Creador, admirar principalmente los conjuntos

Dios creó todas las criaturas a su imagen y semejanza, y por eso todas ellas reflejan a Dios de algún modo. Así, quien tiene un alma hecha para adorar a Dios, es apto también para admirar tanto las cosas más grandes, como las menores creadas por Él, encantándose al contemplar el sol, pero también al mirar la tierra y ver un animalito, por ejemplo, una mariquita con las alas de diferentes colores.

La persona necesita tener un alma hecha de tal forma que sea capaz, al mismo tiempo, de meditar sobre Carlomagno y de entusiasmarse; pero si está haciendo esa meditación en un parque y ve, de repente, una mariquita en el piso, sabe parar y embebecerse con ella.

A propósito, fue el ejemplo que el propio Creador nos dio. El Libro del Génesis1 cuenta que Él, después de haber creado todas las cosas, descansó viéndolas y considerando que cada una era buena, pero – ahora viene la palabra clave – el conjunto era mejor. Por consiguiente, la Creación no fue hecha tanto para admirar un elemento u otro, sino para que tengamos esa forma de ver que sabe captar los conjuntos, y en el encantamiento al contemplarlos, ver mejor al propio Dios.

Ya tuve la oportunidad de decir que me gusta mucho admirar – y cuánto admiro – por ejemplo, el pavo real, su aire regio, esa verdadera “joyería” que él tiene en sus plumas: no hay joyero que haya elaborado una joya comparable con las plumas del pavo real. Pero yo debo ser tal que, si pasa un gorrión cerca del pavo real, sepa mirarlo y ver en él lo que tiene de encantador.

¿Por qué Dios creó seres feos y nocivos?

Se podría preguntar: ¿y las criaturas feas o nocivas al hombre?

Tal vez algunos juzguen exagerado lo que voy a decir, pues eso depende mucho del modo de sentir de cada persona, pero un animal que considero feísimo es el elefante. Aquella grasa, orejas inmensas y ridículas, piernotas cilíndricas con aquellas patas, y sobre todo esa piel horrorosa que parece un cuero descompuesto, casi todo en el elefante causa repugnancia. Sólo los dientes valen, ¡y cuánto valen! ¡El marfil es una cosa linda!

Ahora bien, ¿cómo puedo admirar el elefante, dado que – en mi óptica, por lo menos – ese animal presenta tantos aspectos rechazables?

Es necesario reconocer que cuando Dios vio que el conjunto de sus criaturas era muy bueno, consideraba el paraíso terrestre haciendo parte de ese conjunto, aunque también la Tierra que Él había creado, en la cual estaba incrustado el paraíso. Y Dios creó la Tierra mucho menos bonita, con los animales mucho menos obedientes y con unos cuantos elefantes, lombrices o puercos rodando de allá para acá, justamente porque la Tierra podría llegar a ser un lugar de exilio y de castigo para el hombre.

Por lo tanto, la fealdad y la hostilidad de muchos animales, y todo lo que tienen de contrario a los seres humanos, merecen, por un lado, cierta admiración – como en el caso de los colmillos del elefante –, sin embargo, por otro lado, deben ser objeto de rechazo. Pero por esa causa siempre tienen alguna razón de belleza y de bondad, pues Dios no separa, en sus criaturas, el verum del bonum y del pulchrum2.

Los animales feos y dañinos nos recuerdan el pecado de nuestros primeros padres y el castigo por ellos merecido. ¿No es verdad que la consideración de un puerco refocilándose en la lama puede haber dado a mucha gente horror a la impureza?

Monstruos prehistóricos, ríos de esmeraldas, zafiros, rubíes y diamantes

Ya me hice una pregunta sobre el papel de los animales prehistóricos en la Creación. A mi modo de ver, las osamentas de esos seres son conocidas para que el hombre pueda reconstituir, por medio de estudios científicos, cómo eran esos animales, y comprender que muchas cosas del universo, el cual – por así decir – estaba saliendo de las manos de Dios, en determinado período de transición eran lindísimas, de una belleza que ya no se encuentra. Otras, sin embargo, eran feísimas, de una fealdad que ya tampoco se encuentra. Y, por lo tanto, el mundo tiene una proporción, una estatura mucho mayor que la del pobre hombre que vive en él.

Algunas veces, yendo a Italia – ¡la tierra de los mármoles soberbios! – hice las siguientes reflexiones: digamos que esos mármoles hayan sido líquidos que se solidificaron con el paso del tiempo. ¡Imaginen un río compuesto de ese material! ¡Es extraordinario! La esmeralda, el rubí, el zafiro y el brillante, por ejemplo, ¿no serán resultado de algo que otrora fue líquido? ¡Qué maravilla sería un río hecho de esas materias preciosas!

Haciendo esas consideraciones, el ser humano encuentra mejores elementos para valorar el poder, la sabiduría y la santidad de Dios.

Una idea equivocada sobre la plebe

Así tenemos la noción de cómo debe ser la admiración: ella puede y debe abarcar todo, y estar a la altura de comprender y de volverse hacia todas las criaturas. Vemos, por ejemplo, cómo un hombre que escriba una obra sobre la nobleza pueda quedar encantado al considerar la plebe, y desee escribir también un libro con respecto a ella.

Alguien con una mentalidad revolucionaria podría objetar: “La plebe, en general, es pobre, y aunque no sea indigente ni miserable, es la última clase de la sociedad. Por lo tanto, es aquella en la cual la belleza reluce menos, pues tiene menos condiciones para cercarse de cosas bonitas. De ahí resulta que la plebe parece ser el rincón de la fealdad dentro del universo, debido a las mismas razones por las cuales la nobleza sería el rincón de lo bello. Los propios seres humanos, puestos en un ambiente noble, dejan ver más su belleza que cuando están inseridos en un ambiente plebeyo. ¿Entonces qué va a admirar el Dr. Plinio en la pobreza?”

Valores realzados en la pobreza y en la simplicidad

La respuesta se me sale de los labios: el Pesebre de Belén.

Imaginen al Niño Dios, que fue con toda certeza de una belleza incomparable – además de noble, descendiente del Rey David –, puesto no en el Pesebre de Belén con el burrito y el buey calentándolo con su aliento, sino en el palacio más bello de la Tierra. ¿No es verdad que eso sería menos bonito que en el Pesebre? Y, por lo tanto, ¿no será que muchas cosas en la plebe se presentan pobres y menos bellas para que se realcen los valores que allí aparecen y florecen? Es necesario saber comprender eso.

Por ejemplo, la figura histórica de Santa Juana de Arco. Heroína virginal que, cuando la Francia feudal, la Francia del heroísmo y de la virtud caballeresca yacía bajo el pie conquistador de Inglaterra, fue suscitada en un lugarejo muy humilde, cuyo nombre suena como un toque de campana de aldea: “Domremy”. Esa virgen encantadora partió en determinado momento y se fue a presentar al Rey, diciendo ser enviada por Dios. Al fin de cuentas el Rey la aceptó y la puso al frente de un ejército que, en su debilidad virginal y encantadora, ella comandó, empujando a los ingleses casi completamente fuera de Francia.

Era una pastora llamada a brillar en la corte de un rey, una virgen convocada a vivir en un campo militar donde, infelizmente, tantas y tantas veces el lenguaje y las costumbres no son puras. Sin embargo, ella relucía allí como un cirio de cera purísima en plena noche. ¿No es más bonito que ella haya sido una pastorcita, en vez de ser hija de un príncipe?

Un tulipán negro

Me acuerdo de una cosa que me causó una gran impresión al espíritu: yo había visto fotografías de campos cubiertos de tulipanes de diferentes colores, y como a todo el mundo, me parecían muy bonitos, pero no sabía que existían tulipanes negros.

Cierta vez, viajando por París, cuando ya estaba saliendo de la ciudad, el automóvil en que me encontraba pasó por una tienda donde había un pequeño vaso con tulipanes. Miré y percibí un juego de colores que me llamó la atención. Fijé la vista y noté que se trataba de tulipanes de varios colores, entre los cuales había uno negro. Aunque no tuviese la alegría de las otras flores, daba un contraste y una nota de elegancia a todo, que realzaba la belleza del conjunto.

Si tuviese tiempo, yo habría bajado a comprar el vaso con los tulipanes para mandar a sacar fotografías, según las directrices que yo diese, porque constituiría una bella ilustración de ciertas tesis mías. O sea, aquello que en el universo creado por Dios parece ser feo, muchas veces es bonito, cuando es considerado en función del conjunto de la Creación.

Así se forma el entusiasmo por el universo creado, y se explica mejor la capacidad que el espíritu humano tiene de admirarlo.

1) Cfr. Gn 1, 13

2) Del latín: verdadero, bueno y bello. Referencia a los tres trascendentales del ser estudiados en Filosofía.


 (Revista Dr. Plinio, No. 189, diciembre de 2013, pp. 14-19, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 3.2.1993).

Last Updated on Saturday, 08 September 2018 15:52