La hora certera y el pensamiento certero

Bajo las maravillosas irradiaciones de la Santa Iglesia, el reloj trasciende su función meramente práctica para transformarse en un símbolo de la infalibilidad de la Esposa de Cristo que orienta el pensamiento humano.

 

 Plinio Corrêa de Oliveira


En el tiempo de Carlomagno se ignoraba la existencia del reloj mecánico. Uno de los sistemas para marcar el tiempo era la ampolleta, compuesta de dos recipientes unidos entre sí por un cuello muy delgado. Cada uno de esos recipientes tiene la forma de la mitad de un huevo, colocado de tal manera que permite que una arena muy seleccionada, con granos muy finos, pase durante un tiempo determinado de una parte a otra de la ampolleta.

Un regalo recibido por Carlomagno

El primer reloj mecánico que llegó a Occidente fue mandado de regalo a Carlomagno – durante un intervalo de paz entre los moros y los católicos – por un mahometano enemigo de la Cruz de Cristo: el Sultán Harun al-Rashid.

El espíritu medieval, al cual debemos reportarnos continuamente como a un receptáculo del espíritu de la Iglesia y del espíritu de la tradición, se debruzó sobre esta invención.

Tan pronto recibió el reloj y vio lo que era, Carlomagno incumbió a Alcuino – una especie de ministro de finanzas suyo – y a otras personas para que lo estudiasen. Los europeos se pusieron a aprender relojería, y como resultado les vino a la mente hacer de la relojería una maravilla de precisión en la marcación del tiempo, pero, por otro lado, también verdaderas obras de arte incomparables.

En Alemania hay en una torre un reloj en cuyo cuadrante, cada hora, pasa la figura de un Apóstol. Y cuando marca el medio día, aparecen las representaciones de los doce Apóstoles.

Otros relojes tienen figuras que tocan una campana. Por ejemplo, en Venecia, en un reloj de un predio que queda al lado de la Catedral de San Marcos, hay dos figuras de hombres que tocan con toda la fuerza una campana grande, marcando así las horas. Son muñecos de bronce, de buen gusto, que expresan inteligencia; ¡es una cosa admirable!

Hay relojes enormes, y otros tan pequeños que se vuelven fácilmente portátiles: el hombre puede llevar un reloj en su bolsillo y la señora lo puede colocar en un anillo. Pero observen el reloj que el hombre lleva en el bolsillo o el que la marquesa se coloca en el dedo: son hechos de esmalte, tienen piedras preciosas y otras cosas bonitas: son usados por quien puede comprarlos. Y hay cosas más modestas para quien necesita un reloj con el fin de marcar sus horas dignamente.

Aspectos simbólicos y prácticos de los relojes

No obstante, en determinado momento el reloj pulsera hizo parte del progreso y su aparición suprimió algunos aspectos de la vida concreta antigua.  Por ejemplo, en Europa entera se usaban relojes grandes, bonitos, de péndulo, para poner en el comedor o en la sala de estar, y sus campanadas se oían en las demás dependencias de la casa, marcando la hora para la familia entera.

Pasaron de moda, casi nadie más los tiene. ¿Por qué? Porque el reloj portátil de pulso inutilizó esos otros relojes.

¡Cuántas cosas desaparecieron en torno a la idea del reloj que daba su campanada solemne, llenando la casa y poniendo cierta uniformidad en la vida de familia!

Son apenas aspectos minúsculos, ¡pero cuánta riqueza y cuántas cosas lindas hay en eso!

Empero, existe la idea de que el esfuerzo humano a la procura de la utilidad debe ser respetado. Y bajo ese punto de vista, debe ser incluso admirado.

Pero es diferente del espíritu humano cuando busca las cosas contemplativas, que se vuelven hacia la observación de la vida, hacia el análisis sociológico, psicológico, hacia la dirección espiritual de las multitudes humanas, de los pueblos, de las naciones, hacia los primores de la estética. Todo eso vale más que la cosa verdaderamente valiosa colocada dentro de un objeto bonito.

Relojes en las torres de las iglesias

Sin embargo, existe lo maravilloso más bello que ese, porque ya no es sólo del hombre: es lo maravilloso divino, la presencia de la gracia en el alma: es la Iglesia Católica en cuanto sobrenatural, con todo cuanto se irradia de ella y deja lejos lo meramente humano. ¡No hay una institución más bonita que la Iglesia Católica!

Consideren sólo esta maravilla: los relojes en las torres de las iglesias.

Cuando el reloj fue inventado, no se tenía todavía la tecnología necesaria para fabricar relojes pequeños. Se hacían, entonces, relojes enormes que cabían muy bien en las torres de las iglesias. Además, era necesario mucho dinero para instalar un reloj, lo cual debía ser hecho en un lugar alto, para servir a toda la población. Por lo tanto, la torre de la iglesia era el lugar adecuado.

Pero la Iglesia transformó eso en un símbolo: así como el reloj de la torre indica la hora certera a toda la población, la Esposa de Cristo da el pensamiento certero a todos los hombres.

No conozco nada tan bonito como la institución infalible, con la calma de la Iglesia – porque la verdadera Iglesia es eminentemente calma – que da el pensamiento certero a cada uno con respecto a todo, con la naturalidad de la madre que dice: “Hijo mío”, que acaricia, eleva y pasa para otro asunto. Avanzan los siglos, ella se mantiene en aquella serenidad majestuosa…

¡La Iglesia Católica es todo eso, no tiene igual, es un ramo de maravilloso!


 (Revista Dr. Plinio, No. 216, marzo de 2016, pp. 34-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 29.5.1974, 2.8.1990 y 16.11.1992).

Last Updated on Thursday, 02 August 2018 15:42