Reino de María y Patriarcado

Fruto de una mudanza de mentalidades operada por el Divino Espíritu Santo, en el Reino de María se irradiará la seriedad trascendente que se sentía al tomar contacto con Nuestro Señor Jesucristo. El Dr. Plinio nos enseña que las instituciones de esa era marial deberán guardar el espíritu de los que le dieron el impulso inicial, porque sin eso no se llegará a la perfección suprema.

Plinio Corrêa de Oliveira

Me pidieron que hablase con respecto al Reino de María y al Patriarcado en él. ¿Cómo nacerá el Reino de María? ¿Qué tiene que ver con eso el Patriarcado?

El hombre hace las mejores cosas muchas veces sin planearlas

Cuando yo era joven, una que otra vez intenté trazar un cuadro del Reino de María. No me parecía comprensible lo siguiente: que haya una cosa que desee tanto y no sea capaz de trazarla, de definirla. Si la quiero, la sé definir. Si no la sé definir es porque no sé qué estoy queriendo, entonces soy un bobo. Parece un raciocinio contundente, que aprieta.

Sin embargo, el raciocinio que aprieta es una cosa, y el raciocinio cuadriculado es otra; este último no aprieta. El raciocinio verdaderamente bien hecho puede agarrar a un hombre sin contundirlo. Por el contrario, un raciocinio como el que hice hace poco, deja al interlocutor sin nada que decir porque es un joven sin experiencia o por cualquier otro motivo; si él pensase bien, vería que el raciocinio procede de un aspecto errado. Y, procediendo de un aspecto errado, sale todo trastocado. Y nada peor que apretar con base en algo trastocado, errado. Sería más o menos como usar un zapato torcido. Andar con eso es un tormento, no se anda.

Viendo cómo comenzó a nacer la Edad Media, no tardé en percibir que ella no fue planeada. Y nadie planeó la sociedad patriarcal, ella se hizo, simplemente. Lo cual quiere decir que el hombre ha hecho las mejores cosas muchas veces sin planearlas.

¿Será porque es un tonto incapaz de planear? No. Es porque su acción viene de un orden más profundo que el mero orden del pensamiento. Es un orden de las tendencias virtuosas, en que la buena disposición del sentido del ser, del sentido católico, la connaturalidad con la virtud, van haciendo con que del hombre emanen hábitos, gestos, costumbres y poco después sistemas de arte, estilos de vida, instituciones políticas, sociales, etc., que florecen a partir del suelo sin que sea necesario planearlas.

La razón debe controlar lo que va naciendo para evitar las cosas torcidas, tan frecuentes en la naturaleza. Controlar, sí; planear, no. Se deja ir haciendo y se va controlando e interpretando aquel impulso inicial que va saliendo, hacia donde él tiende, como él es; explicarlo a nuestros propios ojos y saber con esto desarrollar aquello. Así se hacen verdaderamente las cosas que toman sentido.

Consecuencias de la civilización mecánica

Si esto está claro, pongo el principio: ¡el Reino de María será así! Es decir, cuando yo, en la exposición anterior, hablaba del patriarca, que se levantaba antes que todos los demás, veía las tiendas armadas en el campo y el día que comenzaba a amanecer, y el patriarca de larga túnica blanca con un bastón en la mano y una especie de olifante, que hacía sonar con su toque; poco a poco las tiendas se movían, la gente iba saliendo, etc., la vida iba emergiendo del sueño y mostrándose a la luz del día. El patriarca nunca pensó: “Haré tales tiendas y voy a hacer una corneta con un cuerno perforado, pues va a quedar bonito tocarlo en la mañana, y voy a tomar una actitud bonita, voy a coger un bastón grande y a levantarlo hacia el horizonte…” No. Si él hace eso, todo le saldría errado…

Cuando las inteligencias están bien ordenadas, y los instintos – las tendencias – pulsan de acuerdo con la virtud, las cosas van saliendo maravillosas naturalmente. De tal manera que, para tener una idea de cómo será el Reino de María, deberíamos indagar cómo será la virtud, cómo serán las inteligencias en el Reino de María, para preguntarnos, vagamente, qué podría nacer de ahí. En esas condiciones, podremos tener una idea de lo que será el Reino de María.

El hombre contemporáneo está habituado a una civilización mecánica que trepida con toda la vibración de la máquina y tiene velocidades muy superiores a la del ser humano; y siente, desde pequeño, todos sus instintos ajustados a eso. Como consecuencia, el deseo de la velocidad, del movimiento, de lo inopinado, del ruido, crece mucho más de lo que normalmente crecería en una época de tranquilidad y de reflexión.

¿Cuál es, a su vez, el resultado de eso? Es una especie de hipertrofia de la exageración, del exceso, que se da hasta en la fantasía. Cuando comienza a imaginar las cosas, la fantasía las representa pasando deprisa y quiere que los cuadros pasen rápido. El espíritu vive corriendo y cuando desea hacer una cosa lenta, no se ajusta. ¿Por qué? Porque está habituado a correr.

Es necesario añadir que, sin duda, esa efervescencia es latina.

Puedo decirlo con tranquilidad porque soy latino. Es una efervescencia cien por ciento latina, y no se sabe en cuál de las dos vetas americanas de la raza latina es más grande: si en la veta hispana o en la lusa. En la veta hispana esa efervescencia se da en movimiento: es necesario gritar, hablar, etc. En la veta brasilera, lusa, se da con algo de eso, pero es necesario, sobre todo, pinchar, decir algo… El pellizcar por pellizcar, el pinchar por pinchar, uno le dice al otro, otro le dice a un tercero, el hablar por hablar, el molestar por molestar uno al otro son incesantes.

Comprendo muy bien que esto cause sorpresa a los no latinos, porque no es sólo la raza – creo que el factor raza no tiene mucha importancia en este caso –, pero el ritmo de la vitalidad, de la tradición, de los hábitos en los pueblos anglosajones y germánicos son completamente diferentes y el arranque es otro.

El brasilero y el latino en general arrancan de un salto. El alemán o el anglosajón necesita pasar por varias velocidades antes de arrancar.

Todo eso es la vivacidad propia de la raza, de la tradición, de las costumbres, etc.

¿Pero no hay algo de la velocidad de la máquina dentro de eso? ¿Algo de excitación de la civilización mecánica, con todo cuanto ella presenta de alucinante, del correr por correr, etc.? En el fondo, ¿hay apenas un hábito, o también hay un vicio? Es una pregunta que se puede hacer.

Grand Retour: gracia que bajará y mudará completamente a los hombres

Con el Grand Retour1 las mentalidades deben ser reformadas hasta el fondo, por la gracia del Divino Espíritu Santo. Y sin que las naciones pierdan sus buenas características, ellas deben ser libertadas de sus malos hábitos y de sus malas tendencias, en alguna medida por lo menos. Alguna cosa queda, porque el hombre tiene que luchar contra sus malos hábitos y sus malas tendencias. La vida es una lucha.

Y no va a ser fácil la vida en el Reino de María. Si fuese fácil, no valdría de nada. No tengan la ilusión de que el Reino de María va a ser una blandura. Eso no valdría dos caracoles. ¡El Reino de María debe ser de vida dura, pero con el alma fuerte para llevar la vida adelante! Con sacrificio, es evidente. Sin embargo, con el amor al sacrificio, una comprensión de la ascesis, de lo recto, de lo calmo, de lo tranquilo, y una seriedad que no es la de un campo de concentración.

No es una seriedad parecida a nada del siglo XX; es aquella seriedad superior que se sentía tomando contacto con Nuestro Señor Jesucristo: trascendente. Él, de quien el Evangelio no cuenta una sola vez que fuese visto riendo. Y en el Reino de María se reirá. No va a ser una era sin risa, pero quedará claro que esa risa nunca romperá la seriedad. Y se establecerá un equilibrio de alma que, sin eliminar lo que hay de bueno y de necesario en la alegría, sabrá distinguir payasada y comicidad de un lado, y alegría y risa de otro lado, como cosas fundamentalmente diversas.

Analizando el Nuevo Testamento, encontramos todas las fragilidades de los Apóstoles. Nuestro Señor resucitó y se les apareció, pero las fragilidades no desaparecieron. Por el contrario, continuaron dando muestras hasta el momento en que, estando en el Cenáculo en oración con Nuestra Señora – Ianua Coeli, Ella es la Puerta del Cielo –, la puerta se abrió y pasó el Espíritu Santo: una lengua de fuego rica, opulenta, bajó sobre la Virgen Santísima y después se difundió sobre todos los Apóstoles. Y por la acción del Espíritu Santo quedaron convertidos en otros hombres.

Y ellos que eran tímidos, inhibidos, sufrían de una especie de sensación de inferioridad delante de la civilización judaica, de la civilización greco-latina, etc.; que se encontraban en Jerusalén y tenían todos los defectos que se conocen, se convirtieron en otros. Fueron a la plaza y comenzaron inmediatamente a predicar, con tanto calor y con tanta eficacia, que las conversiones se hacían por montones.

Y aunque los Apóstoles predicaban cosas lucidísimas y admirables, sin embargo algunos decían que estaban ebrios, porque hablaban en todas las lenguas y cada quien entendía en su propia lengua. Es decir, su horizonte mental se abrió y todo fue otra cosa. La acción de la gracia entró hasta el fundo de sus almas y los mudó. Ahí comenzó a nacer, sin planeación – Nuestro Señor dio los principios fundamentales y los trazos esenciales de la estructura –, la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, que llegó a esta maravilla que la tristeza de nuestros días no consiguió destruir.

El Grand Retour naturalmente no será un fenómeno con la densidad de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, pero sí un fenómeno de ese género: una gracia que bajará y mudará completamente a los hombres. A partir de ahí un mundo comenzará a nacer.

Por esa razón, nuestras almas se preparan mejor para el Reino de María viendo lo que hay de malo actualmente, que previendo lo que viene de bueno, porque ahí nosotros nos preparamos para conocer y admirar lo que vendrá.

Del impulso inicial a la perfección suprema

Por eso, podríamos retomar el hilo de lo que hablé con respecto al Patriarcado y preguntarnos lo siguiente: si el Patriarcado es apenas algo pastoril, esa situación primitiva de pastores que se van transformando en un Estado, en un país, en una nación, pero que no son Estado, ni nación, ni siquiera todavía una ciudad – este fue el cuadro que tracé –, si el Patriarcado es solamente eso, ¿cuál es la aplicabilidad de él en un país enteramente constituido, que tenga un jefe de Estado, organización, orden, civilización y progreso?

Sería necesario tomar la noción de Patriarcado en lo que ella tiene de más profundo. En otra conferencia hablé del bulbo o del elemento inicial del cedro del Líbano – o de cualquier otro vegetal –, que contiene en sí toda la planta y tiene eso de augusto: es algo en lo cual la cosa enorme ya está contenida, y en el cedro del Líbano, por ejemplo, duerme un árbol dentro de aquella bellota, generalmente fea, porque no hay raíces bonitas.

Recuerdo que usé esta metáfora: si el cedro fuese capaz de pensar y cogiéramos del fondo de la tierra el bulbo que está en el cedro todavía, pero del cual ya no vive porque él echó raíces opulentas y vive de sí mismo, y lo pusiéramos en una mesita cerca del cedro, este último que no se inclina delante de nada, ni siquiera delante de las tempestades, delante del bulbo sí se inclinaría: “Tú eres mi causa. Hay en ti una ciencia y una sabiduría de la cual yo nací, una forma de conocimiento que necesitaré decenas de años o de siglos para adquirir. Aconséjame. ¡Yo te reverencio!”

La civilización patriarcal nos lleva no solamente a ver ese nexo en la vida familiar, sino también a tener un gran respeto y sentido de continuidad de todas las cosas con sus antecesores. Y este es un punto muy importante, de tal forma que, por ejemplo, en Asís hay una pequeña iglesia – creo que es de Nuestra Señora de los Ángeles de la Porciúncula –, la capillita en la cual ante todo estuvo San Francisco de Asís. Y esa capillita está, de cierto modo, en la naciente de la Orden Franciscana, que después echó raíces y ramas espléndidamente por el mundo entero: torrentes de santos, obras de piedad y de apostolado de todo tamaño y modo a través de los siglos.

¿Qué hicieron los franciscanos? Construyeron una basílica enorme en aquel lugar, pero no destruyeron la capillita, que quedó guardada y protegida en su vejez por la fuerza de la basílica nueva. Está enterita con su tejado y todo dentro de la propia basílica. Obviamente cuando las personas quieren rezar en condiciones de recibir gracias más preciosas del espíritu franciscano, procuran orar en la capillita. La capillita es el bulbo. Allí la Orden Franciscana tiene su cedro que protege con su sombra el bulbo precioso.

Sería ridículo que los franciscanos pensasen: “Nuestra Orden es tan grande que queda feo que haya nacido de una capillita tan pequeña y tan simple…” Eso sería de tan mal espíritu, algo tan horrible, que no vale la pena imaginar. Por el contrario, ellos deben decir: “Mirad, ella es pequeñita, pero contenía como en un bulbo todo lo que hoy tenemos por el mundo.”

Esto debe llevar a todas las instituciones a proteger su pasado y por lo tanto a preservar, con respeto y veneración, todo aquello de lo cual provienen. No solamente las cosas físicas: tal objeto, tal monumento, tal otra cosa, sino a guardar el espíritu, la mentalidad de los primeros que le dieron el primer impulso, porque sin esa inspiración del primer impulso inicial es difícil llegar hasta el fin último, hasta la perfección suprema.

Perjuicios por falta de sentido del patriarcado

Voy a dar un ejemplo lamentable: la ciudad de São Paulo. No la São Paulinho de mis tiempos de infancia, sino la São Paulinho microscópica de la época de Anchieta2 que se formó en el centro de la ciudad, en el hoy llamado Patio del Colegio. Allí Anchieta construyó con barro pisado – es el material de construcción más modesto que existe, muy adecuado para nuestro clima porque guarda el calor del verano para los días fríos y la frescura del invierno en los calientes – una capillita minúscula y primitiva donde los jesuitas fueron colocando imágenes, y los indios iban a rezar dirigidos por los padres, algunos de los cuales más tarde serían mártires y por lo tanto están en condiciones de ser canonizados.

Uno de los gobiernos del Estado de São Paulo mandó a arrasar la capillita, derrumbando de esa forma todas las tradiciones. Razón superficial e inaceptable: la capillita era muy feíta, hecha de barro pisado y no representaba el progreso que la moderna ciudad de São Paulo debía representar.

Primero, la derrumbaron con el consentimiento de la mayoría de los habitantes de la ciudad. Cuando pasó el frenesí, vino la reflexión, y con esta, la sensación del disparate y del crimen cometido: no debería haber sido destruida.

El asunto fue madurando y madurando, y poco antes del IV centenario de la fundación de la ciudad o algo así, todo el mundo en São Paulo pidió que se construyera una réplica completa de la capillita. Fue construida, pero ya no es la original. Es decir, esas construcciones sirven como un acto de reparación, son útiles didácticamente para que las nuevas generaciones se hagan una idea de cómo fue aquello, pero la cosa ya fue destruida y no se recompone. Es evidente.

Eso es falta – en esta acepción de la palabra – de sentido patriarcal, porque la ciudad de São Paulo se prendía a sus raíces y adquiría de ahí, en el plano sobrenatural – dado que se trataba de una iglesia católica –, aunque también en el plano cultural, en el plano natural, elementos psicológicos para llegar al término de su formación, de su desarrollo. Y eso desapareció. Y con esa desaparición la ciudad llevó un golpe.

Ahora bien, si consideramos las ciudades modernas, sobre todo aquí en América, notamos que ellas han sido hechas sobre la base de destruir y después construir cosas nuevas, rompiendo la tradición patriarcal. Es algo muy frecuente por ejemplo en las grandes ciudades de América Latina. En el sur de Estados Unidos, que es más tradicional, tal vez no sea tanto así; en el norte puede ser más frecuente; no sé cómo sea en Canadá.

Sucede lo siguiente: se construye un barrio nuevo que representa el apogeo de una nueva clase social determinada, una nueva mentalidad, un nuevo modo de ser con base en una nueva situación socio-económica. Por ejemplo, en São Paulo, el barrio de los Campos Elíseos y después el barrio Higienópolis, construidos en la época del apogeo de la riqueza cafetera en que el café fue la columna de la grandeza económica de Brasil.

En determinado momento comienza la construcción de un barrio nuevo, por ejemplo, los Jardines. Las residencias señoriales antiguas son entonces abandonadas sin ninguna razón, solamente por el frenesí de construir una casa en el nuevo estilo. Y el barrio antiguo con sus mansiones y dignidad es destruido para dar lugar a casas modernas de quinta categoría, o en aquellas mansiones llega a vivir la degradación y quedan transformadas en tugurios, cuando no en casas de prostitución: ¡Falta de patriarcado!

La vieja Facultad de Derecho de São Paulo fue el antiguo convento Franciscano de la ciudad, todo lleno de tradición del tiempo de los propios franciscanos y del tiempo posterior, tradición que muchas veces de ningún modo era la nuestra. Esa facultad fue arrasada en determinado momento y se construyó lo que ahí está, sin tradición alguna, perdiéndose la continuidad. Y perdiéndose cierta continuidad, algo del espíritu se pierde.

En el mundo moderno existen miles de contra-patriarcados de esos, que son todo lo contrario de la continuación tradicional del Reino de María.

1) Del francés: Gran retorno. Al inicio de la década de 1940 hubo en Francia un extraordinario incremento de la religiosidad debido a las peregrinaciones de cuatro imágenes de Nuestra Señora de Boulogne. Tal movimiento espiritual fue denominado “Grand Retour”, para indicar el retorno del país al antiguo y auténtico fervor que se había atenuado mucho. Al tener conocimiento de ese hecho, el Dr. Plinio comenzó a usar esa expresión no solamente en el sentido de “Gran Retorno”, sino para indicar la esperanza de un avasallador torrente de gracias que, por mediación de la Santísima Virgen, Dios concederá a la humanidad para implantar el Reino de María.

2) San José de Anchieta, sacerdote jesuita español misionero en Brasil (*1534-†1597)


 (Revista Dr. Plinio, No. 220, julio de 2016, pp. 8-13, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 4.1.1986).

Last Updated on Thursday, 02 August 2018 15:53