La Basílica de San Antonio de Padua

Atmósfera sobrenatural, piedad, colorido interior, son algunos de los factores que hacen de la Basílica de San Antonio en Padua un lugar que convida a la práctica de la virtud y al deseo del Cielo.

Ansiedad jubilosa de lo maravilloso

Plinio Corrêa de Oliveira

San Antonio era un polemista de primera clase. Doctor de la Iglesia, hombre de gran inteligencia, cultísimo, fallecido a los treinta y nueve años; por lo tanto, muy prematuramente. Era tan polemista que arrasaba a los adversarios, habiendo pasado a la Historia con el título de “Martillo de los herejes”.

Peregrinando en Padua

La penúltima vez que fui a Padua fue durante un período de peregrinaciones. Afluían peregrinos de todas partes de Europa y del mundo, especialmente de Italia y de Portugal. La basílica se llenaba de gente hablando, uno casi no se podía mover allí adentro.

Además, había dentro de la iglesia mesitas vendiendo medallitas y otros objetos de piedad a los peregrinos, eso también muy legítimo, pues las personas vuelven a casa llevando recuerdos religiosos para sus familias y amigos. Estoy lejos de criticar eso. Pero siempre hay gente indecisa que para delante de la vitrina y se queda comparando medallitas no sé por cuánto tiempo. Otros que quieren comprar se empujan… Y la escena se repite en la mesa siguiente.

Aquí entra una cuestión personal: yo tengo una verdadera aversión a lugares de oración superllenos. Me alegra que estén llenos, pero me complazco en estar allá cuando están con poca gente. Me parece legítimo que las personas sientan eso de un modo diferente, pues depende del temperamento de cada uno.

Sin embargo, en mi última visita no fue así. Era un intersticio entre temporadas de peregrinación y había menos gente. Eran personas piadosas del lugar y de las cercanías que iban allá como todo el mundo va a las respectivas iglesias por toda parte. Era un buen número, rezaban y no tenían la preocupación de la compra y la venta, siendo varios de ellos realmente fieles. Se notaba que eran personas buenas, piadosas, que estaban allá para rezar. San Antonio de Padua y el ambiente creado por las reliquias de él, las gracias de las cuales él es ocasión y vehículo, impregnan de alguno modo la basílica y condicionan también esa piedad.

La presencia de esa piedad cotidiana, buena, realzada por las gracias recibidas por medio de San Antonio, hace bien al alma.

Algo del pulchrum católico

Padua perteneció otrora al distrito político de la República Aristocrática de Venecia y, en cuanto tal, era muy influenciada por Bizancio y por los Balcanes. Venecia queda prácticamente frente a los Balcanes, y la travesía del Mar Adriático, incluso con los medios de navegación antiguos, era muy fácil y relativamente rápida.

Los críticos de arte son unánimes en afirmar que la Basílica de San Marcos en Venecia tiene una nota bizantina muy marcada.

También se nota que, siendo Padua políticamente dependiente de Venecia en la época en la cual la Basílica de San Antonio fue construida, esta da un poco la idea de un edificio a la manera de las iglesias orientales, y algunas de sus torres recuerdan minaretes turcos.

La Basílica de San Antonio en Padua expresa bien algo del pulchrum de la Iglesia Católica. No es una gran pieza de arquitectura, pero expresa lo que quiero hacer notar.

Juego de cúpulas y minaretes

Es imposible negar cierta belleza a la sucesión de cúpulas y torres, ya sea por el colorido, sea por el aire de fantasía que hay dentro de eso, por donde se tiene la impresión de que esas bóvedas emergen desde adentro de la iglesia como las burbujas de gas de un vaso de agua mineral: suben y después estallan. El aparente desorden en que todo eso está colocado encima es bonito, entretiene y es agradable de ver. Por lo tanto, en profundidad, no es un desorden, pues todo eso atrae y contenta mucho el espíritu.

Se nota en esa construcción el contraste entre el estilo veneciano y el florentino. Es otra concepción de las cosas, por la cual se ve la riqueza espiritual e intelectual de Europa, y, particularmente, de la Italia de aquel tiempo: a una distancia pequeña, dos mundos se desarrollan lado a lado, sin interferir uno en el otro, sino en una posición casi polémica de aspectos diferentes de la vida.

Lo despojado está totalmente ausente del interior de la Basílica de Padua. Si nos damos el trabajo de recordar la Catedral de Florencia, mirando esas pinturas y esa especie de sinfonía de colores, triunfal, alegre – “¡Cristo resucitó, alegrémonos!” – encontramos una diferencia radical. Porque aquí todo está pintado, todo está adornado, todo habla. Mientras que en Florencia es el tal estilo despojado.

Las cúpulas y esas especies de minaretes tienen el burbujeo de ciertas formas de belleza como lo tienen ciertos movimientos del mar.

Mirando el tejado, uno casi se olvida del cuerpo del edificio. Tenemos la impresión de que el resto de la construcción existe como una bandeja para cargar bien alto el juego musical de esas cúpulas. Podemos imaginar un movimiento musical crescendo en que las notas se van sucediendo alegremente, esperando la hora en que se les corte la base para poder subir al cielo. Una ansiedad jubilosa, alegre, apenas contenida por una cuerda que una mano caritativa irá a cortar.

Eso se encuentra, por ejemplo, en muchos monumentos de arquitectura griega de la Iglesia Ortodoxa. Padua recibe una influencia muy helenizante a través de Venecia, por las razones geográficas que ya expliqué.

También la Iglesia de San Basilio, si no me engaño, en la Plaza Roja, tiene aquella serie de torres, de torreones que sube, un juego de esa naturaleza. En el castillo francés de Chambord no encontramos cúpulas así, sino un juego de techos, de chimeneas, que también aprovechan ese principio de la carrera rumbo al cielo. Es como uno de los modos de belleza del mar y eso me agrada.

Atmósfera sobrenatural y preciosa reliquia de San Antonio

En el cuerpo material de la iglesia está, ante todo, el Santísimo Sacramento, las reliquias, las imágenes especialmente bendecidas que datan de varias épocas de la Historia de la Iglesia Católica, más o menos desde el tiempo de San Antonio hasta nuestros días. Varias épocas fueron haciendo sus pinturas, agregando sus imágenes; eso se podría parecer un poco a un compendio de la historia de la piedad católica, cada vez menos intensa a medida que nos aproximamos a los grandes dramas, a los grandes cataclismos y a los grandes vacíos de hoy en día. También están los fieles que reciben gracias y las dejan transpirar de algún modo en su manera de ser, en el modo de andar y de rezar, etc. Esos factores contribuyen, en una iglesia como esta de Padua, con una intensidad especial para dar una impresión única de la gracia y de la piedad verdadera, de la presencia de la Iglesia.

La post-ceremonia dejaba algo de sobrenatural fluctuando en la iglesia, que hacía ese período de la vida de la Iglesia, al menos para mí, particularmente sabroso. Fue lo que vi  en la Basílica de San Antonio. Y naturalmente eso me encantó. Salí con el alma llena. Hablando sobre eso, mi alma todavía se llena. Son las cosas que me gustan más que cualquier otra en la vida, porque ellas son el anticipo del Cielo.

Ahora, ¿por qué la reliquia de la lengua de San Antonio?

Porque si él era “martillo” era por causa de la lengua. Él era un gran orador sacro y fulminaba a los herejes de su tiempo, y él los rechazó magníficamente. Muerto él, los amigos de la verdadera fe quisieron entonces glorificar esa lengua que tanto habló a favor de la gloria de Dios. La cortaron y allí está.

Pintura de San Antonio

En esa pintura se ve cómo la piedad de aquel tiempo imaginaba al San Antonio de la hagiografía, de la historia santa. Se nota una placidez extrema resultante del rostro, pero también de una cosa muy expresiva: la posición de los hombros como un modo de indicar el estado de espíritu de la persona.

Él es franciscano. La capa del hábito forma varios pliegues muy ordenados, casi diríamos que son olas en suave avanzar rangé, que expresan que ese hombre nunca hace un movimiento exagerado, excesivo, en que el hábito se coloca fuera del lugar. El orden del hábito es una especie de sismógrafo del orden de la mente.

El rostro, casi imberbe, con una boca pequeña. La nariz adunca muy bonita, que tiene algo del pico de un ave de rapiña. En el arco de las cejas, una delicadeza, una precisión y una fuerza que expresa sobre todo la mirada. Es una mirada, bajo cierto punto de vista, glacial. No deja transparecer ninguna emoción. Lo que aparece es el análisis; un tipo de análisis que hacen sólo los pacíficos. En esa mirada se ve toda la precisión de quien ya pasó por todos los desencantos; ya vio todo como es, conoce el pecado original y sus defectos, a Satanás con sus pompas y sus obras. Todo está analizado, catalogado, él tiene un discernimiento extraordinario.

La punta de los labios es fina y muy ordenada. Él tiene la respuesta que hace de él un martillo que está preparando su golpe. Hay una pureza, una castidad y una serenidad extraordinarias.


 (Revista Dr. Plinio, No. 225, diciembre de 2016, p. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 23 y 25.11.1988).

Last Updated on Friday, 06 July 2018 16:37