Lourdes y la sublimidad del milagro

Lourdes fue el tema de varias conferencias y artículos del Dr. Plinio. Con su proverbial discernimiento de los espíritus, siempre incluía en ellos enfoques psicológicos, a la par de religiosos e históricos, como los que se encuentran en este artículo, además de un análisis del Testamento espiritual de Santa Bernardita.

Plinio Corrêa de Oliveira

Milagros siempre hubo, durante diecinueve siglos de Historia de la Iglesia, manifestando al mundo la infinita misericordia divina. Sin embargo, estos adquirieron una frecuencia extraordinaria, tornándose abundantes y hasta comunes, a partir del momento en que, en la gruta de Massabielle, en Lourdes, ciudad localizada en la ladera francesa de los Pirineos, apareció Nuestra Señora a Santa Bernardita Soubirous y dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Hacía tan sólo 4 años, el Papa Pío IX había definido solemnemente la verdad de fe según la cual María Santísima fue concebida sin pecado original desde el primer instante de su ser. Aunque ese dogma fue duramente atacado por los enemigos de la Iglesia, [el hoy Beato] Pío IX, con un coraje de ángel, lo proclamó a todos los hombres. Y no tardó para que Nuestra Señora ratificase la sentencia pontificia, manifestándose a una humilde joven de Lourdes como la Virgen sin mancha.

Triunfo de María sobre la impiedad

Esta fue una de las más extraordinarias manifestaciones de la lucha de Nuestra Señora contra el demonio. En efecto, la aparición se dio en el auge de las persecuciones y ridiculizaciones movidas por el anticlericalismo del siglo XIX contra la iglesia, con el intuito de debilitarla. Incontables católicos, acobardados por el respeto humano, fingían no tener más fe, y pocos profesaban abiertamente la religión. Los no practicantes pedían pruebas de su veracidad.

Nuestra Señora apareció en esas circunstancias, y tuvo inicio la sorprendente serie de milagros de Lourdes, concedidos con la solicitud y magnanimidad maternales de la mejor de todas las madres. De las rocas de Massabielle pasó a salir una corriente de agua antes inexistente. Los enfermos, que piensan en todo para aliviar sus dolores, se pusieron enseguida a bañar en esas aguas y – ¡oh maravilla! – comenzaron a curarse en un número sorprendente.

No queriendo dar el brazo a torcer, los impíos enseguida irguieron la voz, afirmando que era imposible tratarse de enfermedades auténticas; en consecuencia, las curas tampoco lo eran. No podían reconocer los milagros, porque eso los aplastaría.

A fin de eliminar cualesquier dudas y hacer triunfar la insondable bondad de María Santísima, la Iglesia instituyó un consultorio médico especial, con todos los recursos más modernos que la ciencia poseía, a fin de analizar y comprobar las enfermedades antes de que los enfermos se bañasen. Estos, provistos de un certificado, entraban en las aguas y salían poco después – varias veces, no siempre – cantando las glorias de Nuestra Señora, por haber obtenido la cura. Los médicos hacían un nuevo examen y, con frecuencia, concluían que había habido un milagro.

Con el paso de los meses y de los años, las curas se fueron multiplicando, y la piedad católica constituyó todo un dossier sobre esa manifestación maravillosa de la compasión de Dios para con los hombres.

Como los malos no se cansan de su maldad, un impío, escritor famoso en la Francia de aquellos tiempos, fue a Lourdes con la intención de recolectar datos e informaciones para un libro contra los prodigios anunciados. Viajó de incógnito, paseó por la gruta, observó todo lo que quiso y después… ¡huyó! De regreso en París, confesó a sus íntimos: “¡No me quedé; huí, porque el milagro me aplastaba!”

Sublimidad del milagro

Los milagros de Lourdes continuaron y continúan. Hasta hoy, allí lo sobrenatural demuestra su existencia claramente, de visera erguida, y el amor de la Madre de Dios se expande sobre hombres de todas las naciones, de todas las lenguas y, en cierto sentido, de todas las religiones. Porque hay curas de no católicos en Lourdes, la mayoría de los cuales se convierte.

El trágico y magnífico espectáculo de Lourdes… Los enfermos que llegan, conducidos por brancardiers (camilleros), se dejan examinar por los médicos para después dirigirse a los baños en la gruta. Es todo el drama del dolor humano frente a la enfermedad, fruto del pecado original, que allí se desarrolla. Personas incapacitadas por el mal que las aflige, habiendo pasado por las incomodidades de un viaje más o menos largo, dependiendo del lugar de donde salieron, van a pedir a Nuestra Señora el milagro tan deseado. Y multitudes de personas sanas están al lado de ellas, asistiendo a aquel desfile de sufrimiento, cantando y rezando para que los enfermos se sanen, durante la Misa, la bendición con el Santísimo Sacramento y la conmovedora y maravillosa procesión de las velas…

Imagínense qué pudo haber representado para un enfermo partir de Sudáfrica o de la isla de Ceilán, de Patagonia o de Alaska, para estar algunas horas en Lourdes. A veces son pobres – que gastan en ese viaje los últimos recursos financieros de los cuales disponen – con la esperanza de la cura que llega… o que no llega. No raramente, la cura ocurre en el camino de regreso a casa. De repente, cuando nada más se espera, un grito jubiloso: “¡Estoy curado!”

Todas esas circunstancias, aspectos y acontecimientos, se revisten de una sublimidad peculiar, sobrenatural, sacral, delante de la cual nuestra lengua se enmudece. Es la sublimidad del milagro.

El Testamento espiritual de Santa Bernardita

No se puede hablar de Lourdes sin recordar el personaje vinculado de un modo indisociable a esa historia de bendiciones y misericordias. La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció y es el primer milagro de Lourdes: milagro de la gracia, milagro de santidad. Por eso la Iglesia la elevó a la honra de los altares como Santa Bernardita Soubirous.

Antes de partir de este mundo hacia las glorias de la bienaventuranza eterna, la vidente dejó su testamento espiritual, una conmovedora oración de acción de gracias en la que ella, en vez de mostrarse reconocida por los favores insignes de los cuales fue objeto, alaba a Nuestra Señora y a su Divino Hijo por todo cuanto le representó sufrimiento y carencia en esta vida:

“Por los escarnios recibidos, por las injurias y por los ultrajes de parte de los que me mandaron a apresar como a una loca, por la cólera que tuvieron contra mí, tomándome como una persona interesada. Por la ortografía que jamás conseguí aprender, por la memoria que jamás tuve, por mi ignorancia, gracias os doy, Señora. Gracias, porque si hubiese sobre la Tierra una niña más ignorante y más estúpida que yo, Vos la habríais escogido para aparecerle.”

“¡Gracias, oh Jesús, por haber saciado de amarguras este corazón demasiado frágil que me disteis! Por la Madre Josefina, que dijo de mí: no sirve para nada… Por los sarcasmos de la madre maestra de novicias, por su voz dura, por las injusticias, por las ironías, por el pan de la humillación, muchas gracias. Gracias por haber sido Bernardita amenazada de prisión porque había visto a la Virgen María, vista por las personas como un animal raro, aquella Bernardita tan mezquina que, al verla, decían: ¿Es esa?

“Por mi enfermedad, por mis carnes en putrefacción, por mis huesos con caries, por mis sudores, por mi fiebre, por mis dolores leves y agudos, ¡gracias, oh mi Dios! Y por esa ansia que Vos me disteis por el desierto de la aridez interior, por vuestros silencios, una vez más por todo, por Vos ausente y presente, ¡gracias, oh Jesús!”

El holocausto del puro amor desinteresado

Es una oración verdaderamente heroica, de un heroísmo que sobresale de la siguiente situación: a Santa Bernardita le fue concedida la gracia incomparable de ser la vidente a quien Nuestra Señora apareció, a ella le fue indicado el local donde brotarían las aguas que operarían curas milagrosas. Por lo tanto, a partir de las revelaciones hechas a ella, María Santísima inauguró una serie de maravillas y de beneficios incalculables para los cuerpos y para las almas de los hombres de la tierra entera. Además, la devoción a la Madre de Dios conoció un nuevo y precioso crecimiento bajo la invocación de Nuestra Señora de Lourdes.

Así, ella, la pequeña, la miserable, la mezquina; ella, nula, plebeya, pobre; ella, la tonta e ignorante Bernardita, fue el arco por el cual quiso entrar ese rayo de sol en el mundo contemporáneo, y más especialmente en el mundo de su siglo, tan orgulloso, tan lleno de rebelión y de incredulidad. Para todo eso, fue escogida esa persona tan insignificante.

Santa Bernardita podría hacer un raciocinio diferente: “Dios mío, Vos de disteis estos huesos cariados, esta carne putrefacta, me disteis toda esta miseria y estas contrariedades. En compensación, no obstante, me concedisteis la gran ventaja de ser la Bernardita escogida por Vos para iluminar al mundo entero. Así pues, yo acepto de buena voluntad todo lo que me disteis de triste, de malo, como acción de gracias por aquello que me disteis de bueno. Amén.”

Sería un pensamiento legítimo. Pero, ella era una santa, y por eso, ante la conducta de la Providencia frente a ella, llevó su actitud de alma hasta el límite de la sublimidad. Midió su personalidad, sus recursos mentales, su salud física, y percibió que no valía nada. Era apenas una persona muy equilibrada, nacida en una familia pobre, menospreciada por todos. Y ella aceptó heroicamente su nulidad, para que innumerables almas se salvasen y la Iglesia Católica reluciese con más gloria.

Ella comprendió muy bien que no tuvo apenas apariciones, sino que también recibió una cruz, más preciosa que las propias visiones de Nuestra Señora. Y haber aceptado la cruz de un modo perfecto, llevándola hasta el fin con amor, con entusiasmo por el sufrimiento, por todo lo que significa el dolor en el plano sobrenatural, hizo de ella una santa.

Vemos entonces a una persona que reconoce su nada, y que transforma esa nada en una hostia para ofrecer a Nuestro Señor, diciendo:

“Dios mío, mientras todos pierden el alma para ser alguna cosa, mientras aquellos que Vos sobrecargasteis de dones los dilapidan de un modo miserable, yo, a quien Vos hicisteis nada, os agradezco esa nada. Os pido que, para vuestra gloria, aceptéis mi conformidad con esa nada. Sé que soy el desecho del mundo, sé que soy el asco de la tierra, sé que nadie quiere saber de mí, pero sé que para Vos, oh Dios mío – tres veces santo, perfecto, eterno, inmutable, omnisciente, misericordioso – para Vos, dentro de mi nada yo soy mucho. Soy tanto que por mí Vos os habríais encarnado, y Vos habríais sufrido el tormento de la Cruz. Vos, sí, me amáis. Y si Vos amáis esa nada, aceptad esa nada y aceptadla por aquellos a quienes Vos disteis tanto. Aquellos que recibieron de Vos los dones que yo no recibí, que los utilicen según vuestros designios. Yo os ofrezco, Dios mío, yo os agradezco los dones que no recibí”.

Eso es llevar el desinterés hasta lo sublime. Es el holocausto completo, el puro amor a Dios, sin preocupación por sí. Es el modelo que la Providencia nos propone para que tengamos una vida espiritual orientada, más que por el deseo del Cielo, por la gracia de amar y de adorar desinteresadamente al Señor del Cielo y de la Tierra.


(Revista Dr. Plinio, No. 59, febrero de 2003, p. 16-21, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

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