Madre del Buen Consejo

El Dr. Plinio describe el cuadro de Nuestra Señora del Buen Consejo de Genazzano, mostrando, entre otros aspectos profundos y elevados, el respeto, el amor y el bienestar en el trato entre María Santísima y su Divino Hijo, y la intimidad abierta al devoto, que se siente como siendo más que un hijo adoptivo de Ella. 

Una obra de cortesía y de arte 

Plinio Corrêa de Oliveira

La fotografía muestra a Nuestra Señora como Reina. Las coronas de María Santísima y del Niño Jesús son de piedras preciosas, no propiamente del cuadro, sino joyas que fueron colocadas en el cuadro posteriormente, a causa de los grandes milagros y gracias de los cuales el fresco de Genazzano ha sido ocasión.

Nuestra Señora está mirando a quien reza

Vemos los collares de perlas suspendidos en el cuadro, algunos adornos que dan una idea oriental, como una especie de media luna; son cosas muy legítimas, muy buenas, pero podemos hacer abstracción de ellas para comprender bien el fresco en sí mismo como pintura.

En el cuadro notamos una coherencia admirable en la figura más expresiva, que es Nuestra Señora, porque el Niño Jesús es menos expresivo.

¿Qué hay de interesante en la figura de María Santísima?

La fisionomía de Ella está completamente distendida. No se nota ningún músculo contraído que indique esa impresión, excepto la sensación de contentamiento de estar con el Niño. Ella está toda vuelta hacia la idea de que sostiene al Niño Jesús en los brazos y solo está pensando en Él; no tiene otra preocupación. El mundo entero no existe para Ella, existe apenas el Niño Jesús.

Lo curioso es que Ella no lo está mirando propiamente a Él, sino a quien reza. Se percibe que el hecho de que el rostro de Nuestra Señora toque la frente y el rostro del Niño Jesús hace con que Ella tenga una especie de degustación de la presencia de Él, de alegría de aquel contacto del cuerpo que es, sobre todo, un contacto de alma muy íntimo, que la deja llena de satisfacción.

Sin embargo, ese contacto es habitual, y no es de sorprender. No es un éxtasis, ni nada de ese género, sino una impresión, una sensación como toda madre tiene con su hijo; cuando ella está con su hijo, hay momentos en que el amor materno se abre más, florece más y su cariño se expande. Nuestra Señora es presentada de esta manera aquí.

Bondad, ternura y protección

La bondad, la ternura y la protección de Ella para con su Hijo se hacen notar mucho en la posición del cuello y de la cabeza. El Niño está suspendido de Ella y la coge del cuello – la punta de la mano derecha de Él aparece por detrás –, y explica que Ella esté con el cuello ligeramente inclinado por el peso de Él. ¡La intimidad de Él con Ella es extraordinaria! El Niño la agarra como algo que Él está habituadísimo a sujetar, y Nuestra Señora se deja agarrar como quien ya fue sujetada mil veces. E incluso le parece agradable sentirse curvada ante un peso tan suave, tan dulce, tan deleitable para Ella.

El Niño no está propiamente con miedo, sino medio agarrado a Ella como quien, también Él, no quiere saber nada del mundo de fuera. Él está todo para Ella, como Ella está toda para Él. Él sólo tiene alegría de estar unido a su Madre, nada más, y la alegría de sentirse protegido y unido a Ella.

Ninguno de los dos piensa, ni medita, ni nota nada. Miren el Niño; no está pensando en un balón, en un dulce o en cualquier otra cosa. Está pensando apenas: “Mamá”; y la Madre está pensando solamente: “Hijo mío”.

Sin embargo, se nota una cosa curiosa: en la expresión de Él, a pesar de ser niño, existe – es una delicadeza del cuadro – una sensación de “dueñito” de Ella, mientras en Ella existe veneración, respeto. Parece que Ella está procurando escuchar lo que se da dentro de Él, si sale una palabra de ese Sagrario que Ella tiene en los brazos… Y cuando se presta atención, se ve lo siguiente: Ella le está rezando a Él. Esa posición de la cabeza, esa actitud, es de quien ausculta, en el fondo está en una especie de oración, no pidiendo algo, sino haciendo una contemplación de Él, queriendo tomar contacto con Él. Es una meditación, una contemplación muy alta.

Está subentendida la doctrina de la mediación

Él está en esta intimidad con Ella, pero mientras los ojos de Ella van hacia abajo, los ojos de Él van hacia arriba, se dirigen a Dios. Es la idea de la mediación. Ella lo mira a Él y Él mira hacia Dios. Nosotros miramos a Nuestra Señora, Ella mira a Jesús y Él mira a Dios.

Es bonito que tanta doctrina haya sido puesta tan delicadamente en este cuadro, que no se sabe qué decir.

Noten otra cosa: la mirada de Ella es, curiosamente, bivalente. ¿No es verdad que Ella lo está mirando a Él? ¿Y mirando también a quien ve el cuadro? Se siente medio visto por Ella cuando se mira el cuadro, y ese es justamente el papel de Ella.

Ella es nuestra medianera, recibe nuestra oración, le transmite a Él, y Él es Dios, y transmite nuestra oración a las otras Personas de la Santísima Trinidad.

De tal manera que ahí está la Doctrina Católica suavísimamente expresada, sin esa precisión dogmática propia de la Teología, pero con lo subtendido propio del arte. Es agradable adivinar esto en el cuadro, sin que se vea a primera vista.

¿A los que se encuentran en este auditorio les parece más interesante descubrir, cuando una persona les muestra, que estar escrito abajo: “Mediación universal”?

Es decir, la cosa que se insinúa es dada a entender de un modo leve, no está afirmada de un modo cortante, pero la persona va así descubriendo como por detrás de un aroma delicado. En el arte, eso tiene su encanto. Para el arte, a veces cierto misterio aumenta el atractivo. Aquí tenemos, entonces, este misterio.

Sentirse incluso más que un hijo adoptivo

Hay otro aspecto interesante: esa intimidad. Toda intimidad es cerrada, excluye. El pintor supo – a propósito, a mi modo de ver, ese cuadro fue pintado por un ángel – crear una cosa curiosa, que es la intimidad abierta. Se tiene la impresión de que si alguien se aproxima, entra en el circuito de esa intimidad, de que es amado por Nuestra Señora, por el Niño Jesús, es entendido por los dos y de que Ellos socorren a la persona que se aproxima. Cualquiera que se aproxime a ese cuadro puede sentirse íntimo, sentir el abrigo de la presencia del cuadro. Sea un alma recta, sea un pecador, sea incluso un enemigo; si se aproxima siente ese abrigo.

Otra cosa curiosa: ¿Nuestra Señora está sonriendo? Mirando los labios, no. No sé si notan que hay una ligera sonrisa indefinida esparcida por todo el rostro; y es cierto complacimiento para con su Hijo. Pero, por otro lado, también es un complacimiento para con el devoto, con el fiel que se acerca, hijo de Ella como este otro.

Está insinuado en el cuadro que quien lo mira es hermano del Niño Jesús y también es hijo de Ella. Ese cuadro se podría llamar “Adopción”. Porque la persona se siente como un hijo adoptivo, o incluso más que adoptivo, simplemente aproximándose del cuadro. Eso me parece lo más interesante del cuadro.

Pregunto lo siguiente: ¿el cuadro es de una Reina? Hago abstracción de la corona. No hay nada que indique una persona de alta categoría social, ni de categoría social modesta, ni media. Está al margen de las categorías sociales. A pesar de eso, hay algo de Reina en Ella, porque es sumamente venerable, sumamente respetable. Si fuésemos a abrir la boca para decir una palabra, tendríamos el deseo de arrodillarnos.

¿Por qué? Ella es tan ordenada, todo es tan recto dentro de Ella, que cualquier palabra que partiese de Ella sería una palabra de sabiduría, de santidad. Casi se imagina el timbre de esa voz, sería una enseñanza. Inmediatamente tendríamos el deseo de ponernos genuflexos. Todas esas riquezas fueron puestas en este cuadro.

¿Nuestra Señora es cortés con el Niño Jesús en este fresco? Yo diría que sumamente cortés. Noten con qué respeto Ella está para con Él. Es un respeto enorme, una veneración. Pero, por otro lado, muy íntima. ¡Y Él con Ella también, con qué respeto! Cómo Él es recto, nada está errado, nada como no debe ser. Jesús tiene la sensación de la sacralidad de los brazos en que Él está. Es decir, un niño de esa edad, rezando en una iglesia, no podía tener una actitud más llena de respeto que esa.

Ahí tenemos una verdadera obra de cortesía y de arte.

¿Dónde está la cortesía en ese cuadro? Los tres elementos de la cortesía están presentes allí: el respeto mutuo, el amor mutuo y, como reflejo de ambos, un modo de tratar que deja translucir el bienestar de permanecer unido a algo más alto, y al mismo tiempo una sonrisa por estar unido a algo que se quiere mucho. Y esa es una de las definiciones de cortesía. Ahí estaría la cortesía en el cuadro de Nuestra Señora de Genazzano.


(Revista Dr. Plinio, No. 217, abril de 2016, p. 17-19, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 29.6.1974)

Last Updated on Tuesday, 29 May 2018 17:46