El "flash" y la realeza, la pureza y la misericordia de Nuestra Señora

Evocando momentos sobresalientes de su infancia, el Dr. Plinio describe las gracias especiales que, como verdaderos “flashes”, le fueron concedidas para discernir y amar las perfecciones de Dios, de María Santísima y de la Iglesia. Esos dones divinos, insistirá el Dr. Plinio, lejos de ser un privilegio, están al alcance de todos nosotros: basta tener el espíritu atento a las bellezas celestiales y seguir la radiosa trayectoria que ellas nos trazan.

 

El camino luminoso de los “flashes”

 

Plinio Corrêa de Oliveira

En una ocasión anterior narré algunos flashes1 que tuve de niño, los cuales me llevaron a comprender la santidad y la divinidad de la Iglesia.

“Flashes” con la pureza de Nuestra Señora

En la infancia también me fueron concedidas otras gracias de esa naturaleza, al contemplar las imágenes de Nuestra Señora Auxiliadora, en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, y de Nuestra Señora del Buen Consejo, en el Colegio San Luis.

En ambos casos no hubo un milagro, como si las imágenes se moviesen y se me manifestasen de un modo extraordinario. Sin embargo, fueron ocasión para mí de gracias sensibles, a la manera de las que recibimos, por ejemplo, delante de la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima2, cuya maravillosa expresividad nos hace tener la sensación de que muda de fisionomía, como si quisiese decirnos algo.

Así, de modo análogo, junto a esas imágenes tuve una dupla noción: la de la realeza y la de la misericordia de Nuestra Señora.

Se podría afirmar que se trata de la realeza de la castidad. María Santísima es la Soberana de todo ese sector del universo llamado pureza, de todo lo que puede ser considerado casto, con la primacía del alma humana. Nuestra Señora posee la castidad en un grado tan supereminente, que todas las purezas por debajo de Ella no son sino una pálida figura de su virginidad.

Y la pureza tiene en sí algo de opuesto – no de contradictorio – a la misericordia. Porque la castidad es profundamente excluyente. La persona pura constituye en torno de ella una especie de halo que se llama pudor, una distancia de todo lo que no es casto. Ella es inquebrantable en cuanto a la impureza, se muestra altiva con relación esta y la aparta lejos de sí. De donde entre el puro y el impuro se establece una situación parecida con la que se podría imaginar una escena de la Revolución Francesa, entre la Reina María Antonieta y uno de aquellos feroces revolucionarios. Ella representaría de algún modo la pureza, el orden, y él, la rebelión, el partidario de toda fealdad, sordidez y malas maneras.

Tal escena expresaría de manera tenue la idea de que la realeza y la pureza se casan con toda la intransigencia inherente a los conceptos de ambas. Eso por un lado.

Por otro lado, sin embargo, Nuestra Señora posee una misericordia insondable, inclusive y principalmente para con el impuro. Aunque sea un infractor, este continúa siendo su hijo, y Ella lo considera con su desvelo ilimitado de Madre, con su bondad incansable, deseando perdonarlo a todo momento, erguirlo nuevamente y sacarlo de la lama.

Ahora bien, la conjunción de todas esas cualidades de la Santísima Virgen me habló en el alma de forma inenarrable. Y vi en aquellas imágenes de Ella esas diferentes expresiones. Eso marcó para toda mi vida la devoción a Nuestra Señora, con la idea de que Ella es un modelo a ser imitado cueste lo que cueste, un auxilio en el cual se debe confiar a cualquier precio, por peor que sea la situación. A decir verdad, [me marcó con] dos incondicionalidades: en la voluntad de imitar, y en el propósito de esperar el perdón y la clemencia.

Un muro de horror al pecado

La gracia de comprender y de admirar la realeza de la pureza de Nuestra Señora, cuya noción adquirí a través de esos flashes, trajo consigo un verdadero muro de horror contra la impureza.

Para entender esa afirmación, imagínese una perla absolutamente blanca. Cualquier grano de polvo que se deposite sobre ella la deprecia, porque macula en algún punto aquella albura, quiebra su homogeneidad. Así, la virtud de la pureza inmaculada, intachable, trae consigo como marco de referencia un muro de horror contra la impureza y, por extensión, también contra todo cuanto es error y mal. Por ejemplo, entre el defecto deplorable de la envidia y la virtud contraria, es decir, la admiración y la alegría por los dones concedidos por Dios a otros, hay un muro de horror semejante al de la relación pureza-impureza.

Esa pared de aversión se repite a lo largo de toda la muralla de las virtudes, sobre todo en lo tocante a la principal de ellas: la fe, frente al pecado que a ella se opone: la herejía.

Por definición, la fe es tan casta que, muchas veces, cuando la Escritura se refiere a alguien que pecó contra esa virtud, afirma que cayó en la impureza. Y cuando el Antiguo Testamento nos presenta a los judíos practicando actos impuros en lo alto de las montañas, alude con eso al pecado de apostasía que ellos cometían al adorar ídolos puestos en aquellos locales. O sea, entregarse a la idolatría es cometer actos impuros, es pecar contra la fe.

En contrapartida, la Santa Iglesia, guardiana de la verdadera fe, es la Madre casta, virgen y recta, la santa, la inmaculada, que nos lleva a la práctica de la virtud y a la repulsa al vicio.

Estoy seguro, por lo tanto, de que en aquellos momentos de mis flashes con Ella, Nuestra Señora me concedió la gracia de edificar en mi alma ese muro de horror al pecado. Muro este que todos debemos procurar desarrollar en nuestro interior, con relación a cualquier defecto y pecado, que nos apartan del camino de la santidad.

“Flashes” que se desdoblan en principios

A ese propósito, alguien podría preguntarme: “¿Para crear ese muro de horror, importa haber tenido antes un flash?”

El flash produce necesariamente un muro de horror. Sin embargo, con frecuencia este último se obtiene a través del estudio de la buena doctrina, hecho de un modo serio por un alma honesta que deteste el vicio y el mal, aunque no haya recibido la gracia sensible que llamamos de flash. No obstante, a mi modo de ver, en la vida espiritual de una persona es indispensable que haya cierto número de flashes, a fin de que ella construya de una manera profunda esa muralla de repulsa al pecado. Y para mi querida “generación nueva”3, el flash es una gracia particularmente valiosa, debido a la propia contextura de su espíritu.

Ahora, los flashes deben desdoblarse en principios, los cuales cumple que no sean analizados como una cosa geométrica, sino amados. Es decir, comprendiendo una verdad a partir del flash, es necesario amarla y detestar el error opuesto. En ese sentido, me acuerdo de un salmo que dice: “Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso Dios me ungió con su oleo santo”. En el lenguaje de la Escritura, la justicia es el símbolo de todas las virtudes, y la iniquidad representa el conjunto de todos los errores. La unción de la cual habla el salmo sería, pues, el flash que hace al alma articulada, leve, aromatizada, aceitada para la práctica del bien.

Recorriendo el camino de los “flashes”

Para concluir estas consideraciones, es oportuno decir que cada uno, con la peculiaridad de su espíritu y la riqueza de su personalidad, con relación a los flashes debe ir palpando y tanteando sus impresiones, a fin de procurar seguir un camino análogo al que recorrí. Esforzarse por recordar esas gracias recibidas, explicitar las sensaciones que causaron, de manera a saber decir cuál fue su sustancia y, posteriormente, establecer correlaciones y principios.

Así fue como procedí: recordé mis flashes de cuando era niño, los explicité, compuse con ellos un cuadro de impresiones, de correlaciones y conceptos: la santidad de la Iglesia, la realeza de la virginidad de María Santísima, etc.

Naturalmente, cada alma realiza esa operación en un movimiento que le es propio. No pretendo que hagan como yo, pero creo que este es un buen método para, haciendo las adaptaciones necesarias, seguir ese luminoso “camino de los flashes”.

1) N. del T.: Término utilizado por el Dr. Plinio para designar gracias actuales dadas por Dios, que iluminan la inteligencia del hombre, inclinándolo hacia el bien, actuando en su voluntad y en su sensibilidad, de un modo a veces acentuado, dándole un discernimiento por el cual percibe mejor el carácter sobrenatural de las cosas de la Iglesia, a la manera del “flash” producido por una cámara fotográfica. (Cfr. Revista Dr. Plinio No 55, p. 16-20)

2) Dicha imagen vertió lágrimas milagrosamente en Nueva Orleáns (EE.UU.), en 1972. En sus peregrinaciones a través del mundo, pasó varias veces por Brasil, siendo allí venerada por el Dr. Plinio y sus discípulos.

3) Siendo ya un hombre maduro, el Dr. Plinio fue notando entre los jóvenes con los cuales hacía apostolado una mudanza en sus modos de pensar, de querer y de actuar. Mientras las personas de igual o más edad que él demostraban ciertas cualidades de espíritu, esos más jóvenes presentaban ciertas debilidades, tales como falta de lógica perfecta, de seguridad, de dirección, de perseverancia, etc. A los primeros, el Dr. Plinio los llamaba de “generación vieja”; y a los últimos, de “generación nueva”.


(Revista Dr. Plinio, No. 81, diciembre de 2004, p. 14-17, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Last Updated on Thursday, 10 May 2018 23:41