¿Cuáles son los fines de una universidad?

Al proferir la clase inaugural de la Faculta de Filosofía, Ciencias y Letras de una Universidad de Brasil, el 2 de abril de 1960, el Dr. Plinio expuso sin rodeos su convicción: la enseñanza y las investigaciones universitarias deben tener un presupuesto religioso, viendo a Dios como Creador del universo armónico, ordenado y jerárquico, accesible a la inteligencia del hombre por un conjunto de conocimientos que forman el saber.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

El tema que me pidieron tratar es “la universidad”. Al comenzar a reunir ideas y datos para esta clase, verifiqué que me encontraba en la situación de San Agustín, que encontró en la playa un niño intentando colocar toda el agua del mar en un hueco en la arena. ¡Sería necesario transponer todo un mundo de ideas, de horizontes y de perspectivas al pequeño espacio de una clase! Consideré, pues, que mi obligación era hablar del asunto bajo un ángulo tal que, en un aperçu, pudiese ser visto en lo que él tiene de central.

Bibliografía caótica y fragmentaria, opiniones en conflicto

Siguiendo una costumbre que no está en la naturaleza de mi espíritu, pensé en consultar libros. Pero antes, me acordé de lecturas hechas hace tiempos y me di cuenta de que la bibliografía respecto al asunto es caótica y fragmentaria.

En Europa o en Estados Unidos, aunque hay muchos libros sobre la universidad, generalmente se circunscriben al ámbito nacional o a un área determinada de la cultura, y no abarcan el problema de modo que se pueda aplicar a la realidad brasilera. A nosotros no nos interesa tanto saber qué piensan sobre las universidades alemanas, francesas, americanas, españolas o inglesas, los intelectuales de esos países, sino cuál es la finalidad de una universidad en tesis, libre de sus circunstancias locales, e incluso de las de tiempo.

Para daros un ejemplo del caos reinante en la materia, escogí obras de tres intelectuales ingleses: Flexner, que escribió The university – American, English and German, edición de la Oxford University Press; después Boverly, con el libro The crisis of the university, Londres, 1949. El tercero es de Brust, The new British universities, sobre las universidades nuevas de Inglaterra y sus relaciones con las antiguas, Oxford y Cambridge.

Ellos no dan una visión de conjunto del asunto, y cada uno trata de un problema que no se encaja en lo que el otro trata. Así, por ejemplo, la gran cuestión ¿una universidad se destina a la investigación científica o solamente a la enseñanza? ¿O a ambas? Si se admite que la universidad tiene en vista la enseñanza, ¿qué tiene en vista la enseñanza? ¿Apenas la formación de las clases dirigentes? ¿El progreso material del país? ¿Qué tiene en vista obtener el estudiante? ¿Un diploma que lo habilite para ejercer una profesión? ¿Una cultura clásica? ¿Una cultura especializada? ¿Qué le debe dar la universidad por encima de las otras cosas? ¿Y qué viene a ser la investigación? ¿Es hecha por un interés práctico o tiene apenas un sentido idealista? Por otro lado, si la investigación tiene en vista la cultura, podemos preguntarnos cuál es el concepto de cultura. Y nos pondríamos en otro mare magnum de problemas.

Como si todas esas graves cuestiones no fuesen las únicas, aún tendríamos otras para considerar, entre las cuales ésta muy delicada: vivimos en un mundo en crisis, en el cual la crisis de la cultura constituye uno de los aspectos más importantes. ¿La universidad es hecha para tomar conocimiento de los problemas del mundo? ¿Es hecha para resolver los problemas actuales? ¿O, por el contrario, es un conjunto de intelectuales que se segregan de los problemas del tiempo, para que el polvo de los acontecimientos concretos no empañe la lucidez del estudio, preocupándose exclusivamente con cuestiones en tesis, haciendo que, como por ósmosis, ese saber, formado en los laboratorios de la universidad, después se filtre, y las clases dirigentes saquen de ahí las enseñanzas que las van a orientar?

Es raro encontrar una obra que englobe todos esos problemas en un solo aspecto y nos dé una síntesis sobre lo que debe ser, bajo un punto de vista superior, la universidad. E incluso a ese respecto las opiniones son sorprendentes. Vemos hombres con un saber eminente, como el Cardenal Newman, afirmar que la universidad sólo tiene en vista la enseñanza y no la investigación, y que “si la enseñanza no fuese el fin de la universidad, no se comprende por qué ella debería tener alumnos”. Vamos a encontrar a Bresclay, que dice que la universidad debe tener como fin sólo la investigación y no la enseñanza.

“Tocar violín” en las horas graves…

Ciertos espíritus “lúcidos” (¡no hay nada más peligroso que leer mucho!, se toma una especie de exceso de velocidad intelectual, en que el peso de la gravedad del sentido común se pierde, y las ideas comienzan a ser extravagantes) imaginaron que la universidad debería estar constituida – ¡jóvenes colegas, os espantaréis con la idea! – por hombres que se retiran del mundo a una vida casi conventual, que no toman contacto con nada y que ni siquiera tengan alumnos. Y que sólo se queden confabulando entre sí para la formación de la ciencia abstracta. Y os veo plantados en uno de esos tres morros pequeños de Jacarezinho, en una colonia aislada, ajenos a todo, severamente prohibidos por la vigilancia policial del gobernador Lupion de entrar en contacto con la ciudad de Jacarezinho, para mantener la pureza de vuestras preocupaciones intelectuales. Y vosotros elaborando una ciencia abstracta intemporal de la cual, de vez en cuando, salen algunos bólidos para iluminarnos en las planicies de Jacarezinho…

Positivamente, no soy de esa opinión. Su singularidad – y en esto está una de las celadas de la enseñanza universitaria – muestra cómo se derrapa en la vida intelectual, y cómo es débil el muro de separación entre la alta inteligencia y la extravagancia, la cual, a su vez, tiene un muro débil de separación con el desequilibrio.

Vemos, por lo tanto, cuánta incerteza boga en esos campos.

He aquí la definición dada por un intelectual de la Universidad de Harvard, Bresley, que declara: “La universidad es, por definición, el local donde no se estudia nada de útil; si el estudio tiene algo de útil, deja de ser universidad”. Estoy seguro de que difícilmente os resignaríais a una vida que os condenase a estudiar nada de útil. Lo cual – sería difícil de negar – sería una vida inútil.

Moderli se coloca en otro punto de vista: con la lucidez de un hombre con sentido común, él muestra que, después de las dos guerras mundiales, el mundo entró en un estado de crisis, y estamos en el vórtice de un abismo, marcado por una inseguridad material. El descubrimiento de la energía atómica nos colocó a todos en un estado de inseguridad. Aunque no es la energía atómica que crea esa inseguridad. El peligro está en el deseo que los hombres tienen de pelear. Y de ahí la crisis se disloca del campo puramente físico al moral y al cultural. Y dice que sería difícil pretender que un problema enunciado con carácter cultural, y no con carácter físico, no sea un problema universitario. Todo lo que existe tiene instinto de conservación. Las instituciones también. Y la universidad y todo lo que existe sobre la estantería de la civilización occidental y cristiana puede saltar por los aires… ¿No será verdad que la tarea primordial de la universidad es resolver los problemas del momento, sobre todo ese gran problema, si no ella misma no sobrará?

Es un punto de vista diametralmente opuesto al anterior. Vemos ahí un choque entre profesores de universidad. Me acuerdo a ese respecto de un hecho que ocurrió cuando los turcos entraron en Constantinopla. Tiene algo de legendario, pero se non è vero, è ben trovato. Se cuenta que ellos entraron por todas las calles de Constantinopla masacrando y depredando. En la Basílica de Santa Sofía encontraron en el coro, en medio de la tragedia de la ciudad, a un monje cismático que tranquilamente tocaba violín. Un golpe de espada acabó con él y acabó con el violín. Fueron las últimas notas de armonía de la cultura clásica oídas allí.

La universidad que toca violín hace cosas inútiles dentro de toda la crisis contemporánea.

La influencia de los intelectuales en la historia

En la historia de Europa, los altos estudios de la universidad no sólo estuvieron en la raíz de todos los inventos  que dieron origen al desarrollo económico, sino también en el origen de las transformaciones políticas, buenas o malas, funestas o auspiciosas, que dieron al mundo contemporáneo el aspecto que él tiene.

En un momento de gran importancia histórica, en el período en que la Confederación Germánica oscilaba entre la influencia austríaca y la prusiana, un equipo de intelectuales hizo caer la balanza hacia el lado de Prusia. Las investigaciones de Siebel, Fischer, Reuter, Preiske, Momsen, influyeron para modelar la opinión pública en el sentido militarista-burocrático-centralizador, del que habría de nacer el imperio bismarckiano y, al menos en buena parte, la tragedia de las dos guerras mundiales. Hitler no es sino la quintaesencia y la realización, en sus últimos aspectos categóricos, de los sueños de esos intelectuales.

Contra ellos se levantó una voz – hoy mal vista por la crítica histórica mala – cuya gloria es necesario reivindicar, la de Janssen, que defendía la tradición orgánica y armónica de Alemania. Si en ese conflicto, que fue sobre todo de intelectuales, la balanza hubiese pendido hacia el lado de la tradición católica, seguramente no hubiésemos tenido la guerra mundial.

La universidad debe volverse hacia una verdad superior

Intentaremos ahora establecer una síntesis del asunto, no sólo porque el espíritu humano pide que los elementos dispares sean reducidos a una unidad armónica, sino también porque hace parte de la índole del espíritu brasilero. Cuando se encuentra delante de contradicciones, de oposiciones muy violentas, en vez de tomar enseguida un partido ardorosamente, el brasilero procura establecer el conjunto del problema, procura una especie de conciliación entre los puntos de vista opuestos, entrando en la lid después de verificar que algo irremediable se encuentra en esa oposición. Pueblo hecho para el contacto con las culturas más diversas, habiendo heredado algo de la dulzura del luso, el brasilero tiene la largueza de vistas por la cual, sin caer en la lógica de la escuela intelectual liberal, sabe sacar provecho de cada doctrina, de aquello que puede ser aprovechado e incorporado legítimamente dentro de una síntesis personal.

Hay parcelas de razón en cada uno de los puntos de vista que expusimos. Pero desde luego os digo que el conocimiento objetivo de la verdad en el nivel superior, sin preocupación de circunstancias de tiempo y de lugar, es la tarea maestra y el eje central de la actividad universitaria.

En esta concepción está subyacente la idea de que, en todos los ramos del saber superior, por más diferenciados que estén entre sí, hay una coherencia profunda, existe la posibilidad de establecer una correlación y una armonía completa, porque, dentro de la concepción cristiana, el mundo no es una pesadilla de locos como la de Jean-Paul Sartre. El universo no es una especie de infierno materialista como el de los comunistas de nuestros días, sino un cosmos en el sentido helénico más exacto de la palabra: un conjunto de elementos sabiamente ordenados los unos para con los otros. Y frente a esa concepción, la ciencia no es sino el conocimiento de la armonía que orienta y coordina todos esos elementos, y de la armonía jerárquica entre varios elementos de ese conocimiento, que se subordinan unos a otros hasta el ápice, hasta el punto supremo que contiene los principios generales de ese orden. Que, por lo tanto, contiene el elemento rector no sólo de todo el saber, sino también de toda la actividad humana.

La actividad universitaria debe congregarse, por lo tanto, en torno de una filosofía, pero la filosofía no basta. En torno de una teología, pero la teología no basta. En torno de un presupuesto religioso, y este presupuesto religioso es Dios, como factor infinitamente poderoso que crea el universo armónico, ordenado y jerárquico, accesible a la inteligencia del hombre por un conjunto de conocimientos ordenados, también jerárquicos, que forman el saber.

Este es el punto más profundo de todo estudio universitario. No es saber esto o aquello, no es conocer lenguas anglo-germánicas o enseñar matemática, o saber la historia de Enrique IV de Francia. Es subir de ahí hacia lo más alto, es aprender a considerar todos esos conocimientos por un ápice, por un dominio de conocimientos más elevados según los cuales esos otros se coordinan.

Especialización y generalización

Esos datos no obstan que, desde lo alto de esa montaña del saber, el profesor universitario se vuelva hacia los problemas de su tiempo. No hay saber que se alimente apenas de lectura. Es necesario tener contacto con la vida, con las realidades concretas; y no sólo con las actividades de su tiempo, sino con las luchas, las angustias, los problemas de ese tiempo.

Al tomar conocimiento de los problemas de su tiempo, las universidades cumplen ante todo una altísima misión. Siendo células de un organismo, no pueden dejar de dar su contribución para que ese organismo progrese y se conserve. Es más que eso. La universidad abre la ventilación de la realidad a sus elucubraciones que, sin eso, se tornarían demasiado abstractas, y atiende los problemas de su tiempo, los resuelve y les da una orientación. Esa viene a ser la tarea fundamental de una universidad, de la cual no podría huir sin traicionar su misión.

Es cierto que el estudio de la universidad así concebido no puede resignarse a una especie de ruptura entre especialización y generalización. La idea de alguien que se especializa tanto que pierde los principios generales, es como la idea de un escafandrista que se sumergiese tanto en el mar, que perdiese el contacto con todo lo que lo une al aire, es decir, acabaría muriendo. Así, un especialista que profundiza tanto que se olvida de los principios generales, “se moriría”, porque es el principio general el que le da la vida a la especialización. Y visto bajo ese aspecto, me parece que la enseñanza universitaria, por más que se especialice, debe especializarse con la preocupación de tener siempre como punto de referencia aquella luz primera, aquella búsqueda de la verdad absoluta, de la verdad pura, de la verdad total, de la verdad armónica y completa que es el fin armonioso de la universidad.

Un escritor medieval dijo que las tres fuerzas de su tiempo eran la Iglesia Católica, el Sacro Imperio Romano-Germánico y las universidades. Por su parte, un profesor inglés contemporáneo escribe en un tono traspasado por una sonrisa: “Nosotros, profesores universitarios de hoy, no osaríamos colocar tan alto la importancia de una universidad”. Sin embargo, él acaba diciendo que la universidad debe ser considerada como un power-house que contribuye para la orientación de la humanidad.

En el ansia de producción económica, la decadencia de los noción de los valores intelectuales y espirituales

Uno de los grandes problemas de nuestro país y del presente es que, en el ansia de la producción económica, legítima en sí y reclamada por las circunstancias, la noción de los valores intelectuales y espirituales va decayendo poco a poco. La condición intelectual es tal entre nosotros, que los hombres con más capacidad, con mayor productividad, con una carrera más promisora, se vuelven hacia la producción material y no encuentran atracción ni interés por la producción intelectual.

Este hecho es alarmante, sobre todo si lo colocamos en conexión con otro: nuestra época está tan profundamente encharcada de pensamiento materialista, que encontramos tendencias materialistas hasta en los que dan fe de espiritualismo. Nuestra época da una atención exagerada a los problemas del cuerpo, de la salud, a los placeres del deporte, al culto a la belleza física. Y por eso nuestro crecimiento se va dando de modo errado, fuera de la verdadera directriz, porque, en vez del alma preceder al cuerpo, el cuerpo precede al alma. Cuerpo agigantado, en el cual el alma queda retrógrada. Gigante inmenso de alma infantil, hecho para ser esclavo de los que tienen inteligencia y carácter superior.

Brasil no puede continuar recorriendo ese camino. El propio futuro y la independencia de nuestro país están interesados en una rectificación de valores.


(Revista Dr. Plinio, No. 48, marzo de 2002, p. 22-28, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

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