El simbolismo y el raciocinio en el apostolado

Espíritu eminentemente habituado al universo de las analogías, de los símbolos y de las correlaciones, el Dr. Plinio nos enseña cómo el conocimiento en el hombre no sólo debe nacer y desarrollarse con el ejercicio de su capacidad intelectiva, si también a partir de la contemplación y de la comprensión de los reflejos incontables de Dios esparcidos por la Tierra, entre los cuales ocupa un papel primordial el propio hombre y su acción de presencia.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

 

La Providencia concedió a los hombres una naturaleza al mismo tiempo espiritual y material: somos alma y cuerpo. Nuestro conocimiento no puede ser, por lo tanto, comparado al de los ángeles, puros espíritus. Estos conocen directamente las cosas, al contrario de los hombres que necesitan analizarlas, digamos, con dos ojos y no con uno sólo, conjugando la acción de las dos vistas para formar en nuestra mente una imagen completa de lo que es observado. 

Intelecto y simbología 

Entiéndase, no me refiero a las dos vistas físicas, sino que procuro hacer un paralelo: por un lado analizamos las cosas por medio del intelecto, y por otro lado, las vemos a través de los símbolos. 

En efecto, el hombre sólo conoce enteramente algo por el aspecto doctrinario cuando lo comprende también por el aspecto simbólico. Y recíprocamente, apenas tiene una idea de su aspecto representativo cuando entiende bien el doctrinario. La convergencia de esas dos visiones proporciona el conocimiento cabal, como los dos ojos producen la vista exacta. 

El hombre, el mayor símbolo de Dios 

Entre los símbolos de Dios en esta Tierra, ninguno tiene tanto valor cuanto el propio hombre. Es decir, cada cosa simboliza de algún modo al rey de la creación, el cual se refleja en el conjunto de ellas. Así, el mar, un pájaro, una piedra preciosa, tienen importancia simbólica en la medida en que representan al hombre, y haciéndolo, simbolizan a Dios, pues somos imagen y semejanza del Altísimo. 

Tomo como ejemplo ilustrativo las manifestaciones artísticas de los pueblos orientales. Allí encontramos innumerables y lindas realizaciones de esa naturaleza. Pensemos en el turbante de marajá con aigrettes1, o en el fez, aquel gorro muy usado en Turquía, ambas piezas ornadas con gemas preciosas, son costumbres encantadoras. Y su belleza reside en el hecho de que simbolizan la mente humana. Cuando debe comparecer a un acto solemne, el personaje ilustre escoge un diamante, un rubí, un zafiro, adorna el turbante o el fez, para destacar con esa piedra un aspecto determinado de su personalidad. En el caso de la aigrette, esta hace el papel de síntesis de la persona que la porta; las plumas fluctuando encima de la cabeza tienen algo de especialmente bello, de agradable, de atrayente… 

Así, cumple saber ver en todas las cosas símbolos del alma humana y, por lo tanto, de Dios. A propósito, podemos explicar mejor nuestra naturaleza humana por analogía con seres inferiores a nosotros. 

Por ejemplo, tal persona es comparable a un león, a un águila, a un brillante. Sin embargo, la veta simbólica de nuestra personalidad se anima y se alimenta, sobre todo, con el conocimiento de otros hombres cuyas mentalidades nos modelan. La influencia ejercida por un ente humano sobre otro es la acción de presencia, la cual no es fácil de definir, pues encierra muchas complejidades. En líneas generales, se diría que la acción de presencia de cualquier persona es todo aquello que vemos, oímos y sentimos al entrar en contacto con ella. 

Necesidad de las “dos visiones” en el apostolado 

Quien, por lo tanto, pretendiese conocer algo apenas en el campo doctrinario, equivaldría a tener la condición de un tuerto, que no puede ver con exactitud. Son necesarios dos ojos para la visión global.

Así, quien se dedica al apostolado, a la formación, transmitiendo apenas la doctrina, pero negando la inmensa importancia de la influencia personal, no tendrá una eficacia real. Por otro lado, quien valoriza la acción personal debe, lenta y gradualmente, hacer con que la persona a quien está formando, sin perder su sensibilidad por los símbolos – al contrario, acentuándola – penetre en el mundo de la razón, o sea, en el campo doctrinario. Si no, corre el riesgo de quedar con una visión parcial, “tuerta”, considerando las cosas solamente por el aspecto simbólico. 

Cuando los enjolras2 comenzaron a frecuentar nuestro movimiento, algunos más antiguos observaron que ellos se mostraban mucho más sensibles a la influencia personal de los formadores, y menos a la doctrina. Creo que debemos analizar el asunto con objetividad y sentido común. 

Considerando esa sensibilidad auténtica, poco a poco se crea en ellos el hábito del raciocinio, lo cual puede ser atestiguado por todas las exposiciones que les he hecho. Juntamente con la tentativa de hacer placentero lo que digo, presento siempre la razón, la doctrina. Y me sentiré exitoso y feliz si los enjolras realizan el equilibrio entre esos dos elementos: el de la acción de presencia del apóstol (como símbolo de lo que enseña), y el racional.

      A propósito, pienso que cometeríamos una ingratitud para con la Providencia si, habiéndonos Ella concedido símbolos humanos y capacidad intelectiva, prescindiésemos de una de las dos cosas en favor de la otra. 

El auxilio de la intuición 

            En esta explanación estoy mostrando el fondo del asunto que algún “ploc-ploc”3 no conseguiría percibir. Este juzga que la verdad se conquista de la siguiente forma: si él ignora algo, comienza a raciocinar y, en la punta del pensamiento, encuentra la solución. No afirmo que ese método esté equivocado, sin embargo, no es el modo común del pensar humano. 

            Normalmente, basado en verdades elementales, el hombre hace un rápido raciocinio subconsciente – el cual llamamos intuición – y comprende el fondo del problema. En seguida, elabora otros raciocinios para encontrar la justificación explícita de aquello que intuyó. Y la impresión personal ayuda mucho más a ver la esencia de las cuestiones que la actividad puramente intelectiva. 

            Entonces, en el proceso intelectual, la acción de presencia del formador confiere un estímulo y ya hace anunciar el punto de llegada hacia el cual tiende el raciocinio. Así, me parece peligrosa la distinción tan grande que muchos establecen entre raciocinio e intuición, entendida esta última conforme expliqué. Más que ser un estimulante de primera orden para el raciocinio, la acción personal es algo sin lo cual aquel no tiene rumbo ni punto de llegada. 

Importancia de la acción personal en el amor a Dios 

            Además de su papel en el conocimiento, la acción personal se reviste de una importancia capital en el acto de amar. Por ejemplo, si alguien afirmase que, aun cuando no tuviésemos una noticia cierta y documentada con respecto a la Sagrada Faz de Nuestro Señor, lo amaríamos tanto cuanto lo amamos conociendo el Santo Sudario de Turín, diría un disparate. Y Nuestra Señora no se habría manifestado tantas veces para que los hombres conociesen la fisionomía de Ella; y la Iglesia no nos recomendaría tanto el culto de las imágenes para poder tener una idea de los santos, como auxilio para ser capaces de venerarlos. Y así por delante, los ejemplos se multiplicarían. 

         Dígase de paso, que los siglos de racionalismo exageraron la importancia del aspecto racional y menguaron la de la acción personal. Por eso me parece necesario hacer una especie de rectificación para tener una idea global de este tema. En la Edad Media, por ejemplo, el arte procuró ejercer una influencia simbólica sobre el hombre, mientras que en el Renacimiento se hizo más racionalista. Tal mudanza deformó los prismas, dificultando la visualización real y entera de ese asunto. 

Acción de presencia contra-revolucionaria 

            Corolario de lo que arriba dijimos es el deber que cada uno de nosotros tiene de ejercer, con el auxilio de la gracia, una influencia personal contra-revolucionaria. 

            Como no estamos en el Paraíso, sino en esta tierra de lucha, no basta al contra-revolucionario ser el símbolo de lo que afirma. Necesita también ser la representación opuesta de aquello que él censura. De este modo, su acción simbólica debe ser emprendida concomitantemente por los aspectos positivos y negativos. De lo contrario, él no será un auténtico contra-revolucionario. 

            En cuanto al aspecto negativo, yo sé que simbolizo lo opuesto de la Revolución, pues me lo demuestra la experiencia de todos los días, horas, momentos y ocasiones. 

            Entiendo aquí acción personal, no en el sentido en que se decía otrora cuando se afirmaba que este o aquel personaje ejercía una gran influencia sobre sus semejantes. No se trata del predominio de un talento o predicado humano sobre otro, sino de la capacidad evocativa de un determinado pináculo de verdades, de pensamiento, cuya Maestra es la Iglesia. 

            En esa línea, es posible que una persona menos inteligente pueda simbolizar algo, más intensamente, que otra dotada de mayor capacidad intelectual. Por ejemplo, se podría afirmar que San Francisco de Asís simbolizó más vigorosamente la pobreza que Santo Tomás de Aquino, el cual sería capaz de discurrir mejor sobre esa virtud que Il Poverello. 

            Importa señalar que no pretendo decir que San Francisco de Asís fue más insigne que el Doctor Angélico en la práctica de la pobreza. Afirmo tan sólo que esa virtud se expresaba por sus aspectos más elevados en la persona del primero. A su vez, Santo Tomás también era un símbolo: representaba el tomismo. 

            Así, cada uno de nosotros necesita simbolizar, en grados diferentes, a la Contra-Revolución, o sea, la verdad del orden católico en confrontación con los errores de la Revolución. 

Limitaciones de la mentalidad “ploc-ploc”… 

            Esa acción personal a favor del bien puede no ser vista de un modo muy amigable por todos aquellos a los cuales a ella le gustaría influenciar. 

            Imaginemos a un apóstol que ejerce una acción de presencia contra-revolucionaria superior. Los efectos de ella sobre un individuo se van borrando cuando este comienza a decaer en la vida espiritual; y, por el contrario, se van avivando en la medida en que progresa. 

Si dicha persona fuese a proferir una conferencia en una universidad cuyos asistentes tuviesen una mentalidad “ploc-ploc”, su influencia no sería aceptada. Pues, aunque reconociesen que ella expone con facilidad los aspectos más elevados de varios asuntos, dirían: “¡Pero, no es un especialista!” 

En otras palabras, por algún defecto de su estructura mental, el “ploc-ploc” aprecia apenas el conocimiento racional, sin demostrar amor por los símbolos… 

1) N. del T.: en francés, plumas.

2) Palabra afectuosa utilizada por el Dr. Plinio para designar a sus jóvenes discípulos que surgieron aproximadamente a partir de 1970. En ellos había un acentuado grado de debilidad, comparados con aquellos que los antecedieron, los de la “generación nueva” (cfr. “Dr. Plinio” número 81, p. 17). Sin embargo, la Providencia concedió a los “enjolras” una capacidad mayor de amar y de entusiasmarse por lo bello y de captar el aspecto simbólico de las cosas. 

3) Expresión onomatopéyica creada por el Dr. Plinio para designar el defecto de ciertas personas que, desprovistas de intuición y de sentido común, aminoran la importancia de los símbolos y niegan el valor de la acción de presencia. Quieren explicar todo por medio de raciocinios desarrollados de un modo lento y pesado, a la manera de un ladrillo que, al ser girado sobre el suelo, emite el ruido “ploc-ploc”.

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(Revista Dr. Plinio, No. 94, enero de 2006, p. 18-23, Editora Retornarei Ltda., São Paulo)

Last Updated on Friday, 13 April 2018 19:51